6 de marzo de 2021

Divagaciones vitales. Volumen I.




Light will lead the way, will set you free
As I'm only looking for a little peace
And when the night falls, oh, call on me
Just don't forget to show me some mercy
Shine a light on me
'Cause I was lost at sea
While the waves were dragging me underneath
Searching for some grace
I'll tell you now
If I could hear your voice
How sweet the sound

Mentiría si negase que llevo años escribiendo en privado, en hojas, en agendas, en los reversos de apuntes, en notas del móvil... diariamente, y se ve justo lo contrario en este lugar. Quizá tiene que ver con que muy, muy rara vez coincido, a diferencia de 2016 y 17, pensando y tecleando, y es tanta la vida por vivir, que debe ser poco el tiempo destinado a perfeccionarla y hacerla lírica, con tal de no perder una cita con lo que más te gusta sólo por acicalarte eternamente ante un espejo que no devuelve más de lo que le das. Eso me ha sucedido con la Literatura, pero vuelvo. No sé adónde ni por dónde me llevará lo que plasmo hoy, pero no me importa porque tiene un porqué, tiene un cómo, no importa que ahora no tenga, exactamente, un quién y, desde luego, tiene un cuándo. De eso se va a tratar mi digresión, precisamente. Iréis empezando a no entender por qué incluyo ciertos ejemplos a la par que un párrafo después os los explicaré. Creo que os gustará, si tenéis un rato libre y, aviso, veréis la luz, definitivamente, cuando terminéis la entrada y volváis a la canción de arriba. Buenas noches, y aquí os copio mi transcripción de hoy:
Hablo con muchas personas y, aunque me exceda, escucho y analizo más que digo, porque la Medicina más rápida a corto plazo -el plazo de la vida, ni más ni menos-, es prestar atención, entender, comprender y, si se puede, ayudar. Hay más ingredientes detrás de la compenetración en la psique de un diálogo que de una noche de desfase en el corazón de Ámsterdam. Porque somos una urbe de poco más que cimientos que crecen, se finalizan, se degeneran sin oposición y caen mientras nada de cuyo interior guarda se deteriora gracias a su cobijo. Una urbe que fallece desde que nace con la finalidad de albergar, proteger, acoger y cultivar. Culto... 

Siempre se acaba hablando, con ellas, de la vida. Qué es la vida, qué se produce durante ella, la segunda mayor preocupación, quizá, el amor. La tercera mayor, la muerte. Porque darte cuenta del paso de la vida te lleva a la soledad, y darte cuenta de la quiescencia de la soledad te lleva a teorizar la muerte. Nadie me cree cuando digo que todo es tan sencillo como dos polos, sin más, nada es gris, ni posee matices, todo es blanco y negro, y no puede coexistir a la vez, es excluyente, pero debe poder existir en cualquier momento, bajo cualquier forma, para que el concepto al que aluden sea tangible. Me explico mejor: nadie me cree si digo que la vida es un eclipse. Aquello de lo que nos quejamos por no haber vivido, aquello que vemos precioso, aquello que vivimos todos los días y morimos sin saber que, siquiera por un segundo, lo teníamos delante. Que no sabemos qué tiene que ver con no alcanzar ni a atisbar, en el acto de 'ser', una luz al final del túnel de Guadarrama. Es muy fácil, también pasa con el negro y el blanco. ¿Qué destaca más para ti, una corbata negra sobre un fondo blanco, o la corbata blanca sobre el fondo negro? Vivimos, constantemente, eclipsados porque, al dejar que algo que no viene de cara, que nos da la espalda, y que gira a nuestro alrededor tape momentáneamente lo más fulgurante que existe, que da color, sentido, forma, textura y despliegue al acto de existir, como somos nosotros mismos, nuestro microcosmos y el ambiente en que, en general, nos desarrollamos, nos tornamos personas que convertimos el mundo completo, durante años hasta cegador si se lo desafía cara a cara, en una umbra que no sabemos cuánto durará, y que no podemos acelerar, de igual manera que es tan relativa como que un dedo tapa el Sol para tanta gente como a la que su luz llega y que algo mucho más grande -y bello-, no hablo de la Luna, alguien, si me lee, sabe por dónde tiro ya, puede taparlo igual que un dedo y, sin embargo, bloquear la luz de todos los observadores que lo miren, constantemente, desde la misma posición. ¿No será, al final, cierto, que el Sol nace para todos, pero la sombra es para pocos? Peixoto, Peixoto... me inspiré en ti aquí, y volvemos a recordarnos. Lo mismo para la corbata. Acostumbrados al cielo claro, no podemos ver que el 98% sigue siendo cristalino y debemos presagiar lo peor cuando una nube negra aparece, sin saber que no se originó en nosotros, y seguramente desaparecerá, ya que está de tránsito, por el horizonte. A otro le llegará, o no... tan invisible como fue su creación, puede ser su dilución. ¿No es como un estado mental? ¿Como la vida cuando te encierra? Ojo, que quizá existe un problema por el cual es más llamativo el negro en la pureza, que lo puro en la oscuridad. Quizá, por eso, si alguien me lee, debe entender que su soledad (el segundo motivo vital más importante, tras la vida y ante la muerte siempre) se debe, seguramente, a que pasa por horizontes de muchas personas en su viaje de pequeña nube en un microcosmos soleado, que sólo la ven como un problema, o pasa con tanta velocidad soplada por un céfiro de siroco que nadie repara en ella. Que se convierte en tormento y descarga hasta morir, o que pasa con tanta levedad, que su cantar es lleu. Hablé sobre ello aquí, pero no por el mismo motivo. Quizá haya que esperar a decenas, centenares... de microcosmos por los que surcar hasta que encontremos a aquel donde alguien aprecie las nubes, sus formas, disfrute del sonido de la lluvia tanto como de su oscuridad, porque no es más negra la nube más peligrosa, sino aquella por la cual más luz pasa, y más trae consigo. Cuando aprecien eso, quienquiera que me lea ahora mismo, sepa que lo/la apreciarán, muchísimo. Pero eso sólo te lo dirá alguien imbrífero, como yo. Como digo, esto va de extremos, y no existe la intuición. Existe el conocimiento y la ignorancia, y no se poseen al mismo tiempo; quien te conoce, te quiere. Quien no te conoce, te deja pasar como otro trozo algodonoso más que puebla el cielo. Quien cree intuirte, realmente no te conoce, simplemente tiene la suerte azarosa y teleológica de haber dado con una de tus cualidades, pero no saber cuál tienes más ni cómo se relacionan entre sí. Ha puesto, como un niño pequeño, una pieza del mismo color que parece encajar en un puzzle, y celebra. No sabe que le quedan 998 totalmente distintas y que sólo entendiendo el dibujo entero, con más tiempo pensando que ensamblando, podrá llegar a formar la imagen por sí solo.

Esto era la introducción, yo venía aquí a decir que vivir es, en general, el acto de perder el miedo a la muerte, solemnemente, y su hijo racional, el amor, es el acto de querer morir, en compañía y hasta de forma más consciente, fíjate tú. '¿Usted ya amó como si no hubiese mañana; de aquellos que cuando irrumpen, pierde el miedo a la muerte?'. Lanzarte, partirte las piernas, haya agua o no, descubrir el camino, caer, levantarse, y todas esas estupideces, y acabar aprendiendo que no se puede tener todo, y no todo lo que se puede tener está a nuestro alcance, que pensamos qué decimos, pero no decimos qué pensamos. Me decía una chica con la que estuve, esto fue hace dos años, cortos, finales de 2018, justo antes de que se produjese, si intentaríamos con la misma fuerza las cosas si supiésemos que van a salir -o no- bien. Sencillamente, la cogí del cuello con suavidad y la besé. Esa fue su respuesta. No medié palabra. Los ojos decían sí; la boca, en silencio, gritó: 'por supuesto'. Nadie le dijo que la diferencia es que ninguno sabía por un lado que la piscina tendría agua y, por el otro, que alguna nube la había llenado, que se había quedado allí por algo, y confiaba en haber sido suficiente para crear un clima, un microclima, de amor. Tendría miles de momentos así y, aun sabiendo cómo pueden salir, sólo por la posibilidad, como decía antes, de que todo posible tenga su imposible, seguiría viviéndolos como si tuviese quince años. 

Introducido esto mediante una anécdota, no hay que vivir como una bala perdida, tampoco. Siempre hablo en mis conversaciones del concepto de 'hic et nunc', el 'aquí y ahora'. Sí, vivir es urgente, y no podemos, a secas, 'no vivir', debemos entender que todo lo que tenemos está aquí y ahora, porque lo que estuvo no volverá y lo que está por llegar no es seguro (la vida existe por la dicotomía vida o muerte, no hay intermedios). Por eso debemos, sin más, improvisar, hacerlo lo mejor posible, y saber que se nos acortan los plazos sin, por ello, necesitar correr. Lo dije una vez, en privado, y lo repito en 'público' ahora: en la vida, nunca persigues nada. En todo caso, te alcanza. No buscas, sino encuentras. No persigues la muerte, te llega. No persigues un sueño, se acerca. Todo es estático, sólo gracias a tu manejo del cuándo, cómo, y con quién, consigues que las distancias sean menores. Es pronto para creer esto, pero dame unos párrafos más. Pero, por eso mismo que hay que vivir con urgencia, hay que ver la vida como algo que, también, urge conservar, pues es nuestro único bien. No tenemos dinero, casa, coche, y esas estupideces, tenemos una vida en la que poseemos tales cosas. Se acabó la vida, se acabó todo, porque los sudarios no llevan bolsillos, ni los ataúdes, forros. Es así como uno acaba ganando vida por el mero hecho de partirse las piernas en piscinas vacías, de hacer clavados en plancha desde un trampolín vertiginoso o de tirar sin ver la portería confiando en lo certero del sentimiento de su disparo. Y no sublimando su tiempo -vida- en dinero, hasta que llegue un punto en que, objetivamente, tenga más vida canjeada por dinero, que vida canjeable por dinero. Que sus años sean 70, y tenga 30 ahorrados y 20 por vivir. Hay quien nace con milenios, y dura pocos años. La vida me enseñó que la cantidad de vida con la que partes es inversamente proporcional al empeño que pones por vivirla y, por eso, hay que ser prolijo en lo peor, y frugal en las mejores, para poder seguir construyendo cimientos, que al principio citaba, cuando escasea el material, y no intentar levantar un pináculo faraónico que caiga por su propio peso cuando todo de cuanto se dispone es masa, ladrillo y operarios. 

'No hay que cuestionarse la vida', ¿es eso, pues, lo que se puede llegar a deducir? Muy parecido. Cuestionarse la vida es algo que debemos hacer, que uno debe hacer, cuando está en un peligro. Y el único peligro en la vida es perderla. Por lo demás, cuestionársela es perder el tiempo, perderla lentamente, perder su contenido, porque ésta sólo contiene tiempo, y por extensión, sus hijos racionales: los momentos. No podemos perder vida pensando en ella. Lo diré de otra manera, no puedes vivir queriendo canjearte por dinero, ni pensando qué harás en 20 años cuando se te está escapando el día que tienes que vivir, así durante siete mil más, para que dicho momento llegue. Debes vivir sumando días de forma tan recta posible que, todos juntos, sumen un cimiento indestructible. Vivir, sin más, con lo que viene, toca y tenemos, no es sino lanzarse a por Ítaca con una vela que orientar al viento cambiante. No implica ser un bala perdida, esos son aquellos que no tienen rumbo, que no saben que Ítaca existe, que no saben que el corto plazo se vive para que sus hijos temporales, el medio y el largo, sean posibles, sino que cree que es lo único que existe. En la vida, todo es, está, y existe. Pero nunca a la vez, por eso, lo que fue, es parte de lo que hoy existe, y lo que existe, engendrará, en parte, lo que, en un futuro, a secas estará. Porque no podremos darle una percepción que nos permita decir 'existe' o 'es', que connota un significado vital, sino que alguien podrá decir por nosotros que 'está', que es algo, meramente, de connotación inmaterial. Por eso digo que debemos existir de base, aspirar a ser, y nunca dejarnos estar. 

¿Qué diferencia, pues, el vivir al día de ser esa bala perdida? No sólo conocer que el día a día es el padre de la vida, aunque sea el más joven de los tiempos, y que es un fin, y no un medio, sino también conocer que en la corbata y la camisa, la bala perdida no apunta al blanco, sino que se funde en negro. Y que gracias a haber soportado la lluvia a plomo, así como la velocidad del vértigo, logra impactar en la vida de alguien, como un rayo de una nube muy oscura nacido que, dijo aquél gran poeta, no cesa, pues de toda nube se extrae frío, calor, agua, nada en absoluto, hielo, destrozos, agua de mayo, rayos que destruyen, o rayos de luz que se refractan en plena reflexión interna, y dan lugar a un arcoíris. Es por esto que el arte de saber distinguir todo aquello que 'eclipsa' nuestro Sol, nuestra vida, se llama vivir, y, más precisamente, amar. Y es aquí donde cobra sentido la expresión de vivir eclipsados, de tener muy poca sombra para tanta luz, y de que el amor es producto de la vida.

La vida, no obstante, se tuerce. Claro que lo hace, el cielo, en ocasiones, no te envía estrellas fugaces, ni nubes, a veces tan sólo corrientes, véase otro doble sentido, cambiantes e invisibles que te empujan sin rumbo, a más velocidad de la que puedes o quieres soportar, y buscas facilidades más allá del palo que a tu vela sostiene, o del mapa que tienes de lo que quieres hacer en tu día a día para completar el puzzle una vez toque meterlo en su caja y que nadie sepa, nunca, que se hizo, salvo aquel que compartió la actividad de montar sus cimientos. Alguien pone diez piezas de tu vida, tú pones veinte en otra persona, quizá pusiste cien con otra gran persona... y es por eso que todos nos complementamos, pero no sabemos cuánto, y duele. Todos, repito, buscamos la facilidad fuera de lo que tenemos para vivir, y ahí caemos en un error muy grave: querer hacerle trampas a la vida. Buscar el quién en solitario de forma deshonesta, es hacernos trampas al solitario. Eludir el cómo utilizando cualquier vía, muchas veces ajena a nosotros, o que nos enajena, es preocuparse más por el medio que por el fin. Buscar el cuándo, es no llegar a encontrar el día de uno mismo. Y ese error cometemos, y puede poner fin a nuestra vida tal y como debemos entenderla y, por ende, como dije arriba, constituir motivo suficiente para reflexionarla durante un instante, 'agotarla un poco para no perderla toda; sacrificar un peón para no perder la partida', y redirigirla. Dijo Gurdjieff, y lo cito en ocasiones, que el despertar sucede cuando te percatas de que no sabes dónde estás ni adónde vas. Pretender traer un mapa a tu vida ajeno al tuyo, pretender traer un motor cuando usas una simple y suficiente vela para acelerar todo, traer tripulación que sólo lastra el barco a la larga, o tratar de tirar cohetes que hagan de la noche en vela un día ficticio en que sea pueda ver qué hay más allá de las olas, es engañarse. Cuando el mapa termine y sigas sin saber dónde estás, pero te halles más lejos del punto de partida, cuando el motor se acabe y no te acuerdes de cómo se arriaba la mesana, o cuando el cohete se termine y vuelvas a la oscuridad, y, repito, no puedas traer más de ellos, o generes dependencia hacia los mismos, dejarás de poder navegar, de tener un quién, cuándo y cómo por el que luchar -o mediante el cual- y simplemente tendrás un dónde al cual no llegarás, y un plan de vida que no alcanzarás, porque lo quieres ya, porque todo prometía que llegaría 'ya', pero ese 'todo' no lo generaste tú, se generó en tu interior, y no albergaba corto plazo, sino una sentencia a largo en que por cada click del mechero suena un disparo en tus células hasta que un cáncer las mata, por cada crepitar de un condón abierto sin interés suena el de un fuego que consume la llama de la vida, por cada ítem obtenido sin esfuerzo, se añade un poco más de pendiente en el final de la escabrosa cuesta arriba que supone vivir. Y tantos disparos, llamas y losas te obligan o bien a depender de su daño para sentirte vivo ('I'd rather feel pain, than nothing at all') o bien a dejar de vivir para, meramente, 'estar'. Para quien quiera usarte, consumirte como una llama, o como un producto perecedero -si no vives, qué diferencia hay...-, o añadirse como losa porque 'eres el (o la) que carga losas por placer'. Ojo ahí, que la vida no se pasa de manera fácil, que, repito, sus ingredientes son mayores, pero en menor cantidad, dentro de nuestro feudo que fuera de nuestro fuero, y no se puede meter, en una receta perfecta, nada que no figure en la misma, o conforme la dosis aumente, tal y como el oxígeno te satura y mata, el veneno te bloquea y mata o el cáncer te arrasa y metastatiza, lo terminará por arruinar hasta que tu vida, literalmente, sea una ruina: el cimiento caiga y queden, al descubierto, las obras, preciosas, que quiso albergar construyendo de cualquier manera un techo voluble y unas paredes de papel, cual castillo en el aire, y que ahora se pudren también con el paso del tiempo: el corazón de uno mismo. 

Quiero añadir que la vida son tantos minutos como un partido de fútbol, si alguien lo sigue. Tantas edades tenemos (primera, segunda, tercera y me permito la cuarta, porque uno se prepara para la muerte más que para su propio declive) como un partido de baloncesto. Y así todo. Y si tienes, tú también, mi edad, verás que estás ya en la mitad del primer tiempo de este partido de fútbol. En tu minuto 20 y pico. Acabas de terminar ya el primer cuarto del baloncesto. Unas jugadas más, y te plantas en el gran descanso del ecuador de tu vida, la crisis de los 'cuarenta y...'. ¿Es esto pesimista? No. Ni medio carajo. Al revés, ¿qué es la mitad de una parte, cuando ésta es la mitad de todo el partido? ¿Qué es el final del primer cuarto, cuando tienes otros tres por delante? Nada, el miedo a la palabra 'mitad' (porque pasa la primera, y llega la última) y, la decía hace unos segundos, 'final'. Porque indica que algo acaba, pero es que un día no sería, si otro no le hubiese dado. Como estudios, personas: los hijos del tiempo, coño, los momentos. No estaba dando puntadas sin hilo si hablaba de esto al principio, pero escribir es el arte de juntar letras que, por acreción, cobren sentido conforme pasen las páginas, y sean racionalizadas por quien las lee a fin de aplicárselas, y no de sugestionarlo. Y esa edad joven de la que hablo, que no es sino 'el comienzo del final', 'o el inicio de la última mitad', es la edad de, en el campo, saltar fresco, tantear el mundo que no son sino rivales que aparecen hasta que llegas a la portería rival con todo un equipo, mayor o menor, detrás, que también tiene la suya donde anotar, por algo hablamos de 'metas vitales' y 'personales'. Es la edad de hacer esos sprints, esos disparos, esos tanteos, cometer esos riesgos, imprecisiones... que no podrás cuando el partido avance, porque fuerzas o resultado, quizá, no acompañarán. Pero ESTO, NO PUEDE SER, NI DEBE, interpretarse como una excusa para pedir que el balón se nos deshinche, el campo nos sea acortado, otro corra por nosotros, que expulsen a algún rivla que nos impide vivir a todo trapo -que no al día- en un juego 'box to box' en que acabas enjaulado, o coger amarillos a costa de sacar una tarjeta homónima preventivamente a todo aquello que nos presiona en nuestra propia área. Porque, aquello que pretendemos conseguir expulsando nuestros miedos, ansiedades o dudas de fe, es, precisamente, lo que más falta nos hace. No. La vida así está hecha para que puedas sentir curiosidad, arriesgar, lanzar más tiros, subir más veces el campo, y que el deporte de vivir te dé una lección, que un día lances un triple y ganes o fuerces otro partido más, pero al siguiente pidas tiempo muerto, y lo mates con salidas fáciles ante la dificultad de vivir, o bien te roben la posesión, o entres con ilusión a una canasta o meta ajena y un tapón o una segada de aquello que no viste venir -porque no sabes dónde estás ni hacia dónde vas-, te impidan disparar. Que la bocina de una noche decida el futuro de toda una serie de play-off, de aspiraciones en la liga de la vida. Que subir la banda acabe en una internada en una persona y aciertes, o bien que te coja la espalda, te robe la pelota, y no puedas evitar encajar una decepción. Todo eso, vívase en estos minutos. Y evítese cuando nos pesen los huesos y no podamos sino trotar, pero no hacia la meta, que se acerca a nosotros, no nosotros a ella, sino por no pararnos porque, en el equilibrio, reside la muerte. Después de todo este hercúleo esfuerzo, creo que huelga decir que no es legal, no es moral, reclamar al árbitro que nos proporcione el dónde y el adónde. No es legal dopar jugadores. No es legal abandonar. Y no es legal fingir para conseguir. 

A cada gol en contra, esto debéis saberlo, se saca desde el centro, y ya se tiene medio camino hecho para llegar al destino, aunque vengamos de los abismos del campo. Esa es la gracia de la vida. Cagarla y empezar desde el mismo punto, porque no pasa nada. Has aprendido qué no debes repetir y vuelves a comenzar desde el mismo punto una jugada que, por otro derrotero, saldrá mejor. A cada mate en nuestra cara, a cada tapón en nuestra carrera, debemos hacerle la precisa pizarra táctica de ser IMPREDECIBLES. Aquí y ahora. ¿Entendéis, ahora, el porqué del 'hic et nunc'? Lo amplío: tú no sabes dónde ni adónde. ¿Correcto? Forma parte del despertar, hemos acordado. Si nadie sabe cómo, con quién ni por qué juegas (¿tiene motivo la vida?), ¿qué importa lo primero? ¿Qué importa no verlas venir, si lo único que diferencia a todos nacer y morir en el mismo sitio es hacerlo en momentos, de modos y con personas diferentes? Por eso, hay que seguir el propio camino, el propio microcosmos, el propio plan y, desde luego, improvisar. Si la vida se reserva sorprender por no revelar por dónde vendrá para llevarte a qué lugar, resérvate sorprenderla no revelando cómo llegarás allí ni a quiénes tendrá que llevar contigo. El fútbol bonito está bien. Y no creas que no flipa hacer las mejores jugadas y partidos en nuestras cabezas, todos sabemos qué debe tener todo gran jugador y entrenador. ¿Pero si todos lo concebimos igual, no empataríamos siempre? ¿No nos leeríamos las jugadas? Es aquel que improvisa e inventa quien sorprende, y se lleva la pelota a casa como bonito recuerdo de vida. Por eso, del hat-trick, los balones y demás, permitidme una última deportiva, y vuelvo al cauce: 

SÓLO HAY UN ERROR. Y ese error es abandonarlo. Malas decisiones hay incluso más que buenas, y sólo lo sabemos cuando llegamos a un dónde o a tomar una dirección que no reconocemos. Pero malas, sólo el abandono. Porque ya puedes ir perdiendo... 2-8, digamos, que el único partido que se termina sabiendo que se ha perdido, y sin tan siquiera haber metido un gol, es aquel que se abandona. 0-3. Intrascendente, hat-trick en contra, y se llevan tu balón. Éso sí es hacer un cero. No tener cómo, dónde, porqués, con quiénes, ni cuándo. No quererlos. Y, permitidme que lo diga, dopar jugadores, exigir expulsiones, vivir partidos paralelos, soñar jugadas mientras no eres dueño del balón o evadirte de la grada, no es, sino, ir pensando que un 0-3 cansa menos, es más rápido y abulta menos que un 2-8, aunque este último termine con dos éxitos, al menos, cosechados. Dos éxitos celebrados, disfrutados. Aunque sólo fuesen dos. 

¿Y qué es disfrutar? Disfrutar es todo. Saber que ocupar un lugar tan privilegiado y posiblemente solitario en el Universo, convierte a una única persona en compañía por el mero hecho de 'estar', siquiera. Es, sin tener por qué pensar motivos para ello, tomar el Sol en la hierba, recibir su calor, mientras el aire acaricia el césped, todas sus briznas, y te devuelve un olor fresco, a libertad, que explica por qué Walt Whitman escribió una obra de arte poética con el mero título de 'Hojas de Hierba', y que diferencia 'vivir' de 'sobrevivir' por el hecho de que hay quienes viven las penurias sobre el fresco pasto sólo por el olor que devuelve y el frescor que produce, y hay quienes sólo pueden atravesarlas quemándolo para entrar en un trance que le permita abrir sus sentidos de manera similar porque no han sabido encontrar la esencia, del latín 'ser' (esse) de lo que tienen delante. 'Joy of life... is right behind your eyes'. También disfrutar es escuchar la lluvia cualquier noche, porque pese al barro que trae, sólo importa su sonido hasta tal punto que al día siguiente es una bendición limpiar la tierra que cubre todas las barandillas, los coches y el suelo con la calma que te imbuyó oírla caer. ¿Qué mejor picor hay que el de la sarna con gusto en esta vida? Más, seguro. Porque disfrutar también es coger cualquier deporte, cualquier afición, cualquier temática, y esperpentizarla. Jugar al ajedrez sin tener ni idea, al fútbol aunque no chutes ni al córner, al baloncesto aunque no llegues ni a canasta desde el tiro libre, o tocar un piano que pide la sordina a gritos, un ukelele que suena a réquiem, un postre que sabe tanto a risa como, quizá, a caduco. Porque aquí no es el adónde vas, ni cómo lo haces, repito, sino cuándo, cuánto, cómo y con quién eres feliz. LA FELICIDAD. Esa sensación que se posa por un instante, hace ver que está, y se traslada con tanta velocidad que jamás puedes atraparla, porque sería como enjaular a un pájaro que muriese entre barrotes sin voz. Esa sensación que dura porque se deja en cantidad suficiente como para que vivir no deba ser racionalizado durante centenares de 'días a días'. Si uso el fútbol es porque, a alguien, le sonará más y mejor aquello de 'partido a partido'... Pues eso, que el entrenador más reservado del fútbol, menos 'bala perdida', es el que más vive a partido único. Me vais cogiendo... Y disfrutar es felicidad, y ambas son, también, perderse con la letra de una canción casi autobiográfica, en el tempo de un riff de guitarra, una base de trap que se rompe en swing, un solo que parece acompañarte, o incluso el hecho de saber que, esto es lo más importante, y por ello lo dejo para el FINAL, que es bonito siempre, en algún momento dejarás de ser consciente de todo esto, sin saberlo, y -aun así-, quieres seguir viviéndolo, mirándolo, sintiéndolo, como quien conoce que suspenderá un examen sin importar qué haga y elige, en lugar de intentar buscar las trampas posibles para agarrarse a un clavo ardiendo, o no hacer nada esperando a que llegue la estocada, simplemente seguir estudiando, ávidamente, sus apuntes, leyendo, aprendiendo y sintiéndose útil, para caer con la cabeza bien alta, porque está aprendiendo el oficio de vivir, y no está trabajándoselo la vida. Y es mucho más, ¿eh? Es saber que te partirás las piernas, pero te crecerán alas. Que caerás al suelo, pero que en el cosmos no existe el dónde ni el hacia dónde -literalmente, se llama isotropía cuántica-, así que puedes estar en la cresta y en el valle a la vez, que caer hacia arriba, a nadie le importa y, si me apuras, si hablamos del microcosmos, nadie se entera. Y finalizo ya casi, también es saber que no sabes. Que eres feliz no sabiendo. Y no sabes que eres feliz. Y no sabes que eres, por ende, feliz por no saber. Y no sabes porque tanta vitalidad te lleva a abrazar con tal fuerza a tu microcosmos que reduces tu Universo a un sistema muy pequeño, y tu mundo a un invernadero de luz, calor y raíces tan estrechamente conectadas que su riqueza es su vida. 

Por eso la felicidad, el disfruta, la vida, son amaneceres. Ver tu Sol (por algo lo usé de ejemplo en el eclipse y la oscuridad, lo repetí en la noche que queremos evitar con artificiales fuegos, y no al revés...) nacer cuando todos están muertos, en el sentido figurado de la palabra. Y verlo también morir porque acompañas en la vida los días hasta darle la mano a la muerte en esta partida y firmar tablas tras ochenta repeticiones exactas del mismo movimiento, vuelves a la misma caja que todas las piezas y felicitas el desempeño. Todos ven morir su Sol, todos ven el Sol ponerse en la Tierra, pero pocos sabemos (la sombra es para pocos, ¿no dije eso arriba?, mientras que su luz, para todos), cuál fue su recorrido, hacia dónde y desde dónde, del este hacia el oeste. Y a colación de los tamaños para eclipsarnos, tenemos la propiedad de hacernos grandes... si queremos. Disfruta de subir a lo más alto que puedas para ver todo lo enorme pequeño, y todo lo pequeño que eres como lo más grande que existe, y tener que desandar lo indecible que has andado sintiéndote minúsculo dentro de ese largo camino, que tan corto parecía de lejos, para volver a ser, de nuevo, enorme dentro de lo que antes no alcanzabas a ver, una pequeña casa más de muchas, en un círculo pequeño que, sin embargo, forma toda tu vida: el microcosmos. Todo esto te ayudará a relativizar los tamaños en la vida, la dimensión según desde dónde se lo mire, del eclipse, del camino a recorrer y de los obstáculos a sortear. Eso mismo, con personas, es decir, ser lo más pequeño en la grandeza de un mundo caníbal, y lo más grande, a la vez, para una de esas pequeñas personitas que hacen grande al mundo moralmente apocado, es lo que se llama 'microcosmos'. Ya tenéis el porqué de haberlo mencionado tantísimas veces a lo largo de estos párrafos.

Y, finalmente, disfrutar, vivir y ser feliz, es todo aquello que tú mismo quieras, como el crepitar, pero de la leña, su olor, pisar la nieve, un primer beso, un enésimo beso, el último beso si me apuras, la curiosidad del primer día, la del último, el atrevimiento, el momento antes de impactar con el suelo o el agua -por algo os contaba esa anécdota con aquella chica...-, el instante en que pasas de querer morir a saber que vas a dormirte. Y lo es mientras lo SIENTAS y lo QUIERAS. Así sea que quieras -o sientas que debes-, llorar, andar, reír, oler, escrutar, crear un hilo hasta tejer tu propia telaraña, querer con aplomo a pesar de que sólo el corcho flota cuando el barco donde todos te abandonan se hunde... Todo. Todo eso es vivir, sólo si te atreves. ¿Estás vivo/a? ¿Qué te gusta? ¿Qué te falta de la péntada previa? Ve por ello, en cuanto no tengas ni puta idea, porque sin saber dónde, acabarás encontrando el porqué, el cómo, el cuándo y, quizá, hasta el con quién. 

EPÍLOGO

Y para quien se pregunte por la depresión, he hablado de los polos opuestos como necesarios para que las definiciones tengan sentido, porque no existe depresión si no hay valle previo, con picos y mesetas que lo circunden. Y para la muerte, no puede haberla sin vida. Y para todo, no existe nada, si no tienes su idea opuesta. Piénsalo, parece estúpido, pero es cierto eso que dije cuando no sabías todavía por qué, de que no existe el gris, sino negro o blanco de forma excluyente, y el gris es producto de la confusión exitosa. Por ende, no se tiene nada en esta vida, ni en el sudario, dije, había bolsillos ni, en el ataúd, forros. Pero, sin embargo, todo cuanto tenemos, repetía, es la vida. Y lo único, por ende, que podemos perder, es la misma. Porque todo lo que tenemos en ella le pertenece; se acaba la vida, se acaba todo. Y nunca se sabrá una cosa: podemos ganar de todo, menos vida. Por eso tendrás más vida canjeada que canjeable, y estarás muerto en ella. Por eso, quizá es todo cuanto hay que retener sin ahorrar, y a la vez, no nos debe preocupar no tenerlo y aun así, sí poder perderlo. La vida. Eres algo más pobre que hace media hora. Pero más rico de lo que fuiste durante 14700 millones de años en los que yacías en algún punto del Universo en forma de hidrógeno, y de lo que serás durante tantos años como los vivos desconocerán. 

¿Por qué no escribo, tampoco, de muerte? Porque vivo. Teorizar sobre lo que se desconoce, sin pruebas, es titubear, es hacer de la ciencia de vivir, una pseudociencia que deba comprobarse a sí misma. ¿Y quién es el guapo que pruebe cómo es la muerte sin querer dejar de vivir, cuando hemos dicho que son opuestos excluyentes? Yo no. Ni por guapo, ni por valiente, porque de ellos está lleno el cementerio. Simplemente, lee este pequeño inicio de capítulo y añádele un 'no'. Como ya sabrás de sobra si has llegado al final, en la vida de grises que vivimos, todo es gris por la mezcla de blancos y negros que no razonamos, por lo que, si he hablado de la vida en su más puro significado, si le añades la negativa a todo cuanto estoy diciendo, obtienes la muerte. He hecho dos textos sólo con escribir esta frase. Por ello, morir en vida es poner un NO a todo mientras seas consciente de que 'existes'. No lo haré, no quiero intentarlo, no quiero ser consciente, no puedo con esto, no deseo vivir la realidad, no quiero fracasar... Y por eso dije que abandonar el partido es la peor decisión, pero no muy lejos está la de hacerse trampas al solitario. Porque así se empieza a bajar los brazos en el terreno de juego llamado cosmos. 

La semana que viene, mucho más. Por hoy, queda esta reseña de pizarra que hago mostrando mi jugada ejecutada durante estos meses, quizá años como veréis, que he desaparecido. Desde luego, no teorizando con lo que jamás jugué o lo que deseé y no pude. Preguntadle a quienes me acompañaron en el campo, que os contarán cómo me vieron con la lengua de fuera pelear la vida en esos días a días que, a largo plazo, me llevan a poder seguir viviéndolos hoy mismo. 

Ensayo, fallo. Luego acierto. 
Vivo, muero. (Ka mate, ka ora). Luego triunfo.

- 05/03/2021 - 03.05AM. - FJCB.

P.S.: Si eres nuevo en esto y quieres ver cómo una persona pasa de querer morir a abrazar la vida hasta en dos ocasiones, lee 2016 y compara con 2017, y lee 2019 y compara con 2021. De TODO se sale. Pero creo que esto nadie lo leerá: leed Crystal Express, Simbora!, Tempus Fugit, Under Oath, Ansiedad, Realidad, y Vivo (todo lo que publiqué este mes, pero de 2017) y coged munición para esta ráfaga de metralla llamada 'vida'. Todo cuanto fundamenta lo que soy actualmente nació ese mes, y sigo aquí, 48 después. El día 10 desclasificaré nuevos poemas. Hasta entonces.

No hay comentarios:

Publicar un comentario