Cerrados a la realidad, interpretamos cuanto vemos, pero sin
embargo no vemos lo que interpretamos. O no sabemos ver lo que interpretamos, o
no sabemos interpretar lo que vemos, o no interpretamos lo que sabemos que
vemos. O no vemos lo que sabemos que interpretamos. O directamente ni tan
siquiera hacemos mucho más que ver todo pasar, la gente sin rumbo por raíles,
los coches, ansiosos, corriendo para llegar a su destino, o las masas,
anárquicas, sin saber a quién seguir. Oímos, que no escuchamos, vemos, que no
apreciamos y rozamos, que no tocamos. Y lo llamamos sentir.
Deja de ir corriendo a todos lados, deja las prisas, deja de
consumirte como un cigarro en la boca de un ansioso, encendido por un mechero
que suena como el disparo de una bala hacia el pulmón de un enfermo. Deja de
cerrar los ojos a las evidencias. Deja de esperar oír tu nombre, de normalizar
el ruido, de no saber escuchar. Presta atención, siéntate, cállate, escucha,
qué más te da el tiempo que pierdas, o qué cojones tengas que hacer. La vida se
te escapa y tú no sabes ni de qué va. Te mueves como un personaje de
movimientos limitados en una ciudad limitada, en una casa limitada y con unos
diálogos limitados y te crees libre y te esperas llegar mentalmente sano a los
veinte, cuando a los sesenta te descojonarás de haberle dado tanta importancia
a perder tus mejores días de forma
imprudente, ineluctable e inconsciente. Piensa en ayer… día perdido. ¿Qué recuerdas? ¿Fuiste tuyo? ¿Fuiste tus
decisiones? Así con todo. Encuentra un día que de veras vivieras, y que no
existiera él simplemente. Proyéctate a tu lecho de muerte, desea vivir 24
míseras, tristes, sucias, y a la vez vitales, horas más. Arrepiéntete de
haberlas perdido, una tras otra, creyendo que el tiempo estaba garantizado.
Solo hay una certeza, y es que le des la importancia que le des a tus
problemas, y sean cuales sean, mañana será otro día, seguirás vivo, y te tocará
pringar como cualquier otro. Qué más me da perderme un día si va a valer más
que los otros veinte, qué más me da dejar las tareas para otro momento, que
para mí no habrá tantos. Qué más me da llevar mi vida y, secundariamente, la
que la estructura elija. No te consueles con vacaciones que no llegan, con
descansos que no reparan y con mantras que no contienen significado. Nada de
ello existe, salvo en tu mundo perfecto de excusas.
Mirar todo de una forma y buscar su contraria, blanco o
negro, sin grises. Volantazos de lado a lado, hasta que el coche colea y te
estrellas. Mezcla de emociones, desconocimiento personal que te lleva a
arrancar de nuevo y lanzarte a vertiginosas velocidades en una autopista de personas
rezando por llegar a algún destino antes de que se crucen en tu camino, sin
saber cómo conducirte.
Adoras el Sol, te quema, te escondes en la oscuridad.
La adoras, te atribula, te alejas de todo contacto.
Te desconoces, te abruma, te come la ansiedad.
Y a ese triste ciclo lo llamas ‘arrepentimiento’, por tu
incapacidad de lidiar con el toro. Vida de burladero, de espectador, de chalán,
de calcular lo factible y no arriesgar en lo posible.
Me hago caso. Mañana tengo una pila de deberes. Bioquímica,
Química de Biomoléculas y una sarta de nombres que más bien me importan poco, o
no mucho más que el mío. Salgo de casa. Deja de importar. Leo, escucho,
interpreto, siento, me abro al mundo que hoy, en el trayecto a la Universidad,
era solo el cartón piedra de siempre.
Leo en un muro andando por aquí, por Valencia, un ‘aquello
imposible es aquello que no intentas’. Lo llamo mantra, me río, pienso, desando
el arrepentimiento, acaricio mis recuerdos, mis fallos, todo aquello que debí
intentar y no hice… y coño, no fueron imposibles. Fui yo quien no lo hizo.
Avanzo sin más. Encuentro en la misma esquina una casa de muñecas en una pared;
qué enorme creación, qué simple y cómo me detengo a mirarla. En lo simple, en
las absurdeces, anda la clave de la vida, en recuerdos anda la esencia, lo
que no ha cambiado, lo que siempre vuelve en el tiempo y te recuerda quién eres
cuando no sabes ni adónde vas. La vida es una sucesión de flashes, que te
inmortalizan. Continúo, giro, sale un gato negro, pienso, no sé por qué. Ese
gato, tan inocente y ajeno al pensamiento del resto, no se sabe odiado por una
condición, ni tan siquiera le importamos como para jodernos el día. Nos jodió
mayo con las flores, y resulta que cambiando gato por ‘hombre’ quizá ocurre lo
mismo. ¡Y decían que no éramos animales!
Doy un giro, queriendo volver a casa. Me paro por un jardín
donde escribo estas líneas. Ya es oscuro, pero no me importa. No me importa
mientras me sepa vivo. Sopla una brisa, se marchan los pocos niños que quedan,
y entonces permanezco yo, solo, ante una enorme carrasca, y una fuente que de
vez en cuando me arroja un par de gotas que me devuelven a la realidad. Todo
esto estuvo antes que yo, y aquí se sentó alguien quizá pensando lo mismo, pero
él es un cero, y ahora yo soy el uno. Oigo el fluir del agua, que se saluda con
el latir de mi corazón, nunca dos iguales, pero siempre siguiendo el mismo
mecanismo. Ahí, al fondo, veo una montaña, sólida, impasible, mucho anterior a
todo cuanto la puebla, casi como nosotros y nuestras emociones. ¿Por qué lo
formularé en plural? Empiezan a danzar personas en mi mente, toca recolocarlas,
lo hago y me sorprendo. Todo ha cambiado, y sin embargo sigue siendo igual. O
lo diré al revés: nada ha cambiado, y eppur si muove. Es pronto para hablar de
sentimientos, porque no he venido a elucubrar sino a sentir. Cae una hoja sobre
mí, la recojo, la pego en mi diario, tomo una fotografía. Y con esta ya son,
hoy, día 8 de marzo, 67 imágenes con 67 crónicas las que llevo. No recuerdo los
días, no recuerdo los viajes, quizá no recuerdo mis pensamientos, pero esos
simples objetos, obsequios, estrellas, hojas, utensilios encontrados…
gilipolleces al uso de cualquier mortal, son capaces de recordarme 24 horas con
el mero flash de haber vivido al recogerlos.
Sopla viento, las manecillas parecen moverse más rápido, y
la luz natural es sustituida por la artificial. Vuelve la gente, literalmente.
Vuelve a sus casas, a mantenerse, a dormir, a cerrar un día que olvide. Y vuelve
a sobrevivir. Gira de nuevo la ruleta de la vida, yo juego al sesenta y siete,
ellos al suerte o muerte. Vuelvo por otro camino, no fluyo igual dos veces,
miro la hora, cuatro números, sandeces. Doy un esquinazo a la vida, y me desvío
hacia una plaza que no veía en 14 años, me siento de nuevo en su fuente, dejo
que me refresque la cara, con todo el calor que hace, y marcho por el más largo
de los caminos sabiendo que será el mejor, casi como el que decide vivir. Llevo
un libro de Llorente, me subo sin dificultades a su gigante estatua y leo el poema
grabado en su piedra. Qué majestuosa pluma lo escribió y qué magnífico cincel
lo esculpió. Siento, lo veo todo desde
lo alto, me siento solo en este lugar que solo yo conozco, o solo yo aprecio.
Se podría decir que quiero. Ando durante quince minutos, ahora sí que pienso,
cierro todo, lo guardo, llega la vida normal, esquivar gente de frente,
escuchar pitos, sirenas, desearles suerte. Entro a casa, me cambio y me siento.
Me siento vivo. Llega el resto, mucho después. No sienten, no han apreciado el
día, no entienden mi sonrisa. No la explico, no pueden cuestionarla si no saben
que existe la satisfacción en el día a día si deciden renunciar a sus
obligaciones.
Y qué bonito es encontrar otro sentido al vivir que no el
pasar el tiempo esperando ser. Qué bonito es ser, y seguir siendo. Qué caos más
pulcro y elegante, que te incita a abrazar el dolor, a plantar cara a los
miedos, a ser fuente de lágrimas, a estar seguro de que algún día no estarás
vivo, no pisarás con la misma fuerza que hoy hacia el futuro. Qué bonito pedir
que todo siga por querer seguir viviendo, y no que todo pare por miedo a no
poder vivir. Qué bonito es apreciar que no podrás prolongar tu vida tanto
tiempo como el que pierdes día a día, y por ello saber vivirlo.
Pienso todo ello. Me voy a dormir, despierto de la pesadilla
y soy el sueño. Sueño que vivo, y por tanto vivo, que dije ayer. Me levanto, día nueve, alto, recio, sé que
existe aunque en un futuro pueda hacerme creer que no. Miro al cielo, el techo,
la cúpula que me aísla no soy yo, es más grande, y no me daña, me protege. Cómo
lo más pequeño, y lo primero en existir, pudo llegar a crear aquello que nos
mantiene vivos. Casi podría relacionarlo con un primer amor y no errar en la
metáfora, pero no quiero ser repetitivo, un semáforo me para y pienso que es
hora de vivir la vida en ámbar, con la certeza del riesgo, y la seguridad de la
certeza. Con la seguridad del riesgo. Pienso en el ámbar, cuán valioso es, y no
tanto como el tiempo que tardó en crearse. Vuelvo a pensar en la gente, cuán
valiosa llega a ser cuanto más se la disfruta, y jamás llegamos a apreciarla
tanto como lo haríamos en su desaparición. Lo olvido. Me dirijo mecánicamente a
hacer unos papeles. Se me vuelve a ir la
cabeza hacia otros pensamientos, todo me quiere decir algo, las imágenes viven,
floto en una atmósfera de sintonización, colores se despliegan donde antes solo
habían formas que se desdibujaban a la velocidad con la que un hombre de un
metro noventa huye de la realidad. Qué diseño más misterioso, cuánta vida tras
mis ojos, cuanta libertad en un acto que no decido, y qué curioso que esté solo
en mi mente. No me siento libre, realmente lo soy. Ahora me fijo en la gente,
mismo mundo, distinta realidad, fría, vacía, en su mayoría, caminando como
niños dirigidos de la mano de sus padres que no ven en el mundo más que
ignorancia, y no como adultos con la seriedad con la que jugaban sus niños del
pasado. Recuerdo esta página, recuerdo haber hablado de eso mismo. Era
noviembre. Recuerdo el hospital. Recuerdo mi tarde ayer, no por el mismo hospital,
sino por vivir. He superado todo esto. ¿Cómo empezó? No lo recordaré, me esforzaré
por recordar cómo se llega a sentir uno con energía. Me esforzaré en tener
pensamientos reales. Me esforzaré por sentir.
Llego a casa, escribo estas líneas. No las escribo, las
vierto. No os miento, no hay filtro. Es el infinito potencial, la realidad.

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