No sé bien qué escribir, mi cabeza ahora mismo es un maremágnum dentro del cual se pueden distinguir emociones, sentimientos, preocupaciones, necesidades banales fruto de todo lo anterior, y necesidad de fijar un punto de referencia a partir del cual hacer tabula rasa, comenzar otro nuevo periodo -no necesariamente restringido a un cuatrimestre- y, sobre todo, poder rescatar todo aquello que me hizo y me deshizo a lo largo del previo, para adquirir, más que inmunidad, la capacidad de que no vuelva a entrar en mi sistema.
Creo que voy cerrando (pero costará, todavía quedan días y semanas, y lo sé) una etapa curiosa, en la que he aprendido a base de los aciertos más que de los errores, porque he errado en todo sin haber hecho mal nada. Ha sido la evaluación del jarro de agua fría continuo, una ilusión, la ‘llama’, que la llaman, que se resistía a apagarse, hasta que se cernió la depresión, la desidia, quizá todo ello más motivado por el interruptor de un círculo de profesores monótonos, poco estimulantes y hasta, por qué negarlo, pésimos, que me movían más al estaticismo de mi casa que a aplastar el culo en una silla durante una hora frente a ellos para apuntar, cuanto menos, palabras malsonantes. A pesar de llover sobre mojado, donde hubo incendio, queda conato, rescoldo, y debo agradecer a unos docentes, que siguen dando el poco tiempo y -algunos- salud que tienen para facilitar la vida al alumno, hacerlo aprender y valorar este Arte, y a unos pocos compañeros, que actuasen como fuelle cuando sólo se veía agua hasta el cuello para lograr que deflagrase, de nuevo, mi alma, y ardiese en deseos de llegar hasta el final del viaje que comenzó en septiembre.
Si lo ves así, suena bonito. Es ahí cuando vuelvo al párrafo superior, y digo que la vida es una muerte constante, que sólo se puede llamar de esa manera cuando uno es feliz. ‘Despertares’. Todo es una monotonía, un despertador a las seis y pico, acudir a clases, hablar con los y las de siempre, comer… lo que haría un animal medianamente racional; cambiarte, sentarte en la cama, llegar al final del día, mirarte al espejo y preguntarte ‘¿En qué ha cambiado mi vida?’, ‘¿Cuántas veces me he sentido vivo hoy?’, ‘¿Hago aquello que deseara?’, y pensar, por acreción, ‘¿Cómo te vas a sentir vivo continuamente, si es involuntario?’. Ahí me cuestiono qué es peor, si no saber en qué momento me he sentido con vida de veras, lo he recordado, lo he querido y abrazado, o si creer que la vida es ‘involuntaria’, aunque el sentido de la palabra no sea, evidentemente, el que le quiero dar. Y caes en ello; es una muerte consciente. Te ves apagarte, mantenerte como llama, pero no sientes ardor, no escuchas el crepitar del momento, no te mueve nada que no sea la inercia, válgase el oxímoron. Piensas en cuándo fuiste feliz por vez última, y dices ‘Ahí viví; ahí me sentí con vida, agradecí, sonreí, quise, me empujé, quemé tanto el momento que quedaron cenizas, cuando fui a recordarlo’. Y confirmas que la existencia es una muerte consciente, que puedes vivir, hasta disfrutar, si te conformas con ello, y que la vida, que se diferencia del ‘existir’, y se acerca al ‘ser’ (ésser; esse; esencia; ‘lo que nunca cambia’), es, realmente, una sucesión aleatoria de despertares, de consciencia de la existencia, de realización, que nunca sabes cuándo se producirán, que te hacen querer vivirla, que te hacen querer existir sabiendo que dejarás de ser… hasta que vuelva a posarse esa llama. Bueno, creo haberme explicado peor conforme iba escribiendo más líneas. Dejémoslo ahí.
Por eso mismo, que la vida es el despertar de uno mismo, y que la existencia y el estar (que no ser) son una sucesión de sorpresas, la mayoría de las cuales son agrias (si no, serían ‘vida’), considero que este cuatrimestre me ha repartido, en diez asaltos, una gran lección, una lección de cómo caer ante el minimosca, y cómo doblegar a un rival cien veces más fuerte que tú. He tenido la media más alta de mi vida y, sin embargo, he tenido que aprender qué era un suspenso con un 12.2 sobre 15 en un examen, la nota más alta cosechada. He tenido que aprender qué era la injusticia a raíz de aprender qué era ‘fracasar’, y gracias a ‘fracasar’, y a ‘conocer la injusticia’ de la forma más inesperada e irracional posible, he podido conocer, también, la unión. Cómo un grupo, con un interés común, pero separado por cuatro simples letras (para que digan que sólo somos números, aunque persigamos, realmente, que nos modifiquen el nuestro) es capaz de unirse, diez, veinte, y así hasta treinta y tantas personas, para ‘vivir’. Para convertir el ‘fracaso’ en el éxito que fue desde el principio, la injusticia en la justicia que se debió hacer, por la que se debió velar y que defenderé hasta no tener voz, y para convertir la unión por interés en el interés por la unión. Soy el ‘capitán’ del grupo, cosa que me hace ilusión porque se deposite en mí la confianza, pero como tal, no puedo asegurar a todos aquellos que en mí -y entre todos ellos- confían, que vayamos a llegar a buen puerto. Sólo puedo asegurarles que va a merecer, y mucho, la pena haber pasado por este mar de dudas, haber sido tripulación y haber ayudado todos a bogar y, ante todo, que esto es una experiencia y una lección de ‘vida’, de cómo defenderse, de cómo atacar, de cómo luchar por uno mismo y de cómo llegar a desenvolverse en procelas en las que uno jamás creyó que se vería inmerso. He gastado todos mis cartuchos, pero queda una bala en la recámara. La puntería del juicio, la rectitud y la razón, será la que decida si el blanco es abatido, o nos curamos de las heridas y repetimos en junio. La vida convoca una vez, sólo; la Universidad, hasta seis.
Al margen de ello, otra gran lección ha sido la de aquella manida canción que tanto escuché en mayo, antes de los exámenes del segundo cuatrimestre, la que rezaba ‘hay tantos con quien estar, pero no con quien ser’. Considero que las amistades no se pueden distinguir entre mejores o peores, pero sí que, en determinados instantes, lo resultan. No ha sido una evaluación de especial nihilismo, ni cerrazón, por lo que no creo que haya sido yo el motivo, pero sí me he distanciado, en cierto punto, de antiguos amigos. Nada personal; a veces comienzas en paralelo con la gente y comienzas a ver que se cruza, que diverge… la pierdes, sale de tu campo, te corta… y, para no estar pendiente de ello, modificas sus variables, si se vale el juego de palabras. He quitado mucho peso, y lo he repartido equitativamente, tanta huella dejas como fuerza le echas al pisar. Al final, he aprendido que no existen los grandes grupos, que no existe la unicidad, que no se puede confiar en quien te propugna unas palabras, pero a quien nunca has escuchado lanzarte su contrario; en las buenas todos, en las malas, ¿quiénes? Al final, he aprendido que existen las hermandades. Que existe ese grupo donde te pueden corregir, te pueden decir ‘la has cagado’, te pueden aplaudir, ese grupo con el que vas a ver una nota a la última hora de la tarde y os abrazáis entre gritos porque todos habéis aprobado, sin preguntar la nota, sin mirarse el uno al otro. Ese grupo donde tú caes y no hay indiferencia, ni tan siquiera se alegran (que los hay que se alegran, todavía, por la desgracia ajena), sino que te ayudan, se muestran jodidos, y te prestan su ayuda. Ese grupo donde nadie sabe que estás mal, aunque estés jodido en una depresión, de la que no tienes culpa, porque no eliges los genes a partir de los cuales entras en la rueda de la ‘vida’, y creen que eres sonrisa y locura, cuando, los pocos que se han acercado a ti, saben que con un ‘Oye, ¿unas birras?’, has pasado a ser un tío con el que pasear cuatro horas, hablar de la vida, la carrera, filosofía, sincerarte, y hasta mostrar tu parecer sobre lo poco que existe en el mundo. No sé, dark side of the Moon.
También ha sido un cuatrimestre de contrastes. La vida también va de tenerlo todo en un momento y, al siguiente, no quedar ni un solar. He vuelto a ver a la persona que quise por más de un año, y a no sentir nada; hola, adiós, dos besos, y qué fue de su vida. Pero, como rectas, ella lleva su trayectoria, yo la mía, nos cortamos en un punto, divergimos irremediablemente. También me dijo una persona ‘mereces tener pareja’. Qué grotesco. ¿Qué es ‘merecer a alguien’? ¿Por qué alguien va a merecer a otra persona? ¿Qué te hace más o menos feliz y, por ello, merecedor de compañía? ¿Por qué voy a buscar algo que se encuentra? Me pareció una frase con más trasfondo del que creía, de veras. No voy a negar que me sentí solo por momentos, y reitero no poco que los mejores momentos que he vivido, hubiesen sido mejores y, algunos, no peores, en compañía, pero no había pensado en buscar nada, ni había entrado en mi cabeza que encontrase a alguien. ¿Qué encontraría ese ‘alguien’ en mí? ¿De dónde iba a llegar, en unos círculos tan monótonos, tan vistos día tras día, y con una existencia que se basa en las mismas vueltas en círculos? La alternativa, evidente, cambiar; no lo haré. Soy; esse; esencia; ‘lo que nunca cambia’. ¿Qué otra queda? Esperar. Y como no depende de mí, esperaré a que un día alguien toque a mi puerta, o cambie mi coyuntura, o mi contexto… Estoy preparado para querer. ¿Está todo preparado para querernos? Falta un poco…
Por último, también creo que ha sido un cuatrimestre de recuperar mis principales aficiones, amistades, volver a las tradiciones que mantuve durante tanto tiempo, intentar cuidarme en la medida de lo posible, puesto que nada más cierto hay que uno será el único que se viva, soporte y quiera siempre, mientras lo haga y esté vivo (o ‘exista’), de conseguirlo en mayor o menor medida, más ‘menor’ que ‘mayor’, y de continuar mis proyectos. No miento si digo que desearía que el de Ciencia tuviese más alcance, o que quisiera tener más peso en Anatomía Patológica, o más tiempo para el Cine, menos dudas para la ‘Micro’, más ganas de salir, de empaparme, de hacer tejido social… Pero todo eso llega. Conforme caiga el breve chaparrón de la Epidemiología, manteniendo la llama viva, aunque sea un poco, y la soflama de las fallas vuelva a prenderme, sé que todas estas dudas se marchitarán y, como el año pasado, volveré a fuego para poder poner el mejor broche final a esta otra travesía que, aunque le queden cuatro meses, no tengo ni idea de qué escollos y tormentas me pondrá, pero, como tampoco sé qué vientos de cola y qué días de poniente me prometerá, deseo vivirla como la que más. De momento, existo, que no es poco. Mañana, veremos si comienzo a despertar. A ‘vivir’.
Podría decir más, pero no siento que esté comunicando nada. A todos, para lo bueno y para lo malo, muchas gracias. Volveré pronto; días, máximo una semana, que me dé tiempo a plasmar lo que siento en verso, quizá con frases, quizá con alguna película, quizá con algún acontecimiento, pero volveré. Mientras esté por aquí, es bueno el síntoma.
Afouteza e corazón.