Luar na lubre - O son do ar.
Cubierto por un tapiz nuboso color azur que vierte las lágrimas de la triste Coventina, anuncia ya el cielo la venida de una noche cada vez más corta conforme Gwanwyn comienza a reencarnarse en árboles en flor, en vientos de poniente que derriten los corazones del pueblo y tintan de verde un paisaje que Cailleach pintó con su fino pincel de blanco, y en hojas que murieron sin hacer más ruido que el del susurro de los dioses el día en que Foghar se alimentó de sus almas marchitas, y que esperaban la venida de la primavera para poder regresar de antumnos.
Parece que fue ayer cuando comenzó este año y saludé a Bledhen por decimoséptima vez esperando un cambio que no llegó en forma de unos propósitos de los cuales, a día de hoy, diecinueve de Anagantios, la mitad ya es de imposible realización. Sin embargo, vengo hoy, como casi todas las semanas, olvidando mi nombre y tomando la forma de Ogmios, elocuente escritor, sin ser, no obstante, más que un joven maestro de absolutamente nada y amdaur -mal amdaur- de todo, a cantarle a mi musa, mi Epona a quien sacrifico una violeta del seno de Abnoba solo para que me redima aun a sabiendas de que en el ciclo de mi vida no se trata sino de una Deirdre, y cómo duele. Aquí tienes tu carta, otra semana más, uno de los plazos más de la eterna deuda que tengo contraída contigo.
Escrútame, mi Balar, solo con uno de tus ojos, el de la clemencia y el de la piedad hacia quien poco puede ofrecerte, salvo el sacrificio de su ánima y su sangre como tinta que avala la sinceridad de estas líneas; no fijes sobre mi papel, extraído del más vivo de los árboles empleados por los druidas, tu ojo posterior, pues muerte temprana para mí sería, y no iría a formar parte sino del devenir arcano, de aquellos que no dieron de sí hasta la última gota de su esencia y por tanto pasaron a poseer tan solo una única existencia; de aquellos a los que se les prometió ser vates del himno vital y ahora tan solo son espectros bajo las órdenes de Morrigan, muertos en una dudosa vida irrealizada, como lo estaría -y no digo sería, porque mi única forma de ser eres tú- yo si no contase con tu palabra, el sonido de tu voz tan severo en mi error como el cuerno que da paso al aquelarre con su soplo tan grave y tan dulce en mi acierto, si lo hubiere, como el de una lira siendo tocada en una de esas fiestas en que las estrellas son solo guiños de los dioses y en que las parejas se unen en sus castros en un amor consumado por la energía que la Tierra desprende de su seno y que ni el más preparado de los sabios podría captar.
Sé que no puedo dar más que unas líneas escritas en el oghámico más enrevesado, que ni siquiera puedo encarnarme en Angus, ese poeta que hace, como el peor de los romanos, tal arte con su lengua que lo adoras sin apenas poder escucharlo por el estado de embriaguez en el que te sume, pero no se encuentra la riqueza de mi cultivo de sentimientos en el lenguaje que todos los jefes prohibieron, sino en mi tradición de amarte. En que mi cosecha es inexistente, pero puedo ofrecerte el todo dentro de mi práctica nada porque tú, la semilla que hiciste germinar todo cuanto ahora tengo, formó roble enhiesto. Que otros, bardos grandilocuentes, cuya cosecha aumenta conforme lo hace su léxico falaz, sean capaces de igualar mi ofrenda dándote la práctica nada dentro del todo que parecen profesar. Oh, débiles para quienes no hay ni un dios en el panteón de los galos, no os daré el honor de conquistar el territorio a quien tanto respeto y a la vez anhelo sin antes valerme del mío, el de la lucha, para demostrar mi valía como pretendiente de mi amada.
Amada a la que digo: olvida mi apariencia, mi pasado de Fomoré, héroe del ardid, dios del mal y solitario vagabundo del limbo que por no creer en la existencia de los dioses como tú empezó a renegar de los mundanos con los que trataba por existir. Tápate los oídos, y déjame que me acerque para susurrarte por primera y última vez que te quiero, que si tan solo supiese que alguna vez esa palabra podría salir de tus labios fríos como el caldero de Gundestrup y rojos como el fuego de Belenos, gritaría a los cuatro vientos de la rosa, como la que sacrifiqué a Abnoba en tu honor, con una voz tan resonante como el más iracundo de los truenos de Taranis, que no es amor lo que siento, sino a ti.
Solo con sentir mañana de nuevo en el bosque de las dríadas el contacto de tu mano oprimiendo la mía con la misma energía con la que se alzaría el más alto y complejo de los dólmenes, me convertiré por dentro en el más sólido de los menhires que se alzaron en honor a sus diosas y me lanzaré a tus brazos con la valentía del mejor de los guerreros para callar el sonido de tu lira con un beso que ni el más célebre de los mitos helenos logrará imitar. Mi herida habrá cicatrizado, habrás curado con tu medicina mi alma en busca de su reencarnación, habrás eliminado tu imagen de Deirdre que, como un espectro venido desde antumnos todavía representabas en mí, y me habrás convertido en ese Dagda que ahora sí, permanecerá hasta el fin de los días con su amada Epona.
Escrútame, mi Balar, solo con uno de tus ojos, el de la clemencia y el de la piedad hacia quien poco puede ofrecerte, salvo el sacrificio de su ánima y su sangre como tinta que avala la sinceridad de estas líneas; no fijes sobre mi papel, extraído del más vivo de los árboles empleados por los druidas, tu ojo posterior, pues muerte temprana para mí sería, y no iría a formar parte sino del devenir arcano, de aquellos que no dieron de sí hasta la última gota de su esencia y por tanto pasaron a poseer tan solo una única existencia; de aquellos a los que se les prometió ser vates del himno vital y ahora tan solo son espectros bajo las órdenes de Morrigan, muertos en una dudosa vida irrealizada, como lo estaría -y no digo sería, porque mi única forma de ser eres tú- yo si no contase con tu palabra, el sonido de tu voz tan severo en mi error como el cuerno que da paso al aquelarre con su soplo tan grave y tan dulce en mi acierto, si lo hubiere, como el de una lira siendo tocada en una de esas fiestas en que las estrellas son solo guiños de los dioses y en que las parejas se unen en sus castros en un amor consumado por la energía que la Tierra desprende de su seno y que ni el más preparado de los sabios podría captar.
Sé que no puedo dar más que unas líneas escritas en el oghámico más enrevesado, que ni siquiera puedo encarnarme en Angus, ese poeta que hace, como el peor de los romanos, tal arte con su lengua que lo adoras sin apenas poder escucharlo por el estado de embriaguez en el que te sume, pero no se encuentra la riqueza de mi cultivo de sentimientos en el lenguaje que todos los jefes prohibieron, sino en mi tradición de amarte. En que mi cosecha es inexistente, pero puedo ofrecerte el todo dentro de mi práctica nada porque tú, la semilla que hiciste germinar todo cuanto ahora tengo, formó roble enhiesto. Que otros, bardos grandilocuentes, cuya cosecha aumenta conforme lo hace su léxico falaz, sean capaces de igualar mi ofrenda dándote la práctica nada dentro del todo que parecen profesar. Oh, débiles para quienes no hay ni un dios en el panteón de los galos, no os daré el honor de conquistar el territorio a quien tanto respeto y a la vez anhelo sin antes valerme del mío, el de la lucha, para demostrar mi valía como pretendiente de mi amada.
Amada a la que digo: olvida mi apariencia, mi pasado de Fomoré, héroe del ardid, dios del mal y solitario vagabundo del limbo que por no creer en la existencia de los dioses como tú empezó a renegar de los mundanos con los que trataba por existir. Tápate los oídos, y déjame que me acerque para susurrarte por primera y última vez que te quiero, que si tan solo supiese que alguna vez esa palabra podría salir de tus labios fríos como el caldero de Gundestrup y rojos como el fuego de Belenos, gritaría a los cuatro vientos de la rosa, como la que sacrifiqué a Abnoba en tu honor, con una voz tan resonante como el más iracundo de los truenos de Taranis, que no es amor lo que siento, sino a ti.
Solo con sentir mañana de nuevo en el bosque de las dríadas el contacto de tu mano oprimiendo la mía con la misma energía con la que se alzaría el más alto y complejo de los dólmenes, me convertiré por dentro en el más sólido de los menhires que se alzaron en honor a sus diosas y me lanzaré a tus brazos con la valentía del mejor de los guerreros para callar el sonido de tu lira con un beso que ni el más célebre de los mitos helenos logrará imitar. Mi herida habrá cicatrizado, habrás curado con tu medicina mi alma en busca de su reencarnación, habrás eliminado tu imagen de Deirdre que, como un espectro venido desde antumnos todavía representabas en mí, y me habrás convertido en ese Dagda que ahora sí, permanecerá hasta el fin de los días con su amada Epona.
A mi amada Epona,
Iberia, 19 de Anagantios de 3416.
Iberia, 19 de Anagantios de 3416.

