Silencioso el día,
tiñe con su fulgor las hojas del todavía vacío parque.
Viste de gala a violetas, amapolas y margaritas,
que anuncian el florecimiento, de nuevo, de la vida.
Frío cierzo sacudió tu raquítica sombra, sauce,
pero no llores, deja que este poniente tus lágrimas seque,
que pronto vendrán las primeras gentes,
a forjar sus historias otro año más
bajo tu ahora frondosa sombra,
y a columpiarse bajo tu hercúleo brazo,
quienes todavía no saben narrar.
Los vencejos, acróbatas del firmamento,
díscolos aeroplanos de melodía para el deleite,
afinan su canto y ponen banda sonora
a esta tarde de mayo,
extrañamente conocida y acogedora.
Y con el sonido de las aves,
cierro los ojos y vuelo también yo.
Dejo de sentir mis pies
y de distinguir realidad de ficción.
Se suceden imágenes, melodías escuchadas otrora,
cantadas por gente del pasado que nos dejó,
Y qué vivas suenan ahora.
No puedo evitar desembocar en el mismo mar,
Ya no de dudas, sino de lágrimas perladas,
Que agradecen, aunque demasiado tarde,
Su paso por la Tierra, efímero como la nada.
Me alzo con el objetivo de seguir pensando,
Y tan solo percibo el crujir de la tierra bajo mis zapatos.
Me resulta familiar...
No paraba de escucharlo
cuando llegaron los días largos,
cuando la existencia me aplastó sobre horas fratricidas.
y creí que jamás lograría recuperarme de mis heridas.
Ahora es distinto,
estoy solo, pero así no me siento
pues me acompañan mi negra sombra
y el dulce viento.
De pronto, una ráfaga me sacude,
la naturaleza ante mí se postra y me lanza su aliento.
Me paro, retrocedo, hace que dude,
pero solo por un momento.
El único y necesario para que comience el rumor
de las aguas del tiempo.
Fluye de nuevo mi pensamiento,
me giro, contemplo mis pisadas,
desando mentalmente mis pasos
y me doy de bruces con el banco donde estuve hace nada;
Me invade un sentimiento de pequeñez y soledad.
Veo a las gentes de otras épocas danzar por este este escenario,
Oh, imagen tierna y a la vez atribulada.
El ánimo del pueblo,
pronto vendrá el verano a cocinar con su soflama;
a irradiar risas y no cesar latiendo.
¿Qué más da que los corazones que aquí besaron,
perecieron o lloraron,
donde estos versos escribiendo me hallo,
no prosigan con su ritmo sincopado?
Yo puedo sentirlos, horas después,
ahora que ya cayó la noche.
El aire se enfría, sopla racheado,
acaricia mi piel a golpes,
mientras observo por las calles
cómo aquellos que latieron
Se van a sus pobres catres.
Sin duda llega la hora
de que los que yacen bajo el barro
se erijan sobre los suyos,
y que el viento somero erice la tierra
que por la tarde tuve a bien chafar,
pues mayores huellas fueron las suyas
que ahora forman parte de la eternidad.
Y porte hasta mis oídos
las historias de dicha y lamentos,
ya no latidos, sino suaves respiraciones que oxigenan la oscuridad
y le dan sentido al silencio,
estrépito que irradia misterio.
Se vacían los paseos,
surcan ahora el éter melodías:
se juntan ellos.
Seres errantes siglos atrás.
Para los vivos quede el día,
y reste la noche para los muertos,
que despliega brillantes estrellas,
cegadas durante horas por un sol rubio,
también posiblemente fallecidas ellas,
pero que a mi vista siguen llegando,
y como luceros se yerguen,
revelándome los secretos
que con recelo toda la jornada guardaron.
Despunta el alba y despierto,
ya trinan los pájaros,
ya se sonrojan los campos.
Despierta el corazón del pueblo
de sus sueños acelerado.
Vuelven a su lecho los héroes del lugar,
repliegan los candiles fulgurantes
y domina el astro singular.
Las nubes se disipan con el céfiro...
Pronto comenzará la vida terrenal.
Retornaré a contemplaros estas noches,
A repetir otra velada jovial,
Y examinar vuestras historias,
con alevosía y nocturnidad
cuales revulsivos del resplandor vespertino.
Porque sé que cuando el cielo para mí se apague,
y la oscuridad me tape con su manto,
seré uno más de vosotros.
Para unos fruto de llanto y memoria,
Para los nocturnos, canto e historia.
Y pasaré a brillar para siempre en él,
convertido en un lampo libertino,
Antares de la guerra,
Rival del lustre matutino.