20 de mayo de 2018

Confiad en el proceso



Bueno, pues. No soy hombre que falte a la tradición, así que vuelvo con mis reflexiones pre-exámenes (comienzo mañana, también se puede ver que soy hombre de última hora).

Son seis exámenes (nada en comparación con los únicos tres que tuve que hacer en enero, pero tampoco en comparación con lo que sé que soy capaz de lograr), que en cierto modo van a definir mi verano, y por ello me motivo a comenzar y terminar con buena letra. También son ganas, no pocas, las de quitárselos de encima y, aunque muchos me lapiden por ello, incluso nostalgia de dejar atrás asignaturas que dices 'coño, qué grandes tardes de prácticas haciendo la mierda', o 'vaya, para una que me gustaba...' que, como todo en la vida, tienen que pasar para que otras iguales o mejores las sucedan.

Desde luego, no voy a pensar jamás que soy tan grande como mi número; debo reconocer que, en muchas situaciones, éstos han estado a la altura (nunca al revés, si no, se trabaja por ellos) de mí, de lo esperado. En otras, cuando menos lo merecía, tuve. Y viceversa: esperé, y esperé, y al final, tuve que aceptar... que no sería. Ahora me gusta aceptar la espera, y esperar la aceptación. Ya, pues, no espero, ni acepto, sino persevero. Esperar es hacerse una ilusión que nunca se cumple, bien por exceso o bien por defecto. Aceptar es limitarse, nunca se acepta positivamente en la medida en que nunca, jamás, se toca techo. ¿Alguna vez has aceptado algo positivo? No, lo has hecho y has llegado a otro tope en el que has dicho 'no me detendré'. Ahora bien, perseverando, no se espera, simplemente se hacen las cosas tal y como se ha trabajado para ellas, y se recoge el fruto sembrado. Hago un examen, sin preocuparme más de lo justo, sin hacer cábalas que nunca se cumplen, y ya estoy pensando en el siguiente. Termina la temporada de siembra y veo cuántos frutos he recogido, y cuántos tengo que volver a sembrar para la próxima convocatoria.

Quién sabe si mañana comienza una gran temporada, tras un enero en el que casi tiro todo por tierra y, sin embargo, dio frutos. Quién sabe si mañana comienza una larga temporada, y me toca estar hasta el último día perseverando (iba a decir 'esperando', veis que esto de la filosofía de vida es una adaptación gradual) a que salga la última de las flores, que me permita matricularme de todo segundo, e irme contento de verano. Pase lo que pase, la siembra ya fue, ya se hizo, todos estos meses en los que llevé (y no... porque también hay que ser honesto) la materia al día, curré en prácticas y vi que la suerte siempre me sonrió, pero nunca sabes cuándo puede dejar de hacerlo, y no puedes encomendarte siempre a ella. Por tanto, estos días sólo me queda regar esas asignaturas que se fueron secando en el olvido y verter mi conocimiento para demostrar que soy apto en todas y cada una de ellas. Y en las que no lo sea... ¡Segunda oportunidad! La vida da pocas, por eso la Universidad es mi seguro de vida.

¿Y si no? Piensa, tío, en las 5.000 y pico personas que aspiraron a tu plaza y no llegaron, en una PAU en la que, asumámoslo, sembraste mucho y muy rápido, pero te sonrió el Cielo. Porque tuviste Duende, Ángel y Dios sabe qué más. Y piensa en que mientras tú te rebotas por no aprobar más del 80% de créditos (digo una cifra por decir cualquier otra, a voleo) una persona estará siempre con una espina clavada, por no haber ocupado tu plaza, o cualquier otra de las 359 que ofrece la Ars Medendi. Piensa en cuánta gente mataría por esa plaza que tú te planteas dejar porque 'no sabes si es lo tuyo'. Y entonces date cuenta de tu egoísmo. Y sigue.

Medicina es dar tu vida, aun incluso tu salud mental estos días, para salvar la del resto. Si no estás dispuesto a sacrificarte para curar, entonces, sí, Fran, abandona. Y déjale el puesto a otra persona. Pero yo sé que esto acabará, no sé cuándo, pero sí cómo: como dije previamente, finalizando para dar lugar a algo mejor.

No garantizo volver a usar esto, si no es hasta que me den alguna nota, o me apetezca hacer otro comentario. Pero dejo constancia de que sigo vivo y en aparente buen estado de conservación mental. (Me ha durado la gasolina más de lo esperado, y puede que sea bueno, oye). Y de que nos vemos pronto. Mañana, el 8 de junio, el 3 de julio... Más, y mejor.

Muy buenas noches y (como no han llegado hasta aquí y, si lo han hecho, entonces, va por ellos) mucha suerte a los compañeros y las compañeras de Medicina, Bioquímica y Ciencias Biomédicas y demás popurrí de carreras o niveles de estudios que, como yo, comienzan esta semana -o ya lo han hecho- los exámenes.

Afouteza, e corazón.

25 de febrero de 2018

Para M.R.R. (MR^2)

A M.R.R., quien ya no lee esto.

Hoy se cumple un ciclo.

Hoy hace un año de que, por estas horas, me hablases. 25 de febrero, pero de 2017.

'Me gustaría conocerte'.

Ahí comenzó todo.

El mismo día en que casi te hablo.

Un año después, Crida y castillo.

Ya ha sido una vuelta completa alrededor del Sol desde que todo comenzase, y acabase, que ha sido de 180º alrededor de nuestras vidas.

Fuiste una estrella fugaz que posiblemente no se repita, no lo pediría por deseo, la persona correcta en el momento equivocado, o la equivocada en el momento correcto, el tiempo dirá. Sé que tiene mucho guardado, y muy bueno, para ambos, por separado. Sé que ni me leerás, ni volveremos a hablar, me gusta, como me define P.B.: 'escribir al cielo'. A lo que ya se marcha, queda lejos, surca mi mente de vez en cuando... mi cielo. No hay purgatorios. No sides, no enemies, la canción que hizo que te conociese.

Solo me gusta recordar los aniversarios, buenos o malos, en este caso, de algo que ya no sucede, y eso sucede, por lo que no calificaría ni de bueno, ni de malo, solo de circunstancial. Y este es uno de ellos.

En unos días estaremos en un banco mirando un lagarto, en unas semanas en la Nit del Foc. Por separado, cada uno en un puente, y con otra persona. En poco más de un mes, mirándonos de forma intensa. En mes y medio, besándonos. Y así hasta que seamos novios, estemos en Medicina (eso no cambió, ni cambiará, mi camino no se separa de estas lides), nos vayamos juntos en verano, difiramos en Alborache, todo cambie, y al mes lo dejemos. Lo dejes. Nos hagamos un favor de no herirnos. Nos dejemos de hablar. No volvamos a hablar, y además, busquemos no encontrarnos.

Feliz aniversario.

O aniversario.

Yo, feliz.

El Ave Fénix, que en dos meses ha logrado resurgir de sus cenizas, saluda a quien fuese en su día la Petite Hirondelle. No odia porque sabe que todo cuanto sucedió fue en su plena lucidez.

Que los recuerdos nos sean leves.


Para M.R.R.

28 de enero de 2018

Volver.


                Volver

Esta entrada es el fruto del (poco) sueño de una noche de invierno. De coger y decir ‘oye, yo tenía un blog en el que escribía cuando sentía y pensaba, y estoy sintiendo y pensando, ¿por qué no retomarlo?’. Sí, definitivamente, me apetece que la noche avance hasta mi rendimiento mientras escribo. Y que mi rendimiento avance a lo largo de la noche, mientras escribo. Dedicada a todos los que seguís ahí, a todos los que seguiréis y, en cierto modo, no por su importancia a día de hoy, residual, sino por la que ha tenido, de buena o mala manera, pero siempre para bien, a M.R.R.

Han pasado meses desde mi última entrada, en la cual alabé 2017 y todo lo que, para mí, había supuesto. Un enorme cambio de visión, de esquemas, algo que –en un principio- deseé que no hubiese sucedido, deseaba ni tan siquiera haber hecho la mayoría de los actos que –en su día- más bonitos me parecieron para que nada acabase aquí, para que no doliese. Sin embargo, lo despedí entre lágrimas de alegría, agradeciéndole las lecciones de vida, agradeciéndole los tumbos de los primeros meses, la euforia hasta completar la mitad del año, en que no hice nada que hubiese  hecho antes, un verano explosivo, como el final de una mascletà, que se crece y termina con un bombardeo espectacular, intenso, con altibajos, pero marcando la vista y el oído para siempre. Y los siguientes meses, una deriva errática, la crónica de una muerte anunciada, aunque en su día mi mente más inocente acallase a la más suspicaz cuando, sin motivos para alarmarse, decía ‘Fran, no es oro todo lo que reluce’. No, no era oro, pero tampoco era la pirita o, como diría la lengua popular ‘el oro de los tontos’. Fue un metal precioso que se fue oxidando, quizá por una mezcla corrosiva. No me importa si fue la persona correcta en el momento equivocado, o el momento correcto con la persona equivocada. Sólo sé que nada queda. Y, por tanto, no queda nada.

Como decía, han pasado meses de todo ello. I’ve made my mind up. He escrito poco, he leído todavía menos… me he centrado en estudiar, en sacarlo todo, en vencer instintos autolíticos que no llevaban a punto alguno, en aceptar que no siempre puedo llegar a todo porque no me falta capacidad, sino tiempo y, precisamente debido a esto, paradójicamente amar la Medicina y decidir que voy a seguir aquí. He aprendido a seguir un horario, a estudiar, a levantarme a las ocho y poco de la mañana, y retirarme pasadas las ocho –y mucho- de la noche, viendo morir el día y los niños correr aquí y allá. Desearía ser ellos, pero ellos también desearían ser yo, y muchos quizá no llegarán. Solo que yo ya llegué a ellos. A veces, si las cosas se enfocan como es debido, se cae en que uno de veras es un sortudo.

También he vencido todos mis miedos, prácticamente cualquier atisbo de depresión, y toda ansiedad. Ha coincidido con lo que menos esperé, pero sí es cierto que, cuando algo no va bien, sigues luchando, y no conoces qué piensa otra persona, parece que no hay causa. Problema sin causa conocida: problema sin solución a hallar. Falta de solución a un problema: ansiedad y depresión. Sí, ‘Find what you love, and let it kill you’. Quizá pagué en exceso mi falta de experiencia en el amor. Hubiese conocido lo que ahora ya conozco: cuál es el límite. Cuál es el umbral de aguante. A partir de qué movimiento debo abandonar. ‘El arte de la guerra es saber retirarse a tiempo’.
Ahora mi vida es quizá algo lleno de más presión, más logros por conseguir, más números que obtener… Más ‘todo’. Pero, sin embargo, por lo previo, ‘algo’ con más motivos para ser vivido, algo más bello, algo más productivo, algo con mayor sentido, algo CON SENTIDO, y consentido por mí, para ser vivido. Ahora es una disciplina, una pauta, con mucho margen para salirme de sus renglones, una improvisación controlada, o un control improvisado. Ahora la unión con mi hermana es máxima, a pesar de que está más lejos que nunca, la relación con mis padres es perfecta, estoy por y para mi familia, celebrando sus éxitos, y cosechando éxitos propios para que puedan celebrar conmigo, cosechando y recogiendo, que al fin y al cabo es lo que cuenta. Mi vida ha dado un vuelco increíble, quizá por regalo divino, por el ‘cosmos’ del que siempre hablo, quizá por consecuencia obvia (yo no la consideraba tan obvia, y tampoco termino de verla, pero hay quien habla de ella) derivada de una ruptura forzosa. Quizá por tener tiempo para mí, tranquilidad, estudio, música y amigos. Pero ha dado un vuelco, eso es indudable, y creo que está en su mejor momento tras tres años, y me atrevería a decir que, dado que ese fue de los mejores de mi vida, estoy en el podio de la misma. Solo me he sentido más vivo cuando no sabía en qué consistía la vida. Por acreción, puedo ir más lejos que en las frases previas: es la vez que más vivo me siento desde que conozco qué es la vida, de veras, y no como la idea de ‘vivir’.

También he recuperado mis amigos. Largas tardes tratando de revivir algo enfermo, pero en lo que creía y seguí creyendo hasta que me dijeron que estaba muerto, y no pude ni certificarlo, me llevaron a no pisar mi casa, o a pisarla para despedirme y marchar hacia una Iglesia, un colegio, una Universidad, un Teatro o lo que cada día fuese en esta ruleta. O una casa, vaya, en la que pasé más tiempo que en la mía. Y llevaron a perder relación con mi familia, que  no me veía de siete de la mañana a nueve de la noche, y mis amigos, que no me veían en muchos descansos, o con quienes no quedaba desde julio, agosto, septiembre… con los que no quedaba, en muchos casos, porque ni lo llegué a hacer. Y llevaron a cosas peores, como perder amistades que estoy recuperando estas semanas muy poco a poco y seguiré recuperando. Me alegra saber, al menos, que todas aquellas que tengo en común han sido las que han quedado, por voluntad suya, conmigo, y no las he perdido, están ahí, me apoyan y me ayudan a avanzar.

He vuelto a reestructurar mi vida, vaya. Y no pienso en ningún tipo de rencor, es estúpido, al fin y al cabo. No pienso, tampoco, en que nadie me caiga mal. No siento nada malo hacia nadie, y sí que siento.  No valen rollos inmaduros de ‘no puedo odiar porque es sentimiento, y no siento nada’ o ‘siento indiferencia’. No, simplemente lo más pernicioso para alguien es forzarse a pensar esto cuando en la Psicología fue un imposible que algo importante se olvide. ‘Corto es el amor y largo el olvido’, que dijo Neruda, en mi poema favorito, el único que recitaría una vez tras otra hasta morir. No tengo sentimientos malos. Volvería a hablarle. Si me hablase. No comenzaría a hablarle. La última palabra fue mía. Perdí su teléfono, puesto que el mío se rompió, y no conservo nada. Podría obtenerlo rebuscando por mi agenda, creo que lo apunté cuando me lo dio, hace año y pico. Pero no puedo, por principios, hablar a alguien con quien tuve yo la última palabra, y ‘él’ la última acción. Una persona a la que reconocía que, de pronto, se torna un muñeco gris, sin imagen, ni estado, ni información… posiblemente hasta hoy, en que seguiré estando bloqueado. Sé que no me felicitará mi cumpleaños. Sé que, en noches como esta, dijo Neruda, estuvo entre mis brazos. Pero sé que, si eso no es lo que quería y, si eso no es lo que, definitivamente, quiero, otra lo hará. Otra que me dé más motivos, o los mismos que me dio mientras los tuvo, otra que  me descubra más cosas, que  me descubra a mí mismo, que me dé motivos para seguir viviendo, apostar por la vida, y doblar las ganancias porque el amor es cosa de dos.

Sé que no lo hará. Sé que el autoconvencimiento es un arma de doble filo. Y he recordado las palabras de ‘tengo miedo a verte algún día y dejar de sentir que te quiero’, que una vez me lanzó, y he pensado que, más que inseguridad, tal y como dije yo ‘por mucho que escuches una canción, si te gusta, te hace sentir exactamente lo mismo que la primera vez que la escuchaste, aunque sea la nonagésima que suena’. Y he recordado ver a alguien y seguir reconociéndolo aunque sus palabras fuesen del todo inesperadas, y sus actos más. ¿Sabéis por qué? Porque soy capaz de ver antes los demonios de una persona en su interior, sus malos pensamientos, sus ansiedades y sus conflictos, mucho antes que desfigurarla por completo.

Pero igual que fui capaz de ver eso, y me revolvió el estómago, no mejor fue la visión que tuve de mí mismo al mirarme al espejo y ver que no era el de siempre, que yo no me enfurecía conmigo mismo por no poder restaurar algo y lloraba, pero vendía al día siguiente una sonrisa bonita, comiéndome por dentro. Yo no era el que no se hablaba con sus padres. Yo no era el que no se hablaba con su hermana. Yo no era el que no pisaba nunca su casa. Yo no era el que pasbaa de empollarse la Fisiología –por ejemplo-, a no tocar un libro en mes y medio, o dos, o yo qué sé. Tres, incluso. Yo no era ese, tampoco, y sí que peligraba no reconocerme. Tuve que forzarme a recuperar todas mis señas de identidad. Y sigo haciéndolo. Y sigo, poco a poco, rememorando todo aquello que creí olvidado, ‘la teoría de la reminiscencia’, que diría Platón, mi arma sale de su cárcel, ¡órfica!, vuelvo a recordar el olor primaveral, la frescura de unas sábanas, the ‘apricity’, la calidez del Sol invernal, vuelvo a recordar Valencia gris con sus monumentos de piedra, veo un castillo, aunque el cosmos ya casi no tire, y pienso en las fallas, en mi cumpleaños, en que todo lo que viene a partir de ahora va a ser una cuesta arriba vertiginosa, pero después viene una meseta y no hay problemas de caída. Incluso puedo coger carrerilla, ¡que la necesitaré! Y sigo recordando melodías olvidadas, el tempo de alguna canción que toco, quizá ahora solo, no como en su cumpleaños, pero mucho mejor, más fácil de reconocer, y apreciando mi propio trabajo para conseguirlo. Y sigo recordando sensaciones como la de recibir una nota, como la de quedar con otra chica, como la de comenzar una asignatura de cero…

¿Qué me depara ‘todo esto’? Intentaré escribir de forma semanal, aprovechando que nadie me lee. Si lo hiciese, tampoco sucedería nada. Contando qué tal ha ido, si he conseguido lo que me he propuesto, qué tal ha ido con mi familia, mis compañeros y las personas a las que más quiero. Desde luego, solo puedo decir que pronto vendrán los resultados de mi plan Z de este cuatrimestre, de mi jugada poco ortodoxa para aprobar todas a las que me presenté. Y que, pase lo que pase, sigo aquí los cinco años que me quedan. Porque sí, porque tengo vocación, me siento capacitado y el mundo necesita de mí, para mantener esta estructura como un peón más o para conocer todo cuanto puedo aportarle y quedarme para siempre en él. Y puedo decir también que la Histología será mi bastión, que la Fisiología Médica mi mayor estímulo, USS y Comunicación mis mayores avituallamientos, y las otras dos, Embriología y Anatomía II, mis grandes desafíos. ¿Anatomía I? Un motivo por el que luchar, si mi desempeño me da motivos para creer, o un motivo por el que crear un punto de inflexión. Igualmente, sé que lo intentaré. Hombre, que si lo haré…

Qué coño, voy a intentarlo todo. Haya suspendido 1, que 2, que 3… Intentaré todo porque estoy convocado para todo y tengo tres putos meses y veintidós días. Y si en diez días he podido creer en aprobar todas (y a lo mejor lo he hecho, también lo digo), ciento y pico mal lo tengo que hacer para irme al pozo.

¿Sabéis qué? Que voy a creer en mí, porque uno empieza a tener vida propia cuando cree en sí mismo, y es lo último que me falta, y lo único, para poder decir que, ahora sí, estoy más vivo que nunca.  Más ‘in’ en esto de la vida que jamás lo estuve y, sobre todo, más dispuesto a cualquier cosa que se me ponga por delante.

Saludar, al aire, al cosmos, a M.R.R., quien seguramente me leyó por última vez –y  me habló por última vez-, un viernes 24 de noviembre (de hecho, no creo ni tan siquiera que esté dispuesta a verme el día de mi cumpleaños, y menos a saber que lo celebraré con muchos amigos en común, y que no me importaría que estuviese, pero sé que no podría) y a toda esa gente que, por lo demás, sigue ahí conmigo, dando el callo, formando mi once inicial con el que salgo a ganar, y decirle al tiempo, el que todo lo decide, que pase. Que venga y que pase. Que pase el tiempo. Y que me depare lo que quiera. Que seré capaz. Ah, y a la persona que sé que va a hacer mi año, por la que voy a luchar y a la que, espero, logre convencer de que ‘esto’ vale la pena, aun cuando ni tan siquiera ha empezado: somos lo mejor que nos va a pasar en mucho.
Buenas noches, y recordamos el lema:

Denn am Ende wird alles wieder gut. 

Afouteza, e corazón.