25 de febrero de 2018

Para M.R.R. (MR^2)

A M.R.R., quien ya no lee esto.

Hoy se cumple un ciclo.

Hoy hace un año de que, por estas horas, me hablases. 25 de febrero, pero de 2017.

'Me gustaría conocerte'.

Ahí comenzó todo.

El mismo día en que casi te hablo.

Un año después, Crida y castillo.

Ya ha sido una vuelta completa alrededor del Sol desde que todo comenzase, y acabase, que ha sido de 180º alrededor de nuestras vidas.

Fuiste una estrella fugaz que posiblemente no se repita, no lo pediría por deseo, la persona correcta en el momento equivocado, o la equivocada en el momento correcto, el tiempo dirá. Sé que tiene mucho guardado, y muy bueno, para ambos, por separado. Sé que ni me leerás, ni volveremos a hablar, me gusta, como me define P.B.: 'escribir al cielo'. A lo que ya se marcha, queda lejos, surca mi mente de vez en cuando... mi cielo. No hay purgatorios. No sides, no enemies, la canción que hizo que te conociese.

Solo me gusta recordar los aniversarios, buenos o malos, en este caso, de algo que ya no sucede, y eso sucede, por lo que no calificaría ni de bueno, ni de malo, solo de circunstancial. Y este es uno de ellos.

En unos días estaremos en un banco mirando un lagarto, en unas semanas en la Nit del Foc. Por separado, cada uno en un puente, y con otra persona. En poco más de un mes, mirándonos de forma intensa. En mes y medio, besándonos. Y así hasta que seamos novios, estemos en Medicina (eso no cambió, ni cambiará, mi camino no se separa de estas lides), nos vayamos juntos en verano, difiramos en Alborache, todo cambie, y al mes lo dejemos. Lo dejes. Nos hagamos un favor de no herirnos. Nos dejemos de hablar. No volvamos a hablar, y además, busquemos no encontrarnos.

Feliz aniversario.

O aniversario.

Yo, feliz.

El Ave Fénix, que en dos meses ha logrado resurgir de sus cenizas, saluda a quien fuese en su día la Petite Hirondelle. No odia porque sabe que todo cuanto sucedió fue en su plena lucidez.

Que los recuerdos nos sean leves.


Para M.R.R.

28 de enero de 2018

Volver.


                Volver

Esta entrada es el fruto del (poco) sueño de una noche de invierno. De coger y decir ‘oye, yo tenía un blog en el que escribía cuando sentía y pensaba, y estoy sintiendo y pensando, ¿por qué no retomarlo?’. Sí, definitivamente, me apetece que la noche avance hasta mi rendimiento mientras escribo. Y que mi rendimiento avance a lo largo de la noche, mientras escribo. Dedicada a todos los que seguís ahí, a todos los que seguiréis y, en cierto modo, no por su importancia a día de hoy, residual, sino por la que ha tenido, de buena o mala manera, pero siempre para bien, a M.R.R.

Han pasado meses desde mi última entrada, en la cual alabé 2017 y todo lo que, para mí, había supuesto. Un enorme cambio de visión, de esquemas, algo que –en un principio- deseé que no hubiese sucedido, deseaba ni tan siquiera haber hecho la mayoría de los actos que –en su día- más bonitos me parecieron para que nada acabase aquí, para que no doliese. Sin embargo, lo despedí entre lágrimas de alegría, agradeciéndole las lecciones de vida, agradeciéndole los tumbos de los primeros meses, la euforia hasta completar la mitad del año, en que no hice nada que hubiese  hecho antes, un verano explosivo, como el final de una mascletà, que se crece y termina con un bombardeo espectacular, intenso, con altibajos, pero marcando la vista y el oído para siempre. Y los siguientes meses, una deriva errática, la crónica de una muerte anunciada, aunque en su día mi mente más inocente acallase a la más suspicaz cuando, sin motivos para alarmarse, decía ‘Fran, no es oro todo lo que reluce’. No, no era oro, pero tampoco era la pirita o, como diría la lengua popular ‘el oro de los tontos’. Fue un metal precioso que se fue oxidando, quizá por una mezcla corrosiva. No me importa si fue la persona correcta en el momento equivocado, o el momento correcto con la persona equivocada. Sólo sé que nada queda. Y, por tanto, no queda nada.

Como decía, han pasado meses de todo ello. I’ve made my mind up. He escrito poco, he leído todavía menos… me he centrado en estudiar, en sacarlo todo, en vencer instintos autolíticos que no llevaban a punto alguno, en aceptar que no siempre puedo llegar a todo porque no me falta capacidad, sino tiempo y, precisamente debido a esto, paradójicamente amar la Medicina y decidir que voy a seguir aquí. He aprendido a seguir un horario, a estudiar, a levantarme a las ocho y poco de la mañana, y retirarme pasadas las ocho –y mucho- de la noche, viendo morir el día y los niños correr aquí y allá. Desearía ser ellos, pero ellos también desearían ser yo, y muchos quizá no llegarán. Solo que yo ya llegué a ellos. A veces, si las cosas se enfocan como es debido, se cae en que uno de veras es un sortudo.

También he vencido todos mis miedos, prácticamente cualquier atisbo de depresión, y toda ansiedad. Ha coincidido con lo que menos esperé, pero sí es cierto que, cuando algo no va bien, sigues luchando, y no conoces qué piensa otra persona, parece que no hay causa. Problema sin causa conocida: problema sin solución a hallar. Falta de solución a un problema: ansiedad y depresión. Sí, ‘Find what you love, and let it kill you’. Quizá pagué en exceso mi falta de experiencia en el amor. Hubiese conocido lo que ahora ya conozco: cuál es el límite. Cuál es el umbral de aguante. A partir de qué movimiento debo abandonar. ‘El arte de la guerra es saber retirarse a tiempo’.
Ahora mi vida es quizá algo lleno de más presión, más logros por conseguir, más números que obtener… Más ‘todo’. Pero, sin embargo, por lo previo, ‘algo’ con más motivos para ser vivido, algo más bello, algo más productivo, algo con mayor sentido, algo CON SENTIDO, y consentido por mí, para ser vivido. Ahora es una disciplina, una pauta, con mucho margen para salirme de sus renglones, una improvisación controlada, o un control improvisado. Ahora la unión con mi hermana es máxima, a pesar de que está más lejos que nunca, la relación con mis padres es perfecta, estoy por y para mi familia, celebrando sus éxitos, y cosechando éxitos propios para que puedan celebrar conmigo, cosechando y recogiendo, que al fin y al cabo es lo que cuenta. Mi vida ha dado un vuelco increíble, quizá por regalo divino, por el ‘cosmos’ del que siempre hablo, quizá por consecuencia obvia (yo no la consideraba tan obvia, y tampoco termino de verla, pero hay quien habla de ella) derivada de una ruptura forzosa. Quizá por tener tiempo para mí, tranquilidad, estudio, música y amigos. Pero ha dado un vuelco, eso es indudable, y creo que está en su mejor momento tras tres años, y me atrevería a decir que, dado que ese fue de los mejores de mi vida, estoy en el podio de la misma. Solo me he sentido más vivo cuando no sabía en qué consistía la vida. Por acreción, puedo ir más lejos que en las frases previas: es la vez que más vivo me siento desde que conozco qué es la vida, de veras, y no como la idea de ‘vivir’.

También he recuperado mis amigos. Largas tardes tratando de revivir algo enfermo, pero en lo que creía y seguí creyendo hasta que me dijeron que estaba muerto, y no pude ni certificarlo, me llevaron a no pisar mi casa, o a pisarla para despedirme y marchar hacia una Iglesia, un colegio, una Universidad, un Teatro o lo que cada día fuese en esta ruleta. O una casa, vaya, en la que pasé más tiempo que en la mía. Y llevaron a perder relación con mi familia, que  no me veía de siete de la mañana a nueve de la noche, y mis amigos, que no me veían en muchos descansos, o con quienes no quedaba desde julio, agosto, septiembre… con los que no quedaba, en muchos casos, porque ni lo llegué a hacer. Y llevaron a cosas peores, como perder amistades que estoy recuperando estas semanas muy poco a poco y seguiré recuperando. Me alegra saber, al menos, que todas aquellas que tengo en común han sido las que han quedado, por voluntad suya, conmigo, y no las he perdido, están ahí, me apoyan y me ayudan a avanzar.

He vuelto a reestructurar mi vida, vaya. Y no pienso en ningún tipo de rencor, es estúpido, al fin y al cabo. No pienso, tampoco, en que nadie me caiga mal. No siento nada malo hacia nadie, y sí que siento.  No valen rollos inmaduros de ‘no puedo odiar porque es sentimiento, y no siento nada’ o ‘siento indiferencia’. No, simplemente lo más pernicioso para alguien es forzarse a pensar esto cuando en la Psicología fue un imposible que algo importante se olvide. ‘Corto es el amor y largo el olvido’, que dijo Neruda, en mi poema favorito, el único que recitaría una vez tras otra hasta morir. No tengo sentimientos malos. Volvería a hablarle. Si me hablase. No comenzaría a hablarle. La última palabra fue mía. Perdí su teléfono, puesto que el mío se rompió, y no conservo nada. Podría obtenerlo rebuscando por mi agenda, creo que lo apunté cuando me lo dio, hace año y pico. Pero no puedo, por principios, hablar a alguien con quien tuve yo la última palabra, y ‘él’ la última acción. Una persona a la que reconocía que, de pronto, se torna un muñeco gris, sin imagen, ni estado, ni información… posiblemente hasta hoy, en que seguiré estando bloqueado. Sé que no me felicitará mi cumpleaños. Sé que, en noches como esta, dijo Neruda, estuvo entre mis brazos. Pero sé que, si eso no es lo que quería y, si eso no es lo que, definitivamente, quiero, otra lo hará. Otra que me dé más motivos, o los mismos que me dio mientras los tuvo, otra que  me descubra más cosas, que  me descubra a mí mismo, que me dé motivos para seguir viviendo, apostar por la vida, y doblar las ganancias porque el amor es cosa de dos.

Sé que no lo hará. Sé que el autoconvencimiento es un arma de doble filo. Y he recordado las palabras de ‘tengo miedo a verte algún día y dejar de sentir que te quiero’, que una vez me lanzó, y he pensado que, más que inseguridad, tal y como dije yo ‘por mucho que escuches una canción, si te gusta, te hace sentir exactamente lo mismo que la primera vez que la escuchaste, aunque sea la nonagésima que suena’. Y he recordado ver a alguien y seguir reconociéndolo aunque sus palabras fuesen del todo inesperadas, y sus actos más. ¿Sabéis por qué? Porque soy capaz de ver antes los demonios de una persona en su interior, sus malos pensamientos, sus ansiedades y sus conflictos, mucho antes que desfigurarla por completo.

Pero igual que fui capaz de ver eso, y me revolvió el estómago, no mejor fue la visión que tuve de mí mismo al mirarme al espejo y ver que no era el de siempre, que yo no me enfurecía conmigo mismo por no poder restaurar algo y lloraba, pero vendía al día siguiente una sonrisa bonita, comiéndome por dentro. Yo no era el que no se hablaba con sus padres. Yo no era el que no se hablaba con su hermana. Yo no era el que no pisaba nunca su casa. Yo no era el que pasbaa de empollarse la Fisiología –por ejemplo-, a no tocar un libro en mes y medio, o dos, o yo qué sé. Tres, incluso. Yo no era ese, tampoco, y sí que peligraba no reconocerme. Tuve que forzarme a recuperar todas mis señas de identidad. Y sigo haciéndolo. Y sigo, poco a poco, rememorando todo aquello que creí olvidado, ‘la teoría de la reminiscencia’, que diría Platón, mi arma sale de su cárcel, ¡órfica!, vuelvo a recordar el olor primaveral, la frescura de unas sábanas, the ‘apricity’, la calidez del Sol invernal, vuelvo a recordar Valencia gris con sus monumentos de piedra, veo un castillo, aunque el cosmos ya casi no tire, y pienso en las fallas, en mi cumpleaños, en que todo lo que viene a partir de ahora va a ser una cuesta arriba vertiginosa, pero después viene una meseta y no hay problemas de caída. Incluso puedo coger carrerilla, ¡que la necesitaré! Y sigo recordando melodías olvidadas, el tempo de alguna canción que toco, quizá ahora solo, no como en su cumpleaños, pero mucho mejor, más fácil de reconocer, y apreciando mi propio trabajo para conseguirlo. Y sigo recordando sensaciones como la de recibir una nota, como la de quedar con otra chica, como la de comenzar una asignatura de cero…

¿Qué me depara ‘todo esto’? Intentaré escribir de forma semanal, aprovechando que nadie me lee. Si lo hiciese, tampoco sucedería nada. Contando qué tal ha ido, si he conseguido lo que me he propuesto, qué tal ha ido con mi familia, mis compañeros y las personas a las que más quiero. Desde luego, solo puedo decir que pronto vendrán los resultados de mi plan Z de este cuatrimestre, de mi jugada poco ortodoxa para aprobar todas a las que me presenté. Y que, pase lo que pase, sigo aquí los cinco años que me quedan. Porque sí, porque tengo vocación, me siento capacitado y el mundo necesita de mí, para mantener esta estructura como un peón más o para conocer todo cuanto puedo aportarle y quedarme para siempre en él. Y puedo decir también que la Histología será mi bastión, que la Fisiología Médica mi mayor estímulo, USS y Comunicación mis mayores avituallamientos, y las otras dos, Embriología y Anatomía II, mis grandes desafíos. ¿Anatomía I? Un motivo por el que luchar, si mi desempeño me da motivos para creer, o un motivo por el que crear un punto de inflexión. Igualmente, sé que lo intentaré. Hombre, que si lo haré…

Qué coño, voy a intentarlo todo. Haya suspendido 1, que 2, que 3… Intentaré todo porque estoy convocado para todo y tengo tres putos meses y veintidós días. Y si en diez días he podido creer en aprobar todas (y a lo mejor lo he hecho, también lo digo), ciento y pico mal lo tengo que hacer para irme al pozo.

¿Sabéis qué? Que voy a creer en mí, porque uno empieza a tener vida propia cuando cree en sí mismo, y es lo último que me falta, y lo único, para poder decir que, ahora sí, estoy más vivo que nunca.  Más ‘in’ en esto de la vida que jamás lo estuve y, sobre todo, más dispuesto a cualquier cosa que se me ponga por delante.

Saludar, al aire, al cosmos, a M.R.R., quien seguramente me leyó por última vez –y  me habló por última vez-, un viernes 24 de noviembre (de hecho, no creo ni tan siquiera que esté dispuesta a verme el día de mi cumpleaños, y menos a saber que lo celebraré con muchos amigos en común, y que no me importaría que estuviese, pero sé que no podría) y a toda esa gente que, por lo demás, sigue ahí conmigo, dando el callo, formando mi once inicial con el que salgo a ganar, y decirle al tiempo, el que todo lo decide, que pase. Que venga y que pase. Que pase el tiempo. Y que me depare lo que quiera. Que seré capaz. Ah, y a la persona que sé que va a hacer mi año, por la que voy a luchar y a la que, espero, logre convencer de que ‘esto’ vale la pena, aun cuando ni tan siquiera ha empezado: somos lo mejor que nos va a pasar en mucho.
Buenas noches, y recordamos el lema:

Denn am Ende wird alles wieder gut. 

Afouteza, e corazón.

4 de diciembre de 2017

Mi 2017. Lucha, las cosas que valen la pena cuestan. Oxímoron.



Primera vez que escribo desde la Universidad. Mentira, desde esta Facultad. Llevaba sin escribir desde abril, o junio. Desde que quise, desde el punto álgido de mi amor, desde que escribir no era sino lo que reservaba para una única persona. Ar' vei qu'em vingut als jorns loncs, como diría tal trovador.

Cojo libreta, ya macerada por los últimos apuntes de Biología y Anatomía, tocando el tema 30, últimas letras de una asignatura que muere para siempre, al menos en clase, aunque no en mi cabeza, que tiene que procesarla. Músculos craneales y faciales, la apoptosis celular... Muerte. Cabeza. Qué buenos pensamientos. Y no queriendo ir a clase de Bioquímica para repetir anodinamente los lípidos, me escaqueo de 10 a 12. Y escribo, escribo a líneas, ni tan siquiera a párrafos. Ideas fugaces. Que resumen mi año brevemente y que ya desarrollaré cuando toque. Y publico. Publico para sacarlas de dentro, de dónde si no, y sobre todo, porque ya no las lee nadie.

Puedo afirmar, que no creer, en que ha sido el año del 'oxímoron', palabra que usé siempre hasta el hartazgo, palabra que descubrí a alguna que otra persona este año, palabra que, en sí misma, encierra la enjundia de la vida, del paso del tiempo, de las paradojas que le dan sentido, y quién sabe si también dirección.

Ha sido el año de abrir una libreta, un 1 de enero, a las doce y pico, y escribir de forma apasionada y apasionante propósitos que me juraba que no se cumplirían, de lo más descabellados. Un 'tendré novia' y un 'volveré a mi sitio', que se acaban cumpliendo, y quién me iba a decir que juntos: ir a mi sitio y hacerlo con mi novia.

Un año de cambios, de hablar con alguien de su cumpleaños y de los viajes que haríamos en verano, y acabar viajando juntos para celebrar el suyo.

Un año de que todo sea posible. Para bien y para mal. El oxímoron, el contraste. Que una relación comience con un beso el mismo día que termina por la negación de este. Que paradójicamente lo haga en la acera de enfrente. Hello from the other side. A los 7 meses. 7, el supuesto número de la suerte. 13, el supuesto número de la mala suerte, el que marca los familiares que somos este año más, con mis primos, sus parejas y mis primos segundos.

Un año de negarse a romper la zona de confort, y que sin embargo esta al final te rompa, que vuelvas a festivales, te metas en veinticinco movidas que recuerdes a cada cual todavía mejor, que aprendas a lidiar con todo, y si no, que lidie contigo. Un año de abandonar la casa, de abandonarse y recuperarse, como haría con la cordura. Un año.

Un año de aprender que no hay nada definitivo, que nada sucede si dos no quieren. Los amores florecen, reverdecen. O eso se dice. O eso te dicen. O eso te dices. No sé. Mueren, y punto. Pocas cosas que mueran renacen, salvo si somos células madre del afecto, y creamos amor donde hay vacío, donde hay relaciones tumefactas. Y el año son días, y los amores, son amores de tus días. Sí, ha sido el año de aprender que no hay nada definitivo por eso, tristemente. Que la gente quiere, y deja de querer, no ya cerca, sino de saber de ti, y debes respetarlo aunque no sea lo más respetuoso, que no respetable. Y eso no puede hacer que quieras o dejes de querer a alguien. Nunca dejaré de querer por cómo se me trate, sino, en todo caso, porque la persona deje de hacerme aflorar emoción alguna.

Sí, este año he aprendido eso último. 'Me preocupa el día en que te mire y no sienta nada'. Podría aplicarlo a absolutamente todo el mundo, y es una lección que la persona que lo ha copado me ha enseñado. Maestra de vida. Aprendiz de todo.

Y también ha sido un año de aprender a ya no aceptar, ni tan siquiera a esperar. Solo a PERSEVERAR. Porque todo lo bueno empieza por per-. Desde unas Perseidas, hasta la perseverancia. Incluso la perfidia, del mercenario que cambia de bando en una guerra. Solo perseverar. Todo vuelve si vale la pena. Porque cuesta. Y si no cuesta, y no vuelve, es que no vale la pena. Pero sólo el tiempo actúa. Tú no tienes papel alguno.

Sí, ha sido ese año, el de 'Lucha, las cosas que valen la pena cuestan'. Debo devolver ese libro a quien pertoque, no es mío, no es ni tan siquiera, por desgracia, de quien escribió a lo largo de sus hojas, para que una persona se detuviese a leerlas. Ni tan siquiera esa persona era yo. Pero mis ojos no quieren despegarse de la frase que ha marcado su año. Gracias a esa persona por haber puesto a su mayor logro filial ante mis narices, y porque ésta haya puesto su confianza en mí y por tanto su libro en mis manos. A lo mejor hay accidentes que no tienen que suceder, y más posiblemente este fuese uno de ellos, pero ha sido un bendito accidente.

También ha sido el año de creerse maduro porque en comparación con el previo uno se cree el dueño de la verdad absoluta una  vez ha atravesado 500 experiencias nuevas. Pero no importan los males vividos si siempre han sido los mismos. ¿Has vivido el amor? No. Pues toma, vívelo, cómete o no un chasco, y añade la experiencia del amor y la del desamor. A nuevas enfermedades, nuevas inmunidades. Y has madurado como nadie.

Y has madurado porque también han sido las primeras veces. Amor. Tonteo. Pasión. Desboque. God's whisper. Devil's whisper. Sexo. Todo se resume en fundirse con la persona a  la que se quiere, y lo has hecho por primera vez. Fundidos, uno dentro del otro. O de una cama, durmiendo, juntos, custodiando sueños. En el mayor de los estados de indefensión, porque te sientes seguro. Trust and lust. Y se me olvidan los abrazos, el kintsugi del alma, la risa, el enlace covalente entre dos personas, la felicidad, algo que no tiene que regir tu vida. Que tu vida no sea 100% felicidad, sino felicidad al 100%, mientras dure.

Calidad, no cantidad. No abarques, Fran, aprieta, fuerte. La felicidad que se posa sobre un puente viendo un castillo en fallas, y se va. Pero te deja durante seis meses el regusto hasta que lloras,y sabes que no puedes perseguirla, que tiene que volver. Y no vuelve, pero sabes que lo hará, y lo hará en 2018, y no sabes qué te susurrará, y a quién traerá, pero sabes que lo hará, y dispones a todo tu equipo en sus posiciones para vivir. A todas tus capacidades afectivas para que esta vez sí, todo salga bien con quien venga. Tu experiencia como táctica. Y tu capacidad como técnica. Skill doesn't kill.

Ha sido otro año de ver que cuando lo que más quieres te abandona, ahí queda la familia. El año de la familia, que ha seguido luchando por mí, intentando hacerme recapacitar en muchas cosas cuando seguía obnubilado por mundos que solo existían en mi cabeza. El año de nuevos miembros, bebés, percances, de superar las adversidades, pero solo con la ayuda grupal. De morir y salir a matar. De ser una institución, sí, pero a su propio servicio. De llamadas de madrugada para consolarme, de almuerzos para hacerme olvidar, para hacerme ver bonito lo horroroso. Y devolvérselo, devolver todo ese cariño en forma de cuidar a los pequeños, a los mayores, de acompañar en el duelo, y de volver otro año más a honrar, tumba por tumba a los caídos. Antonio, eres eterno.

El año de tener apoyo en mi mayor decisión, la de dejar Bioquímica, aunque ese apoyo 'se resquebrajase', aunque 'no pudiese con mi mochila'. El momento durará por y para siempre y la ayuda no la olvidaré ni dejaré de agradecer jamás. Porque sí, fue el año de jurarme aguantar en Bioquímica y que la Medicina fuese quien me aguantase hasta el último día para que me inscribiese en las PAU. Para firmar, Under OATH, el juramente Hipocrático. Solo UNA buena, de INFINITAS oportunidades. Otro lema de este año que grabaré a fuego.

El año, sí, el año de recordar sin que duela. De querer saber aunque mate. Porque si el mayor desprecio es no hacer aprecio, yo puedo añadir a quien me lo diga que no ofende quien quiere, sino quien puede. Y no me sentiré jamás ofendido por nada ni nadie.

Y el año, el año que bauticé como 'tempus fugit' y que sin embargo me muestra que hay mucho tiempo, y lo bueno está por llegar. (Hago una pausa, saludo a mi mejor amiga del B, acaba de llegar, ¿será quizá una bonita coincidencia? Ojalá).

El año de dolerse más por los porqués que por los motivos que tengo, porque no acepto las cosas que no tengan un motivo, porque soy una persona que siempre quiso saber el porqué de las cosas, que siempre quiso poner solución a todos los problemas, y cuando algo se 'soluciona' por una parte que no explica las cosas,  no sé reaccionar. Sí. Bueno, espontáneamente. Gracias a energía. Que no sé sublimar. Poco a poco lo hará de nuevo, de gas a sólido, cristalizará. Que nadie rompa esa pátina.

El año de ansiedad que deviene en ansias, de lo malo que deviene en lo bueno. El año en que paso, véis, nueve meses con una persona. De gestación emocional, de pedir que escriban conmigo, paso a lanzar a esos familiares, amores, amigos, desamores y otras lides, que vengan en 2018, un imperativo: sois mi equipo, y si queréis formar parte de él, no os lo preguntaré, no preguntaré si queréis escribir conmigo, pasar un año conmigo, lo afirmaré, y lo ordenaré: VIVID EL AÑO CONMIGO. Os quiero aquí otro más. ¿Os venís? Yo ya estoy. La gestación, nacer el amor, madurar, complicarse, desarrollarse, hacerse adulto, ir envejeciendo a partir de Alborache, y morir a manos de gritos ahogados y explicaciones que nadie dio a gritos. ¿Veis el oxímoron? No sé a quién me refiero, voy a ir acabando. 11:41.

El año de los Crystal Express, del que ya han pasado, casi, 270 trenes, y ninguna parada se repitió, el año de los besos en los semáforos, el año de los viajes por todos lados, del City of Stars, de la Vía Láctea, de 'desde los 19 hasta los 91', aunque 91 fuesen los días que llevábamos, curiosamente, juntos, de prometer mucho y no demostrarlo, de la cerrazón, de incomunicación, de querer decir mucho y no decir nada, de soltar palabras y no hablar, de esperar a que todo se solucione porque no hay que decir nada, nadie es quién para hacerlo, y luego nadie es quién para nadie en este juego cuando finaliza.

Pero, ¿sabéis qué? Que es un año que volvería a vivir. Con la misma persona, con los mismos momentos, sin cambiar nada (bueno, si se pudiese... y no fuese omnisciente, repito, porque acepto ya todo cuanto sucede... sí). Un año del que no me arrepiento. Qué cojones, de los mejores tres años que he vivido, ninguno igual en el último lustro.

Pero, de nuevo, redundo, ¿sabéis qué? Que reviviría 2017, pero solo para hacer tiempo hasta que 2018 empezase. Que 2018 es un año que quiero vivir, de principio a fin, que quiero cumplir todos mis propósitos, que lo voy a hacer, que seguro, me va a sorprender, que lo va a tener todo, y a todo el mundo, sea en la forma que sea.

Y va a ser el año que dure de principio a fin como está transcurriendo este último mes, este diciembre, con olvido, con perdón, con mis amigos y familiares al lado, y abierto a todo y a todos. No cierro puertas ni tan siquiera a la amistad. El rencor, el querer olvidar... solo llevan a una cosa, al odio y al recuerdo. Y no quiero ni olvidar, ni recordar. Ni sentir odio, ni sentir que me odian. Solo quiero mantener en mi memoria y en mi vida, y solo quiero querer.

Por último, como siempre, siempre, siempre, hago, concluyo con algo potente, como una mascletà, un castillo, un golpe seco, una crochet en el pómulo, un último sprint tras el que te coronas como campeón, una frase final que deja seco a la otra persona. Lo que más pasional os parezca. Mi frase, mi guinda.


Tú, que lees esto. Tú, que puedes haber llegado hasta aquí, tu creencia (nadie, la teleología, el azar, el cosmos, Dios, Alá...) sabrá cómo, porque escapa a todos nosotros.

¡VENTE A VIVIR 2018 CONMIGO!




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Pd: estaré unas semanas casi incomunicado por rotura del teléfono móvil. Os felicitaré de una u otra manera. Os buscaré por Burjassot, por Blasco, iré a veros, vendréis a mi casa... Cada uno a su manera, pero recibirá mi orden de vivir conmigo.


Buenos mediodías. Enfilo hacia la planta baja, no sin cruzar saludo con mis amigos que suben ahora, saludo al B y al V, y para casa, a plasmar estas líneas.

Tempus fugit.