No estaba siendo mi mejor día, aunque sí de los más productivos. Entrenar, comprar unos regalos, pasar unos pocos apuntes, leer una partitura... vamos, típica mañana que rellenar. Una siesta, conversaciones puntuales, un poco de fútbol por aquí, un poco de risas por allá... Lo que constituye un día feliz y, por tanto, normal para mí. La noche me ha llevado, por rebote, al pasado. Hoy escribía una carta que irá a muy lejos, y me ha dado por pensar en cartas que escribí en un pasado. Hoy escuchaba a Skoog tras tanto tiempo, y me ha dado por pensar la primera vez que me lo puse, mayo de 2017. Y hoy encontraba fotos de mis abuelos, fechadas en los 50, en Palma, en Pisa, en Valencia, justo por donde paseaba hace unos días... Y me ha dado por hacer el triplete, el hat-trick. Buscar la 'caja de los recuerdos', abrir Spotify y ponerme a Skoog y, sorpresa, no ponerme a mirar fotos, pero sí que, de la nada, me contactase un familiar lejano de otro país a pasarme sus datos sobre esa rama familiar. Me ha parecido recordar que ayer escribía eso de que la vida te podía cambiar en un instante de la nada, y me gustaría profundizar. No tengo gran cosa que hacer, me reservo para las próximas noches y quiero tener un tiempo para seguir creciendo anímicamente.
Y he visto que entre unas fotos familiares, una caja de recuerdos personales y una pieza musical, hay un vínculo en común tremendamente grande como es el amor, y sobre el que no suelo hablar directamente. A veces porque no lo siento, otras tantas porque pienso que es una de las dimensiones más íntimas de la persona y sólo pueden entenderlo quienes lo viven. En todo caso, esta vez es porque ronda mi mente de forma difusa, pero estoy en una etapa muchísimo anterior a todo ello, que ya me queda lejano en el tiempo y que sólo dos personas han recibido por mi parte; estoy, pues, un peldaño por debajo, pero sintiendo el vértigo de todos los subidos. No me extiendo en esto. Al grano: el vínculo común. El amor, pero, ante todo, las historias de la vida. La disección que quiero hacer hoy, igual que ya describí la anatomía de mi semana ayer, cuando ni tan siquiera había acabado, porque me nacía.
He cogido esa foto, mis abuelos, con mi padre. Mis abuelos, por Alameda. Mis abuelos y tíos, sin mi padre todavía, en Palma. He leído, con avidez, al señor francés que me iba pasando datos y datos sin acabar, un señor que, justo el día en que, hace poco más de dos meses, casi fallece mi padre y puedo decir, con total orgullo, que salvarlo fue la mejor oportunidad que me ha dado el destino de estar en el tiempo y el lugar correcto, y que ya pagué la deuda de que me diesen la vida, restaurando la de quien lo hizo, tuvo a bien escribirme. Van saliendo datos, familiares, se suben generaciones, siglos, lugares, surgen partidas de la Guerra Civil, y pienso en la teleología, en lo fácil que es dar lugar a la vida, pero lo enormemente difícil que ha sido que nos juntemos el que escribe esto y quien lo esté leyendo ahora mismo, para compartirlo. Cuánta gente ha tenido que fallecer, pelear, ser y, por desgracia, y recordad esto: 'no ser', para que estemos aquí. Veo las imágenes, pienso en las de cuánta gente seguiré estando, habré aparecido, queriéndolo o sin quererlo, pienso en cuánta gente nos ha ido dejando, voy tapando con tristeza caras de quienes nos fueron dejando, hasta que en algunas imágenes no quedan, ni tan siquiera, supervivientes. Las fotos nunca dejarán de parecerme preciosas; son un arma dolorosa, porque te recuerda la gente a la que quieres, querías, quisiste, nunca a la que querrás, y todos los momentos buenos que sucedieron o podrían haber sucedido, pero nunca los que suceden, o sucederán. Quizá porque es lo único inmortal que existe, y cambiaríamos que éstas no existiesen, para que siguiesen haciéndolo quienes en ellas aparecen. Quizá porque te recuerdan que en un futuro tú serás el objeto de recuerdo de cualquiera cuando vea tu foto, quizá en un futuro tú fallecerás y serás inmortal sólo en un papel. Pero ese arma también es de doble filo, por otra parte te da la vida a ti, y al resto, te 'mortalizan' en días en los que, simplemente, no estás. Te ponen los pies en el suelo. Me meto en la imagen, mi abuela, ya hace cinco años fallecida en un día en que se pudo despedir de mí, sin que nadie lo esperase, recordándome lo grande, mayor y guapo (abuela, aquí te equivocabas, pero te sigo queriendo igual, o más) que estaba, aquella que todavía dejó cálida y húmeda mi mejilla derecha tras su último beso, y sonríe ahí, feliz, sujetando a mi padre. Y sigue sonriendo en otras fotos en su casa, que consiguió tras 50 años de trabajo, y habiendo venido de una cueva, justo al lado de donde yo ahora estudio Medicina. Y veo una foto de ellos sonrientes al llegar a Valencia, paseando por la Alameda sobre la que yo corría sin preocupación hoy, justo al llegar, sobre los cincuenta, mientras sonreían, cuando, sin dinero ni pertenencias, tras la Guerra, decidieron que se mudarían al sitio al que llevase el próximo tren que saliese. Y tocó Valencia. Después vendría el de Madrid, y por eso estoy aquí. Y vi a mi tío, el mayor, el que nos dejó, dentro de tres semanas hará tres años. El pequeñín que bautiza a mi padre, que pelea con mi otro tío, que sale construyendo el Mestalla, y que un día pasó de decir 'te quiero' y 'te has hecho todo un hombre' cuando fui a verlo al hospital por una insignificante complicación y a los dos días fui el primero en verlo fallecer, pensando que ahí dentro estaban, sin locutor, ya sin sentido y ya, precisamente, sin nadie que pudiese vivirlas, ni contarlas, setenta años de vivencias únicas, irrepetibles, que ahora sólo hablaban en fotos. Años y años de niño llevándome a pasear al río, comprándome juguetes y enseñándome el deporte del atletismo ya estaban en imágenes, en mi memoria y en todo cuanto había hecho de mí. Yo llevaba su legado.
Y pienso en la primera reflexión de la noche. Todo cuanto estuvo vivo se puede relacionar con la vida, aunque no la tenga. Y a veces, recordar lo inerte te la puede llegar a devolver. Me siento mal a ratos, ¿qué motivos tengo? Voy a coger las fotos y a salir de dudas. ¿Estudio? Sí. Mis tíos no pudieron, mis abuelos tampoco, mis padres... por poco. Y han seguido adelante, y han tenido grandes trabajos, y han sido felices; y han soñado con tener lo que yo creo una pesadilla. ¿Tengo techo? Sí. Mi familia no pudo tenerlo al llegar, durmió al lado de donde hoy estudio. Sí, su escuela era la calle y su casa el lugar que a día de hoy constituye mi escuela. ¿Tengo motivos para correr? Mientras lo hago por la Alameda, pienso en que, sin nada, mi familia andaba por allí. Días antes, había sido pasto de una inundación que dejó centenares de muertos. ¿Qué importaba la pobreza? La muerte no discrimina entre rico y pobre, sí lo hace la suerte. ¿Tengo motivos para desechar la vida y, mucho menos, hacerlo porque no haya nadie? Aquel que meses atrás jugaba con uno de los bebés de la familia no tenía pareja, posaba, mirando a cámara (ahora, parece que me mira a mí, invitándome a vivir) con su mejor sonrisa, seguía tirando, no se preguntaba por qué, para qué o para quién. Tres meses después moriría. Extraigo otra reflexión, pero no a colación de esto, sino de lo que viene, quizá mi mayor apertura desde que recuerde: cuando pienses que no tengas nada, cero, te encuentres sin fondos: juégatelo todo. Hipoteca tu vida. Invierte; en personas, en gente, en un proyecto. ¿Cuántas veces has creído que eras demasiado poco para cualquiera, o que no tenías suficientes fuerzas para comenzar algo, lo que fuese, y realmente la otra persona ha pensado lo mismo que tú, o te has dado cuenta de que, quizá, lo otro -lo que fuese- no te quedaba tan grande? ¿Cuántas veces, por no ser feliz, te has negado la razón de tu felicidad? La clave reside en invertir. Si tienes cero felicidad, ganas, recursos emocionales, da lo que no tienes, métete si ves que el riesgo es casi tan grande como el beneficio aunque las probabilidades de conseguirlo sean bajas, aunque parezca que no obtienes rédito, que te mina, que no llegas... cuando lo haga recibirás lo dado y todos sus múltiplos, todos sus intereses. La única forma de ganar es dando lo que no se tiene a cambio de que el tiempo haga el resto: invirtiendo. ¿Cuántas veces has creído que estabas mal, y has seguido tirando, sin fuerzas ni ganas, y has triunfado? Invertiste en un fondo perdido y resulta que acabó dando sus frutos. ¿Cuántas veces has dado algo por muerto, ha cambiado el panorama y ha revivido? Invertiste en un fondo perdido y acabaste recogiendo tu inversión y todos los beneficios que te reportó la otra parte, y que tú le reportaste. Ahora, pasemos a la imagen. ¿No invertían en vida aquellos que, sin dinero, se lanzaron a un tren y a tener a sus hijos y, ahora, honrando su memoria, sus nietos y biznietos? ¿No invertía en vida aquel que, con cero de pareja y cero de ganas de vivirla, seguía sonriendo para hacer feliz a los niños, dejar toneladas de recuerdos y, ahora mismo, lágrimas en los ojos de sus sobrinos cuando lo recuerdan, y años y años de felicidad e infancia? ¿No invertían en vida aquellos que, con cero dinero, techo e integración, a día de hoy han dejado estabilidad, techo, comida y vida a sus hijos y han hecho que sus nietos puedan disfrutar de todo lo que les faltó? Ellos no pudieron disfrutar de nada, pero hipotecaron su vida y lo que no pudieron disfrutar para, medio siglo después, fallecer disfrutando mientras veían cómo, gracias a esa inversión, las siguientes generaciones sí que pudieron gozarlo. ¿Y qué gozo hay mayor que el de quien puede ver a quien quiere triunfar con él? Pasemos a otra. Pasemos a lo que más me hubiese costado recordar en un pasado, sobre lo que nunca quise escribir directamente, sobre lo que hace diez meses que no cogía, releía o revivía, lo inédito, el Fran sin explícito, al desnudo. Pasemos al verdadero núcleo duro.
El segundo elemento de la noche. La 'caja de los recuerdos'. Allá donde fue a parar todo lo que sucedió entre noviembre de 2016 y diciembre de 2017. Trece meses. Un primer texto en la revista de Medicina, sin que yo supiese que llevaba destinatario, tras el que hay la semilla de una tierra baldía. Un primer poema. Una felicitación por mi 19 cumpleaños, tras la cual se adjuntaba una foto de la Nit del Foc, una carta por mi 19 cumpleaños, dentro de la cual iba un libro, otra del 8 de abril, de la que sólo recuerdo el beso que la precedió, y del 11, y del 15, del 19, del 21, de los que ya me acuerdo menos, por no decir nada... y otra del 21 de mayo, y otra del 26, donde va un aniversario, donde se pide una mano, y del 15 de junio, y del 1 de agosto, y del 25 al 30 de julio, un libro de León Felipe dedicado a un mes sin vernos, con un poema por día, una Vía Láctea, un biombo de Benjamin Lacombe a acuarela para cubrir una casa dentro de la cual habitan los recuerdos de una persona huérfana, Le Petit Prince, confesiones, palabras dichas sin decir, una foto con '1 de mayo' al dorso, una carta fechada en el 4 de junio, dentro de un marco en el que salimos ambos, pintados al óleo, antes de hacer una PAU donde mi mayor motivación fue compartir sitio y tras la cual ahora puedo decir que son un 17% médico. Una cena mirando hacia el río y Serranos. Una partida al F1 2006. Al The Stanley Parable. Un atardecer en Nàquera. Correr 10 kilómetros de punta a punta de la ciudad por desearle suerte, y verla. Un castillo. Una piscina iluminada. Un dúo de 'Hay Amores', de Shakira, a guitarra. Una noche entera viendo las estrellas, al raso. Una tarde cuidando de la otra persona, enferma, mientras leo a Borges, y se duerme en brazos ('porque en noches como esta...', y ya cada uno que lo siga). Y días de arrimar el hombro para que sirva de pañuelo. Días de consolar. Noches de sentarse en cualquier sitio para que la otra parte pueda desahogarse. Tardes de explorar la montaña. Noches en las que el día parece querer correr más de la cuenta para que se acaben. Días de seminarios en los que diez minutos de llamada valen más que dos horas de lección. Días de tener el molde de sus labios sobre los tuyos y, a la vez, extrañar la sensación. Una imagen revelada, agujereada por la cantidad de sitios distintos en los que se colgó de una chincheta, una pareja, en familia, celebrando un cumpleaños, una sonrisa que esbozo, en plena tristeza, en un día malo, sólo porque en el futuro eso se pueda recordar por la otra persona positivamente cuando la coja, como un gran día, cuando se tome ese recuerdo, inmortal, como cualquiera lo hará cuando yo falte, un señor de camisa negra tomando por la cintura a una persona de vestido azul, mientras sonríe ajeno a todo. Una foto en una piscina, mientras diluvia, después de ponerme un bañador y lanzarme, sin pensarlo al agua, tras haber estado una tarde en la cama llorando por no ser feliz y haberme dado cuenta que la razón de mi felicidad estaba sin mí, y que tampoco estaba siéndolo por mi culpa. Una foto, no sé quién la tomaría, en un balancín, abrazados, torrado después de pasarme una noche preparando regalos, después de haber subido del chapuzón bajo el diluvio, todo lo que sucedió por haber invertido en pasar una tarde en compañía aunque mis ganas ascendían a cero. Una foto en una convivencia, en Alborache, data del 23 de septiembre. Un dúo a capela cantando el 'Cielito Lindo'. Que la vida va de eso: canta y no llores. Una carta del 19 de septiembre, otra del 19 de octubre. Una caja de música que toca el Danubio Azul, símbolo del amor para los húngaros, y un libro de Astronomía en checoslovaco dentro del cual una perfecta caligrafía me invita a volver allá, pero en compañía, a ver un Danubio Azul. Un par de fotos. Una carta de ruptura que lancé al mar y que tiene la banda sonora de Waves from a distance, el libro de Opus Nigrum... Palabras que vuelan, se las lleva el viento, pero a veces el viento vuelve a soplar a cau d'orella.
Quien haya llegado hasta aquí dirá: 'no la has superado'. 'La quieres'. 'Ha pasado tiempo, y ahora lo sacas a relucir'. Quien haya llegado hasta aquí no entiende nada. Todo ha sido un juego, y me gusta que hayáis caído. No se sabe que acabo de revelar el contenido de la caja, pero no el continente. No he modalizado, no he dicho 'la quiero', 'lo quiero', 'lo recuerdo con añoranza'. No he hecho juicios de valor. Sólo he expuesto. Lo único que importa de todo eso es dónde están contenidos, y no, no es la caja. Es mi capacidad de querer. Esa caja no encierra una relación. No encierra un año de mi vida. Me encierra a mí. Encierra mi capacidad de querer, y haber amado, y mi aprendizaje de todo ello mismo. Encierra los momentos que ya pasaron y las emociones que recuerdo (sin recordar a la otra persona) porque lo que ha quedado de todo ello y, por tanto, es la esencia de este escrito, es la capacidad de querer. No ha muerto. No se ha desaprendido. Volved a los primeros párrafos. Lo he puesto en una negrita: 'cuánta gente ha tenido que no-ser para que estemos aquí'. Sí, muchos de nosotros estamos aquí porque otras relaciones fracasaron, pero no lo hizo la capacidad de amar, y ésta venció, prevaleció y fruto de la misma surgimos nosotros. Esto ha tenido que suceder para enseñarme la lección del querer, no olvidarla jamás, y ponerla en práctica con la persona que sí haya de ser. No, no añoro ni echo en falta a la persona, ni al momento, esto no es, como diría El Principito, una rosa que quiero por el tiempo que pasé con ella más que por su condición. No. Sólo recuerdo, y me recuerdo, que sigo siendo capaz de repetir, de que, a riesgo de volver a joderla, soy incapaz de aprender nada, ni tan siquiera a comedirme, a 'mesurarme', a ir con cautela, a que otra persona pague ningún plato roto. Vamos, que volvería a repetir todo esto, ¡y más! Todo acabó mal, incluso por parte ajena se quiso volver a juntar (¡Por Dios, no!), otros me pidieron perdón, al final me llevé bien con todas las partes... no guardo odio, ni rencor, todo fue como debió ser para que yo esté aquí tan curtido en esto.
No es añoranza, es pararme, recordar esos momentos y ver que he aprendido tanto que por eso no he querido aprender nada, y he seguido conservando la capacidad de hacer locuras dentro de la cordura por alguien, y no ya de invertir, sino de doblar la apuesta JAJAJA, de volver a coger una guitarra y cantar, de volver a pagar 100 euros por ver la Vía Láctea dos noches desde el mejor de los sitios, de volver a correr hasta Dios sepa dónde por ver en un momento crucial a la otra persona, de subir hasta el monte más alto para contemplar las vistas, de madrugar para ver a un día nacer y ponerse, de volver a coger una pluma o un bolígrafo y escribir un poema que ahora estará en un cajón ajeno, sin copia, a título póstumo, de hacerme una foto que quede para siempre, de ponerme un bañador en plena tormenta y salir a nadar, de estar tan muerto que me caiga en un balancín a modo de almohada, de ser un pilar sobre el que se pueden apoyar, y llorar, de ser útil para la otra persona, de ayudarla a salir de una depresión, aunque se me pague, precisamente, dejándoseme. Y quiero extraer la cuarta reflexión de la noche: y de volver a ser capaz de sentirme vivo y 'dador' de vida, y -ante todo- la capacidad de ser distinto para cada persona. De hacer esto con una, y esto y mucho más con cualquier otra, de tener la capacidad de seguir innovando más, y sorprendiendo más, yendo a sitios nuevos, con rutas nuevas, viajes nuevos, con estudios nuevos, momentos nuevos, actividades nuevas, letras nuevas, sorpresas nuevas... y siendo distinto con todas las personas que conozco, con todas a las que tengo afecto, las que tengo cariño, las que puedo querer y las que, seguro, alguna que otra más, algún día, querré, de igual manera que siempre soy igual con todos, pero me adapto a las personas y les dejo ver tanto lo bueno como lo malo de mí, pero pongo a su disposición lo que más les puede gustar, servir y ayudar, para que cojan cuanto quieran. La capacidad de ir siendo cada vez más y más, y que el contenido de la caja me guarde a mí, pero guarde sólo la parte de mí que di a una de las personas que hubo en mi vida, y en un futuro haya otra caja donde se vayan acumulando todavía más trozos, y más surtidos, míos: la capacidad de seguir aprendiendo a querer, mejorando en el querer y recordando estos momentos por lo que he sido capaz de ser y resultar, y no por lo que algo fue y resultó. Esto es un ejemplo, una muestra, una beta.
Resumo dos horas de escritura (son las 01.40) en dos párrafos: ¿En qué se relacionan fotos antiguas con una caja de cartas y recuerdos nuevos, una persona que se fue sin nada y tantas historias contadas, y qué pinto yo ahí? En que todos dieron por ellos lo que no tenían para sí mismos, todos aprendieron gracias a la vida, todos fueron avanzando etapa tras etapa, con las dudas de su época (estudios uno, trabajo otros, supervivencia algunos otros...), y todos lo hicieron con un fin único: el de aprender. A querer, a ser útil, a desempeñarse... y el de culminarlo con la unión con la persona que tuvo el bien de recoger todos los frutos de una vida de trabajo, estudios y aprendizaje del amor, y la recogida del fruto: descendientes que en un futuro los recordasen, tomasen sus fotos, y los leyesen. El final del párrafo es el principio: todo esto por lo que me preocupo y lucho es por lo que otros lo hicieron para que estuviese aquí y, por tanto, es por lo que, en un futuro, alguien podrá decir de mí que está aquí.
¿Qué son mis estudios? Una de las primeras paradas de esta larga línea, la vida. ¿Para qué avanzo? Para crear una nueva estación. ¿Y si no funciona, y si no hay culmen? Una sonrisa tuya, a título póstumo, se reflejará en las lágrimas de tus familiares cuando la vean, y te recordarán que no hace falta demostrar tu amor para que cale en el resto, ni demostrar tus capacidades para que el resto las adquiera, y que no hace falta hacer ruido para seguir resonando en las mentes de todos. Se puede no dejar nada nuevo en la Tierra y, sin embargo, nunca irse de ella. Queridos... que no hay camino, se hace camino al andar, y que es tan corta la vida, y tan largo el oficio de vivir, que cuando uno lo aprende, ¡se tiene que ir!
Nos vemos, os dejo con la canción cuya letra, melodía y mensaje global más me gustan, y que define esa capacidad, la de querer, la de superarse, la de amar y la de superar metas y etapas de la vida para poder seguir viviendo y llegar a conseguir el fin último como persona. ¿Su nombre? Curiosamente, Holy Pictures. Abrazos, nos leemos en otro rato.





