1 de abril de 2019

ME ESTOY HACIENDO VIEJO Y NO QUIERO SABER MÁS. QUIERO IRME A CASA.

Tengo prisa.
¿A qué puedo llamar ‘casa’? Me vienen a la mente las palabras de ‘hogar’ definido en ‘El lugar más bonito del mundo’; ‘hogar’, o ‘el lugar más bonito del mundo’, ‘es aquel en que tienes a un ser querido, y es recíproco; o allá donde puedes llevar la cabeza bien alta’. No tengo hogar, no tengo casa, pero tengo una suerte de lugar sagrado, donde los problemas no cesan, pero me puedo refugiar del ansiedad que me genera el mundo y la enorme angustia que estoy viviendo estos días, en que escribo para que ‘algo quede’ cuando ‘todo ocurra’.
Llevo dos, tres días… preguntándome qué es un hogar. Los dos títulos que he elegido son muy claros, pero pocos los conocerán; son frases de un enorme músico. Así dio a conocer su depresión. Se suicidó. En un acto triste, no por la decisión, no por el acto en sí, sino por lo que el mundo perdió. A veces me pregunto hasta qué punto lo haría yo, a veces me testo hasta el final. Siempre queda, siempre, una razón por la cual no hacerlo, pero, para poder valerse de ella, todos los esquemas deben cambiar, y deben hacerlo hacia, a corto y medio plazo -y a largo no lo digo, porque es invisible y, a veces, inasegurable- de forma casi suicida. Piensas que lo mejor es volver a casa, una ‘casa’ como la caja de pino, como la Tierra, la muerte… dices ‘no, yo quiero disfrutar de correr, de amar, de reír, de saltar, de parar el tiempo…’, pero, a la vez, te dices ‘pero no puedo hacerlo; debo dejar esta carrera, debo darme un tiempo para el cual no tengo dinero, debo ganar un dinero para el cual no tengo tiempo, o debo, simplemente, abandonar un proyecto para el que no tengo recursos emocionales’. Y duele más hacerlo que morir. Me duele vivir. Sólo quería decir esto, y tanto para tan poco, vaya.
A veces, por nada, otras, por levantarme, por primera vez desde que estudio, sin ganas de afrontar un día, de ir a clase; no de ‘joder, quiero quedarme en la cama’, sino de ‘joder, quiero prolongar este sueño hasta que todo finalice’. Otras, por ver que cumplo la legalidad y, quienes deben velar por mi justicia, la incumplen y se jactan y vanaglorian por ello. Otras, por ver que sé mucho más, y tengo la capacidad de saber mucho más, que lo que realmente está previsto en mí, y por eso juzgo inútil todo lo que se hace, se da, se dice, las excusas que se ponen. ‘Deberías saber esto…’, ‘hay demasiada democracia’, ‘no me importa tu saber, sino tu examen’, ‘tienes razón, pero te la quito, porque si no me toca dar explicaciones’, ‘traga un poco más, te lo pido’, ‘lo siento, pero así son las cosas’… Ves la corrupción, a los ojos, negra, espesa y contaminante con todo lo que toca, como el petróleo, pero no puedes hacer nada, huir de ella, mientras puedes, dejar que no te toque y odiarla, pero saber que por cada gota que limpias que de mar, una de petróleo contamina diez mil hectolitros. Eres capaz de pilotar el avión, pero no te deshaces del ruedín de la bici. Aquí encajaría muy bien el saber más que el resto, el que trasciende toda frontera del saber, el que se infiltra más de lo que debe en una roca poco metamórfica, el que tiene una capacidad de juicio que traspasa el convencionalismo ajeno, está destinado a sentir que se está haciendo viejo, y no querer saber más: ‘he vivido mucho, no quiero seguir con esto; no quiero saber lo que me queda; no quiero seguir sabiendo y aprendiendo esto; no estoy aquí para este fin, y si sólo me queda esto, no quiero ser, ni estar’.
Y el pensamiento recurrente ha sido, está siendo, esperemos que no sea, bien por remisión espontánea, bien por decisión forzada, el mismo: ‘quiero irme a casa’. Quiero dejar esta Institución putrefacta, este Grado o esta Universidad, quiero irme lejos de este lugar, quiero irme lejos de una familia que no me comprende, que no me apoya, que no ha podido garantizarme los recursos emocionales de los que he precisado y que ve con mayor tabú una ruptura con la vida, o depresión, que una fractura de brazo, que son dos afecciones pasajeras -generalmente pasajeras, si bien endógenas y recurrentes, en el primer caso- de respeto y apoyo, en la que no hay un puto enfermo, ni hay ningún desvalido o inválido. Quiero irme lejos de lo que no he podido tener, de lo que no me ha sido ni está siendo dado, quiero irme lejos de lo que ya no considero casa hasta que nadie la vuelva a hacer reconocible, quiero irme lejos de aquel sitio al que cada día que voy, envejezco un año y no quiero volver a pisar, porque sé que en algún punto me sentiré con noventa y me veré abocado a palmarla.
Quiero definir lo antes posible qué es para mí ‘mi casa’, o a qué quiero volver. Y hacerlo. Me duele vivir. Hágase lo que toque, dentro del juicio que se conserve hasta el final, pero no se demore demasiado.
Hablé en otra ocasión, por cierto -y finalizo ya-, del amor. Hoy en un flash esporádico reconocí a una persona que me gusta, pero también recordé a otra que lo hizo. Y caí en las imposiciones de siempre y cómo actúan como factor limitante de la vida y el disfrute, si ahora mismo se puede decir que van de la mano. Quédate con quien sepa que eres una persona normal y corriente, como todas, con su semana floja de manera intermitente, con una afección llamada ‘depresión’, que no está loca, que no precisa de más cuidados, que no es un puto anciano ni un bebé, y con quien sepa que igual tus estudios van para un año más, que de momento no, pero sé que en algún momento lo harán, y que no te vea como un imbécil o una traba a su camino. Quédate con esa persona. Y, como no la hay, cuando exista, y si llega a tiempo, entonces le abriré mis puertas, sin oposición.
No hablaré de amigos. Han pasado unos días en que he silenciado el móvil y sólo he recibido mensajes de interesados, de grupos en los que no sé ni qué pinto, de gente que otrora fue mi mundo y ahora no me habla, o lo hace cada semanas, o no me contesta, ni tan siquiera por las redes, o no sabe qué contestarme, como si fuese un ‘caso aparte’. Qué queréis que os diga, pocas conversaciones, de gente muy importante, que no sabe decirme nada. Yo no puedo continuar un soliloquio; yo no puedo continuar creyéndome el culpable porque nadie pueda hablar conmigo de lo más bonito, no porque yo no quiera, sino porque esa gente crea que un ‘depresivo’ no está preparado para ver o juzgar lo más precioso, como si su prisma estuviese roto o lo contaminase, y contaminase a todos los que tiene al lado, como si estuviese apestado y hubiese que huir de él.
Qué queréis que os diga, me siento viejo en la vida, dolido por ella, quiero volver a una casa, debiendo definir para mí qué significa este aforismo, y creo haberme quedado completamente sin compañía en esto, así que será una lucha conmigo o contra mí, pero a solas. Agradezco a la gente en orden descendiente de retirada, por haber aguantado hasta el último momento antes de largarme. Espero que haya más escritos, y espero que puedan seguir leyéndome. El peso de los ‘mañana más’, ‘a ver si nos vemos’, ‘ahora no puedo’, ‘ya me cuentas’… en ocasiones supera al del plomo, si no hay un mañana, si no te vuelves a ver, si la otra persona es la que jamás podrá, o si no te contará nunca nada más.
Marcho a la casa provisional que me he hecho entre falsas esperanzas de que todo irá bien, con cuatro palos que he recogido de los que me han dado, y de que poder hablarlo con alguien, aunque me saque los cuartos, me reparará. No sé cuándo volverá a haber tormenta y a derrumbarse la casita, pero dejaré constancia, aunque sea críptica, de ello. De momento, voy a terminar de clavar unos listones y a pasar otra noche fresca, pero al menos no al raso. Confío en que mañana pueda salir a hacerme una puerta, para que no entre lo que pretendo, con el fuego que me quema, mantener ahuyentado. No sé cuándo volveré. No sé si volveré. Gracias por todo y nada, perdón por nada y todo.
Un perro de ojos negros…