Palingenesia.
Debería estar estudiando, pero no
es menos cierto que aprendemos a valorar el tiempo cuando menos disponemos de
él, y que en estos minutos de ventaja que llevo a cientas de hojas que esperan
ser estudiadas, deseo compartir unas reflexiones.
Llegan buenos tiempos conforme
estos días, sacudidos por el más crudo
cierzo fruto del último hálito de mis carcajadas veraniegas enfriadas por un
invierno de ataraxia y el más impío de los diluvios de aquellas nubes
imbríferas que el otoño transportó, fenecen en un céfiro ponentoso que bucina a
los cuatro vientos que la primavera interior ha comenzado. Procelas de
solipsismo e introspección van a ser desahuciadas por aires de catarsis y palingenesia.
Se atisba un Sol de esperanza en
una lontananza tal que un día de ogaño se traduce por meses de otrora, pero que
al fin y al cabo promete tras su venida una canícula tal que, pasado un invierno
de latencia, declinar su oferta me convertiría en un desertor de mí mismo.
Ha llegado el momento de
intentarlo. Quizá no sé mi devenir, ese ‘qué haré con mi existencia’ en un futuro a medio plazo pues, al fin y al
cabo, el futuro a corto plazo es eso que pretendemos caracterizar como ‘presente’
y los largos plazos son tan volubles que construir un proyecto sobre ellos se
asemeja más a edificar castillos en el aire como un fementido trata de embaír a
un timorato desconociendo que es el refugio de su mismo sentimiento; quizá no lo
conozca, pero no me importa.
Tendemos a pensar por
cronolección que todo aquello propio de los niños visto en un adulto es de una
inmadurez supina, y que –por el contrario- todo aquello propio de alguien senil
en un joven es fanfarronería, delirio de grandeza o melindrosidad, pero nada
más alejado de la realidad; quizá nuestra frustración proviene de que el tiempo
pase y no sea él quien se adapte a nosotros, sino nosotros quienes tengamos que
mudar de costumbres, gustos y metas aun a sabiendas de que no hemos finalizado
ninguna en el término establecido como ese escarabajo kafkiano mudaría su
exoesqueleto para después morir sintiéndose como una lacra en su contexto, por
ello he decidido, y aliento a quien así lo piense también, conservar dos de los
grandes rasgos de la vida: el recto juicio del vetusto y el candor infantil que
aviva la fuisca vital.
Muy probablemente el éxito pase por cambiar
continuamente de emoción sin que lo haga la actitud; de tratar de buscar lo
ferendario en un mundo cataléptico y de soportar de forma impertérrita la
rispidez de la vida para poder dar con la felicidad, porque francamente cada
vez creo más en que aquello a lo que llaman de esa manera no es sino un defecto
del deletereísmo, ¿y qué hay mejor que ser un defecto dentro del sistema
fallido? Considérate halagado, o
halagada, cuando te digan que posees imperfecciones, taras, máculas… porque
ello es lo que te da valía.
Voy a olvidarme de todo ese futuro,
de dónde acabaré encasillado por un sistema académico, voy a preocuparme por
aprender, de transformar lo que creí una cárcel espiritual en una Florencia
cinquecéntica donde no importe qué vas a estudiar sino qué vas a incorporar a
tu inestimable bagaje del saber, ese que portarás contigo a todo paradero. ¿Y
qué me van a importar las opiniones del resto si decido propender hacia los derroteros
del talento donde carcavear su fértil seno e instalarme? Estoy seguro de que
más allá de la sardónica risa de aquel borrego guiado por el opilión ‘sistema’
ante la entelequia de la vida talentosa que trata de conducirte a su redil del
conformismo hay sitio para el polímata, y que todo aquel que posee un talento y
ama lo que le gusta puede vivir de ello, le den chance o tenga él que buscarse
una salida a la egestad. Si de verdad lo amas, lizarás por ello a cuerpo
descubierto contra el envite de quien te cree incapaz.
Quizá esta porfía más
próxima a una reláfica que amenaza con frañernos emocionalmente (porque es más
sencillo caer ante la supuesta evidencia del juicio ajeno que ante la
fehaciencia de nuestra intuspección) sea la felicidad oculta que se halla tras
la evidente sarracina sentimental por la que debemos luchar, como aquel trozo
insignificante, débil, quebrantable y voluble de grafito que, bajo las altas
presiones a las que se ve sometido, se convierte en un diamante duro, de estima
inefable y de refulgencia tal que merecería la pena quedarse ciego solo por
intuirlo un instante.
Indecisos del mundo, os animo a
que hagáis todo aquello que deseéis, que mantengáis vuestras metas aun cuando
os parezca demasiado tarde, porque lo único que os debe esperar será lo último
que presenciaréis. Os animo a recuperar ese alma intrépida que reclama con sed
vuestro cuerpo exánime, a que hagáis caso omiso de quienes desean conduciros
por su ruta de despecho seguida por un acervo de individuos resignados, y a que
os convirtáis en el sueño de esta, vuestra carosis. Y si sentís el trémulo de las
piernas, la debacle de vuestro renacimiento, aquí podréis encontrarme, con mis
paupérrimas, pero asépticas letras para serviros de sustentáculo ante los
embates de un mundo sumido en el más absoluto estupor que no está dispuesto a
dar cobijo a nosotros, los nietos del saber y los dueños de sí mismos.

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