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20 de marzo de 2017

Simbora!



Simbora!


Vuelvo, de nuevo. Hoy sin rodeos, llevo ya cuatro meses sin publicar nada que haya sido edulcorado o sea mínimamente ‘bonito’; no voy a hacer una excepción. Escribo por lo que siento y no por lo que quiera hacer sentir, y para más inri no sé ni por qué coño lo publico. Dejo de dar la tabarra con las notas a posteriori y paso con lo escrito en mi ya famosa libreta hoy. Faltan mis clásicas fotos, una por día, que pego siempre en mi agenda al término de las mismas, da igual si las he tomado, da igual si las he dibujado, pero tampoco es que pinten mucho. Con este juego de palabras me despido, al menos, hasta el sábado.

Feliz conmigo mismo y por eso manteniendo a raya al mundo, me siento en las escaleras de este templo, muy lejos de mi casa y por ello muy cerca de mis cuatro pilares, me siento bastante bien por haber aprendido, todavía más, no ya a crear expectativas someras o nulas sobre las cosas y a afrontarlo todo de forma realista, sino también por haber aprendido que no se puede tener todo y no todo lo que se puede tener está al alcance de las manos. He aprendido a esperar y depender única y exclusivamente a (y de) todo aquello que yo mismo he planeado conseguir. Aquello con lo que no cuente, que me complemente vagamente o que ni tan siquiera se me pase por la cabeza, que se apañe para llegar a mí. Yo tengo un camino, y en él pueden confluir otros paralelamente, pero mi función es únicamente andarlo, no perder el tiempo construyendo atajos hacia otros o perdiéndome en lides que me importan más bien poco. Bien, filosofía redefinida, no me importa, pasemos a otra cosa, que hay mucho a lo que (a)traer en mente. Sopla una ráfaga fresca, es tarde, me apetecía cambiar de sitio. Todo ha perdido su color verde y su calma; ahora es más gris, como la piedra granítica sobre la que me siento, y algo más tenso, como la época en la que se colocó. Me pondría música, pero para qué hacerlo si dentro cantan varios monjes y las paredes tienen a bien comunicarme sus vibraciones para que no me lo pierda. Me abstraigo, me proyecto en un pasado lejano y vuelvo al lío.

Ha sido una semana un tanto extraña e innovadora, quizá más marcada por las decepciones a nivel macroscópico, quizá de la estructura y de pequeños reductos también salpicados por su mierda, de ahí mi mensaje, el cuerpo de esta entrada, la indiferencia y la dependencia de mí mismo únicamente. Simbora!

Recuerdo épocas pasadas, año y pico hará, que hablaba de lirios entre cardos, de encontrar a la persona… ya tengo diecinueve chirlos y un poco de madurez como para afrontar las cosas como dios manda y dejar la simbología para lo que la merezca. Y lo que merezco es lo que tengo, lo que he encontrado es lo que debí encontrar y si no hay nada ni nadie hasta ahora en mi vida es porque no lo ha valido. ¿Listón alto? No tengo ni listón, no creo en estereotipos, en un perfil ideal; las mayores sorpresas han venido de quienes menos lo esperaba. Sorprender, estúpida palabra. ¿Al fin y al cabo no has pensado todo cuanto te ha sorprendido alguna vez? Eso no es sorpresa, se llama ilusión, ilusión de tristeza, de que no te crees ni lo suficiente como para que tus ensoñaciones se cumplan y crees que la vida es el despertar agradable de un sueño. No le pongas mi voz, es un monólogo con el pasado. Lo honro, pero no miro atrás. Bendigo lo que tengo hasta ahora, de él vino y otro se lo llevará. Él pavimentó el camino que tomé, mis decisiones que sin embargo afectan a todo menos a ello y constituye las lecciones aprendidas de mis errores garrafales.

Dejo de pensar en el pasado, recuerdo mi última decepción, me podría haber culpado por imbécil, pero es mi forma de vivir la vida y si doy una imagen que no gusta, que se busquen otra (persona, digo). Podría haber culpado a la otra (persona, digo), pero no me sorprende (aquí ‘sorprender’ podría pasar como la des-ilusión de confirmar algo que solo creía posible en mis peores cavilaciones), no puedo perder el tiempo lamentándome por haber esperado mucho más de lo que no podía darlo; si lo hago, me pierdo en mí, y el arte de la guerra es saber retirarse a tiempo. Que pase lo siguiente, que en esta batalla ni tan siquiera se han presentado.

Olvidadas esas personas, relegadas a un plano secundario sin tirarlas, porque el rencor esa estulticia que se conoce por desgracia antes de ser aplacado, sigo proyectándome hacia el futuro, olvidando hechos que apenas han tenido relevancia para mí esta semana. Solo recuerdo dos días, y me quedo con el quince. El quince pertenece solo a los tres. Si ha persistido en mi memoria, bendita victoria, trofeo que jamás se oxidará ante el paso del tiempo.

Monumentos de mi mente que, como las fallas ayer, se convierten en cenizas que brillan del color del oro como gemas en el desierto. Han pasado unos  minutos, la otra gema, el Sol, se entierra bajo el horizonte. No hay luces todavía. Se atisba un espejismo, bajo mis pies un oasis, pero prefiero no beber de él y mojarme los pies. 19 años andados merecen un par de meses de descanso, de todo y, sobre todo, de todos. ¿Cuántas veces he repetido ‘todo’ para no decir nada? 19 horas son las que lleva el día y está agonizando, arañando la arena de la Calderona. Continuaré el legado del camino y terminaré, en el tiempo que toque, esta guerra, con mi orgullo como arma más dañina y con mis esperanzas detrás de la puerta, esperándome, como deseo mi vuelta, como religión el deseo. El sentimiento y la tristeza hoy se separan, las aniquilo para que no se lloren y en sus dos tronos, rey y reina nuevos pongo, la pasión y el coraje, pues sin rumbo comienza el nuevo viaje. La vida tiene sentido con o sin felicidad, y lo repito, no es un mantra, la felicidad no existe en nosotros, no es nuestra llama, es la chispa que la enciende. Ella solo se pasa, impregna el ambiente, y cuando se marcha deja esa sensación que nosotros llamamos tal, que no viene a ser mucho más que vitalidad. Sentirnos vivos, pero en un mundo de decepciones, de tristeza y de imbecilidades como las que seguramente esté soltando, se ha normalizado que el sentimiento en vida sea la negación de la muerte. Y si la felicidad no existe, si nunca toca a mi puerta, si nunca conoce en mi viaje a la esperanza que guarda sus días aguardándome, si en la honestidad, la superación o la independencia estuviese yo, me hallaría feliz en mi sufrimiento.

La gente me aburre con su palabrería. Escucho muchas conversaciones banales, personas que no se escuchan, sonrisas fingidas y se vuelven a casa. Me abstraigo, me importa más bien poco. Se creen felices, y por ello soy feliz. Quizá la felicidad acabe de pasar y nos haya dejado un poco de su chispa a todos, y cada uno la vive a su manera. Palabras vacías, ponlas en otra boca, cámbiate de personaje, vive omnisciente… no sirven de nada, no son nada, salvoconductos para llegar adonde te dé la gana según cómo las uses, nada en comparación con saber llegar allá sin nada aprendido, sin un cúmulo de letras, sin calcular un discurso, solo con una mirada, con un par de gestos, con aprovechar el instante de tal manera que la felicidad quede presa, combustione y genere un fuego interno inseparable, imposible de apagar. Si algún día conozco a alguien así, tranquilos, no volveréis a verme escribir. Las palabras habrán perdido su sentido. Acabado. Se ha acabado, digo. Esta soledad es lo mejor que he tenido en mucho tiempo, la agradezco, me levanto.

Toca continuar la ruta. Ando poco menos de un kilómetro y me siento bajo un arco. Mirar hacia abajo es de abatidos, y así yacen los que no soportan los tiros del reloj. Yo los dejo ir, así que mi misión es mirar hacia el cielo, y allá veo, sobre un fresco, dos estatuas y una mano. Curiosamente no se miran. Odias la mano que sujetas, pero la aprietas, no la dejas ir, la acaricias, tampoco miras todo su cuerpo, ni tan siquiera su cara a los ojos, no sabes si ocurrirá como sucediese con Medusa. No son dos amantes, el amor no es la vida, ni tan siquiera la da; creo que es esta misma. Todo el mundo la acaricia, la abraza, no la deja ir, pero la odia, no la mira a los ojos y menos la enfrenta. Deja que venga y le hace dos dedos. Los medios, o los índices invitándola a un duelo.

Suenan las campanas a lo lejos. Ocho de la tarde. Ocho pequeños disparos que me atraviesan y dejan escapar unos pocos pensamientos más. Todavía me quedan muchos, y por eso sé que todavía me queda mucho. Dejar de vivir se lo reservo a quien ya tenga todo cuanto conocerá en su vida, de momento no me anclo en nada ni nadie, lo tengo decidido, salgo a descubrir, a seguir viendo lo que me falta por saber, agendo una cita con una chica y me dispongo a ampliarme, porque conocer gente implica tener un mínimo de conocimiento sobre nosotros. Me llama. No contaba con ello, me distrae de mis pensamientos, ahora que iban tan fluidos, pero fluyen las palabras, no las escucho, solo percibo tonos, alguna sonrisa, sonidos, no palabras. No he captado todo su discurso, pero podría reproducirlo solo por su lenguaje no verbal. ¡Y eso que no la veo! Conocer a la gente, agh, costumbre perdida. No criticaré lo visto estos días, creo que la sociedad es feliz así y a mí me la suda cómo sea porque no me va a sacar adelante. Hay un camino más fácil, pero no lo tomaré. Y cuando huyes de esa visión y entras en los antiguos valores, cuando crees que hay esperanzas, te llevas una hostia de realidad y aprendes a esquivarlas. No sirve de nada cargar con ellas cuando no te quieres inmunizar de la gente. Solo ha sido una infección más de un agente que creí aliado. Expulsado, finalizada la misma, muertos mis pensamientos acerca de ello, lo aíslo, en cuarentena.

También existe un fondo en uno mismo, la seguridad en la derrota y la ruptura en la promesa. El más allá en un camino con el que no crees poder. El umbral del dolor infinito en una liza con uno mismo. El silencio en el latido que te mantiene con vida. El ruido en el cuerpo que yace muerto.  Se asume y se sigue adelante, se niega y se queda hierático, viéndolas pasar, próxima parada, el sueño que se te escapa. Corre y mira cómo se suben todos menos tú. Lánzate a la vía, cobarde. Llora inmóvil mientras otro suda esas lágrimas corriendo por lo que más quiere, deja a la desidia que te tome desde la atalaya donde observas mientras quien tienes a tu lado ha dispuesto todo su ejército, jugándose su indefensión existencial, para ganar una batalla como la de su porvenir. Ponte una excusa para no intentarlo, que hay más que los motivos que puedes sacar para ponerla. Se puede dar la mano para tener quien te la dé cuando caigas o te puedes tirar al suelo esperando que pase algo que cae desde las nubes, negras nubes que no se aclararán hasta que mueras. Las cosas son así y así se las contamos.

Veo a un chaval vestido de deporte, pienso que hoy me tocaba entrenar. Mens sana in corpore sano. Ya he entrenado mucho estos días, ahora toca compensar mi mente, y si algo me enseñó el boxeo es que te puedes llevar mil golpes, pero la vida da diez asaltos y tu ángel protector siempre está a tiempo de tirar la toalla por ti, así que sigue peleando y no pienses en cómo te encuentras. Deja que te llamen fracaso, que el fracaso de un mundo putrefacto es todo un éxito, y si te llaman inútil alégrate porque no puedan hacer de ti nada que quieran, déjales que te digan un ‘no’ de nuevo, que esa fuerza atraerá todos tus motivos para gritar ‘sí’ hasta la afonía a todo cuanto te impidan. Temes una respuesta a una pregunta que no sabes cómo te hiciste, pero lidia con ella, prefiérela, si parece fácil seguramente sea la mayor cagada que puedas cometer. No confíes al valor seguro. He vivido poniendo mi confianza en el veneno, y he visto la luz teniendo fe ciega en la oscuridad, la fe que tendría un padre en su hijo, como padres de nuestras tumbas somos, y con la confianza que tendría un hijo en su madre, la fe que nos enseña a aprender de las cagadas que repetimos una y otra vez, y eso, eso señores, es vida, porque en una de ellas se halla el mayor de nuestros aciertos.

Una amiga me recordó, hace ya una semana, a colación de errores y cagadas, que fui mucho más en un pasado. Puede sonar torticero, soltado así, a quemarropa, pero realmente no me dolió, iba al desnudo. Si la vida se mantiene a un nivel constante, menudo coñazo, compañera. Y si se mantiene con sus altibajos, coño, nos va a joder mayo con las flores y resulta que hay tiempos mejores y peores. Relativos, nunca absolutos. Sigo porque sé que puedo caer más, pero nada me impide continuar subiendo. No soy mejor de lo que fui en su día, pero sé que seguiré en lo más hondo de mí mismo, no importa cuán alto me sitúe, en constante mejoría. Sigo lleno de todo lo que me vació, un corazón que bombea amor, unas manos que se cierran por instinto, una mente que se piensa por decreto y una filosofía que se refunde por necesidad. Amor, instinto, necesidad… decreto la ley de mi cuerpo. Cada párrafo más infumable que el anterior, a frases cortas, a ráfagas, a luceros que comienzan a deslumbrar mortalmente esta noche, pues ya son casi las nueve, pero la frase previa me ha parecido tan bonita que dentro de mil balivernes soltadas por aquí y por allá, se siente hasta en su sitio.

Sentirse en su sitio… qué sensación más preciosa. A ella hay que proteger. Ya lo dijo aquel autor, que el lugar más bonito del mundo es aquel al que sientes pertenecer y en el que puedes andar con la cabeza bien alta. Creo que mi sitio es el mundo. Protege lo que quieres, conserva lo que tienes, eso es tu mundo. El resto es espacio y tiempo, déjalo ir, que si no te privará de los restos. Somos unión, sufriremos juntos y moriremos por separado, ojos en negro, hablando con la dureza de la obsidiana, músculos rígidos, representando la fuerza con la que vivimos, razón muerta, cuando no siente su co-razón. Corazón inmóvil, cuando ha muerto su escudera la razón. Gema en proceso de liberación.

Llevo cuarenta minutos exactos haciendo la nada, pensando cosas personales, no las publico. Lo que publico es público. Recuerdo una canción que hacía 3 años que no escuchaba, se me ponen los pelos como escarpias, decido buscarla. Precisamente ha sido a raíz de una frase que he pensado. Adivinadla. No, mejor no. La reminiscencia me sorprende. No está en el móvil. Ya decía yo que en el móvil no hay nada de valor. Me habla otra persona, no tengo pensado contestarla. Y como se hace la hora de cenar y estoy lejos de casa, emprendo mi marcha, con la canción de fondo. No miente. Me hace volver a aquel verano, aquel jodido verano en que el calor de mi vida dejaba en ola de frío a todo aquello que bajase de la temperatura con la que se funde el hierro de una coraza, ¡de un corazón! ¿Has amado como si no hubiese mañana, de tal forma que cuando pasa como la felicidad, pierdes el miedo a la muerte? Empiezo hablando de caminos y acabo con ellos, porque que nunca se coge el bueno es cierto, no se consigue, no se espera, no se piensa, no se está despierto, pero se llega a buen puerto, quizá ni tan siquiera merece la pena perseguir la perfección si está perfectamente lejos. Tengo un plan, vamos allá, escribamos, ya lo dije, juntos, dos libretas, mismas hojas, yo me quedo las tuyas, tú las mías, admiro tu letra, desconozco el final, pero si esto fuese una novela, nuestra hora hubiese llegado ya. No todos la escriben, solo quienes están preparados para urdir una trama, para entrelazarse, para pocos da sombra, pero para todos el Sol nace.

Nueve tiros. A un asalto del KO, a un número de que el 0 y el 1, los más bajos, los únicos en mi lenguaje, lo que es y no es, se conviertan en la plenitud. Pero yo ya he llegado antes, al KO y a la plenitud en una misma tarde, por ese orden. Lo dejamos aquí. Levanta. Simbora!

9 de marzo de 2017

Ansiedad.




Ayer escribí. Hoy vuelvo a las andadas, no sé por cuándo y hasta cuándo. O por qué y hasta qué. Supongo que por la vida, para la vida, hasta la vida. Para qué saberlo, si no hace falta entenderla para vivirla.

Ha sido día de apreciar actitudes en cierto modo contra los valores que manejo. Algo bueno, como la adquisición, forzada o no, de tolerancia hacia todo ello, hay que extraer, aunque no más importante que todas las reflexiones que se acumulan a lo largo del día por no tener, realmente, gran cosa mejor que hacer. La tarde te seduce y te da a elegir entre pasarla haciendo la nada, los minutos volando, y mirando hacia el techo, o pensar en bucles hasta que en una de esas vueltas necesites parar por la mareante realidad.

Hoy sigo dándome cuenta, años después, de que aparte de ser todo cuanto dije ayer, a nivel individual, la creación perfectamente delimitada de un gran alfarero, limada por el transcurso de los años y los daños, y decorada por las manos de aquellos que siempre tuvieron a bien tendérnoslas, somos el rancio producto de una sociedad. Y qué pereza dan estas letras, ¿verdad? El cuento de siempre, ya tan escuchado, el de tener un nombre, una institución y una cultura… ¡Más básico y no naces, coño! Casi tanto como su contrario, el de la negación de ambos que lleva a un odio, extraño odio e incomprensible, hacia lo propio. ¿Qué subyace tras ello? Posiblemente el efecto contagio. El consumir y no crear, el cambio social al ocio, el culto a lo antiguo, la añoranza romanticista de tiempos mejores. Como el enfermo depresivo que intenta cambiar el prisma con el que ve su vida convenciéndose de que es una mierda antes de enfocar la realidad. No van a venir tiempos mucho mejores si nuestra única idea es traer los que han pasado. Tampoco somos ese melancólico que, mirando a la ventana, desea aferrarse a las manecillas del reloj hasta pararlas para capturar un momento bonito que no ha sabido saborear y dejar pasar por su mentalidad estatista. O sí, ciertamente sí, pero no estamos para ello.

Crea tu propio mundo, si no hay camino, asfáltalo, que solo se hace al andar. Constrúyete y corre, abre tu propio sendero, y pégate de hostias por el monte, y piérdete de meses en tu vida, hasta que sepas salir de tu zona de confort, hasta que hagas tu propia vida y nadie te dicte qué hacer. Nadie va a darte nada que no te pertenezca, y todo cuanto existe no tiene dueño, a no ser que seas una débil masa en busca de transmutar valores, pero ese otro discurso tuvo sentido allá por 1850. Hoy es un mero himno frío y desangelado que evoca al pasado. Sí, la canción favorita del melancólico que mira por la ventana, pero sin embargo no se atreve a salir por la puerta de su casa.

Mucho ídolo, mucho icono, mucha imagen en que reflejarnos, espejos de todo tipo, copia aquí y allá. ‘Yo quiero ser’, ‘yo seré’, ‘ojalá ser’. Dejamos de ser cuando nos proyectamos en otro. ‘Ser’ es mucho más que imitar, es crearse a uno mismo, dejar de ser un mero potencial para ser un acto, como dijo otro gran filósofo. Es dejar de ponerse excusas de cualquier tipo o evadirse de pensar cuál es su proyecto de vida y persona (porque vivir no es más que eso) porque ya haya otro mucho más bonito y fácil de copiar. Es darse cuenta de que una copia en la personalidad no va a resultar tampoco en una copia en el éxito, porque esa persona ES, y tú, FINGES ser. Naturalidad. Realidad.

Ese es el problema, esa es la mierda que no vemos, esa es la falta de criterio que verdaderamente supone el atraso social. Eso es lo que nosotros creamos. Y no es atraso el nacer azarosa y contingentemente en un sitio, ni nos crean unos constructos que podemos derribar mucho más fácilmente que el ritmo al que construimos nuestras mentiras. El mundo es diversión, no es hedonismo, no existen dos iguales en absolutamente nada, el mundo no es disfrutar de lo ajeno, el mundo no va sobre consumir, el mundo no va sobre seguir, el mundo va sobre perseguir. Tú eres tú, y tus decisiones, y tu originalidad, y tu creación –y no consumo-, porque muchos consumen lo que tú, pero nadie crea –en la medida en que nace de ti- lo mismo. Y eres tú, y tus relaciones, y tus amigos, y todo cuanto tú has originado, cuantos nexos hayas creado, y tus planes, tus miedos, tus errores, las ruedas dentadas que mueven tus engranajes, la mano que moldea en su torno tu porvenir, y tus estudios, y tus besos, y tus orgasmos, y tus enfados, y todo cuanto de ti sale y manifiestas. Y tus esperanzas. Coño, para qué extenderme más: eres lo que nace de ti, exclusivamente. Eres tu propia creación.

No nos damos cuenta de que la fama es un sentimiento que surge de querer cambiar las tornas respecto a nuestros propios anhelos, y que no surge de darse a conocer, sino de conseguir sublimemente la fundación de nuestras bases, y que el mundo se percate de ello. No importamos, no somos nadie, si todo dependiese del resto, ¿te crees que te vería como te ves a ti mismo? No, solo se ve a ella misma y a su ombligo, y nadie salvo tú va a dar un duro por ti. Cambia tu propia percepción y déjate de entrar en juegos cuyas reglas no conoces, de seguir a favor corrientes que solo seguirían los peces muertos. Métete en una carrera, píllate un trabajo, esto, lo otro, necesitas aquello, por qué no comprar lo del más allá… ¿Quieres, de veras, jugar a eso? ¿Esperas ganar? ¿Golpe de suerte o golpe de gracia? ¿Crees que te salvará del error la suerte del principiante? Solo quieres tener tu propia mente, tu solidez, tus pilares, excelencia, rigor, sobriedad, quieres escapar de otras manos que moldean tu pensamientos, coger un martillo y derrumbar lo que quede de yeso en una moral débil, pero te jode tener que construir, te jode no saber qué planos seguir porque no contabas con ello. Te jode tener que ser el ingeniero que arme su propia vida pudiéndosela vender a cualquier ídolo. Ese es tu problema. El ansia de la edad. El ansiedad. Pero te refugias en otra construcción igual de mala, cuatro palos llamados ética y un pequeño techo llamado fe. Y esperas que los aires de cambio no te lo tumben y te dejen en evidencia como el ser falto de capacidad de reacción y superación que eres. Y lo llamas ‘cambio’, lo llamas ‘envejecimiento’, lo llamas ‘necesidad’, lo llamas… Yo qué sé cómo lo llamas, si lo único universal son las excusas, y la única certeza es que sigues consumiendo la mierda que crean aquellos a quienes te vendes.

23 de marzo de 2016

La sociedad actual y el trabajo: eres útil para todo lo que te propongas

Ya hace tiempo que no escribía. Exámenes, festividades varias, ganas nulas… han ido jalonando todas las semanas de forma inevitable. También he tomado pilas enteras de libros con los que no doy abasto y me han dado, a su vez, enormes ganas de tratar de decenas de temas, tanto de sociedad como de política, pasando por la ciencia, por reflexiones personales que no vienen a cuento o hasta de volver a escribir, pero habrá que esperar para verlo.

Hoy, y como modo de descanso ante el centenar de hojas de temas variados que llevo leídas de temas tan interesantes como la Psicología, trataré de hablaros de un tema –que no viene motivado por esta, pero lo comprendería a su vez- como es la realización, el sentimiento de utilidad o el trabajo. Vamos, tu función en la sociedad moderna y tu inscripción en las instituciones, al fin y al cabo. Lo haré con múltiples reflexiones y escenas vividas a lo largo de los días, y con incisos filosóficos que he creído haber extraído de forma correcta a modo de moraleja de todas ellas.

Primero, me gustaría comenzar diciendo que para mí la felicidad no es tanto el haber conseguido una meta, sino aquel estado en el que te encuentras mientras pugnas por su consecución (uno es feliz mientras lucha por algo y no conoce su desenlace), y no sería realización sino cuando se hubiese consumado este logro (uno se siente realizado cuando ha llegado a conseguir su meta y por tanto sabe que su felicidad no ha sido infundada), pero después, ¿qué viene? ¿Qué sucede a la monotonía, a haber conseguido igualar o superar el listón? Depende de la persona, depresión o vacío existencial (pérdida de la felicidad y del estado de realización), ¡o más metas! (ganancia de felicidad, pero inmediata pérdida del estado de realización al existir otra meta distinta y no conseguida todavía). Todo este análisis reduccionista me lleva a deducir que la realización es un fin último dado que siempre se renueva conforme lo hace la persona, y que su desaparición indica la muerte en vida de la misma, y que la felicidad quizá sea la emoción o el estado de ánimo más frágil y dependiente de ellos, porque uno puede sentirse realizado, pero no ser feliz, o uno puede ser feliz, pero no sentirse realizado. No sacaré a colación las patologías, porque pienso que, como ha ocurrido en otras muchas dimensiones psicológicas, se ha tratado de encuadrar como anómala toda aquella variación personal distinta de una media más bien tildable de ‘mediocre’, con la estigmatización que ello conlleva. Buen ejemplo de ello sería la connotación de las enfermedades mentales, el término ‘locura’ y su adjetivo derivado, la virginidad, la asexualidad –o la misma sexualidad y sus variantes-, que ha virado (y continúa haciéndolo) hasta límites que rozan lo preocupante y coercitivo y no hacen sino dañar al receptor, su autoestima y su estructura corporal en cuanto a visión de su propio físico y su esquema mental se refiere. Una de ellas (qué bien me ha venido andarme por las ramas, porque he acabado desembocando donde quería) sería la palabra ‘utilidad’, ‘valor’, ‘capacitación’… llamadla como queráis, pero relacionadla siempre al trabajo.

A lo largo de la historia no han sido pocos quienes han argumentado que el trabajo es nuestro fin último de realización, de sintonía social, o un medio para conseguir comodidades y relaciones sociales, otros, que simplemente era nuestra forma de ser útiles para un Estado y otros, radicalmente contrarios, que era una forma de limitarnos, explotarnos, hipotecar nuestros años o, en casos aplicados a la economía de tiempo y dinero, alienarnos. Sin embargo y pese a haber ido reformando continuamente la lingüística y la filosofía social, no ha habido trascendencia ninguna en el sujeto, que sigue poseyendo las mismas dudas y la misma desconfianza que se sufría hace siglos. Y es que el pensamiento puede evolucionar porque es algo que se adquiere y desecha continuamente, pero las emociones, los sentimientos y nuestra visión subjetiva son mucho más primitivos y nos vienen ya configurados y reforzados con la educación, los ídolos sociales y las experiencias que nos condicionan; en resumen, si el pensamiento filosófico es fruto de la objetivación del ambiente (es imposible presentar como válido algo no falsado previamente), nuestra concepción del mundo y de nosotros mismos es fruto tanto del mismo como de la naturaleza, y ambos se condicionarán entre sí de manera que no podamos dar una definición. Nuestra educación, nuestra familia, nuestra sociedad (…) serán el combustible que alimente nuestra mente, y la naturaleza quien establezca cómo se procesará este para poner todo el mecanismo en marcha.

Ahora sí, es cuando debemos ir a la dimensión personal: a lo largo de nuestra vida se nos van imponiendo instituciones, visiones de la realidad determinadas, se nos educa en roles, clases, en que si no accedemos a equis, no obtendremos y griega, en que el fin último es desempeñar una función en el seno en el que nos han ido inscribiéndonos a la fuerza (…), en fin, lo que yo llamaría ‘ir formando mano de obra para que este timo piramidal, y nunca mejor dicho, por su estructura, nunca deje de producir’. Gracias a estas, o por su culpa, vamos aprendiendo contenidos durante nuestros primeros años que nos llevarán a un punto de igualdad entre todos nuestros compañeros para llegar a un punto en el que, generado interés hacia materias de todos los tipos, nos obliguen sí o sí a elegir entre una rama u otra, de forma irreversible; han formado al obrero: ahora toca especializarlo. Ello conlleva a que perdamos la posibilidad de desplegar nuestro potencial en muchas materias para las que somos válidos solo porque son incompatibles con la opción elegida; eso lleva a ver al trabajo como una forma de especialización que más que ser por nuestro bien realmente es por el bien de una estructura en la que todos se subordinan de tal manera que no se sabe ya quién es su líder; una estructura que forma potenciales ignorantes de otras muchas ramas para que nadie se alce, no vaya a ser que ocurra lo que en los siglos XV y XVI ocurrió con las reformas Humanistas que pusieron en jaque a la Iglesia, empezaron a forjar los sistemas liberales, trajeron los primeros científicos de renombre y, además, refundaron las bases del arte. ¡Qué peligroso aquel considerado virtuoso! A día de hoy supondría el harakiri de un sistema que comienza a delirar, pero todavía no muestra síntomas de debilidad; la memoria del siglo XIX ha sido suficiente como para que nos organicemos entre todos para causar nuestro propio mal liderados por un ente abstracto que además nos oprime. Qué curioso esto de ser considerada la única especie con capacidad de raciocinio que ni siquiera es capaz de llegar mediante la razón al fondo de su ser.

Y cuando llegamos a estas edades, al Bachillerato, se nos evalúa para llegar al templo del mito, si se me permite este súmmum de los oxímoros, llamado ‘Universidad’, donde uno es capaz de encontrarse a futuros genios o personas que no destacarían moralmente ni dentro de un grupo de adolescentes, que venden como la única vía de ser algo en la vida. ¿Cuántos de aquí habremos escuchado que los Ciclos no sirven para nada? Tampoco nos confundamos, ni siquiera la Universidad nos garantiza ser algo en la vida… La razón instrumental ha hecho que la ciencia sea la única vía para ganar dinero, renombre y autoridad entre las naciones, nuevas armas, nuevos compuestos, nuevos descubrimientos para fundar más instituciones (…), en fin… para formar autómatas: nosotros. ¿A qué papel se han visto relegadas el resto de las ramas? Las letras, como arma de cambio, al de la censura; solo se forma a los corresponsales suficientes –y con la suficiente poca formación- para mantener la manipulación de los medios que posibilite la creación de más autómatas a favor de su interopresión que asientan a todo lo que un sistema les ponga por delante sin razonar siquiera su veracidad (os invito a que leáis la prensa: a día de hoy sustituye a un buen libro de chascarrillos). Las otras letras, las ‘peligrosas’ no tienen cabida. No hay escritores prácticamente que sobrevivan por su producción en España, y los que son críticos con su estructura directamente son silenciados en otros medios precisamente encabezados por literatos. Podría llegarse a la conclusión de que para vivir de las letras uno debería ser manipulador más que escritor, y que la escritura es solo el refugio decimonónico de los antisistema que, mordaza en boca, deben expresarse mediante las manos que todavía no han atado.

¿Y qué es de las artes? Eso visto como inútil, que lleva a futuros grandes virtuosos de la estética a abandonarlo. ¿Por qué? En un mundo de catástrofe, de repugnancia, de náusea sartriana y de automatismo, no hay espacio para la expresividad ni la belleza, ni tan siquiera para la estética, término cuyo significado original tenía que ver con la capacidad de hacer sentir (este es el verdadero significado de arte). ¿Cómo va a tener cabida en toda esta disposición algo que haga sentir, que critique, que alimente a detractores, que invite a la reflexión y que defenestre a un sistema? ¡Mejor lo encubrimos todo, cerramos las vías productivas y alienamos de tal manera a la humanidad que crea que la crítica artística abstracta es una locura y no transmite sino la frustración, no vaya a ser que se dé cuenta de que la verdadera locura es su estado y la verdadera frustración es la que sentirían de poder pensar –capacidad que estimularía el arte-! ¿Contempláis, de nuevo, la misma paradoja de antes?

Ante todo este sentimiento de inutilidad, de frustración y demás, me gustaría haceros ver que hay trabajo para todos, como dije en su día. Hablé con una polímata y quizá mi mejor frase en tantas hojas de escritura fue que en la Tierra encontrarás todos los medios que necesites para obtener tu fin (algunos os preguntaréis que por qué se ponen herramientas de destrucción del sistema en manos de cualquiera; yo os contestaré que destruirlas sería destruirlo también: igual que existe la posibilidad de trabajar como artista, si la eliminásemos nos garantizaríamos la imposibilidad de tumbar al sistema por una gran vía, pero propiciaríamos que un amplio sector de esta oligarquía no tuviese qué controlar y censurar, y por tanto se viese desprovisto de su riqueza o de su función, y por tanto implosionase), pero de forma tan enrevesada (obviamente querrán su oligarquía antes que tu meritocracia) que si no luchas contra viento y marea y vences a tu propio desfallecimiento y resignación vital, ni lo intentarás. Por eso te digo y os digo: se puede trabajar en todo y de todo si se lucha, solo que la dificultad de la empresa hará que se necesite una lucha más o menos intensa. Pero si os interesan las artes, las ciencias o las letras, o cualquier otra rama, idos a ella, y no os dejéis engatusar por vuestra utilidad. Sois útiles en lo que deseáis –y no en lo que más reportaréis a la sociedad-, el fin del trabajo no es mantenerse únicamente, sino ser feliz y realizarse (ahora entenderéis por qué quise introducir primero mis dos definiciones antes de soltar toda esta diatriba) y no servís más o menos para algo por el resultado que obtengáis, sino por el sentimiento que os reporte. Ah, y la visión que se tenga de vosotros por un trabajo u otro es una estupidez, propia de padres que se proyectan en sus hijos, de decepciones por no seguir una enseñanza elitista o de sociedades frustradas que más que envidia hacia el que se fija una meta y está dispuesto a ser feliz para su realización, sienten amargura de no haber llegado a estos dos últimos estados y desembocan en envidia. 

Dijo ya una personalidad española que si no acabas con ellos, serán ellos quienes no descansen hasta haber acabado contigo; yo lo amplío y digo que si no empiezas tu propio camino, serán ellos quienes te aten de pies y manos o te pongan el mismo collar que al resto de la jauría para que discurras por los caminos prestablecidos. De ahí a mi reflexión previa: liberad de la venda de los ojos a todos mediante vuestro arte, desatad de pies y manos  a todos mediante vuestras letras –porque si las estáis escribiendo es porque liberados ya estáis-, y estirad de las mordazas de todos mediante vuestra implicación en una sociedad que busque su comprensión y no su opresión; y no voy a marginar a la ciencia, ni mucho menos: si os veis ahí, usadla para pasar de una razón instrumental a un método científico sobrio, riguroso y eficaz, por las directrices que marque la investigación para un mundo mejor, más sano, más desarrollado o con mayores esperanzas: trabajad para que sea la maquina humana la que progrese por y para sí misma, y no por y para un sistema que la aliena y en detrimento suyo. Podéis dejar de leer aquí si queréis, porque aquí acaba mi reflexión.


De aquí en adelante, quisiera dirigir a todos mis amigos y amigas que están pasando por esta situación, la pasaron o la pasarán, cercanos, lejanos, conocidos o ciberamigos, entre los que posiblemente estéis si alguien ha llegado hasta aquí, un par de palabras. Para vosotros van, Anaïs, Juan, Melangia, Ariana, Pilar, Violet, Taamas, Marta, Enil, Carmen, y una querida desconocida, y vuestras son:

A mi queridísima Anaïs, que estoy muy orgulloso de tus notas, más que nada porque son reflejo de algo mucho más importante, que es tu esfuerzo. Porque sé que vales mucho en tu campo y que, hayas querido o no llegar a este punto, es tanto más meritorio en la medida en que es necesario para formar en su etapa a todos esos niños que en su pasado fueron quienes hoy en día están en tu contra. Y que si no lo quieres, tienes todo mi apoyo para hacer lo que te dé la gana y sentirte feliz por primera vez en mucho tiempo. Vida solo vas a tener una como para que te digan cuál vivir.  Y que si has tenido una coyuntura difícil y una vida casi imposible y has llegado hasta aquí es porque eres capaz de resolver cualquier conflicto y de hacer casi lo imposible; eres una entre pocas, y habiendo conseguido tantas victorias no puedes retirarte. Lo bueno está por llegar y si bien jamás te mentiré diciéndote que todo va bien cuando pinta negro, sí que estaré aquí para decirte que no lo va, pero lo irá. A veces necesitamos que nos digan quiénes somos para conocer lo mucho que valemos.

A Juan, que un número que solo indica la más mediocre de las inteligencias, la lógico-matemática, no te ciegue, y sigas destacando en tu grupo por delante de aquellos que utilizan esa cifra para creerse por encima y catalizar su frustración proyectándola incluso en otros (no es síntoma de debilidad otra cosa más que esa en psicología, el hecho de proyectar frustraciones o inseguridades en otros mediante su atribución). Y que el Derecho es una rama con una gran población, pero necesaria para marcar el avance de nuestra sociedad.

A quien conocí por Aloma, pero ahora –por mucho que no me guste el término por su significado- se llama Melangia: decir que ser humanista es un fin más, que también da la felicidad y la realización que no deben quitarte el hecho de que ahora solo se busque a personal especializado. Que si sigues a pesar de todo el boicot a la sabiduría, serás en el futuro la poseedora de dos armas capaces de hacer temblar todo esto: una sonrisa de seguridad y una mente con horizontes que trasciendan los muros y las fronteras sociales. Que te decantes por artes, letras, ciencias o cualquier otra rama, que todos estaremos igual de orgullosos, pero que jamás te paralices: empieza a tomar ya tus decisiones sin dejarte influir y verás que lo que ahora es ansiedad por abrirse a un mundo cambiante, en un futuro será el poder de decisión sobre tu vida, la desalienación.

A Ariana, una de las mentes más capacitadas que conozco, y también una de las más castigadas por el pensamiento depresor al que conlleva el paso a una rama tildada de ‘menos útil’, ‘fracaso’ o ‘limitación’: quizá se te diese bien el estudio de otras materias, pero te digo que la vocación vale mucho más que tu capacitación, y que el gusto puede al aprendizaje, y que aprendizaje más gusto dan la realización como producto. He visto en ti alguien que haría muchísimo en las ciencias, pero he visto en ti también a alguien cuyas letras me han conmovido y, por encima de todo, a alguien en quien pienso y se me ocurre la palabra ‘arte’, simplicidad, certeridad, crítica, inconformismo… No te dejes llevar por tus pensamientos, porque has elegido lo que debes –ya te lo agradecerás en un futuro y me pegarás por citarte ante todo Internet, si es que alguien ha llegado a estas líneas-, ni por las proyecciones que tu familia haga sobre ti, ni tan siquiera por los juicios de profesores muchos de los cuales no aspiraban a estar ahí (porque todo aquel maestro con vocación jamás emitirá juicios vocacionales contra su alumno); solo déjate llevar por tu espíritu de superación y pon en juego todo tu ser para vivir.

A Pilar, Pi, que un año perdido, o dos, no son nada. Más vale perder todos ellos que no ir al ritmo de todos y luego darte cuenta de que eso no era lo que querías ni pretendías, ser infeliz y además perderlos de igual manera. Que el paso supersónico del saber no te haga zozobrar, mantén la cabeza en el cielo, pero los pies en la Tierra, sueña, vuela, y concibe la vida como algo irrepetible e irrecordable, primario, a desarrollar, y no como algo supeditado a un trabajo o unos estudios. ¡Vive!

A Violet, con quien mucho he discutido, porque las cosas buenas son las que se llevan dentro, y contigo estoy colmado: sé libre de ir a donde quieras a ejercer tu trabajo, de escoger la rama que más te plazca, de defender tus ideales por encima de una multitud oprimida que te considera una radical antisistema solo por no saber que la proteges a ella paradójicamente, y sobre todo, sé feliz, retírate cuando quieras e impide que la sugestión de terceros te lleve a modificar toda una vida que, si me permites el juicio, te está quedando perfecta, muy prometedora y aspira a que desarrolles todo tu potencial. Deja de existir, pasa a ser tú misma, y con el tiempo no solo existirás y serás, sino que vivirás.

A Taamas, joven amigo, decirte que todas esas dudas que tienes son normales, y todos nos las hacemos, solo que nadie lo admite por no querer mostrarse como inferior. Aquí estaré para ayudarte en todo lo que haga falta aunque yo nunca me deje hacerlo y que nada de arrepentirse por decisiones pasadas, que el pasado no puede resucitar y el presente ha muerto en este mismo instante, así que solo nos queda mirar hacia delante.

A Marta, la joven discípula de Camus, decirle que le queda tanto por delante –incluido yo, que soy una lacra a superar- que esto que ahora es una duda derivada del pensamiento, hay que observarla como las bases para destruir todo como única forma de crear. Cuanto antes dudemos de lo impuesto, antes podremos imponernos ante ello y tomar el timón de nuestro navío. Y da igual que no te veas trabajando en nada; existen trabajos que desconoces y, pensando en ello, también te pierdes capacidades que desconoces o todavía no posees. Preocúpate por aprender con gusto y luego ya verás qué claro se ve todo.

A Enil: amigo, jamás te dejes manipular por nadie, sea quien sea y tenga contigo la cercanía que tenga. Aceptando que te impongan sus pensamientos y te impidan desarrollar tus propios juicios para no discutir estás dándoles la razón y confirmando su éxito en su intento de homogeneizar su ideología en la familia y de no crear conflictos ningunos. Evolucionar es innovar en la naturaleza, y quizá  crecer sea convivir en tu familia.

A Carmen, que quizá no me lea y quizá si lo haya hecho se habrá extrañado de que no la trate por su pseudónimo –me gusta ser serio, no hago esto a modo de indirectas twitteras, hago esto para destaparos los ojos-, decirte que sé que eres una persona con muchos productos propios de todo este proceso de alienación que tuvo su éxito contigo otrora, sean miedos, inseguridades o cualquier estupidez reversible –no así la vida de aquellos que todavía no se han desquitado de los ídolos-, pero he visto en ti una evolución progresiva, unas letras más existencialistas que nihilistas, más humanidad que en muchas imágenes, te he visto con mayor solidez aunque no te lo creas, y he visto en ti un enorme fallo social que, como dije, te confirma como éxito. Una fuente ilimitada de recursos morales que haría quebrar cualquier banco de hombres grises. Solo quiero decirte que, aunque seas de las pocas personas de las menciones que estoy realizando que tenga medianamente definido su futuro, no dudes de ti misma, sino de tu alrededor, que es eso y solo eso lo que falla, que busques el calor en tu morada, que solo veas las caídas como una forma de resurgir con la fuerza del rebote y que aprendas a valorar que más que miedos e inseguridad (que lo somos todos), eres un cúmulo de conocimientos, de valores, de capacidades… que hacen falta a día de hoy. No sobras, haces falta.

Y a la chica que conocí en una simple churrería en fallas, que quizá no habrá estudiado lo que todos querían, que quizá esté ganándose la vida sin realización, pero aun así logró hacerme aguantar miles de petardos en plena lluvia por tan solo observar su sonrisa: por gente como tú la lluvia se convierte en caricias celestiales, el ruido en una forma de desconectar del estado de embriaguez, y que quizá no seas lo que hayan querido o quieras, pero has sido suficiente para muchas personas, eres querida por otras tantas más, has desempeñado una función igual de importante que la del resto para la sociedad y, muy al contrario de lo que las apariencias de las que huyo podrían decir de ti y tu posición al otro lado del mostrador, he escuchado en tus palabras reflexiones más serias, cabales y propias de un postconvencional que las de cualquier gran ejecutivo movido por la tecnocracia, por la carencia de valores y por el salvajismo. 

A todos los anteriores, a ti y a otros muchos que habré olvidado, pero con los que hablo: gracias por existir, y espero dentro de meses o años daros las gracias también por ser, y alegrarme porque viváis. A todos vosotros, también, gracias por leer mis líneas. Me despido para seguir leyendo, espero que os haya servido la entrada y que seáis lo más felices posible.