Vuelvo. Esta vez en lenguaje críptico. Infinitas palabras, encuentra la exacta. Solo hay una. Tenía una poesía, pero como seguramente no me pase por aquí en bastante tiempo, tendré a mal ponerla en mis horas muertas.
Será noche cerrada, por la Luna de Valencia. Caído el Sol, se alzan los puentes de mi alcazaba y no permito que sea penetrada. No más injerencias por hoy; ahora toca situar en su interior a todos cuantos han tenido a bien entrar en ella. Volvería a casa, tocado y hundido físicamente, pero la cabeza me pide pensar, se oyen mirlos a lo lejos y no me hallo muy lejos de mi lugar, esta vez ni verde ni gris, sino rosa y violeta, lleno de flores, bruñido por un Sol entre negras nubes. Un astro brillante, calor y despertar, junto a una procela, fuerza, coraje, pasión y miedo, tan distintos ellos, pueden dar lugar al horizonte más bello, de un ámbar deslumbrante que lleva forjándose desde el inicio de los tiempos para ser piedra preciosa cuando vivan los dos amantes.
Para que dos polos opuestos se unan, solo hace falta compartir, solo hace falta un único rasgo en común que anule las diferencias. ¿Qué hace a procela y Sol brillar de esta forma, juntos ellos, y dar lugar a un espectáculo del que hasta las flores quieran empaparse? Su luz. Nace el Sol y muere la noche. Triste por despedirse de su amada tormenta, transforma sus rayos y hace de ellos largos guiños venidos desde los ojos de Dios. Muere el día, un Sol incapaz de seguir iluminando da paso a la noche, donde la procela, triste por la pérdida de su amado, la transforma en día. Hoy se han encontrado y, juntos, no descargan. Solo traen un viento frío, como el que te recorre en un primer beso, como el que sientes cuando quieres, humedad, como la que surca tus ojos cuando quieres y se va, un trueno, sonoro como el silencio que separa un momento cualquiera de otro que pasará a la historia, un contraste gris sobre un fondo negro, la pureza del aprecio que tapa e ignora a un mundo putrefacto, porque ahora ellos dos son uno único, la velocidad con la que surcan el cielo, la misma con la que pasa el tiempo en compañía, la celeridad con la que cambian los colores de oscuro a claro, para volver a oscurecerse claramente, como la presencia o la ausencia de una llama que te ilumine y saque de ti una escala cromática en un tiempo de visión en blanco y negro. Una llama que no te consume, que te propulsa, que te da valentía, que quema por dentro haciendo un sonido similar al del papel siendo retorcido, ese papel en el que firmaste tu sentencia de muerte y ahora, en perfecta cursiva
escribes 'under oath', un sonido que percibes como el susurro del alma diciéndote 'inténtalo, ve a por ello'. Viene a mi mente de nuevo aquel estúpido pero racional cartel de 'aquello imposible es lo que no intentas'. Lo daré todo a la próxima, under oath, sé que ganaré, sé que esta vez podré sentirme inmerso en mis propios textos: no tengo nada que perder, y por eso mismo, solo por eso, soy el que más opciones tiene de ganar.
Todo esto y ni siquiera me he dirigido a mi sitio. Definitivamente, este día es una invitación de la naturaleza que no puedo rechazar. Son más de las siete, vuelvo de un festival y mis piernas, al final del noveno asalto y pidiendo la derrota por puntos, encuentran el descanso que merecen. Tiro la toalla por ellas y me siento. Cinco horas para terminar el día, cinco días que terminan la semana, un oxímoron con su sentido. La repaso y tengo lo deseado. Libertad, risas, a mis once con los que salir a jugar en la vida hasta que acabe, con pocas personas a las que tengo especial aprecio y progreso; siempre progreso. La recuperación de la familia, mis salidas a templos, mis diálogos internos, las conversaciones con cerveza en horas muertas de la Universidad a las que me toca resucitar, las digresiones filosóficas hasta las tantas de la mañana con mentes admirables... Al fin y al cabo, mis idas y venidas, como una marea, con periodos de pleamar y bajamar, que otros odian, pero a mí me hacen sentir humano y con una Luna, la de Valencia, que me atrae y me confunde. Mis dudas.
He sabido aprovechar el estar receptivo, la empatía y el salir de zonas no ya de confort, sino de simple sensatez, dar más de lo que espero aunque sepa que conlleva riesgos que puedan lastrarme, porque prefiero sentir dolor a nada en absoluto. He hecho lo mismo que siempre, pero lo he hecho con el siempre, y no ha sido él quien lo ha hecho conmigo. La complementariedad, el oxímoron. Y he descubierto fuerzas nuevas, esa luz que convierte en pareja a dos polos opuestos que se dan cuenta de que sus diferencias no son más que grandes regalos que entremezclar para dar lugar a una belleza que nadie más engendraría juntos que ellos, un cri(sol).
He descubierto la fuerza de un abrazo dado a tiempo, esa fuerza que es capaz de juntar sin pérdida todos y cada uno de los fragmentos en que se ha roto una persona, esa forma de juntar dos corazones para que conversen entre sí, aunque no entendamos qué se dicen.
He descubierto la fuerza de los besos, no importa dónde sino cuándo, del tempo, de intercambiar almas, hálitos que expulsaremos por última vez cuando no seamos.
He descubierto la fuerza del entendimiento, de saber poner el hombro cuando toque, de saber escuchar, de que todos los males salgan de un cuerpo y vayan a morir a los oídos del atento.
He descubierto la fuerza de la palabra sincera, aquella que llega, impacta en mente, se marcha por donde entró y todavía deja huella.
He descubierto la fuerza de la amistad, del sacrificio por otro aunque las cuentas te salgan a deber vida; todos morimos con una deuda en el mundo terrenal, así que puestos a decidir cuál, que sea la del sacrificio. Así se muere, y así se endeuda.
He cazado, con esa probabilidad nula dentro de las infinitas que existen, la felicidad, la he saludado y he recibido su llama. Le he prometido guardarla hasta que me decida a intentarlo, hasta arder por dentro, hasta que el alma me susurre que lo haga, hasta que llegue la hora de intercambiarla, hasta que me haga carboncillo y decida escribir una historia, hasta que el manotazo del tiempo la decida borrar y solo exista en el papel, acribillado por la fuerza con la que vivimos. Qué lástima que gris sea la materia, y gris sea cómo acabe la memoria. Caen gotitas, frescas, el cielo llora, se ha hecho de noche y le toca a la procela continuar por su Sol, con los rayos, con la luz... pero a su manera. Dios envía un guiño que cazo, se esconde el astro rey y reina la noche, se despiden con un beso, la luz de uno con la lágrima de la otra dan lugar a un arco iris, placer en el dolor, como el mismo que produce no poder volver a ser pequeño, pero sí imaginarse, y saberse. El mismo que produce querer a alguien en las sombras, porque hasta ahí eres capaz de ver luz. El mismo que produce no poder volver a traer a alguien de vuelta, pero saber que sigue, que has andado la vida y está en otro barrio, pero sus calles están pavimentadas en oro y brilla por ti. Calle del Recuerdo, se llama. Y olvidé por dónde queda. Suena un tren, quizá sea el mío, me imagino que debería cogerlo, este no se me escapará. El expreso de cristal, sube y humea, arde como mi llama para seguir sobre su vía, duermo y me despierto, miro la parada, pero no veo nada, no las hay. Precioso saber que estás fuera de tu ciudad y no te sientes extraño. Llámalo ciudad, zona de confort... equis. Me bajo, la parada de mañana, hoy cuando esté pasando esto a 'limpio', a 'vivo', será la del 25 de marzo. Otro tren, con o sin otro ocupante que no sea yo, que volverá a esperarme, que tampoco dejaré escapar y que acabará cuando venga el del 26... y así hasta que llegue a mi destino. Avanzo por la vida, que no es poco.
Son las ocho, quedan cuatro horas para que me obliguen a bajar del tren de hoy, pero ha sido tan rápido, he estado tan acompañado, y he echado tanto de menos echar de menos, que me bajo. Sopla frío, escalofrío del beso del día y la noche, choca contra mi hombro como lo haría esa cabeza que solo reclamaba un apoyo. Ya no llueve, pero el arco iris sigue. ¿Cómo pueden complementarse tan bien lágrima y sonrisa, dolor y amor? ¡Cierto! Por tener una única cosa en común: ambos son sentimientos, y se ceden entre sí todo cuanto tienen para dar lugar a esta tarde. Ahora, me toca juntar prisa con deleite para volver a casa, y encuentro su nexo común, el tiempo, para engendrar una relación de indiferencia. Me quito el reloj, lo guardo en un bolsillo, deja de existir y ambos se funden en una banda sonora preciosa que guía mis pasos, la del mismo mirlo con el que comencé. Bendito río el tiempo, salimos y entramos por sitios distintos, pero el final es el mismo. Él vuela a su nido, habiendo alegrado el día a un joven errante. Me pregunto si alguna vez habré sido el negro mirlo de alguna blanca garza como dijo el poeta. Lo que en su día copaba mis días -uf, empiezo a repetirme-, ahora es solo mera curiosidad. Pero deduzco que no; si así hubiese sido, la llama nos hubiese, de un plumazo, dejado desnudos a ambos, cara a cara, ojos cerrados, oídos tapados, gritando 'oye, me has gustado'.
Y ahora sí puedo decirlo, vivo la vida porque la tristeza de ayer y el cariño de hoy saben en común que fueron engendrados por el amor. Empiezan una relación. Comienzo a vivir.
Nos vemos.
25 de marzo de 2017
20 de marzo de 2017
Simbora!
Simbora!
Vuelvo, de
nuevo. Hoy sin rodeos, llevo ya cuatro meses sin publicar nada que haya sido
edulcorado o sea mínimamente ‘bonito’; no voy a hacer una excepción. Escribo
por lo que siento y no por lo que quiera hacer sentir, y para más inri no sé ni
por qué coño lo publico. Dejo de dar la tabarra con las notas a posteriori y
paso con lo escrito en mi ya famosa libreta hoy. Faltan mis clásicas fotos, una por día, que pego siempre en mi agenda al término de las mismas, da igual si las he tomado, da igual si las he dibujado, pero tampoco es que pinten mucho. Con este juego de palabras me despido, al menos, hasta el sábado.
Feliz
conmigo mismo y por eso manteniendo a raya al mundo, me siento en las escaleras
de este templo, muy lejos de mi casa y por ello muy cerca de mis cuatro
pilares, me siento bastante bien por haber aprendido, todavía más, no ya a
crear expectativas someras o nulas sobre las cosas y a afrontarlo todo de forma
realista, sino también por haber aprendido que no se puede tener todo y no todo
lo que se puede tener está al alcance de las manos. He aprendido a esperar y
depender única y exclusivamente a (y de) todo aquello que yo mismo he planeado
conseguir. Aquello con lo que no cuente, que me complemente vagamente o que ni
tan siquiera se me pase por la cabeza, que se apañe para llegar a mí. Yo tengo
un camino, y en él pueden confluir otros paralelamente, pero mi función es
únicamente andarlo, no perder el tiempo construyendo atajos hacia otros o
perdiéndome en lides que me importan más bien poco. Bien, filosofía redefinida,
no me importa, pasemos a otra cosa, que hay mucho a lo que (a)traer en mente.
Sopla una ráfaga fresca, es tarde, me apetecía cambiar de sitio. Todo ha
perdido su color verde y su calma; ahora es más gris, como la piedra granítica
sobre la que me siento, y algo más tenso, como la época en la que se colocó. Me
pondría música, pero para qué hacerlo si dentro cantan varios monjes y las
paredes tienen a bien comunicarme sus vibraciones para que no me lo pierda. Me
abstraigo, me proyecto en un pasado lejano y vuelvo al lío.
Ha sido una
semana un tanto extraña e innovadora, quizá más marcada por las decepciones a
nivel macroscópico, quizá de la estructura y de pequeños reductos también
salpicados por su mierda, de ahí mi mensaje, el cuerpo de esta entrada, la
indiferencia y la dependencia de mí mismo únicamente. Simbora!
Recuerdo
épocas pasadas, año y pico hará, que hablaba de lirios entre cardos, de
encontrar a la persona… ya tengo diecinueve chirlos y un poco de madurez como
para afrontar las cosas como dios manda y dejar la simbología para lo que la
merezca. Y lo que merezco es lo que tengo, lo que he encontrado es lo que debí
encontrar y si no hay nada ni nadie hasta ahora en mi vida es porque no lo ha
valido. ¿Listón alto? No tengo ni listón, no creo en estereotipos, en un perfil
ideal; las mayores sorpresas han venido de quienes menos lo esperaba.
Sorprender, estúpida palabra. ¿Al fin y al cabo no has pensado todo cuanto te
ha sorprendido alguna vez? Eso no es sorpresa, se llama ilusión, ilusión de
tristeza, de que no te crees ni lo suficiente como para que tus ensoñaciones se
cumplan y crees que la vida es el despertar agradable de un sueño. No le pongas
mi voz, es un monólogo con el pasado. Lo honro, pero no miro atrás. Bendigo lo
que tengo hasta ahora, de él vino y otro se lo llevará. Él pavimentó el camino
que tomé, mis decisiones que sin embargo afectan a todo menos a ello y
constituye las lecciones aprendidas de mis errores garrafales.
Dejo de
pensar en el pasado, recuerdo mi última decepción, me podría haber culpado por
imbécil, pero es mi forma de vivir la vida y si doy una imagen que no gusta,
que se busquen otra (persona, digo). Podría haber culpado a la otra (persona,
digo), pero no me sorprende (aquí ‘sorprender’ podría pasar como la des-ilusión
de confirmar algo que solo creía posible en mis peores cavilaciones), no puedo
perder el tiempo lamentándome por haber esperado mucho más de lo que no podía
darlo; si lo hago, me pierdo en mí, y el arte de la guerra es saber retirarse a
tiempo. Que pase lo siguiente, que en esta batalla ni tan siquiera se han
presentado.
Olvidadas
esas personas, relegadas a un plano secundario sin tirarlas, porque el rencor
esa estulticia que se conoce por desgracia antes de ser aplacado, sigo
proyectándome hacia el futuro, olvidando hechos que apenas han tenido
relevancia para mí esta semana. Solo recuerdo dos días, y me quedo con el
quince. El quince pertenece solo a los tres. Si ha persistido en mi memoria,
bendita victoria, trofeo que jamás se oxidará ante el paso del tiempo.
Monumentos
de mi mente que, como las fallas ayer, se convierten en cenizas que brillan del
color del oro como gemas en el desierto. Han pasado unos minutos, la otra gema, el Sol, se entierra
bajo el horizonte. No hay luces todavía. Se atisba un espejismo, bajo mis pies
un oasis, pero prefiero no beber de él y mojarme los pies. 19 años andados merecen
un par de meses de descanso, de todo y, sobre todo, de todos. ¿Cuántas veces he
repetido ‘todo’ para no decir nada? 19 horas son las que lleva el día y está
agonizando, arañando la arena de la Calderona. Continuaré el legado del camino
y terminaré, en el tiempo que toque, esta guerra, con mi orgullo como arma más
dañina y con mis esperanzas detrás de la puerta, esperándome, como deseo mi
vuelta, como religión el deseo. El sentimiento y la tristeza hoy se separan,
las aniquilo para que no se lloren y en sus dos tronos, rey y reina nuevos pongo,
la pasión y el coraje, pues sin rumbo comienza el nuevo viaje. La vida tiene
sentido con o sin felicidad, y lo repito, no es un mantra, la felicidad no
existe en nosotros, no es nuestra llama, es la chispa que la enciende. Ella
solo se pasa, impregna el ambiente, y cuando se marcha deja esa sensación que
nosotros llamamos tal, que no viene a ser mucho más que vitalidad. Sentirnos
vivos, pero en un mundo de decepciones, de tristeza y de imbecilidades como las
que seguramente esté soltando, se ha normalizado que el sentimiento en vida sea
la negación de la muerte. Y si la felicidad no existe, si nunca toca a mi
puerta, si nunca conoce en mi viaje a la esperanza que guarda sus días
aguardándome, si en la honestidad, la superación o la independencia estuviese
yo, me hallaría feliz en mi sufrimiento.
La gente me
aburre con su palabrería. Escucho muchas conversaciones banales, personas que
no se escuchan, sonrisas fingidas y se vuelven a casa. Me abstraigo, me importa
más bien poco. Se creen felices, y por ello soy feliz. Quizá la felicidad acabe
de pasar y nos haya dejado un poco de su chispa a todos, y cada uno la vive a
su manera. Palabras vacías, ponlas en otra boca, cámbiate de personaje, vive
omnisciente… no sirven de nada, no son nada, salvoconductos para llegar adonde
te dé la gana según cómo las uses, nada en comparación con saber llegar allá
sin nada aprendido, sin un cúmulo de letras, sin calcular un discurso, solo con
una mirada, con un par de gestos, con aprovechar el instante de tal manera que la
felicidad quede presa, combustione y genere un fuego interno inseparable,
imposible de apagar. Si algún día conozco a alguien así, tranquilos, no
volveréis a verme escribir. Las palabras habrán perdido su sentido. Acabado. Se
ha acabado, digo. Esta soledad es lo mejor que he tenido en mucho tiempo, la
agradezco, me levanto.
Toca
continuar la ruta. Ando poco menos de un kilómetro y me siento bajo un arco.
Mirar hacia abajo es de abatidos, y así yacen los que no soportan los tiros del
reloj. Yo los dejo ir, así que mi misión es mirar hacia el cielo, y allá veo,
sobre un fresco, dos estatuas y una mano. Curiosamente no se miran. Odias la
mano que sujetas, pero la aprietas, no la dejas ir, la acaricias, tampoco miras
todo su cuerpo, ni tan siquiera su cara a los ojos, no sabes si ocurrirá como
sucediese con Medusa. No son dos amantes, el amor no es la vida, ni tan
siquiera la da; creo que es esta misma. Todo el mundo la acaricia, la abraza,
no la deja ir, pero la odia, no la mira a los ojos y menos la enfrenta. Deja
que venga y le hace dos dedos. Los medios, o los índices invitándola a un
duelo.
Suenan las
campanas a lo lejos. Ocho de la tarde. Ocho pequeños disparos que me atraviesan
y dejan escapar unos pocos pensamientos más. Todavía me quedan muchos, y por
eso sé que todavía me queda mucho. Dejar de vivir se lo reservo a quien ya
tenga todo cuanto conocerá en su vida, de momento no me anclo en nada ni nadie,
lo tengo decidido, salgo a descubrir, a seguir viendo lo que me falta por
saber, agendo una cita con una chica y me dispongo a ampliarme, porque conocer
gente implica tener un mínimo de conocimiento sobre nosotros. Me llama. No
contaba con ello, me distrae de mis pensamientos, ahora que iban tan fluidos,
pero fluyen las palabras, no las escucho, solo percibo tonos, alguna sonrisa,
sonidos, no palabras. No he captado todo su discurso, pero podría reproducirlo
solo por su lenguaje no verbal. ¡Y eso que no la veo! Conocer a la gente, agh,
costumbre perdida. No criticaré lo visto estos días, creo que la sociedad es
feliz así y a mí me la suda cómo sea porque no me va a sacar adelante. Hay un
camino más fácil, pero no lo tomaré. Y cuando huyes de esa visión y entras en
los antiguos valores, cuando crees que hay esperanzas, te llevas una hostia de
realidad y aprendes a esquivarlas. No sirve de nada cargar con ellas cuando no
te quieres inmunizar de la gente. Solo ha sido una infección más de un agente
que creí aliado. Expulsado, finalizada la misma, muertos mis pensamientos
acerca de ello, lo aíslo, en cuarentena.
También
existe un fondo en uno mismo, la seguridad en la derrota y la ruptura en la
promesa. El más allá en un camino con el que no crees poder. El umbral del
dolor infinito en una liza con uno mismo. El silencio en el latido que te
mantiene con vida. El ruido en el cuerpo que yace muerto. Se asume y se sigue adelante, se niega y se
queda hierático, viéndolas pasar, próxima parada, el sueño que se te escapa.
Corre y mira cómo se suben todos menos tú. Lánzate a la vía, cobarde. Llora
inmóvil mientras otro suda esas lágrimas corriendo por lo que más quiere, deja
a la desidia que te tome desde la atalaya donde observas mientras quien tienes
a tu lado ha dispuesto todo su ejército, jugándose su indefensión existencial,
para ganar una batalla como la de su porvenir. Ponte una excusa para no
intentarlo, que hay más que los motivos que puedes sacar para ponerla. Se puede
dar la mano para tener quien te la dé cuando caigas o te puedes tirar al suelo
esperando que pase algo que cae desde las nubes, negras nubes que no se
aclararán hasta que mueras. Las cosas son así y así se las contamos.
Veo a un
chaval vestido de deporte, pienso que hoy me tocaba entrenar. Mens sana in
corpore sano. Ya he entrenado mucho estos días, ahora toca compensar mi mente,
y si algo me enseñó el boxeo es que te puedes llevar mil golpes, pero la vida
da diez asaltos y tu ángel protector siempre está a tiempo de tirar la toalla
por ti, así que sigue peleando y no pienses en cómo te encuentras. Deja que te
llamen fracaso, que el fracaso de un mundo putrefacto es todo un éxito, y si te
llaman inútil alégrate porque no puedan hacer de ti nada que quieran, déjales
que te digan un ‘no’ de nuevo, que esa fuerza atraerá todos tus motivos para
gritar ‘sí’ hasta la afonía a todo cuanto te impidan. Temes una respuesta a una
pregunta que no sabes cómo te hiciste, pero lidia con ella, prefiérela, si
parece fácil seguramente sea la mayor cagada que puedas cometer. No confíes al
valor seguro. He vivido poniendo mi confianza en el veneno, y he visto la luz
teniendo fe ciega en la oscuridad, la fe que tendría un padre en su hijo, como
padres de nuestras tumbas somos, y con la confianza que tendría un hijo en su
madre, la fe que nos enseña a aprender de las cagadas que repetimos una y otra
vez, y eso, eso señores, es vida, porque en una de ellas se halla el mayor de
nuestros aciertos.
Una amiga me
recordó, hace ya una semana, a colación de errores y cagadas, que fui mucho más
en un pasado. Puede sonar torticero, soltado así, a quemarropa, pero realmente
no me dolió, iba al desnudo. Si la vida se mantiene a un nivel constante,
menudo coñazo, compañera. Y si se mantiene con sus altibajos, coño, nos va a
joder mayo con las flores y resulta que hay tiempos mejores y peores.
Relativos, nunca absolutos. Sigo porque sé que puedo caer más, pero nada me
impide continuar subiendo. No soy mejor de lo que fui en su día, pero sé que
seguiré en lo más hondo de mí mismo, no importa cuán alto me sitúe, en
constante mejoría. Sigo lleno de todo lo que me vació, un corazón que bombea
amor, unas manos que se cierran por instinto, una mente que se piensa por
decreto y una filosofía que se refunde por necesidad. Amor, instinto,
necesidad… decreto la ley de mi cuerpo. Cada párrafo más infumable que el
anterior, a frases cortas, a ráfagas, a luceros que comienzan a deslumbrar
mortalmente esta noche, pues ya son casi las nueve, pero la frase previa me ha
parecido tan bonita que dentro de mil balivernes soltadas por aquí y por allá,
se siente hasta en su sitio.
Sentirse en
su sitio… qué sensación más preciosa. A ella hay que proteger. Ya lo dijo aquel
autor, que el lugar más bonito del mundo es aquel al que sientes pertenecer y
en el que puedes andar con la cabeza bien alta. Creo que mi sitio es el mundo.
Protege lo que quieres, conserva lo que tienes, eso es tu mundo. El resto es
espacio y tiempo, déjalo ir, que si no te privará de los restos. Somos unión,
sufriremos juntos y moriremos por separado, ojos en negro, hablando con la
dureza de la obsidiana, músculos rígidos, representando la fuerza con la que
vivimos, razón muerta, cuando no siente su co-razón. Corazón inmóvil, cuando ha
muerto su escudera la razón. Gema en proceso de liberación.
Llevo
cuarenta minutos exactos haciendo la nada, pensando cosas personales, no las
publico. Lo que publico es público. Recuerdo una canción que hacía 3 años que
no escuchaba, se me ponen los pelos como escarpias, decido buscarla.
Precisamente ha sido a raíz de una frase que he pensado. Adivinadla. No, mejor
no. La reminiscencia me sorprende. No está en el móvil. Ya decía yo que en el
móvil no hay nada de valor. Me habla otra persona, no tengo pensado
contestarla. Y como se hace la hora de cenar y estoy lejos de casa, emprendo mi
marcha, con la canción de fondo. No miente. Me hace volver a aquel verano,
aquel jodido verano en que el calor de mi vida dejaba en ola de frío a todo
aquello que bajase de la temperatura con la que se funde el hierro de una
coraza, ¡de un corazón! ¿Has amado como si no hubiese mañana, de tal forma que
cuando pasa como la felicidad, pierdes el miedo a la muerte? Empiezo hablando
de caminos y acabo con ellos, porque que nunca se coge el bueno es cierto, no
se consigue, no se espera, no se piensa, no se está despierto, pero se llega a
buen puerto, quizá ni tan siquiera merece la pena perseguir la perfección si
está perfectamente lejos. Tengo un plan, vamos allá, escribamos, ya lo dije,
juntos, dos libretas, mismas hojas, yo me quedo las tuyas, tú las mías, admiro
tu letra, desconozco el final, pero si esto fuese una novela, nuestra hora
hubiese llegado ya. No todos la escriben, solo quienes están preparados para
urdir una trama, para entrelazarse, para pocos da sombra, pero para todos el
Sol nace.
Nueve tiros.
A un asalto del KO, a un número de que el 0 y el 1, los más bajos, los únicos
en mi lenguaje, lo que es y no es, se conviertan en la plenitud. Pero yo ya he
llegado antes, al KO y a la plenitud en una misma tarde, por ese orden. Lo
dejamos aquí. Levanta. Simbora!
13 de marzo de 2017
Tempus fugit. ¿Te vienes a escribir conmigo?
Hoy os traigo (digo 'os', hablando en plural, aunque no me lea nadie) dos entradas. Del mismo día. Cada una en momentos distintos. A las dos personas que más quiero. A la que fue y a la que será. Todo ello mezclado en un mismo texto. No es especialmente bueno, como todos los que siento y no filtro. La vida no es retórica, no es metáfora, es realismo sucio. Marcho hasta otro día, quizá muy lejano en el tiempo; llegan festividades y no me detendré a escribir hasta que, como siempre, sea demasiado tarde. Os dejo unas fotos de algún sitio no muy lejano por el que me he perdido estos siglos. Un beso.
Ya lo dije en su día. Me repito como se repite el giro de la
ruleta, como la Tierra volvía otro año al mismo punto, desde hace ya varios
giros sin él. El que me dio todo en su corta venida, el que sabía que no podría
reservarse para la vuelta; porque no volvería. La Gemínida que brilla
fugazmente con un blanco característico y pulquérrimo, e ilumina una noche
oscura, fría y solitaria en el invierno de mi vida, y que se marcha oscura,
fría y solitaria, deslumbrando al mundo y muriendo, azulada, sola y tenue en un
cielo de cianosis, siendo solo memoria de quien tuvo la suerte de observarla.
No caen muchas, ya os digo, aprovechadlas, que se van pronto y las echaréis de
menos cuando vuestra vida sean nubes.
Ese rayo surgido de la lucha entre vida y muerte, cuyo
trueno fue la consumación de una existencia fragorosa, que llega después de la
luz que las retinas de él guardan, con la que iluminó e incluso calentó mi
corazón cuando más peligro había de que muriese de hipotermia. Una piedra
angular que evitó mi caída hasta los cimientos. Setenta años de historias que
ahora vivo y escribo yo por ti, de personas que te recuerdan, que fueron, y se
fueron, y fueron porque se fueron, y se fueron porque fueron, porque, por
suerte o por desgracia, solo una persona lo sabe, brillaron antes que tú en el
Cielo, y cuyo polvo ya surca la eternidad.
Aquí ando, sin mucho que pensar, espeso, con pocas palabras
en la boca por tener demasiados pensamientos en mente. En clase, aburrido,
desconectado, queriendo aprobar antes mi examen con la vida que con la
Zoología. La primera no te convoca dos veces, la segunda puede esperar como lo
haría la muerte. Te pienso. Y eres. Te reproduzco, y existes. Te pienso y
reproduzco, y te siento. Te siento, y me levanto, de un salto. No existe
enfermedad, solo fecha. Maktub. Te fuiste pronto, más de lo que debías, más de
lo que quería, porque te quería. No lloré más que la muerte, ella sigue
haciéndolo hoy, lluvioso y triste día. Ella odia su trabajo, ella es nihilista,
odia despedir al mejor trabajador que ha conocido la empresa de la Humanidad.
Pureza por fuera, nobleza, solidez y entereza, el dulce equilibrio entre
tensiones, el gris que lidia con el negro y no oculta el blanco, o quién sabe
si lidia con el blanco y no oculta el negro, que al fin y al cabo somos de
quien es capaz de ver el negro como color. Quién me iba a decir que ya estabas
necrosado por dentro, que no era calor lo que te quemaba aquella mañana, que
fue un cáncer quien te abrasaba y, silencioso de él, no soltó prenda sobre tu
toma. Que te apagaste muy poco a poco, y a la vez en escasos días, soltando en
cada eyección de vida un motivo para vivir a todos cuantos te vieron en las
últimas. Quién me iba a decir que no era azul tu color por el crisol, que tu
última palabra fuese el ‘’ya te hiciste todo un hombre; hasta luego, grandullón’’,
y sin embargo recuerde más tu último hálito que me regalaste antes de que un
pitido eterno se creyese tu melodía en una sala diáfana y pasases a planta. La
desconecté para que sonase la verdadera, la del ascenso al Reino.
Porque no moriste, te coronaste, y ahora toco un réquiem por
ti aunque sepa que tocas la lira por mí. Me despedí, y te dije ‘’hasta nunca, y
por tanto pronto’’. Cerré la tapa. Cargué contigo. Te acaricié. Y te dejé allí
por siempre. Hablo, cómo no, de mi mente. Nunca pronto, y pronto nunca. Qué
oxímoron, qué complementariedad. Todo se complementa, lo pienso mientras la
profesora hace una gracia que no capto; vuelvo a mis pensamientos. Dale tiempo.
Qué te voy a decir, si ya lo tienes todo para ti, en la eternidad.
Sigo aquí, por lo pronto, pensando en nunca. Deseándolo por
nunca, pensándolo pronto. Qué pronto. En fin, te recuerdo. Me llevé tu hálito,
lo guardé en frasco de recuerdos. Ahora veo que sus finas paredes lloran, tu
tiempo se evapora, precipita y cae. Curiosamente veo caer una gota. Los árboles
de este jardín siguen rezumando el agua de ayer.
Dejo estas líneas inconclusas. Vuelvo a casa, pero antes me
paseo por el río. No llueve, pero la tierra que ayer permanecía perfectamente
compactada hoy es barro. Te acordarás, es nuestro sitio. Por aquí corríamos de
pequeño, veíamos el atletismo, a los señores correr en la pista. Pista donde
más tarde ganaría una tras otra, todas por ti. En el parque donde íbamos
después de hablarte sobre lo que había hecho en el colegio, ese sitio donde tan
bien me lo pasaba y tanto aprendía, graduado tú en la vida. Aquel sitio por
cuyos toboganes me deslizaba a la velocidad con la que se ha deslizado tu ser,
sabiendo que en lo más bajo siempre me esperarías, y donde me hacías sentir
grande, jugando libremente con los mayores. Y no, no falla, esta rueda gira.
Ahora eres tú quien ha subido y soy yo quien te espera abajo. Ahora soy grande.
Ahora no como los piñones que me bajabas del árbol, ahora planto los árboles
allá por donde nos perdimos en el pueblo y me subo a ellos para pensar, más
cerca de ti, más lejos del mundo terrenal.
Cae una gota, me voy. Hoy no es día de cantar bajo la
lluvia, no es día de que llueva por mis ojos. Es día de recogerse. Estoy lejos
de casa, pero dentro de mi mansión. Me duelen las manos, de escribir. En
realidad se duelen por hacerlo. Gotas de agua, prismas, el mundo patas arriba a
través de las mismas. Cómo da vueltas también él solo precisando de un espacio
donde hacerlo. Cesa de llover mientras vuelvo. Cíclico. Como el pensamiento.
Como la evasión. Ansias de escapar, pero no de nadie ni de nada, simplemente de
liberarme. De seguir viendo a ese monstruo suplicar que lo aloje en mi cuerpo.
Pero muere, como el día declina y se postra ante la noche. Soy oscuramente
cegador hoy. Y sé que estoy aquí por algún motivo, por evitar que el mundo se
pudra. Qué llevó a la nada a convertirse en un todo me intriga, y me hizo
creer. Derrumbó mi pensamiento y me hizo trazar una hoja de ruta. Ahora, qué
llevó a la nada a convertirse en un todo entre dos personas me atribula, y me
hace dudar. Mejor no me muevo, que sea la entropía quien me ponga en mi lugar.
La tierra despide un olor, olor a cambio, a Levante, a temporal que barre los
resquicios de la depresión y riega un poco un alma seca, deshielo de la nieve
del último temporal que sepultó mis raíces. No es gris lo que veo, no es ese
gris estable, es una primavera que se esconde tras las nubes, no es un gris de
invierno. El invierno se ha ido ya, lo empuja el viento. Ha pasado su tiempo.
Qué decirte si no lo respiras. Toma aire, profundamente, llénate de vida y
suéltala, nunca la aísles. Es libre y tiende a escaparse.
Hace frío, no un frío de solsticio, sino de equinoccio. Ya
no pesan sobre mí las noches como el plomo; ahora son simples fardos de paja,
literalmente, de nada. No es una alarma que no logre identificar, es simplemente
un gaje de la recaída, pronto saldrá el Sol, quemará mis entrañas, negras como
la obsidiana, y como piedras, pero esta vez preciosas, de su oscuro color
fluirá la sangre, bombeada por un corazón no pétreo, sino mineral, acristalado,
no en añicos, sino en un perfecto entramado.
De un orden sin igual. Algo me insufla fuerza, es su mente,
un circuito conectado en serie, que suma nuestras potencias y sume en un rigor
mortis a la muerte. No te acerques, es peligroso. Aquí viven dos personas,
dispuestas a todo. Propón, pasa a la acción, causa la reacción y vuelve al
punto de partida. Encierra a las arañas en su tela, urde tu vida, haz del caos
sentido. Una mente en floración es una fuerza de imposible represión. Toma los
mandos, conduce tu vida, no uses el piloto y mira por el retrovisor, disfruta
viéndolos a todos por detrás, amagados entre tu sombra, escondiéndose por el
miedo, buscando la oscuridad del reconocimiento, lejos en las montañas, tu
imagen intuyendo. Sé que aquí se acaba mi vals lento, pero sobre ti despunta el
Sol naciente, céfiro intenso, y no pienso, en que muero, sino nazco una vez
para no morir nunca más, y en que he tenido la suerte de bañarme en sus rayos
por si alguna vez no lo cuento. Esta carretera acaba, pero se me olvida la
escalera hacia el cielo. Y en ello pensando vuelvo a ti. Y guardo, con 19 años ya, aunque
no los hayas visto en persona, tus obsequios.
Porque la vida es un regalo. Él, Él, y solo Él, te da un
regalo al despertarte, una oportunidad más en la Tierra, y qué triste no
agradecerla. Qué triste no hacerle aprecio, sonreír por no saber qué hacer con
algo que no crees que te guste.
¿Has probado a darle un uso? ¿A jugar con el regalo de otro?
Mortal, ¿te has dado cuenta ya de que el secreto de tu regalo es compartirlo,
de que coleccionarlo sólo es acumular? ¡No hay espacio para ellos! El tic-tac
del reloj no son tiros que escuchas sin saber dónde irán hasta que uno silba en
tus oídos la melodía de la muerte y te alcanza, la vida no son días que se
apuntan en la libreta de la existencia, muchas de cuyas hojas faltan o se
agrietan. No. Tu libreta no está rota, esas hojas las tiene alguien, se las
llevan, tú las das, están en el escritorio de otra persona, habrán volado, como
el tiempo. Tempus fugit. Las estará reescribiendo otra mente. Te preguntará:
¿Te vienes a escribir conmigo? Y ahí empezará la historia. Vuestra historia. Mi
historia. ¿De quién más da?
Existe un problema. No sé leerlas. Ni escribirlas. Solo
dictarlas.
Pensado y dictado, con cariño,
La voz de tu conciencia.
Lunes, 13 de marzo de 2017.
12 de marzo de 2017
Under oath.
Otro más. Nunca puedes dar nada por seguro, una probabilidad
de trescientas sesenta y cinco siempre fue suficiente para ser tenida en cuenta
y en una de esas, en un día, te puede cambiar la vida. A mejor, a peor, a igual…
siempre cambia, y no hay dos combinaciones
iguales. Saber que 1 buena puede ser mucho mayor que 364 malas es algo que
desafía a la lógica, un acto de fe a realizar si quieres seguir, y aquí me
hallo, ojos tapados, under oath. Renovando un año más. Ya
estoy en mi banco, ya estoy en mi sitio.
No me pregunto cómo será la próxima vuelta, el próximo
aniversario. ¿Seguirá la progresión de estos años? ¿Será, literalmente, de
muerte? Oh, palabra ambivalente, cuyo significado puedo elegir, en su totalidad
de casos, de forma rápida, y no así conseguirlo por igual. Solo sé que esto,
con o sin mí, va a seguir su aplastante y mastodóntico avance entrópico. Otra
vuelta más, igual de ordenada en un desorden sin igual, la rueda de la vida
gira, y de nada sirve correr en su contra.
Pies en suelo, cabeza en el aire. Pensando, ¿en qué? En
nada. Mirando el móvil, un par de mensajes. Ninguno a la cara. No me sorprende,
sí me sorprendo, tiene sentido. Cada parte en un sitio. Pero mi gravedad sigue
en el centro. Mis sueños guían mis pasos, pues paseo por la vida. Me duelen los
pies de andar, pero son solo diecinueve los que llevamos, y me prometo seguir
hasta el próximo avituallamiento, aunque solo vea espejismos en el
desierto. Me paro un momento, creo que
he rimado en un par de ocasiones, eso significa poesía, percatarme de que
sentía, dulce anomalía.
No hace especial calor. Parece real; lo ha sido más, pero lo
parece. Día copulativo. Es, está y parece. La niebla que se aleja da paso a un cielo
turbio. (Turbio, qué palabra tan descriptiva y polivalente). Esta noche es
posible que truene; una gran despedida a un día que no volverá hasta el año que
viene. Pirotecnia celeste, chispa, amor entre dos cargas que viven en su nube,
que se aman y quieren unirse a cualquier coste, sin importar qué opinen allá
abajo. Qué gilipollez he soltado y qué bien suena, como un ‘te quiero’ con la
boca llena, rayo que no cesa, si me permite el gran poeta, persona que no
llega.
Aunque no me importa que lo haga, doy la vuelta al tablero,
casillas buenas, malas, mañana quizá me toque retroceder otras diez, quizá
tenga suerte y avance por primera vez, pero siempre tendré la certeza de que a
la casilla de salida volveré. No estoy excesivamente reflexivo, no hay
demasiados coches, no se escucha ningún ruido; quizá la gente esté acumulándose
en masa para ir a ver la Mascletà. Tres minutos sonoros. Primero lentos,
tímidos, luego cada vez más agitados, atrevidos, más tarde rápidos, pasionales
y excitantes, y por último estruendosos, resonantes y trascendentales, como dos
amantes, como el comienzo de una relación, como la vida misma. Pero en ese
carnaval de disparos aéreos en el polvorín de Cupido ya sobro, me aíslo y no
lucho, prefiero la grada, prefiero mi estancia. No quiero flechazos que más
tarden duelan, no prefiero la distancia, prefiero un toque, una llamada, un
abordaje por la espalda.
Dormiría bajo este enorme ficus, que todo cuanto pienso que
pudo aquí haber ocurrido él ha visto, pero me levanto para pasear, cual
Nietzsche con su clásica libreta, por los corredores del jardín. Una Venus
aquí, un pequeño tritón allá, un paseo totalmente recto, simétrico y
perfectamente agrupado me invita a que lo recorra. Me ofrece mirar arriba para solo ver hojas,
ignorando al cielo. Se lo agradezco, solo así dejaré de hacer poesía, ese mirar
la hoja para solo ver cielo, sin nada por debajo. Compondría, pero me falta
melodía. Hoy no es sincopada, hoy es un susurro muy fino del que no puedo sacar
un mensaje, una nota. El Creador de la partitura, quizá, quiera decirme algo muy
sucinto con ello. Así que le pongo una clave de sol al silencio, pentagrama en
blanco, y con ello ya tengo para escribir mis pensamientos durante un rato, hoy
más virados hacia los tonos graves y largos. Fluye el tiempo con el aire, y
fluye el aire con el soplo de cambio, y cambia porque existe, y existe porque
se piensa. Y se piensa porque se existe. Qué dulce complementariedad y a la vez
poco corrosiva. ¿Será esta la definición de la palabra tabú? No la digas. Sigue
andando.
Han pasado unos pocos minutos, solo. Vuelvo. Ahora son
veinticinco. ¿Tantos? Con qué caudal fluye hoy el tiempo. Paso los dedos por
una fina escultura. Fina y bélica, preciosa y a la vez iracunda, imagen negra
y, sin embargo, nacarada piedra. Intento ver qué pudo significar para su autor,
quizá la vida. La vida, la vida… siempre repitiéndome. ¡Pero más se repite
ella, que siempre que yo sea, ella será! La escruto con la vista, aprecio una
coz sobre un joven, un golpe que lo para, lo noquea, propinado por ella misma.
Ella no lo quiere, es otro de los giros de su ruleta que lo mata como las aspas
de un molino darían el golpe de gracia a un enorme, negro y voluminoso buitre
que se cree el rey de los cielos y perece a manos de un terrenal brazo. Me
identifico con el joven, pero mis pensamientos siguen siendo, en cierta medida,
positivos. Noto gritos de un ansiedad que otrora me estrangulaba con sus
curtidas manos, y con sus afiladas zarpas iba usurpándome mis amigos y arañando
toda la vida que me quedaba; sabe que sus manos eran las mías, y ahora están
limpias, su fuerza es mi fuerza, y trata de arañar mi sólida mole rocosa para
no despeñarse. Sus gritos se ahogan, ahora solo se me escucha a mí, a mi pasear
sobre la fina arena, bien compacta, mis virajes sobre la grava y el ritmo que
marca una melodía que empieza a silbar el Cielo. Definitivamente lo he conseguido,
he encontrado mi tempo. Vuelve a sonar mi música, vuelve a sonarme todo, el día copulativo: es, está y parece. Y cómo explicar la diferencia entre ser y estar
al que no siente.
Ya he pasado un buen rato aquí. Enfilo hacia la puerta, en
dirección opuesta. Siempre se sale por el lugar contrario al que se entra. No
nos volveremos a ver en mucho, el próximo día toca otro destino. No repito dos
veces mi posición, fluyo como un río. Me alejo por el monasterio que frecuento,
donde quizá escriba el próximo día, donde quizá sienta, o sea la vida que me
haya sentado mal, cuando seguramente, con cien por cien de probabilidad, se
haya dado una de las trescientas sesenta y cinco posibles. Vuelvo al inicio.
Meto la libreta en un bolsillo lleno como puedo, como se meten todas mis ideas
en un cráneo lleno como pueden. Con ella un año más, por lo menos uno. Escribiendo las hojas mirando al cielo,
escribiéndole al cielo mirando las hojas. Con la cabeza en las nubes y los pies
en el suelo, con la cabeza en el suelo y los pies en las nubes. Con una carga
con quien ser el rayo que no cesa, o con la repulsión humana que a estos
jardines me acerca. Pero un año más.
Under oath.
9 de marzo de 2017
Ansiedad.
Ayer
escribí. Hoy vuelvo a las andadas, no sé por cuándo y hasta cuándo. O por qué y
hasta qué. Supongo que por la vida, para la vida, hasta la vida. Para qué
saberlo, si no hace falta entenderla para vivirla.
Ha sido día
de apreciar actitudes en cierto modo contra los valores que manejo. Algo bueno,
como la adquisición, forzada o no, de tolerancia hacia todo ello, hay que
extraer, aunque no más importante que todas las reflexiones que se acumulan a
lo largo del día por no tener, realmente, gran cosa mejor que hacer. La tarde
te seduce y te da a elegir entre pasarla haciendo la nada, los minutos volando,
y mirando hacia el techo, o pensar en bucles hasta que en una de esas vueltas
necesites parar por la mareante realidad.
Hoy sigo
dándome cuenta, años después, de que aparte de ser todo cuanto dije ayer, a
nivel individual, la creación perfectamente delimitada de un gran alfarero,
limada por el transcurso de los años y los daños, y decorada por las manos de
aquellos que siempre tuvieron a bien tendérnoslas, somos el rancio producto de
una sociedad. Y qué pereza dan estas letras, ¿verdad? El cuento de siempre, ya
tan escuchado, el de tener un nombre, una institución y una cultura… ¡Más
básico y no naces, coño! Casi tanto como su contrario, el de la negación de
ambos que lleva a un odio, extraño odio e incomprensible, hacia lo propio. ¿Qué
subyace tras ello? Posiblemente el efecto contagio. El consumir y no crear, el
cambio social al ocio, el culto a lo antiguo, la añoranza romanticista de
tiempos mejores. Como el enfermo depresivo que intenta cambiar el prisma con el
que ve su vida convenciéndose de que es una mierda antes de enfocar la
realidad. No van a venir tiempos mucho mejores si nuestra única idea es traer
los que han pasado. Tampoco somos ese melancólico que, mirando a la ventana, desea
aferrarse a las manecillas del reloj hasta pararlas para capturar un momento bonito
que no ha sabido saborear y dejar pasar por su mentalidad estatista. O sí,
ciertamente sí, pero no estamos para ello.
Crea tu
propio mundo, si no hay camino, asfáltalo, que solo se hace al andar.
Constrúyete y corre, abre tu propio sendero, y pégate de hostias por el monte,
y piérdete de meses en tu vida, hasta que sepas salir de tu zona de confort,
hasta que hagas tu propia vida y nadie te dicte qué hacer. Nadie va a darte
nada que no te pertenezca, y todo cuanto existe no tiene dueño, a no ser que
seas una débil masa en busca de transmutar valores, pero ese otro discurso tuvo
sentido allá por 1850. Hoy es un mero himno frío y desangelado que evoca al
pasado. Sí, la canción favorita del melancólico que mira por la ventana, pero
sin embargo no se atreve a salir por la puerta de su casa.
Mucho ídolo,
mucho icono, mucha imagen en que reflejarnos, espejos de todo tipo, copia aquí
y allá. ‘Yo quiero ser’, ‘yo seré’, ‘ojalá ser’. Dejamos de ser cuando nos
proyectamos en otro. ‘Ser’ es mucho más que imitar, es crearse a uno mismo,
dejar de ser un mero potencial para ser un acto, como dijo otro gran filósofo.
Es dejar de ponerse excusas de cualquier tipo o evadirse de pensar cuál es su
proyecto de vida y persona (porque vivir no es más que eso) porque ya haya otro
mucho más bonito y fácil de copiar. Es darse cuenta de que una copia en la
personalidad no va a resultar tampoco en una copia en el éxito, porque esa
persona ES, y tú, FINGES ser. Naturalidad. Realidad.
Ese es el
problema, esa es la mierda que no vemos, esa es la falta de criterio que
verdaderamente supone el atraso social. Eso es lo que nosotros creamos. Y no es
atraso el nacer azarosa y contingentemente en un sitio, ni nos crean unos
constructos que podemos derribar mucho más fácilmente que el ritmo al que
construimos nuestras mentiras. El mundo es diversión, no es hedonismo, no
existen dos iguales en absolutamente nada, el mundo no es disfrutar de lo
ajeno, el mundo no va sobre consumir, el mundo no va sobre seguir, el mundo va
sobre perseguir. Tú eres tú, y tus decisiones, y tu originalidad, y tu creación
–y no consumo-, porque muchos consumen lo que tú, pero nadie crea –en la medida
en que nace de ti- lo mismo. Y eres tú, y tus relaciones, y tus amigos, y todo
cuanto tú has originado, cuantos nexos hayas creado, y tus planes, tus miedos,
tus errores, las ruedas dentadas que mueven tus engranajes, la mano que moldea
en su torno tu porvenir, y tus estudios, y tus besos, y tus orgasmos, y tus
enfados, y todo cuanto de ti sale y manifiestas. Y tus esperanzas. Coño, para
qué extenderme más: eres lo que nace de ti, exclusivamente. Eres tu propia
creación.
No nos damos
cuenta de que la fama es un sentimiento que surge de querer cambiar las tornas
respecto a nuestros propios anhelos, y que no surge de darse a conocer, sino de
conseguir sublimemente la fundación de nuestras bases, y que el mundo se
percate de ello. No importamos, no somos nadie, si todo dependiese del resto,
¿te crees que te vería como te ves a ti mismo? No, solo se ve a ella misma y a
su ombligo, y nadie salvo tú va a dar un duro por ti. Cambia tu propia
percepción y déjate de entrar en juegos cuyas reglas no conoces, de seguir a
favor corrientes que solo seguirían los peces muertos. Métete en una carrera,
píllate un trabajo, esto, lo otro, necesitas aquello, por qué no comprar lo del
más allá… ¿Quieres, de veras, jugar a eso? ¿Esperas ganar? ¿Golpe de suerte o
golpe de gracia? ¿Crees que te salvará del error la suerte del principiante?
Solo quieres tener tu propia mente, tu solidez, tus pilares, excelencia, rigor,
sobriedad, quieres escapar de otras manos que moldean tu pensamientos, coger un
martillo y derrumbar lo que quede de yeso en una moral débil, pero te jode
tener que construir, te jode no saber qué planos seguir porque no contabas con
ello. Te jode tener que ser el ingeniero que arme su propia vida pudiéndosela
vender a cualquier ídolo. Ese es tu problema. El ansia de la edad. El ansiedad.
Pero te refugias en otra construcción igual de mala, cuatro palos llamados
ética y un pequeño techo llamado fe. Y esperas que los aires de cambio no te lo
tumben y te dejen en evidencia como el ser falto de capacidad de reacción y
superación que eres. Y lo llamas ‘cambio’, lo llamas ‘envejecimiento’, lo
llamas ‘necesidad’, lo llamas… Yo qué sé cómo lo llamas, si lo único universal
son las excusas, y la única certeza es que sigues consumiendo la mierda que
crean aquellos a quienes te vendes.
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