Ayer
escribí. Hoy vuelvo a las andadas, no sé por cuándo y hasta cuándo. O por qué y
hasta qué. Supongo que por la vida, para la vida, hasta la vida. Para qué
saberlo, si no hace falta entenderla para vivirla.
Ha sido día
de apreciar actitudes en cierto modo contra los valores que manejo. Algo bueno,
como la adquisición, forzada o no, de tolerancia hacia todo ello, hay que
extraer, aunque no más importante que todas las reflexiones que se acumulan a
lo largo del día por no tener, realmente, gran cosa mejor que hacer. La tarde
te seduce y te da a elegir entre pasarla haciendo la nada, los minutos volando,
y mirando hacia el techo, o pensar en bucles hasta que en una de esas vueltas
necesites parar por la mareante realidad.
Hoy sigo
dándome cuenta, años después, de que aparte de ser todo cuanto dije ayer, a
nivel individual, la creación perfectamente delimitada de un gran alfarero,
limada por el transcurso de los años y los daños, y decorada por las manos de
aquellos que siempre tuvieron a bien tendérnoslas, somos el rancio producto de
una sociedad. Y qué pereza dan estas letras, ¿verdad? El cuento de siempre, ya
tan escuchado, el de tener un nombre, una institución y una cultura… ¡Más
básico y no naces, coño! Casi tanto como su contrario, el de la negación de
ambos que lleva a un odio, extraño odio e incomprensible, hacia lo propio. ¿Qué
subyace tras ello? Posiblemente el efecto contagio. El consumir y no crear, el
cambio social al ocio, el culto a lo antiguo, la añoranza romanticista de
tiempos mejores. Como el enfermo depresivo que intenta cambiar el prisma con el
que ve su vida convenciéndose de que es una mierda antes de enfocar la
realidad. No van a venir tiempos mucho mejores si nuestra única idea es traer
los que han pasado. Tampoco somos ese melancólico que, mirando a la ventana, desea
aferrarse a las manecillas del reloj hasta pararlas para capturar un momento bonito
que no ha sabido saborear y dejar pasar por su mentalidad estatista. O sí,
ciertamente sí, pero no estamos para ello.
Crea tu
propio mundo, si no hay camino, asfáltalo, que solo se hace al andar.
Constrúyete y corre, abre tu propio sendero, y pégate de hostias por el monte,
y piérdete de meses en tu vida, hasta que sepas salir de tu zona de confort,
hasta que hagas tu propia vida y nadie te dicte qué hacer. Nadie va a darte
nada que no te pertenezca, y todo cuanto existe no tiene dueño, a no ser que
seas una débil masa en busca de transmutar valores, pero ese otro discurso tuvo
sentido allá por 1850. Hoy es un mero himno frío y desangelado que evoca al
pasado. Sí, la canción favorita del melancólico que mira por la ventana, pero
sin embargo no se atreve a salir por la puerta de su casa.
Mucho ídolo,
mucho icono, mucha imagen en que reflejarnos, espejos de todo tipo, copia aquí
y allá. ‘Yo quiero ser’, ‘yo seré’, ‘ojalá ser’. Dejamos de ser cuando nos
proyectamos en otro. ‘Ser’ es mucho más que imitar, es crearse a uno mismo,
dejar de ser un mero potencial para ser un acto, como dijo otro gran filósofo.
Es dejar de ponerse excusas de cualquier tipo o evadirse de pensar cuál es su
proyecto de vida y persona (porque vivir no es más que eso) porque ya haya otro
mucho más bonito y fácil de copiar. Es darse cuenta de que una copia en la
personalidad no va a resultar tampoco en una copia en el éxito, porque esa
persona ES, y tú, FINGES ser. Naturalidad. Realidad.
Ese es el
problema, esa es la mierda que no vemos, esa es la falta de criterio que
verdaderamente supone el atraso social. Eso es lo que nosotros creamos. Y no es
atraso el nacer azarosa y contingentemente en un sitio, ni nos crean unos
constructos que podemos derribar mucho más fácilmente que el ritmo al que
construimos nuestras mentiras. El mundo es diversión, no es hedonismo, no
existen dos iguales en absolutamente nada, el mundo no es disfrutar de lo
ajeno, el mundo no va sobre consumir, el mundo no va sobre seguir, el mundo va
sobre perseguir. Tú eres tú, y tus decisiones, y tu originalidad, y tu creación
–y no consumo-, porque muchos consumen lo que tú, pero nadie crea –en la medida
en que nace de ti- lo mismo. Y eres tú, y tus relaciones, y tus amigos, y todo
cuanto tú has originado, cuantos nexos hayas creado, y tus planes, tus miedos,
tus errores, las ruedas dentadas que mueven tus engranajes, la mano que moldea
en su torno tu porvenir, y tus estudios, y tus besos, y tus orgasmos, y tus
enfados, y todo cuanto de ti sale y manifiestas. Y tus esperanzas. Coño, para
qué extenderme más: eres lo que nace de ti, exclusivamente. Eres tu propia
creación.
No nos damos
cuenta de que la fama es un sentimiento que surge de querer cambiar las tornas
respecto a nuestros propios anhelos, y que no surge de darse a conocer, sino de
conseguir sublimemente la fundación de nuestras bases, y que el mundo se
percate de ello. No importamos, no somos nadie, si todo dependiese del resto,
¿te crees que te vería como te ves a ti mismo? No, solo se ve a ella misma y a
su ombligo, y nadie salvo tú va a dar un duro por ti. Cambia tu propia
percepción y déjate de entrar en juegos cuyas reglas no conoces, de seguir a
favor corrientes que solo seguirían los peces muertos. Métete en una carrera,
píllate un trabajo, esto, lo otro, necesitas aquello, por qué no comprar lo del
más allá… ¿Quieres, de veras, jugar a eso? ¿Esperas ganar? ¿Golpe de suerte o
golpe de gracia? ¿Crees que te salvará del error la suerte del principiante?
Solo quieres tener tu propia mente, tu solidez, tus pilares, excelencia, rigor,
sobriedad, quieres escapar de otras manos que moldean tu pensamientos, coger un
martillo y derrumbar lo que quede de yeso en una moral débil, pero te jode
tener que construir, te jode no saber qué planos seguir porque no contabas con
ello. Te jode tener que ser el ingeniero que arme su propia vida pudiéndosela
vender a cualquier ídolo. Ese es tu problema. El ansia de la edad. El ansiedad.
Pero te refugias en otra construcción igual de mala, cuatro palos llamados
ética y un pequeño techo llamado fe. Y esperas que los aires de cambio no te lo
tumben y te dejen en evidencia como el ser falto de capacidad de reacción y
superación que eres. Y lo llamas ‘cambio’, lo llamas ‘envejecimiento’, lo
llamas ‘necesidad’, lo llamas… Yo qué sé cómo lo llamas, si lo único universal
son las excusas, y la única certeza es que sigues consumiendo la mierda que
crean aquellos a quienes te vendes.

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