7 de noviembre, año 2015 después de Cristo.
Ya sé que mi intención era la de despedirme definitivamente
de las letras, pero a falta de encontrar algo que me permita exteriorizar mis
sentimientos que no sea más sentimientos, buenas son las palabras.
Ha llegado ese día en el que hasta el día a día es
cambiante, ese en el que ya no puedo quejarme de rutina mientras lo hago también
de mi inestabilidad perenne. Y con él de nuevo se han avivado los pensamientos
existencialistas. No siempre tienen por qué ser fatales, ni tan siquiera malos,
pero rara vez llegan a buen puerto en la medida en que te contemplas de forma
externa y ves que te has estancado; estás en el mismo punto en el que partiste
y lo único que ha avanzado es el tiempo que te añade esa prisa vital de ver que
tus oportunidades se acaban y que desencadena el mismo pensamiento dramático a
la par que realista de siempre: ‘ni voy a llegar a ser algo –que ni siquiera lo
que yo deseo- en la vida, ni estoy preparado ni seguramente esté por delante de
quien aspira a lo mismo’.
A estas edades es cuando uno se empieza a dar cuenta de que
la vida ya no es color de rosa, sino más bien un gris apagado a mitad de camino
entre el blanco que se cree inexistente y el negro que jamás alcanzarás porque
basta con pensar en que algo no puede empeorar para que suceda, o bien porque
todo se agrave o bien porque –si no puede hacerlo todavía más- se añada a tu
realidad. También uno se da cuenta de que no hay quien vaya a estar siempre
ahí; el amor no son papá y mamá, sino algo en lo que pierdes la esperanza y la
fe; la muerte no es el cielo, sino la máxima ataraxia a la que empiezas a temer
sintiendo que se te agotan los días aunque tengas diecisiete; la enfermedad no
es aquello que rara vez pasa y, cuando lo hace, se cura, sino lo que te lleva
de un día para otro sin importarle quién seas y cuánto haga que estás aquí; el colegio ya no es ese lugar al
que se va a jugar y pasarlo bien, sino lo que tomas por prisión y es objeto
máximo de tus frustraciones, tu baja autoestima y tu desazón vital; incluso en
Navidad se pasa de llorar de alegría por los obsequios materiales a llorar de
tristeza por no poder reunirte con unos miembros que creías que estarían ahí
para siempre y no sabías que eran los verdaderos regalos. Por último y en
definitiva, la vida ya no es como te la habían querido contar, eres el polluelo
que sale de su cascarón y se ve un mundo frío e inmensamente vacío que
contrasta con la oscuridad y el caliente cobijo que le producía su angosto
huevo.
He llegado a ese punto, el de inflexión. Ahora empiezo a
percatarme de lo mucho que hay que valorar absolutamente todo, y de la importancia de creer, porque lo único
que no está sujeto a transformación o desaparición alguna es aquello que los
produce. Y sin embargo no me valoro.
No es rara la noche en la que me voy a dormir pensando que
el ansia por vivir ha devenido en el ansia de vivir, que ha transcurrido otro
día más en blanco, que vivo una vida que no he elegido y que enmendar mis
errores es como enderezar un árbol hendido o desandar un camino sin vuelta
atrás. Acabo preguntándome por qué no estoy siguiendo la vida que quiero, por
qué estudio lo que no me suscita emoción alguna y qué sentido tendrá hacerlo, por qué sigo repitiéndome como
un mantra inocuo aquello de que ‘en un tiempo todo cambiará’ cuando realmente
me he mantenido siguiendo un camino aburrido para poder ir alargándolo y decir
que habrá un futuro.
No encuentro contestación; ‘respuesta’ nunca fue a ‘pregunta’
lo que ‘seguridad’ a ‘incertidumbre’. Y ahora mismo tengo tan poca seguridad
sobre la incertidumbre que supongo que soy lo único que todavía me resisto a
valorar.
Desde siempre he sido una persona que ha odiado
vanagloriarse y se ha escaqueado de toda situación en que la hayan podido poner
por encima de nadie, pero debo reconocer que mis cualidades cognitivas han
estado a un nivel superior que el concebible como ‘normal’. Quizá ello ha propiciado
que, conforme pasaron los años, le haya ido perdiendo el valor o el
reconocimiento al esfuerzo, que me haya acostumbrado a vivir en un mundo en el
que se me exigía tan poco que no hacía falta ni que moviese un dedo para
cumplirlo. Y en este final de oración radica el verdadero cuello de botella. Me
he acostumbrado a conformarme con lo mínimo, a dar de mí lo suficiente para
pasar sin pena ni gloria, me he ceñido al límite con el que se enrasaba a los demás,
a lo que me demandaban, cuando realmente nunca me he fijado un reto, ni he
buscado superarme continuamente, ni siquiera he conseguido explotar todo
aquello que se sabía bueno de mí y que me hubiese dado la seguridad del éxito
que necesitaba. Para esperar una respuesta hay que generar un estímulo, y a
falta de estos he creado una irreversible comodidad en la vida de ocio. Por
esta misma desidia he perdido todo mi potencial inexplotado, ignorando así todas
las oportunidades de superarme, adquirir conocimientos y alcanzar la
realización que se me presentaban; y así he acabado, dudando de si alguna vez
lograré alcanzarla; de si tendré algo que merezca la pena ahora que he perdido
aquello que he ido dejando pasar tantos años.
Y ya ni siquiera eso: si encontraré algo que me guste en el mundo.
Añoro aquella época en que devoraba cerca de la docena de
libros, para mí alimento del alma, en que ‘procrastinación’, ‘pragmatismo’ y ‘nihilismo’
eran otra más de las palabras que no conocía y preguntaba para continuar
aumentando mi léxico, en que un nueve o un diez no era suficiente y necesitaba
un libro para ampliar todo aquello que decían que no debía saber porque no era
propio de mi edad, aquella en que vivía en el fértil mundo de la imaginación,
un proyecto era una forma de superarme, y el sacrificio la única forma de ser
quien soñaba. ¿Qué queda ahora? Nada, salvo el recuerdo. A falta de haber intentado
jamás el éxito en aquello en que era válido ahora dudo de la posibilidad de que
llegue a conseguirlo; soy el arquitecto de mi propia destrucción, me conformo
con cualquier explicación o ya ni siquiera formulo la pregunta para que no
duela su respuesta, pienso en la edad como una barrera algo más que numérica y
el mundo en el que vivo, engendrado por mi mente, no es fértil ni se llama
imaginación; su nombre es ‘resignación’ y es tan yermo como mis ilusiones.
Ahora solo conservo la pereza, el hastío y el amor a un ocio
que ya no produce placer como vestigios de todo lo que pude ser. Y eso último
causa mi gran dicotomía interior. Por una parte intento convencerme de que no
es tarde, pero por otra me pregunto qué pude haber sido si no hubiese dejado de
ser, evidenciando que no estoy convencido, sino más bien compungido por la pena propia que he llegado a sentir y confundido por haberme hecho continuamente
la pregunta de ‘¿Qué debería haber realizado en su día para que esto no hubiese sucedido?’ y no haber podido
construir ni una misérrima respuesta, supongo que por no haberla buscado jamás,
porque si no no hubiese sentido la necesidad de planteármela. No obstante, y
como mecanismo de defensa ante aquello que creé y que se ha convertido en algo
tan inmenso que ni siquiera alcanzo a pensar cuando trato de encontrar el
origen de mis sentimientos, todavía me quedan los impulsos.
A falta de haber conocido algo que me agradase y haberlo
explotado al máximo, vivo sin saber siquiera si siento emoción alguna o si
habrá algo allá afuera que la suscite, por lo que vivo en una búsqueda continua
de materias, asuntos o aficiones que atraigan mi atención de forma intensa pero
muy breve. Esto no está consiguiendo otra cosa que convertirme en aprendiz de
todo y maestro de absolutamente nada, en alguien que se cansa en días de lo que
le llega a gustar para venir a quejarse de que nada le atrae. A esto, señoras y
señores, le llamo yo ‘inconstancia’.
Y ella es la madre de mi inseguridad a día de hoy. Volviendo
a la etapa en que se me excluía por ser aquello que escapaba de los límites
establecidos, no puedo evitar pensar que el tener mayor capacidad no es síntoma
de éxito. Ya decía Darwin en su día que la clave no es destacar sino adaptarse,
y en un sistema que me pedía amoldarme al resto no he sabido hacer otra cosa
sino andarme por las ramas del vicio. Por aquellos tiempos cándidos, de
infancia y adolescencia, la vida, el futuro y la realización eran cosas ‘de
mayores’, en las que pensaba solo para reírme; a día de hoy son mi mayor
problema. Puede ser que en los tiempos de felicidad me diese igual pensar de
forma reduccionista, pero aquellos que estaban siendo encauzados mientras yo
encontraba una forma más fácil de fluir, arrasase con lo que arrasase, y que yo
pude creer objeto de mi ralentización, a día de hoy son aquellos que han tenido
que conocer el progreso a partir del trabajo y la constancia, aquellos cuya
bombilla de conocimiento tenía muy poca potencia, pero la han sabido mantener
siempre encendida y a día de hoy los convierte en seres iluminados, aquellos
que conocen el fracaso pero han llegado al éxito solo por concebir la
supervivencia de su adaptación como el mayor de los mismos.
Y, ¿qué ha sido de
mí? Bombilla o quien sabe si foco deslumbrante, he conocido el progreso como
etapa, como algo fácil de soslayar, como aquello que conseguía sin moverme ni
preocuparme apenas y que no requería de que encendiese siquiera mi bombilla
para poder salvar; soy ese a quien la constancia le parecía inútil en un mundo
en que todo se conseguía sin esfuerzo aparente. Y así he acabado, sin conocer
un éxito, porque el del resto era mi rutina, y no he sabido encontrar nada por
lo que luchar. Ahora todos son bombillitas tenues que producen su humilde luz
sin titubeos, mientras que yo sigo siendo un potente foco, pero con la
impotencia de ser ya incapaz de alumbrar. En una pelea por el futuro, ganará
mucho antes aquel que haya conocido la vía de la realización y que pueda
enfrentarse a una dificultad que yo, aquel que haya corrido poquísimo durante
años que yo, que soy el más rápido pero ni siquiera ha comenzado el camino. Solo
estoy preparado para correr mucho, pero no para llegar lejos.
Y qué hacer ante el pensamiento de que nada puede cambiar. No
se puede cambiar lo que jamás dejó de hacerlo. Sentarme a pensar sabiendo que
estoy mal ya se ha convertido en una de las cosas más improductivas que
conforman mis días. Ni sé qué está mal ni sé por dónde abordarlo ni mucho menos
consigo que mi mente devuelva al pensar en mí otra imagen que no sea un
paralelo vacío inmenso de color gris. He aprendido –entre otras cosas- a
repetirme que todo cambiará e irá a mejor como forma de mantener viva la llama
de la esperanza, una que ya dudo siquiera que me caliente por dentro. Vivo una
vida en que nada ni nadie es de mi agrado, estudio cosas que sé inútiles en un
futuro y mientras tanto tengo la sensación de que me estoy perdiendo
continuamente cosas que merecen la pena así como la oportunidad de aprender lo
que me llama la atención y de estar con quien me corresponde en el sitio que me
corresponde.
Ya decía el famoso libro ‘El lugar más bonito del mundo’ que este
no es sino aquel en el que puedes llevar la cabeza alta, mostrarte orgulloso de
ti mismo y albergar a quien nos quiere y al que queremos de veras. Y para mí el
mundo se trata de algo horroroso a lo que no quiero ni siquiera mirar a los
ojos.
¿Por qué no hacer la vida que quiero? Sigo ligado a la
institución de mi familia, y para todo necesito de un capital, que solo
conseguiré siguiendo estudios. Y todo aquello que puede, por tanto, abrirme esa
vía de la autonomía es precisamente lo que me imbuye el miedo a acabar como el resto.
Viviendo feliz, teniendo las dudas existenciales propias del momento en que se
deja de vivir para empezar a sobrevivir, repetirme un mantra continuamente
hasta llegar a unos estudios que me prometan o bien sufragarme la vida que de
verdad quiero o bien buscar algo en que sentirme útil, envejecer más que
madurar y verme en la máxima soledad y buscar a alguien que la aplaque para
continuar con todo este ciclo de subordinación al capital y la brutalidad y
después morir como nací, entre lloros, desnudo e inconsciente. ¿Por qué querré
yo vivir solo para producir recursos que me enterrarán a mí mismo? ¿Por qué
querré seguir las vidas del resto cuando mi idea siempre fue radicalmente
opuesta? ¿En qué momento dejaré de pensar en ‘encontrar a mi par’ para ‘salir a
buscarlo’? ¿En qué momento terminaré de ser yo?
Son todo preguntas sin
contestación que surgen de muchas más preguntas sin contestación, como mi
pensamiento. Algo simple que se hace tan grande que no logro abarcarlo y por
último doy por imposible hasta que aprendo a convivir con ello y caigo poco a
poco en un terreno de apatía que se perfila en este mundo de sufrimiento como
el ocio que me permitió seguir adelante en un mundo aburrimiento en su día.
Ahora me doy cuenta de que estoy volviendo a morir y no solo no puedo
resucitarme al momento en que pude haber sido yo, sino que debo limitarme a
mantenerme como estoy ahora como si ese fuese el reto que jamás me propuse. Mi
mayor error fue no empezar nunca ningún camino que se insinuase sempiterno o
complicado, por miedo al desencanto o a la inutildad, y quizá ello haya hecho
que hoy no quiera intentar nada, quizá eso hiciese que ahora mire al suelo
cuando ando y no con la cabeza bien alta, como en ese Lugar Más Bonito del
Mundo que podría ser aquel por el que dejo mi huella. Quizá por ello ahora amo
la rutina, ese camino corto y cíclico que conozco, sigo por inercia como el
autómata que se siente extraño respecto a sí mismo y que además no tiene ni
pérdida ni tiempo de orientación. El camino del no ser, del apagarse
gradualmente hasta acabar como yo, de la inconstancia y de la vacuidad. ¿Quién
en su sano juicio iba a querer quedarse a mitad de un largo camino porque no le
gusta, o a sentir que pierde el tiempo por tener que desandarlo, o incluso a
encontrarse en un punto que jamás conocía, completamente perdido?
Pero en este foco fundido, en estos ojos cubiertos por un
velo negro y en esta alma alumbrada por la oscuridad todavía se cuela la luz y se
producen destellos de esperanza. No todo está perdido. Todavía sigo pensando en que no he
encontrado ese lugar del que hablaba, y de que –pese a que quiera solo a
aquellos que no conozco y son tan solo pantallas- no existe en una red social.
Todavía mantengo la esperanza de que, tras diecisiete años sin amor ni
relación, encontraré a aquella persona que no me sojuzgue ni enuncie todos mis
defectos, sino que me critique y sepa apreciar mis defectos y darse cuenta de
unas virtudes que ni yo creo tener. Todavía creo en el amor, un sentimiento
noble y fuerte ahora ya sexualizado y llevado al terreno de lo inexistente, de
las creencias que jamás se han vivido pero se toman como dogmas, al terreno de
lo puramente desvirtualizado. Todavía creo en las palabras como método de
reflexión y no de interpretación, en ese ‘preciosa’ como manera de decirle a
esa persona el gran precio que tiene para ti y lo mucho que la valoras, y no
como sustantivo genérico tan gastado y a la vez desgastado que se toma como una
palabra asentimental y vomitiva.
Todavía creo en el interés mutuo en una
sociedad leonina de mutuo interés. Todavía creo en un ‘buenos días’ por la mañana que
te alegra el día entero y en un 'buenas noches' que puede con la peor de las pesadillas. Todavía creo en un ‘qué tal’ que te hace olvidar todo
lo malo sucedido y no poder contestar otra cosa que no sea un ‘mejor que nunca’.
Todavía creo en que un ‘confío en ti’ es la mayor de las fuerzas existentes en
la Tierra, y que mueve mucho más que montañas, incluso almas petrificadas desde
hace años. Todavía creo en los ‘te quiero’ como antecedentes de ‘complementar’
y no de ‘destruir’. Todavía creo en la unión de los humanos como única forma de
trascender las distintas razas de fronteras. Todavía creo en la paz y no en la
ausencia de guerra. Todavía creo en que todo irá a mejor. Todavía creo en
encontrar a quien haga de este un lugar precioso. Todavía creo en poder llegar
a ver el cielo resplandeciente por tener donde poder alzar mi mentón. Todavía
creo en historias de niños, en finales felices y en monstruos preexistentes que
se plasman con letras, no en finales amargos que derivan en textos que permiten
hacer morir mediante la letra a los monstruos recién creados mentalmente.
Todavía creo en la inmortalidad de una existencia realizada. Todavía creo
incluso en el tiempo que jamás recuperaré. Todavía creo en poder atrapar el momento y parar los instantes. Todavía creo en la importancia del
detalle y en la ilusión en lo minúsculo. Sé que algo será posible mientras lo
crea y lo mantenga vivo en mí. Así que todavía creo...
Creo en mí.
1 de enero, año 1 después de la esperanza.
