27 de febrero de 2016

Carta a Epona

Luar na lubre - O son do ar.

Cubierto por un tapiz nuboso color azur que vierte las lágrimas de la triste Coventina, anuncia ya el cielo la venida de una noche cada vez más corta conforme Gwanwyn comienza a reencarnarse en árboles en flor, en vientos de poniente que derriten los corazones del pueblo y tintan de verde un paisaje que Cailleach pintó con su fino pincel de blanco, y en hojas que murieron sin hacer más ruido que el del susurro de los dioses el día en que Foghar se alimentó de sus almas marchitas, y que esperaban la venida de la primavera para poder regresar de antumnos.

Parece que fue ayer cuando comenzó este año y saludé a Bledhen por decimoséptima vez esperando un cambio que no llegó en forma de unos propósitos de los cuales, a día de hoy, diecinueve de Anagantios, la mitad ya es de imposible realización. Sin embargo, vengo hoy, como casi todas las semanas, olvidando mi nombre y tomando la forma de Ogmios, elocuente escritor, sin ser, no obstante, más que un joven maestro de absolutamente nada y amdaur -mal amdaur- de todo, a cantarle a mi musa, mi Epona a quien sacrifico una violeta del seno de Abnoba solo para que me redima aun a sabiendas de que en el ciclo de mi vida no se trata sino de una Deirdre, y cómo duele. Aquí tienes tu carta, otra semana más, uno de los plazos más de la eterna deuda que tengo contraída contigo.

Escrútame, mi Balar, solo con uno de tus ojos, el de la clemencia y el de la piedad hacia quien poco puede ofrecerte, salvo el sacrificio de su ánima y su sangre como tinta que avala la sinceridad de estas líneas; no fijes sobre mi papel, extraído del más vivo de los árboles empleados por los druidas, tu ojo posterior, pues muerte temprana para mí sería, y no iría a formar parte sino del devenir arcano, de aquellos que no dieron de sí hasta la última gota de su esencia y por tanto pasaron a poseer tan solo una única existencia; de aquellos a los que se les prometió ser vates del himno vital y ahora tan solo son espectros bajo las órdenes de Morrigan, muertos en una dudosa vida irrealizada, como lo estaría -y no digo sería, porque mi única forma de ser eres tú- yo si no contase con tu palabra, el sonido de tu voz tan severo en mi error como el cuerno que da paso al aquelarre con su soplo tan grave y tan dulce en mi acierto, si lo hubiere, como el de una lira siendo tocada en una de esas fiestas en que las estrellas son solo guiños de los dioses y en que las parejas se unen en sus castros en un amor consumado por la energía que la Tierra desprende de su seno y que ni el más preparado de los sabios podría captar.


Sé que no puedo dar más que unas líneas escritas en el oghámico más enrevesado, que ni siquiera puedo encarnarme en Angus, ese poeta que hace, como el peor de los romanos, tal arte con su lengua que lo adoras sin apenas poder escucharlo por el estado de embriaguez en el que te sume, pero no se encuentra la riqueza de mi cultivo de sentimientos en el lenguaje que todos los jefes prohibieron, sino en mi tradición de amarte. En que mi cosecha es inexistente, pero puedo ofrecerte el todo dentro de mi práctica nada porque tú, la semilla que hiciste germinar todo cuanto ahora tengo, formó roble enhiesto. Que otros, bardos grandilocuentes, cuya cosecha aumenta conforme lo hace su léxico falaz, sean capaces de igualar mi ofrenda dándote la práctica nada dentro del todo que parecen profesar. Oh, débiles para quienes no hay ni un dios en el panteón de los galos, no os daré el honor de conquistar el territorio a quien tanto respeto y a la vez anhelo sin antes valerme del mío, el de la lucha, para demostrar mi valía como pretendiente de mi amada.

Amada a la que digo: olvida mi apariencia, mi pasado de Fomoré, héroe del ardid, dios del mal y solitario vagabundo del limbo que por no creer en la existencia de los dioses como tú empezó a renegar de los mundanos con los que trataba por existir. Tápate los oídos, y déjame que me acerque para susurrarte por primera y última vez que te quiero, que si tan solo supiese que alguna vez esa palabra podría salir de tus labios fríos como el caldero de Gundestrup y rojos como el fuego de Belenos, gritaría a los cuatro vientos de la rosa, como la que sacrifiqué a Abnoba en tu honor, con una voz tan resonante como el más iracundo de los truenos de Taranis, que no es amor lo que siento, sino a ti.


Solo con sentir mañana de nuevo en el bosque de las dríadas el contacto de tu mano oprimiendo la mía con la misma energía con la que se alzaría el más alto y complejo de los dólmenes, me convertiré por dentro en el más sólido de los menhires que se alzaron en honor a sus diosas y me lanzaré a tus brazos con la valentía del mejor de los guerreros para callar el sonido de tu lira con un beso que ni el más célebre de los mitos helenos logrará imitar. Mi herida habrá cicatrizado, habrás curado con tu medicina mi alma en busca de su reencarnación, habrás eliminado tu imagen de Deirdre que, como un espectro venido desde antumnos todavía representabas en mí, y me habrás convertido en ese Dagda que ahora sí, permanecerá hasta el fin de los días con su amada Epona.


A mi amada Epona, 

Iberia, 19 de Anagantios de 3416.

21 de febrero de 2016

Vivir es un tesoro y tu vida su valor.

Alcest - Autre temps, a cuya letra, melodía
y videoclip va dedicada esta entrada y que os 
recomiendo escuchar mientras realizáis la lectura.


Un tranquilo paseo un viernes por la tarde tras acabar una tensa semana,

Observar un amanecer sabiendo que es tuyo porque todos duermen,

Quedarte a apreciar el ocaso sabiendo que el día muere, pero la noche también es vida,

Volver al mismo sitio, con la misma persona, pero mucho después y que nada haya cambiado,

Que pasen los años y todavía recordemos con una sonrisa momentos que no nos arrancará ni la muerte,

Mirar atrás y verlo todo tan pequeño que parezca que todavía queda mucho por delante,

Llegar a esa reflexión que cambia toda tu filosofía,

Pasar por un gran momento y, omnisciente, acariciar ese recuerdo con las yemas de los dedos hasta sentirte inefable, 

Vivir ese momento de plenitud en que el mundo te parece tan pequeño y tan simple que quieres salir con lo puesto a recorrerlo,

Adentrarte en tu ciudad y descubrir todos sus secretos más fuertemente retenidos, 

Entrar en contacto con todo el saber posible, desplegar tu mente por planos que jamás imaginaste, 

Leer un libro, vivirlo, terminarlo y hacerlo tuyo, 

Sentirte útil para quien cree no serlo para nadie, 

Aplaudir porque, aunque alegre unos segundos y luego muera, apremiará toda una existencia y su sonido jamás dejará de viajar,

Alimentar tu alma con las historias de los pueblos cuyo corazón late en las noches de silencio en que nadie escucha su grito ya casi ahogado, 

Trazar el azar natural por el cual estás aquí y ver que, tengas o no misión, no puedes irte de forma antinatural, 

Hacerle un hueco al pasado, único momento que conocemos, pero solo para construir un portentoso futuro, 

Saber que somos adultos, pero la infancia no muere, solo se reencarna en una forma distinta que recuerda su pasado, como aquella alma que se purifica,

Sentir el soplo frío de una brisa marítima en el ocaso de nuestros días alimentada por el calor del que fue nuestro estío vital, 

Sentir la mirada cariñosa de la naturaleza que te engendró y te reclama para verte morir,

Sentir que una sonrisa es la mayor fuerza que existe en la Tierra, que mueve una existencia sin sentido y que hace de las comisuras algo más que surcos lacrimosos,

Saber que lo mágico de existir es percatarse de que todo cuanto nos rodea seguirá ahí, salvo nosotros mismos,

Sentir las hojas caer, el viento sacudir de arriba a abajo las montañas con sus bosques, las flores marchitarse, saber que eres uno más del ciclo, aunque no tengas estaciones, 

Recordar sin dolor la primavera cuando floreciste y el verano en que viviste hasta secarte. Vivir el otoño de tu vida no como la caída de tus hojas, o directamente la llamada al cielo de Autumnos, sino la época para crecer gracias a sus lluvias, para cultivar todo aquello que en la época seca previa no pudo crecer. Disfrutar de las nieves de tu invierno que no pudiste ver en las otras estaciones, de esa masa de hielo que se asienta poco a poco y te aniquila de hipotermia vital, aprender a apreciar el tiempo como nunca lo hiciste, y a seguir siendo como esa pequeña violeta que resiste a todas las estaciones y aun así continúa mostrando sus mejores colores, una violeta para Epona. 

Aceptar el sufrimiento, que si la vida es sufrir, sufrir en el sufrimiento es sentirse vivo, y si la vida es disfrutar, tocará aceptarlo para poder vivir. 

Salir todos los días a mirar por la ventana, pararte en todos los pequeños detalles, y analizar, sentirte pequeño, pero a la vez inmenso

Ver el cielo y querer formar parte de otro tiempo, de otro lugar

No dejarte llevar por el miedo, porque sabes que después de pasar por él, tu vida seguirá

Luchar por todo aquello que quieres en un futuro, porque lo único imposible es lo que no intentas

Abrazar, fusionarse, sentirse, hablarse sin palabras y quererse sin acciones 

Y amar, porque el amor es la fuerza más grande que existe, la única capaz de unir dos cargas de signo contrario, 


... Porque eso, todo eso y a la vez tan poquito, es vivir.

Y sobre todo existir de forma que te proyectes en tu último día, que recuerdes todo lo que has vivido y que seas consciente de que, pese a que no vayas a volver a vivirlo, ha merecido la pena. Y qué dolor de existencia, haber sido para tan poco, pero qué placer de haber sido lo que uno ha querido en su única oportunidad, porque a ello le llaman éxito. 

... Porque en todo eso y a la vez en tan poquito, consiste la vida. Un éxito a consumar.



Muy buenos días, bellos vivientes.

12 de febrero de 2016

Palingenesia.

Palingenesia.

Debería estar estudiando, pero no es menos cierto que aprendemos a valorar el tiempo cuando menos disponemos de él, y que en estos minutos de ventaja que llevo a cientas de hojas que esperan ser estudiadas, deseo compartir unas reflexiones.

Llegan buenos tiempos conforme estos días,  sacudidos por el más crudo cierzo fruto del último hálito de mis carcajadas veraniegas enfriadas por un invierno de ataraxia y el más impío de los diluvios de aquellas nubes imbríferas que el otoño transportó, fenecen en un céfiro ponentoso que bucina a los cuatro vientos que la primavera interior ha comenzado. Procelas de solipsismo e introspección van a ser desahuciadas por aires de catarsis y palingenesia.

Se atisba un Sol de esperanza en una lontananza tal que un día de ogaño se traduce por meses de otrora, pero que al fin y al cabo promete tras su venida una canícula tal que, pasado un invierno de latencia, declinar su oferta me convertiría en un desertor de mí mismo.

Ha llegado el momento de intentarlo. Quizá no sé mi devenir, ese ‘qué haré con mi existencia’  en un futuro a medio plazo pues, al fin y al cabo, el futuro a corto plazo es eso que pretendemos caracterizar como ‘presente’ y los largos plazos son tan volubles que construir un proyecto sobre ellos se asemeja más a edificar castillos en el aire como un fementido trata de embaír a un timorato desconociendo que es el refugio de su mismo sentimiento; quizá no lo conozca, pero no me importa.

Tendemos a pensar por cronolección que todo aquello propio de los niños visto en un adulto es de una inmadurez supina, y que –por el contrario- todo aquello propio de alguien senil en un joven es fanfarronería, delirio de grandeza o melindrosidad, pero nada más alejado de la realidad; quizá nuestra frustración proviene de que el tiempo pase y no sea él quien se adapte a nosotros, sino nosotros quienes tengamos que mudar de costumbres, gustos y metas aun a sabiendas de que no hemos finalizado ninguna en el término establecido como ese escarabajo kafkiano mudaría su exoesqueleto para después morir sintiéndose como una lacra en su contexto, por ello he decidido, y aliento a quien así lo piense también, conservar dos de los grandes rasgos de la vida: el recto juicio del vetusto y el candor infantil que aviva la fuisca vital.

Muy probablemente el éxito pase por cambiar continuamente de emoción sin que lo haga la actitud; de tratar de buscar lo ferendario en un mundo cataléptico y de soportar de forma impertérrita la rispidez de la vida para poder dar con la felicidad, porque francamente cada vez creo más en que aquello a lo que llaman de esa manera no es sino un defecto del deletereísmo, ¿y qué hay mejor que ser un defecto dentro del sistema fallido? Considérate halagado, o halagada, cuando te digan que posees imperfecciones, taras, máculas… porque ello es lo que te da valía.

Voy a olvidarme de todo ese futuro, de dónde acabaré encasillado por un sistema académico, voy a preocuparme por aprender, de transformar lo que creí una cárcel espiritual en una Florencia cinquecéntica donde no importe qué vas a estudiar sino qué vas a incorporar a tu inestimable bagaje del saber, ese que portarás contigo a todo paradero. ¿Y qué me van a importar las opiniones del resto si decido propender hacia los derroteros del talento donde carcavear su fértil seno e instalarme? Estoy seguro de que más allá de la sardónica risa de aquel borrego guiado por el opilión ‘sistema’ ante la entelequia de la vida talentosa que trata de conducirte a su redil del conformismo hay sitio para el polímata, y que todo aquel que posee un talento y ama lo que le gusta puede vivir de ello, le den chance o tenga él que buscarse una salida a la egestad. Si de verdad lo amas, lizarás por ello a cuerpo descubierto contra el envite de quien te cree incapaz. 

Quizá esta porfía más próxima a una reláfica que amenaza con frañernos emocionalmente (porque es más sencillo caer ante la supuesta evidencia del juicio ajeno que ante la fehaciencia de nuestra intuspección) sea la felicidad oculta que se halla tras la evidente sarracina sentimental por la que debemos luchar, como aquel trozo insignificante, débil, quebrantable y voluble de grafito que, bajo las altas presiones a las que se ve sometido, se convierte en un diamante duro, de estima inefable y de refulgencia tal que merecería la pena quedarse ciego solo por intuirlo un instante.


Indecisos del mundo, os animo a que hagáis todo aquello que deseéis, que mantengáis vuestras metas aun cuando os parezca demasiado tarde, porque lo único que os debe esperar será lo último que presenciaréis. Os animo a recuperar ese alma intrépida que reclama con sed vuestro cuerpo exánime, a que hagáis caso omiso de quienes desean conduciros por su ruta de despecho seguida por un acervo de individuos resignados, y a que os convirtáis en el sueño de esta, vuestra carosis. Y si sentís el trémulo de las piernas, la debacle de vuestro renacimiento, aquí podréis encontrarme, con mis paupérrimas, pero asépticas letras para serviros de sustentáculo ante los embates de un mundo sumido en el más absoluto estupor que no está dispuesto a dar cobijo a nosotros, los nietos del saber y los dueños de sí mismos. 

4 de febrero de 2016

Gusanos del mundo, uníos.



Gusanos del mundo, uníos.

Engendrada por la progenitora naturaleza
¿Por qué no aceptas tu condición agraz,
especie fruto del más puro azar,
en lugar de cercenar tu cordón umbilical de forma precipitada
para abandonarte sin crianza a la frígida realidad?

Le retiramos la mano a nuestra madre
Y hemos perdido el rumbo,
Ahora todo se limita a su destrucción,
Y a ello lo llamamos ‘mundo’. 

Un planeta infinito e ingobernable
nos llevó a acotarlo
para poder sentirnos algo importante,
emancipándonos de la que sigue siendo nuestra nonchalance,
Que con la mejor intención,
Nos concibió para que la ayudásemos en su desarrollo,
Hoy vituperada y asesinada sin discreción,
Mañana nos devorará como Saturno a su hijo pródigo.

Subordinación eterna,
Que no se cuestiona
Porque nos hace sentir trabajadores
Mientras estamos al servicio de quien gobierna.

Las líneas se trazan pero nunca llevan a una cabeza,
No hay nadie por encima en el sistema,
Sin embargo es fácil de explicar su vigencia:
Sí lo hay fuera del muro que alzó la civilización ,
Llamada naturaleza,
Y abrazarla de nuevo significaría destruir el mundo que se creó. 

Por ello os digo
Vivid, sentid, cuestionad,
No os detengáis en vuestro vital viaje,
Que nuestro origen es animal 
A pesar de que haya sido la construcción artificial
Quien nos ha convertido en salvajes.

Lenguaje,
Falaz estandarte,
Arma empleada por los adalides del ardid
Para censurar el arte,
En esta gran fábrica de autómatas,
Única arma que incita a sentir
En la que ha supuesto un pequeño martillo
Capaz de destruir la máquina
De la que tan solo somos engranajes.

Por eso os digo, fauna del mundo:
dejemos de permitir que nos subyuguen 
para arar la tierra 
regada por ríos de sangre
que no drenamos por no quedar exangües,
como si fuésemos gusanos,
pues de ellos solo de una cualidad somos poseedores:
la capacidad de ser mariposa que surque los aires,
si nos negamos a descomponer la podredumbre
que dejaron nuestros antecesores.

Por ello os digo,
ignorad la imagen de madre viviseccionada
por nuestra salida prematura.
De pequeños gusanos descomponiendo
tejidos en sus entrañas casi necrosadas
por un virus llamado ‘sistema’.
y convertíos en anticuerpos que la liberen
gracias a la vacuna del conocimiento
de su gran pandemia.

Nuestro fuerte pulso nos llevará a coserla de nuevo,
Insertarnos en ella
Y volver a su cálido vientre,

Como si este letargo jamás hubiese sido existente
Y pasar de reino salvaje

A gran especie.