7 de noviembre de 2015

Día 1 después de la esperanza.





7 de noviembre, año 2015 después de Cristo.


Ya sé que mi intención era la de despedirme definitivamente de las letras, pero a falta de encontrar algo que me permita exteriorizar mis sentimientos que no sea más sentimientos, buenas son las palabras.

Ha llegado ese día en el que hasta el día a día es cambiante, ese en el que ya no puedo quejarme de rutina mientras lo hago también de mi inestabilidad perenne. Y con él de nuevo se han avivado los pensamientos existencialistas. No siempre tienen por qué ser fatales, ni tan siquiera malos, pero rara vez llegan a buen puerto en la medida en que te contemplas de forma externa y ves que te has estancado; estás en el mismo punto en el que partiste y lo único que ha avanzado es el tiempo que te añade esa prisa vital de ver que tus oportunidades se acaban y que desencadena el mismo pensamiento dramático a la par que realista de siempre: ‘ni voy a llegar a ser algo –que ni siquiera lo que yo deseo- en la vida, ni estoy preparado ni seguramente esté por delante de quien aspira a lo mismo’.

A estas edades es cuando uno se empieza a dar cuenta de que la vida ya no es color de rosa, sino más bien un gris apagado a mitad de camino entre el blanco que se cree inexistente y el negro que jamás alcanzarás porque basta con pensar en que algo no puede empeorar para que suceda, o bien porque todo se agrave o bien porque –si no puede hacerlo todavía más- se añada a tu realidad. También uno se da cuenta de que no hay quien vaya a estar siempre ahí; el amor no son papá y mamá, sino algo en lo que pierdes la esperanza y la fe; la muerte no es el cielo, sino la máxima ataraxia a la que empiezas a temer sintiendo que se te agotan los días aunque tengas diecisiete; la enfermedad no es aquello que rara vez pasa y, cuando lo hace, se cura, sino lo que te lleva de un día para otro sin importarle quién seas y cuánto haga que estás aquí; el colegio ya no es ese lugar al que se va a jugar y pasarlo bien, sino lo que tomas por prisión y es objeto máximo de tus frustraciones, tu baja autoestima y tu desazón vital; incluso en Navidad se pasa de llorar de alegría por los obsequios materiales a llorar de tristeza por no poder reunirte con unos miembros que creías que estarían ahí para siempre y no sabías que eran los verdaderos regalos. Por último y en definitiva, la vida ya no es como te la habían querido contar, eres el polluelo que sale de su cascarón y se ve un mundo frío e inmensamente vacío que contrasta con la oscuridad y el caliente cobijo que le producía su angosto huevo.

He llegado a ese punto, el de inflexión. Ahora empiezo a percatarme de lo mucho que hay que valorar absolutamente todo, y de la importancia de creer, porque lo único que no está sujeto a transformación o desaparición alguna es aquello que los produce. Y sin embargo no me valoro.

No es rara la noche en la que me voy a dormir pensando que el ansia por vivir ha devenido en el ansia de vivir, que ha transcurrido otro día más en blanco, que vivo una vida que no he elegido y que enmendar mis errores es como enderezar un árbol hendido o desandar un camino sin vuelta atrás. Acabo preguntándome por qué no estoy siguiendo la vida que quiero, por qué estudio lo que no me suscita emoción alguna y qué sentido tendrá hacerlo, por qué sigo repitiéndome como un mantra inocuo aquello de que ‘en un tiempo todo cambiará’ cuando realmente me he mantenido siguiendo un camino aburrido para poder ir alargándolo y decir que habrá un futuro.

No encuentro contestación; ‘respuesta’ nunca fue a ‘pregunta’ lo que ‘seguridad’ a ‘incertidumbre’. Y ahora mismo tengo tan poca seguridad sobre la incertidumbre que supongo que soy lo único que todavía me resisto a valorar.

Desde siempre he sido una persona que ha odiado vanagloriarse y se ha escaqueado de toda situación en que la hayan podido poner por encima de nadie, pero debo reconocer que mis cualidades cognitivas han estado a un nivel superior que el concebible como ‘normal’. Quizá ello ha propiciado que, conforme pasaron los años, le haya ido perdiendo el valor o el reconocimiento al esfuerzo, que me haya acostumbrado a vivir en un mundo en el que se me exigía tan poco que no hacía falta ni que moviese un dedo para cumplirlo. Y en este final de oración radica el verdadero cuello de botella. Me he acostumbrado a conformarme con lo mínimo, a dar de mí lo suficiente para pasar sin pena ni gloria, me he ceñido al límite con el que se enrasaba a los demás, a lo que me demandaban, cuando realmente nunca me he fijado un reto, ni he buscado superarme continuamente, ni siquiera he conseguido explotar todo aquello que se sabía bueno de mí y que me hubiese dado la seguridad del éxito que necesitaba. Para esperar una respuesta hay que generar un estímulo, y a falta de estos he creado una irreversible comodidad en la vida de ocio. Por esta misma desidia he perdido todo mi potencial inexplotado, ignorando así todas las oportunidades de superarme, adquirir conocimientos y alcanzar la realización que se me presentaban; y así he acabado, dudando de si alguna vez lograré alcanzarla; de si tendré algo que merezca la pena ahora que he perdido aquello que he ido dejando pasar tantos años.  Y ya ni siquiera eso: si encontraré algo que me guste en el mundo.

Añoro aquella época en que devoraba cerca de la docena de libros, para mí alimento del alma, en que ‘procrastinación’, ‘pragmatismo’ y ‘nihilismo’ eran otra más de las palabras que no conocía y preguntaba para continuar aumentando mi léxico, en que un nueve o un diez no era suficiente y necesitaba un libro para ampliar todo aquello que decían que no debía saber porque no era propio de mi edad, aquella en que vivía en el fértil mundo de la imaginación, un proyecto era una forma de superarme, y el sacrificio la única forma de ser quien soñaba. ¿Qué queda ahora? Nada, salvo el recuerdo. A falta de haber intentado jamás el éxito en aquello en que era válido ahora dudo de la posibilidad de que llegue a conseguirlo; soy el arquitecto de mi propia destrucción, me conformo con cualquier explicación o ya ni siquiera formulo la pregunta para que no duela su respuesta, pienso en la edad como una barrera algo más que numérica y el mundo en el que vivo, engendrado por mi mente, no es fértil ni se llama imaginación; su nombre es ‘resignación’ y es tan yermo como mis ilusiones.

Ahora solo conservo la pereza, el hastío y el amor a un ocio que ya no produce placer como vestigios de todo lo que pude ser. Y eso último causa mi gran dicotomía interior. Por una parte intento convencerme de que no es tarde, pero por otra me pregunto qué pude haber sido si no hubiese dejado de ser, evidenciando que no estoy convencido, sino más bien compungido por la pena propia que he llegado a sentir y confundido por haberme hecho continuamente la pregunta de ‘¿Qué debería haber realizado en su día para que esto no hubiese sucedido?’ y no haber podido construir ni una misérrima respuesta, supongo que por no haberla buscado jamás, porque si no no hubiese sentido la necesidad de planteármela. No obstante, y como mecanismo de defensa ante aquello que creé y que se ha convertido en algo tan inmenso que ni siquiera alcanzo a pensar cuando trato de encontrar el origen de mis sentimientos, todavía me quedan los impulsos.

A falta de haber conocido algo que me agradase y haberlo explotado al máximo, vivo sin saber siquiera si siento emoción alguna o si habrá algo allá afuera que la suscite, por lo que vivo en una búsqueda continua de materias, asuntos o aficiones que atraigan mi atención de forma intensa pero muy breve. Esto no está consiguiendo otra cosa que convertirme en aprendiz de todo y maestro de absolutamente nada, en alguien que se cansa en días de lo que le llega a gustar para venir a quejarse de que nada le atrae. A esto, señoras y señores, le llamo yo ‘inconstancia’.

Y ella es la madre de mi inseguridad a día de hoy. Volviendo a la etapa en que se me excluía por ser aquello que escapaba de los límites establecidos, no puedo evitar pensar que el tener mayor capacidad no es síntoma de éxito. Ya decía Darwin en su día que la clave no es destacar sino adaptarse, y en un sistema que me pedía amoldarme al resto no he sabido hacer otra cosa sino andarme por las ramas del vicio. Por aquellos tiempos cándidos, de infancia y adolescencia, la vida, el futuro y la realización eran cosas ‘de mayores’, en las que pensaba solo para reírme; a día de hoy son mi mayor problema. Puede ser que en los tiempos de felicidad me diese igual pensar de forma reduccionista, pero aquellos que estaban siendo encauzados mientras yo encontraba una forma más fácil de fluir, arrasase con lo que arrasase, y que yo pude creer objeto de mi ralentización, a día de hoy son aquellos que han tenido que conocer el progreso a partir del trabajo y la constancia, aquellos cuya bombilla de conocimiento tenía muy poca potencia, pero la han sabido mantener siempre encendida y a día de hoy los convierte en seres iluminados, aquellos que conocen el fracaso pero han llegado al éxito solo por concebir la supervivencia de su adaptación como el mayor de los mismos. 

Y, ¿qué ha sido de mí? Bombilla o quien sabe si foco deslumbrante, he conocido el progreso como etapa, como algo fácil de soslayar, como aquello que conseguía sin moverme ni preocuparme apenas y que no requería de que encendiese siquiera mi bombilla para poder salvar; soy ese a quien la constancia le parecía inútil en un mundo en que todo se conseguía sin esfuerzo aparente. Y así he acabado, sin conocer un éxito, porque el del resto era mi rutina, y no he sabido encontrar nada por lo que luchar. Ahora todos son bombillitas tenues que producen su humilde luz sin titubeos, mientras que yo sigo siendo un potente foco, pero con la impotencia de ser ya incapaz de alumbrar. En una pelea por el futuro, ganará mucho antes aquel que haya conocido la vía de la realización y que pueda enfrentarse a una dificultad que yo, aquel que haya corrido poquísimo durante años que yo, que soy el más rápido pero ni siquiera ha comenzado el camino. Solo estoy preparado para correr mucho, pero no para llegar lejos.

Y qué hacer ante el pensamiento de que nada puede cambiar. No se puede cambiar lo que jamás dejó de hacerlo. Sentarme a pensar sabiendo que estoy mal ya se ha convertido en una de las cosas más improductivas que conforman mis días. Ni sé qué está mal ni sé por dónde abordarlo ni mucho menos consigo que mi mente devuelva al pensar en mí otra imagen que no sea un paralelo vacío inmenso de color gris. He aprendido –entre otras cosas- a repetirme que todo cambiará e irá a mejor como forma de mantener viva la llama de la esperanza, una que ya dudo siquiera que me caliente por dentro. Vivo una vida en que nada ni nadie es de mi agrado, estudio cosas que sé inútiles en un futuro y mientras tanto tengo la sensación de que me estoy perdiendo continuamente cosas que merecen la pena así como la oportunidad de aprender lo que me llama la atención y de estar con quien me corresponde en el sitio que me corresponde. 

Ya decía el famoso libro ‘El lugar más bonito del mundo’ que este no es sino aquel en el que puedes llevar la cabeza alta, mostrarte orgulloso de ti mismo y albergar a quien nos quiere y al que queremos de veras. Y para mí el mundo se trata de algo horroroso a lo que no quiero ni siquiera mirar a los ojos.

¿Por qué no hacer la vida que quiero? Sigo ligado a la institución de mi familia, y para todo necesito de un capital, que solo conseguiré siguiendo estudios. Y todo aquello que puede, por tanto, abrirme esa vía de la autonomía es precisamente lo que me imbuye el miedo a acabar como el resto. Viviendo feliz, teniendo las dudas existenciales propias del momento en que se deja de vivir para empezar a sobrevivir, repetirme un mantra continuamente hasta llegar a unos estudios que me prometan o bien sufragarme la vida que de verdad quiero o bien buscar algo en que sentirme útil, envejecer más que madurar y verme en la máxima soledad y buscar a alguien que la aplaque para continuar con todo este ciclo de subordinación al capital y la brutalidad y después morir como nací, entre lloros, desnudo e inconsciente. ¿Por qué querré yo vivir solo para producir recursos que me enterrarán a mí mismo? ¿Por qué querré seguir las vidas del resto cuando mi idea siempre fue radicalmente opuesta? ¿En qué momento dejaré de pensar en ‘encontrar a mi par’ para ‘salir a buscarlo’? ¿En qué momento terminaré de ser yo? 

Son todo preguntas sin contestación que surgen de muchas más preguntas sin contestación, como mi pensamiento. Algo simple que se hace tan grande que no logro abarcarlo y por último doy por imposible hasta que aprendo a convivir con ello y caigo poco a poco en un terreno de apatía que se perfila en este mundo de sufrimiento como el ocio que me permitió seguir adelante en un mundo aburrimiento en su día. Ahora me doy cuenta de que estoy volviendo a morir y no solo no puedo resucitarme al momento en que pude haber sido yo, sino que debo limitarme a mantenerme como estoy ahora como si ese fuese el reto que jamás me propuse. Mi mayor error fue no empezar nunca ningún camino que se insinuase sempiterno o complicado, por miedo al desencanto o a la inutildad, y quizá ello haya hecho que hoy no quiera intentar nada, quizá eso hiciese que ahora mire al suelo cuando ando y no con la cabeza bien alta, como en ese Lugar Más Bonito del Mundo que podría ser aquel por el que dejo mi huella. Quizá por ello ahora amo la rutina, ese camino corto y cíclico que conozco, sigo por inercia como el autómata que se siente extraño respecto a sí mismo y que además no tiene ni pérdida ni tiempo de orientación. El camino del no ser, del apagarse gradualmente hasta acabar como yo, de la inconstancia y de la vacuidad. ¿Quién en su sano juicio iba a querer quedarse a mitad de un largo camino porque no le gusta, o a sentir que pierde el tiempo por tener que desandarlo, o incluso a encontrarse en un punto que jamás conocía, completamente perdido?

Pero en este foco fundido, en estos ojos cubiertos por un velo negro y en esta alma alumbrada por la oscuridad todavía se cuela la luz y se producen destellos de esperanza. No todo está perdido. Todavía sigo pensando en que no he encontrado ese lugar del que hablaba, y de que –pese a que quiera solo a aquellos que no conozco y son tan solo pantallas- no existe en una red social. Todavía mantengo la esperanza de que, tras diecisiete años sin amor ni relación, encontraré a aquella persona que no me sojuzgue ni enuncie todos mis defectos, sino que me critique y sepa apreciar mis defectos y darse cuenta de unas virtudes que ni yo creo tener. Todavía creo en el amor, un sentimiento noble y fuerte ahora ya sexualizado y llevado al terreno de lo inexistente, de las creencias que jamás se han vivido pero se toman como dogmas, al terreno de lo puramente desvirtualizado. Todavía creo en las palabras como método de reflexión y no de interpretación, en ese ‘preciosa’ como manera de decirle a esa persona el gran precio que tiene para ti y lo mucho que la valoras, y no como sustantivo genérico tan gastado y a la vez desgastado que se toma como una palabra asentimental y vomitiva. 

Todavía creo en el interés mutuo en una sociedad leonina de mutuo interés. Todavía creo en un ‘buenos días’ por la mañana que te alegra el día entero y en un 'buenas noches' que puede con la peor de las pesadillas. Todavía creo en un ‘qué tal’ que te hace olvidar todo lo malo sucedido y no poder contestar otra cosa que no sea un ‘mejor que nunca’. Todavía creo en que un ‘confío en ti’ es la mayor de las fuerzas existentes en la Tierra, y que mueve mucho más que montañas, incluso almas petrificadas desde hace años. Todavía creo en los ‘te quiero’ como antecedentes de ‘complementar’ y no de ‘destruir’. Todavía creo en la unión de los humanos como única forma de trascender las distintas razas de fronteras. Todavía creo en la paz y no en la ausencia de guerra. Todavía creo en que todo irá a mejor. Todavía creo en encontrar a quien haga de este un lugar precioso. Todavía creo en poder llegar a ver el cielo resplandeciente por tener donde poder alzar mi mentón. Todavía creo en historias de niños, en finales felices y en monstruos preexistentes que se plasman con letras, no en finales amargos que derivan en textos que permiten hacer morir mediante la letra a los monstruos recién creados mentalmente. Todavía creo en la inmortalidad de una existencia realizada. Todavía creo incluso en el tiempo que jamás recuperaré. Todavía creo en poder atrapar el momento y parar los instantes. Todavía creo en la importancia del detalle y en la ilusión en lo minúsculo. Sé que algo será posible mientras lo crea y lo mantenga vivo en mí. Así que todavía creo...

Creo en mí.


1 de enero, año 1 después de la esperanza.

4 de noviembre de 2015

Ahora veo que han llegado los días largos.



Ahora veo que han llegado los días largos.

Miro por la  ventana
La tarde gris y melancólica
En la que un día alegre y claro
Ha desembocado.
Y que le confiere a la ciudad
Un aspecto apagado.

Y empiezo a recordar momentos del pasado,
A evocar cosas que ni siquiera sucedieron,
Me teletransporto a otras épocas,
En este mismo lugar.
A todas las historias que aquí se vivieron
Y que, con recelo, guarda esta ciudad.
Esperando a estas grises tardes
Para podérmelas contar.

Intento escribir en prosa,
Pero me resulta imposible.
No alcanzo a leerme exteriorizando,
Sin procesar lo que siento,
Necesito la poesía,
Necesito traducirlo a un lenguaje que sólo yo entiendo.

Miro por la ventana
Y observo multitud de edificios
Cada uno con sus pequeñas lucecitas,
Como candiles que iluminan la ciudad
En esta lúgubre tarde de invierno
A la que vida dan.

Algunas se encienden,
Otras se apagan como si de un guiño se tratase.
Parecen insignificantes,
Pero cada una alberga una historia diferente;
Una vida distinta,
Mundos dentro de un mundo:
El Universo de la gente.

Seres que comparten nuestro espacio,
Nuestra época,
Pero forman parte de otra dimensión,
Personas cercanas,
Que una insignificante distancia
Convierte en lejanas.
Gente que espera ser conocida,
Gente que jamás conocerás.

Muchas veces escucho música,
Y me transporto a lugares que nunca pisé,
Viviendo por primera vez historias que jamás viví,
Aunque sólo en el mundo de mi imaginación
Tengan validez.

Pensamientos fruto de un alma que vivió muy poco.
De unas alas cortadas antes de crecer.
De una vida que me hubiese gustado vivir
Pero jamás viviré.

De muchísima gente genial
Que espera ser conocida allá afuera,
De mucha gente que jamás conoceré,
Cuántas historias pudieron ser vividas,
Cuántas personas pudieron ser conocidas,
En qué grandes épocas pudieron suceder…

Historias que no imagino,
Muertas antes de empezar,
Sobre personas que ni siquiera conozco,
Palabras que ni siquiera entiendo,
En épocas que murieron hace tiempo.

El momento llora,
Y los tiempos felices llegan a su fin,
Oigo cómo se acaban,
Sin resistirse a morir.

Atrás quedó aquel tiempo en que todo era felicidad,
Ignorancia más bien,
En que todo era precioso y nada malo podía suceder,
Los mejores tiempos de mi vida que viví sin ser consciente,
Aquellos en que conoces de verdad a la gente,
Y que ya jamás recuperaré.
Suena de críos,
Pero no deseo crecer.
El mundo se ha convertido en un lugar
En que sólo domina la falsedad y el propio interés.
Atrás quedaron la sinceridad y los buenos modales
De los niños que ahora son más que chavales.

Muchas veces no logro callar mis impulsos,
¿No se da cuenta la gente de que nada tiene sentido?
Empiece como empiece,
El pensamiento final es el mismo,
Nos tomamos, en definitiva, muy en serio todo
Sin pensar (O sin querer hacerlo)
En que todos acabaremos del mismo modo.

Exactamente igual que el que odiábamos o queríamos
Exactamente igual que el que pasó de nosotros
Que el que estuvo siempre a nuestro lado,
Que el desconocido o el famoso,
Que el rico o el pobre marginado…

Hemos alimentado durante años
Cosas que han muerto al término de los mismos.
Nos hemos mantenido
Para poder morir.

Hemos malgastado una vida,
Llena de pretextos,
Le hemos dado el mismo sentido que todos,
Siguiendo la ley de la mayoría.

Pero no sabíamos que la mayoría estaba equivocada,
A lo mejor era el suicida
Quien más la amaba.

3 de noviembre de 2015

A la luz de la oscuridad.



A la luz de la oscuridad.

La lumbrera que otrora me iluminaba
Ahora es solo un ente vestigial,
Me he apagado por dentro,
Estoy sumido en la oscuridad. 

Buenas noches,
Compañeros de insomnio,
Nueva entrega
De mis historias de frustraciones y demonios.

En un mar de dudas navío,
Espero la tormenta destructiva.
Que traiga nuevas lluvias
Y combata la sequía,
De mí, terreno baldío,
Azotado por el que creyó
                   Un feliz estío.                

Ya noto la presión en mis costillas,
Cae el sudor frío por mi frente,
Desearía poder gobernar mis sentimientos,
Pero el ataque de ansiedad es inminente.        

Todo por culpa del mismo pensamiento…
Si de verdad la felicidad yace en el último hálito
Y destruir es una forma de crear,
¿Por qué no dejar de mí ni los cimientos?

Muchas horas por delante,
Que mataría si no fuesen mi verdugo,
Dormir se ha convertido en un sueño.
Mis días se deslizan sin que los advierta
Mientras soy yo quien me escurro. 

No pudo haber peor periodo
Para suceder la desgracia,
Ahora me siento, y lloro,
Por haber odiado una vida rutinaria
Duele más el síncope por la sorpresa
Que la apatía de la nada.   

Quién iba a pensar que sería peor
El remedio que la enfermedad,
Cuando no existe cura para la mía,
Sino paliativo ineficaz.     

No obstante, seguiré creyendo
Que lo mío es solo histrionismo
Pues de tanto acostumbrarme a disimular
No sé cuál de las dos caras soy yo mismo.     

Trastorno identitario,
De aquel incapaz de reconocerse,
El espejo me devuelve difuso.
Una maraña de líneas divergentes
Que buscan la escapatoria
Del seno que las ha irradiado
Me he convertido en el punto de fuga
De todo aquello que pasa por mi lado,
De líneas enemigas que se pasan al otro bando.   

Las noches se han tornado largas,
Desde que el Sol ya no sale por dentro,
En el solipsismo vivo el infierno,
De quien se sabe finito,
Pero desearía ser eterno.

Olvidaré la compañía,
No nació para mí,
Solo lo bueno se reparte,
Y soledad es lo único que puedo compartir.

Miles de personas han pasado por mi existencia magra
Dejando tan solo un vacío que se acrecentaba,
No solo no pude significar para ellas nada,
Sino que además supuse su mayor lacra.       

Me queda un cartucho por quemar,
Apoyarme en todo lo que me rodea,
Pero se me olvida que
En el reino de los ciegos
Es el tuerto quien gobierna.    

Pasa el tiempo…
Sin apoyo
Y de puntillas,
Trato de no hacer ruido
Para no despertar a la pesadilla
Que me mantiene despierto.

Escribiendo estas líneas
De sentimiento imbuido,
Maltrechas y caóticas,
Carentes de entropía,
Excepciones cósmicas
A la ley de la armonía.

Vuelve la melancolía,
Me refugio en pensamientos irrealizables,
Se han convertido en alcoholes del alma,
Sustancias inhhibidoras
De efectos secundarios mortales.

Vigilia onírica,
Mortal trance,
Proyección satírica
De todo aquello utópico
Y fuera de alcance.

Sueño de mal despertar,
Desgraciadamente transitorio,
Todavía en la ebriedad
Trato de convencerme de que ha sido real y no ilusorio
Me incorporo, tiemblo y lloro.

En el fondo sé que no ha sucedido
Que ha sido quimérico y finito.
Y las lágrimas no son sino el resultado
De la extorsión de mi mente
De poder únicamente vivir
Cuando permanezco inconsciente.

Se filtran los primeros rayos de Sol,
Refractados en mis lágrimas,
Iridiscente juego de vivos colores
Engendrados por tristes aguas antediluvianas
Que anuncian el comienzo de los albores,
Y resucitan, tras la noche, mi alma.

Se seca el sudor,
La ansiedad se termina,
Recobro la respiración,
Y se me descubre, de nuevo, la vista.

Saludo a la brutalidad
Por día número incontable,
Me da la bienvenida a la muerte
El cetrino sol naciente.
Mas no hay despedida,
No se vayan,
Que la repetición de esta historia,
Es algo inminente.

Nos vemos de madrugada,
Cuando vuelva a reunirme ante este papel
Para escribir las mismas líneas inconsecuentes
Fruto de la sangre derramada durante el día
Como única vía de cerrar esta hemorragia
Que amenaza con llevarme poco a poco
Al terreno de la muerte.

2 de noviembre de 2015

Comienza la aventura.



Comienza la aventura.


Muchas gracias a todos aquellos que me habéis apoyado durante estos días en las redes sociales para que siguiera adelante con el proyecto. Buena y bendita 'culpa' del mismo la tenéis vosotros.

El motivo por el cual abrí este blog no fue otro que el de poder, por primera vez en mi vida, tener un lugar propio en el que poder vertir sin censura, preocupación ni restricción de espacio (se acabaron los 140 caracteres) mis reflexiones, producciones artísticas (dibujos, relatos, poemas, canciones...) y gustos. Todo aquello que nace de mi seno artístico, sea cual sea su calidad, porque el arte está hecho para hacer sentir, y no para parecer bello.

Durante toda mi vida no he tenido ningún otro espacio que Twitter para expresarme, pero -conforme pasan los años- este se va acotando y surge la necesidad de algo más serio. Ya no es el lugar donde uno vertía otrora sus 'rayadas', sus males de vida, su diario personal pormenorizado (con la sutil diferencia de que cualquier extraño del mundo podía leerlo) ni sus chistes que creía hilarantes. Ya ha pasado esa etapa en que el sitio web es un lugar prometedor y entretenido al que entras en tu dulce adolescencia y conoces a gente que, con el paso de los años, se convertirá en uno de los pilares de tu vida o irás conociendo progresivamente.

No voy a negar que ha sido una herramienta para conocer a las personas más interesantes con las que puedo contar a día de hoy, de poder sosegarme en épocas de tensión y de poder reírme unos minutos al día, ¡incluso hasta de avivarme en esos momentos de parsimonia con trifulcas inesperadas!, pero lo que busco en ella ya no es eso. Ya ha cumplido su función plenamente. Ahora estoy en esa etapa de la vida en la que el cambio de aires es inminente y todos dejamos ese lado optimista e idealista para pasarnos al realista y utilitarista, donde cualquier definición no sirve, sino que toca buscarla autónomamente; aquella en que la necesidad no es pasar despreocupadamente los años, sino vivirlos; esa en que no existen palabras tabú, todo son dolorosos eufemismos y a la vez definiciones empíricas. En definitiva, esa en que las redes sociales empiezan a sobrarte y no quieres abrirte a los demás, sino que deseas que sean los demás quienes entren cuidadosamente. Ya no quiero ser privadamente público, sino públicamente privado.

Jamás fui de los que vivió por el aplauso o el comentario, porque, cuando la obra termina, el ruido muere, pero la imagen pervive, aunque siempre agradeceré todo tipo de críticas y mensajes que permitan conocer las opiniones de otras personas, entablar conversaciones con ellas o incluso ver qué es lo que va -o no- bien y por qué. También os animo a que pidáis cualquier cosa (relatos sobre cualquier tema, versos sobre ideas concretas, opiniones o reflexiones sobre asuntos variados...), pues hay tantísimo sobre lo que versar que posiblemente estaré omitiendo ítems que me encantaría inmortalizar o que no conozco y verdaderamente no poseen desperdicio. Vengo a descubrirme, pero también a descubrir.

Sin querer alargarme más, pues es una simple y cálida bienvenida, reitero circularmente la única tesis del artículo de hoy, un 'gracias' enorme para todos los que habéis ayudado durante este tiempo y un 'bienvenidos' todavía mayor hacia todos para que os sintáis como en casa.

Buenas tardes.