5 de octubre de 2018

Anatomía patológica de una semana

La semana pasada fue 'Anatomía de la felicidad'; en esta, ha habido menos suerte, pero ha acabado bien, que es lo que cuenta. Está claro que tengo que definir mucho mejor mis círculos, que comenzar a estudiar ya, no abandonar música, idiomas ni deporte, por mucho que me quiten tiempo de otras cosas (mientras sea 'empleado' y no 'perdido', me vale) y otras tantas cosas más que sólo dependen de mí y no viene a cuento contarlas, válgase la redundancia. Voy al grano. La canción con la que resumo la semana es una de las primeras que escuché, de niño, en una lengua que no me abandona, y con un significado increíble estos días. Me transmite serenidad y me permite pensar en condiciones, sin llegar a derroteros sin salida. He visto que hay gente que me lee, y es largo, así que si no queréis perder ni tiempo ni lo más importante de lo que digo a la vez, podéis leeros las negritas. Si queréis ir al prólogo de la semana próxima, miraos el último párrafo. Abrazos, y buen finde. 



Lunes 1: siempre he hablado del 'síndrome de octubre' y parece ser que mis predicciones no fallan. Mes nuevo, misma historia. Ya comenzó torcido, puesto que quise ir a Burjassot, pero no pude. Adelantan prácticas, toca hacer trabajos, quedar en horas muertas... Me sorprendió que, al comunicarlo a mis compañeros más cercanos de dicho Grado, éstos se dividiesen en dos grupos. Los que, mientras estuvimos juntos, tuvieron una relación 'discreta' conmigo, y que fueron los que me invitaron a comer, a verlos tras la práctica de laboratorio y pasar la tarde, con los que he comenzado a quedar y llevarme excelentemente, y los que fueron mis mejores amigos, dentro de los que reinaba la indiferencia y, uno de ellos, me dijo si me 'iba a dar el pateo de hacerlo', y a los cuales no veo en más de medio año, desde días después de mi cumpleaños, en Fallas. Me apenaba ver cómo relaciones absorbentes y cambios ajenos de aires llegaban a tumbar relaciones de años más por obligación que por devoción, pero bueno, no alteró mi día, a estas alturas, y habiendo recuperado miles de amistades y habiendo querido recuperar TODAS las perdidas, por una en la que la otra parte no pusiese ni media, no podía seguir tirando ni preocupándome. Hay una frase que me encanta decir, sobre todo cuando estoy con alguien muy de mi agrado o, al contrario, cuando un suceso se precipita: 'algo no pasa si dos no quieren'. Luego esto no puede pasar.

Continué con Fisiología, y de aquí extraje una cosa: la motivación depende del estímulo. Y, en mi caso, si no es continuo, la pierdo. ¿Por qué lo digo? Había perdido el gusto por Fisiología estas dos últimas clases. Rutina, poco estímulo, poca relación profesor-alumno, poca ampliación de la materia, ¿qué hago aquí, y no en mi casa leyéndolo por mí mismo? Entonces, vino profesor nuevo, nos lanzó preguntas de Clínica, acertijos, nos contó experiencias, incluso me motivó tanto el hecho que me lancé, salí allí, hablé sobre un tema que conocía muy bien, tomé apuntes y finiquité su tema sin necesidad de pasarlo a limpio. Pensé en si esto no había sido el resumen de mis últimos meses, el hecho de que las personas van y vienen, pero las mismas emociones no se detienen. Me gusta estimularlas, cambiar de temas, sorprenderlas, vaya, lo típico, porque actúo de igual manera que me gustaría que lo hiciesen conmigo, pero, por motivos equis, acabo perdiendo toda motivación, los estímulos cesan, las relaciones no evolucionan, no hay una ampliación, se cae en una rutina aburrida que no incita ni tan siquiera a buscar algo con lo que salir, se pierde la relación entre personas, y vas dejándola poco a poco, sin saber realmente qué puedes hacer, con qué puedes sorprender y, sobre todo, para qué, si todo esfuerzo es inútil cuando das, pero no recibes y no sabes bien qué tienes al otro lado del muro.

Pasó Histología y, quizá por la reflexión anterior y la que tuve con Nídia en una red social acerca de las relaciones (estoy hablando continuamente de amistades, si tenéis la imagen de 'relación' como algo íntimo, apagad el interruptor, porque también es aplicable, pero mi mente no piensa en ellas ni la hay, actualmente), me fijé en el escaparate que suponía Instagram. Estaba el grupo de los que reniegan de ella y no la usan y el de los que les encanta y están viciados a subir irrealidades que hacen pasar por su vida. Al final pensé en las imágenes que tenía y dije: '¿Qué mas le doy al mundo?', no en un sentido pesimista, sino en un sentido de: 'Esta foto que he subido en un bar, realmente la he vivido con dos o tres personas, que ya la tienen, con quienes ya la compartí. Y el mensaje ya lo conocen, les dije cómo fue, ¿qué más les da a otras 90 personas este hecho, y en qué cambia nuestras vidas el saberlo?', nada. ¿A quién le importa mi vida como para verla en directo? Podéis saber, después de esto, en cuál de los dos grupos me encuadro y qué decisión tomé. Cuando quedo con alguien, si me tomo fotos las tienen al instante (ey, no está mal hacerlas para inmortalizar un momento chulísimo, no os metáis con las fotos), y si opino algo lo saben en el momento (o eso intento), sea bueno o malo, más bueno que malo, porque si no, no hay otra.

Martes 2: el martes comencé enchufado, ya se habían olvidado las peculiaridades del día previo. No soporto a profesores que se repiten sin tener capacidad de estimular al alumno simplemente por llenar tiempo (¿Cuántas cosas se dicen o dejan de decir por querer rellenar y, también al contrario, por no tener capacidad o no arriesgar?), y que acaban haciendo de su clase un infierno. No fui a Epidemiología. No voy a ir a una carrera en la que la señora que imparte un Power Point con no sé cuántas mil palabras y ni tan siquiera se dedica a ello.

Me fui a la playa, intenté ayudar a una persona como buenamente pude (la intención es lo que cuenta, o eso dicen), estaba bien, volví... todo en la tónica de un día normal, aburridillo -pero no por mi culpa, o sea que todo correcto-, siesta, bueno. Pero toda mesa tiene sus cuatro puntos de apoyo, cada uno los suyos, pero cuatro. Familia, pareja, sustento económico, amigos, trabajo... hay miles posibles y con cuatro de ellos hacemos nuestras patas. No voy a decir los míos, ya los sabréis de una u otra forma cada uno. Ese día me empezaron a fallar, empecé a cojear de alguna que otra pata. Me lesiono y no puedo entrenar, amigos discuten por gilipolleces y por terceros en discordia, a nivel de relaciones tengo que ocuparme yo sólo de toda mi familia cuando nunca ha sucedido lo inverso -a pesar de que, para mí, es un deber que me marco-, y los apoyos externos brillan por su ausencia. Me siento mal y decido pasar una tarde, quitando los paseos y un toque a un amigo para ver cómo le ha ido el entrenamiento (al fin y al cabo a mí en su día me enseñaron la pista y la dinámica, y a mí me toca, repito, actuar con el resto como quisiera que actuase conmigo), escuchando música y formándome sobre cosas varias. Cancelo el cine y otro día será, con mismos amigos, distintos... no me importa, en absoluto. Paso una noche en la que me cuesta dormir y acabo leyendo un libro portugués por pasar el tiempo, el segundo que leo esta semana, pues entre domingo y lunes leí otro más filosófico. Ya sabía de sobra cuál era el problema. Tocaba materializarse.

Miércoles 3: vino Fisiología, otro profesor nuevo, distinto cariz, estímulo nulo, todos sentados y viendo cómo nos embutían sin salirse de los esquemas una lección más. Perdí el estímulo, con ello las ganas, y tras ello, la motivación. Decidí no ir a Histología. Segunda clase pelada en dos días, pero, como dije la semana pasada, por mi bien, por no caer en el odio hacia una materia cuando ya me había reconciliado con ella. A veces también pasa en la vida que te alejas de algo a lo que quieres por el riesgo de que cualquier situación, más ajena que propia, pueda romper lo poco o mucho que habías conseguido.

Aquí, a estas alturas, una reflexión que tuvo este doctor, del que fui voluntario esa sesión, conmigo, me hizo cambiar muy levemente el chip, pero, con la guardia baja, los golpes 'pican' más. Iba en el sentido que le dio Nídia el lunes, y reflexionó acerca de lo que llamaba la 'economía de las relaciones', cómo realmente acabábamos perdiendo nuestras facultades por la tecnología al llevar calendario, horarios, fechas, información, dinero, personas... en un único dispositivo. Más allá, incluso, sobre cómo las personas buscan dar el mínimo cariño o mostrar la mínima cercanía para obtener lo máximo, una 'optimización', en términos matemáticos, de las emociones. Para aquel momento yo ya era consciente de eso, pero la pregunta de '¿Quién trasciende esa dimensión?', la cual ya me había hecho muchas veces, fue un detonante. Ya de por sí soy el tío que tiene los cumpleaños apuntados en una agenda -y no necesita mirarla para cantarlos, uno por uno-, quien la usa también para apuntarse qué clases hay y qué debe hacer, y puedo enviar, a lo sumo, 20 'whatsapps' diarios. Pero esto me hizo ver que podía vivir sin mensajes, sin móvil y sin aplicaciones. Y más en una semana en la que ya llevaba dos días malos y sólo recibía mensajes buscando barda entre compañeros, gente interesándose en mí, que no por mí, y dos o tres personas que sí salvaría, pero que tengo ya en otros lugares. Total, que tras una tarde muy floja y en la que las patas de la mesa cada vez se desajustaban más, y no podía hacer nada por ello porque siempre son ajenas a uno (por eso debe elegir uno qué cuatro lo sustentan), decidí probar a ponerle fin al móvil. Y así hice. Por otro lado, encontré un apoyo externo tras mucho tiempo sin hablar con dicha persona, que supo que estaba mal, no sé cómo porque no hablé con nadie, pero conocerme (y conocer a alguien) es un don, y cuando lo tienes, pasan estas cosas, y pude mantenerme, con el agua subiendo hasta el cuello, pero respirando todavía sin problemas.

Jueves 4 (ayer): no hay mal que cien años dure. Remonté enormemente en las prácticas, las dos, que saqué 'cum laude'. Finalizaron y formé parte de una encuesta para un Instituto médico por mi perfil, y me encontré, curiosamente, a una compañera del Grado como voluntaria. A veces los humanos nos calentamos mucho los cascos y realmente podemos ser felices con poco y hacer menos infelices al resto con menos: un gesto rápido, simple... somos animales. Un animal no quiere que le reflexiones la vida, que le hagas de coach o que le relativices el momento. Un animal, si le respetas las distancias, si lo estimulas, si le pones una mano encima y si le hablas con buen tono y por su nombre, hace todo y más. Así, me encontré a esta compañera, y debió ser que todavía tenía -yo- mala cara, porque me separó un momento del resto de la jauría, me puso una mano en el hombro y me preguntó por lo que sucedía, si ya estaba más tranquilo por el tema delegado, dándome la enhorabuena por lo bien que lo hice en las prácticas, etc. La relación entre ambos siempre fue nula, tiene sus cosas personales también, y no compartimos ni amigos, pero aquí descubrí que no preciso de hablar mucho con alguien para estar bien con él, ni de contestarle rápido, ni de tan siquiera estar o no encima, o ser 'algo' a su respecto. No, y si no mirad cómo cambió mi día, a mejor, que una persona y yo cruzásemos una palabra, pero una palabra útil, me hablase por mi nombre ('Fran, cómo va todo', vs. 'Buenas, cómo va todo'), sin voluntad de 'mantener algo', con una palabra que no estaba escogida para marcar o conseguir algo, sino preocuparse por alguien, sino con lenguaje no verbal, y que no hace falta contestar a alguien en una hora, un día o un mes, sino cuando lo necesite, que no se debe estar encima, sino saber cuándo, y que no hace falta hablar siempre, o para decir poca cosa, si se puede hablar esporádicamente pero sentir que 'se ha dicho algo'.

Así sucedió, y puedo concluir que 'los detalles, cuanto más pequeños, mejor, marcan la diferencia'. Es algo que extraigo de mi trato con los compañeros, de estos momentos que me llegan cuando tienen ese trato conmigo, de gente que hace poco, pero todo lo hace bien, de gente que hace mucho, pero no llega tan allá, de gente que con un gesto, una palabra, una proposición o cualquier estupidez del tipo, consigue que abandone todo y siga con un 'y por qué no'. No me hagáis ver sólo lo bonito del mundo, si hay algo malo y me afecta.  No preguntéis la misma frase todos los días (qué tal), sino daos cuenta de su respuesta negativa sin necesidad de saberla. No me mandéis mil mensajes al día, si con uno, en el momento preciso, lo dejo todo. No me preguntéis para darme rienda suelta a que me explique, hacedme una única pregunta, acordaos de la respuesta tras semanas, o meses, o de proyectos o eventos o cualquier estupidez, y sorprendedme y haced que me tambalee de la alegría cuando, tiempo después, os intereséis por ello (¡Lo preguntasteis por interés, y no por cumplir!). Todo esto era retórica, no lo dirigía a vosotros, de hecho, esto lo leéis los pocos en quienes confío o, ya es mucho, no desconfío, y para vosotros no tengo comentarios malos. Sólo tengo o intento tener buenas palabras y preocuparme puntualmente si veo que algo 'puede no ir bien'.

Encendí el móvil para ver 400 mensajes, a los que contesté con 10, y le di prioridad a dos personas, que ya saben quiénes son, y por qué. Vi mensajes de un grupo de amigos falso en que si no se escriben, nadie se ve, un grupo de clase que seguía sin aportar, el de la familia a la que veo de continuo, un cliente al que llamé por teléfono, y resolví lo mismo que podría haber resuelto por WhatsApp, pero en un minuto, escuchando su voz, con tono y con cercanía (cercanía... esa gran palabra), y pasé por alto un par de conversaciones, que había muchas. Me sorprendió, y hoy he ido a verlo para darle un abrazo y preguntarle por su curso, que un compañero que ya no está en mi grupo se acordase de mí y me felicitase ayer. Otro pequeño detalle, acordarse de alguien, un mensaje tras meses, que consiguió que moviese el culo para verlo, saber de él y clavarle un abrazo.

Viernes 5 (hoy): anoche estuve muy bien, me acosté tarde, me tocó hacer de 'psicólogo', no por mucho tiempo. No era la primera vez esta semana, ni la segunda, que lo hacía con alguien y para alguien, pero nace de mí y es inevitable. Eso, y una noche de lectura, música y tomar el aire que se me fue de las manos, hizo que cogiese el móvil a las seis y decidiese no contestar, por amor a la gente, todas aquellas conversaciones relevantes. Ética, de nuevo, profesor que vende política, humo, mentiras, sobre el gremio. No me he contenido, he sabido que estaba bien porque ha salido el 'Fran reaccionario', contestatario, combativo, he levantado la mano, he opinado por qué estaba en contra, argumentado, criticando, en tono asertivo, no iba a dejar que dos días de Ética politizada e insulsa se convirtiesen en un tercero, y la clase me ha apoyado. Dejé de ser delegado porque no quería que esta discusión diaria con departamentos podridos afectase a mi desempeño como compañero y estudiante, pero de vez en cuando viene bien el apoyo del grupo y plantar cara a autoridades putrefactas y corruptas para saberse vivo y capaz de cambiar ciertas cosas.

No me he ido en metro a lo fácil, ni a la playa, lo deseable. He vuelto andando los 6 kilómetros a casa. Por el cauce, por un camino que en su día hacía más, por otros  motivos, por rincones que no visitaba en un tiempo, que ya casi parecían no tener voz, y he sabido lo que era volver a pensar en 2015, 2016, 2017, en 'oler' de nuevo épocas, en que muchos sentimientos y pensamientos volviesen a mi cabeza al ver determinadas cosas (una fuente, una plaza, una torre, una finca, un tramo de río, cualquier cosa... con significado para mí), incluso sensaciones que te recorren la espina como calambres, a las que puedes poner fecha y hora aunque haya pasado un año de eso, o dos..

¿Prólogo de la semana que viene? Mañana, inevitablemente, debo currar para dejarme todo el trabajo del fin de semana hecho. No será un día fácil, pero retomo el gimnasio y, quizá, amistades si decido quedar, y tengo las de ser feliz. El domingo, tengo tarde libre que culmino con la conferencia de un Premio Nobel y una noche libre para pasear, como hacía el año pasado en invierno, porque el lunes no tendré carga lectiva. El lunes, comienza una semana sin prácticas, con una tarde larga que ni de coña dejaré pasar en balde como el anterior, el martes viene el día grande, el de la Comunitat, con muchos eventos, un castillo al que no voy en ¿4, 5 años?, a saber, tras 7 meses de la Nit del Foc, y al que iré porque quiero volver a revivir sensaciones tan lejanas en el tiempo, ahora que estoy a medio camino entre fallas de 2018 y 2019, un miércoles de cerrar trabajos en grupo e ir al cine para cobrarme el disgusto del martes, un jueves en el que pretendo visitar un sitio para mí muy especial y salir, esta vez no como haría en El Carmen, prometido, y un viernes en el que tengo planeadas muchas cosas, tanto visitas a sitios, como recuperar antiguos trazados, volver al agua y ciertas sorpresas, pero ya a su debido tiempo.