Volver
Esta entrada es el fruto del (poco) sueño de una noche de
invierno. De coger y decir ‘oye, yo tenía un blog en el que escribía cuando
sentía y pensaba, y estoy sintiendo y pensando, ¿por qué no retomarlo?’. Sí,
definitivamente, me apetece que la noche avance hasta mi rendimiento mientras
escribo. Y que mi rendimiento avance a lo largo de la noche, mientras escribo. Dedicada a todos los que seguís ahí, a todos los que seguiréis y, en cierto modo, no por su importancia a día de hoy, residual, sino por la que ha tenido, de buena o mala manera, pero siempre para bien, a M.R.R.
Han pasado meses desde mi última entrada, en la cual alabé
2017 y todo lo que, para mí, había supuesto. Un enorme cambio de visión, de
esquemas, algo que –en un principio- deseé que no hubiese sucedido, deseaba ni
tan siquiera haber hecho la mayoría de los actos que –en su día- más bonitos me
parecieron para que nada acabase aquí, para que no doliese. Sin embargo, lo
despedí entre lágrimas de alegría, agradeciéndole las lecciones de vida,
agradeciéndole los tumbos de los primeros meses, la euforia hasta completar la mitad
del año, en que no hice nada que hubiese
hecho antes, un verano explosivo, como el final de una mascletà, que se
crece y termina con un bombardeo espectacular, intenso, con altibajos, pero
marcando la vista y el oído para siempre. Y los siguientes meses, una deriva
errática, la crónica de una muerte anunciada, aunque en su día mi mente más
inocente acallase a la más suspicaz cuando, sin motivos para alarmarse, decía ‘Fran,
no es oro todo lo que reluce’. No, no era oro, pero tampoco era la pirita o,
como diría la lengua popular ‘el oro de los tontos’. Fue un metal precioso que
se fue oxidando, quizá por una mezcla corrosiva. No me importa si fue la
persona correcta en el momento equivocado, o el momento correcto con la persona
equivocada. Sólo sé que nada queda. Y, por tanto, no queda nada.
Como decía, han pasado meses de todo ello. I’ve made my mind
up. He escrito poco, he leído todavía menos… me he centrado en estudiar, en
sacarlo todo, en vencer instintos autolíticos que no llevaban a punto alguno,
en aceptar que no siempre puedo llegar a todo porque no me falta capacidad,
sino tiempo y, precisamente debido a esto, paradójicamente amar la Medicina y
decidir que voy a seguir aquí. He aprendido a seguir un horario, a estudiar, a
levantarme a las ocho y poco de la mañana, y retirarme pasadas las ocho –y mucho-
de la noche, viendo morir el día y los niños correr aquí y allá. Desearía ser
ellos, pero ellos también desearían ser yo, y muchos quizá no llegarán. Solo
que yo ya llegué a ellos. A veces, si las cosas se enfocan como es debido, se
cae en que uno de veras es un sortudo.
También he vencido todos mis miedos, prácticamente cualquier
atisbo de depresión, y toda ansiedad. Ha coincidido con lo que menos esperé,
pero sí es cierto que, cuando algo no va bien, sigues luchando, y no conoces
qué piensa otra persona, parece que no hay causa. Problema sin causa conocida:
problema sin solución a hallar. Falta de solución a un problema: ansiedad y
depresión. Sí, ‘Find what you love, and let it kill you’. Quizá pagué en exceso
mi falta de experiencia en el amor. Hubiese conocido lo que ahora ya conozco:
cuál es el límite. Cuál es el umbral de aguante. A partir de qué movimiento
debo abandonar. ‘El arte de la guerra es saber retirarse a tiempo’.
Ahora mi vida es quizá algo lleno de más presión, más logros
por conseguir, más números que obtener… Más ‘todo’. Pero, sin embargo, por lo
previo, ‘algo’ con más motivos para ser vivido, algo más bello, algo más
productivo, algo con mayor sentido, algo CON SENTIDO, y consentido por mí, para
ser vivido. Ahora es una disciplina, una pauta, con mucho margen para salirme
de sus renglones, una improvisación controlada, o un control improvisado. Ahora
la unión con mi hermana es máxima, a pesar de que está más lejos que nunca, la
relación con mis padres es perfecta, estoy por y para mi familia, celebrando
sus éxitos, y cosechando éxitos propios para que puedan celebrar conmigo,
cosechando y recogiendo, que al fin y al cabo es lo que cuenta. Mi vida ha dado
un vuelco increíble, quizá por regalo divino, por el ‘cosmos’ del que siempre
hablo, quizá por consecuencia obvia (yo no la consideraba tan obvia, y tampoco
termino de verla, pero hay quien habla de ella) derivada de una ruptura
forzosa. Quizá por tener tiempo para mí, tranquilidad, estudio, música y
amigos. Pero ha dado un vuelco, eso es indudable, y creo que está en su mejor
momento tras tres años, y me atrevería a decir que, dado que ese fue de los
mejores de mi vida, estoy en el podio de la misma. Solo me he sentido más vivo
cuando no sabía en qué consistía la vida. Por acreción, puedo ir más lejos que
en las frases previas: es la vez que más vivo me siento desde que conozco qué
es la vida, de veras, y no como la idea de ‘vivir’.
También he recuperado mis amigos. Largas tardes tratando de
revivir algo enfermo, pero en lo que creía y seguí creyendo hasta que me
dijeron que estaba muerto, y no pude ni certificarlo, me llevaron a no pisar mi
casa, o a pisarla para despedirme y marchar hacia una Iglesia, un colegio, una
Universidad, un Teatro o lo que cada día fuese en esta ruleta. O una casa,
vaya, en la que pasé más tiempo que en la mía. Y llevaron a perder relación con
mi familia, que no me veía de siete de
la mañana a nueve de la noche, y mis amigos, que no me veían en muchos
descansos, o con quienes no quedaba desde julio, agosto, septiembre… con los
que no quedaba, en muchos casos, porque ni lo llegué a hacer. Y llevaron a
cosas peores, como perder amistades que estoy recuperando estas semanas muy
poco a poco y seguiré recuperando. Me alegra saber, al menos, que todas
aquellas que tengo en común han sido las que han quedado, por voluntad suya,
conmigo, y no las he perdido, están ahí, me apoyan y me ayudan a avanzar.
He vuelto a reestructurar mi vida, vaya. Y no pienso en
ningún tipo de rencor, es estúpido, al fin y al cabo. No pienso, tampoco, en
que nadie me caiga mal. No siento nada malo hacia nadie, y sí que siento. No valen rollos inmaduros de ‘no puedo odiar
porque es sentimiento, y no siento nada’ o ‘siento indiferencia’. No,
simplemente lo más pernicioso para alguien es forzarse a pensar esto cuando en
la Psicología fue un imposible que algo importante se olvide. ‘Corto es el amor
y largo el olvido’, que dijo Neruda, en mi poema favorito, el único que
recitaría una vez tras otra hasta morir. No tengo sentimientos malos. Volvería
a hablarle. Si me hablase. No comenzaría a hablarle. La última palabra fue mía.
Perdí su teléfono, puesto que el mío se rompió, y no conservo nada. Podría
obtenerlo rebuscando por mi agenda, creo que lo apunté cuando me lo dio, hace
año y pico. Pero no puedo, por principios, hablar a alguien con quien tuve yo
la última palabra, y ‘él’ la última acción. Una persona a la que reconocía que,
de pronto, se torna un muñeco gris, sin imagen, ni estado, ni información…
posiblemente hasta hoy, en que seguiré estando bloqueado. Sé que no me
felicitará mi cumpleaños. Sé que, en noches como esta, dijo Neruda, estuvo
entre mis brazos. Pero sé que, si eso no es lo que quería y, si eso no es lo
que, definitivamente, quiero, otra lo hará. Otra que me dé más motivos, o los
mismos que me dio mientras los tuvo, otra que
me descubra más cosas, que me
descubra a mí mismo, que me dé motivos para seguir viviendo, apostar por la
vida, y doblar las ganancias porque el amor es cosa de dos.
Sé que no lo hará. Sé que el autoconvencimiento es un arma
de doble filo. Y he recordado las palabras de ‘tengo miedo a verte algún día y
dejar de sentir que te quiero’, que una vez me lanzó, y he pensado que, más que
inseguridad, tal y como dije yo ‘por mucho que escuches una canción, si te gusta,
te hace sentir exactamente lo mismo que la primera vez que la escuchaste,
aunque sea la nonagésima que suena’. Y he recordado ver a alguien y seguir
reconociéndolo aunque sus palabras fuesen del todo inesperadas, y sus actos
más. ¿Sabéis por qué? Porque soy capaz de ver antes los demonios de una persona
en su interior, sus malos pensamientos, sus ansiedades y sus conflictos, mucho
antes que desfigurarla por completo.
Pero igual que fui capaz de ver eso, y me revolvió el
estómago, no mejor fue la visión que tuve de mí mismo al mirarme al espejo y
ver que no era el de siempre, que yo no me enfurecía conmigo mismo por no poder
restaurar algo y lloraba, pero vendía al día siguiente una sonrisa bonita,
comiéndome por dentro. Yo no era el que no se hablaba con sus padres. Yo no era
el que no se hablaba con su hermana. Yo no era el que no pisaba nunca su casa.
Yo no era el que pasbaa de empollarse la Fisiología –por ejemplo-, a no tocar
un libro en mes y medio, o dos, o yo qué sé. Tres, incluso. Yo no era ese,
tampoco, y sí que peligraba no reconocerme. Tuve que forzarme a recuperar todas
mis señas de identidad. Y sigo haciéndolo. Y sigo, poco a poco, rememorando
todo aquello que creí olvidado, ‘la teoría de la reminiscencia’, que diría
Platón, mi arma sale de su cárcel, ¡órfica!, vuelvo a recordar el olor
primaveral, la frescura de unas sábanas, the ‘apricity’, la calidez del Sol
invernal, vuelvo a recordar Valencia gris con sus monumentos de piedra, veo un
castillo, aunque el cosmos ya casi no tire, y pienso en las fallas, en mi
cumpleaños, en que todo lo que viene a partir de ahora va a ser una cuesta
arriba vertiginosa, pero después viene una meseta y no hay problemas de caída.
Incluso puedo coger carrerilla, ¡que la necesitaré! Y sigo recordando melodías
olvidadas, el tempo de alguna canción que toco, quizá ahora solo, no como en su
cumpleaños, pero mucho mejor, más fácil de reconocer, y apreciando mi propio
trabajo para conseguirlo. Y sigo recordando sensaciones como la de recibir una
nota, como la de quedar con otra chica, como la de comenzar una asignatura de
cero…
¿Qué me depara ‘todo esto’? Intentaré escribir de forma
semanal, aprovechando que nadie me lee. Si lo hiciese, tampoco sucedería nada.
Contando qué tal ha ido, si he conseguido lo que me he propuesto, qué tal ha
ido con mi familia, mis compañeros y las personas a las que más quiero. Desde
luego, solo puedo decir que pronto vendrán los resultados de mi plan Z de este
cuatrimestre, de mi jugada poco ortodoxa para aprobar todas a las que me
presenté. Y que, pase lo que pase, sigo aquí los cinco años que me quedan.
Porque sí, porque tengo vocación, me siento capacitado y el mundo necesita de
mí, para mantener esta estructura como un peón más o para conocer todo cuanto
puedo aportarle y quedarme para siempre en él. Y puedo decir también que la
Histología será mi bastión, que la Fisiología Médica mi mayor estímulo, USS y
Comunicación mis mayores avituallamientos, y las otras dos, Embriología y
Anatomía II, mis grandes desafíos. ¿Anatomía I? Un motivo por el que luchar, si
mi desempeño me da motivos para creer, o un motivo por el que crear un punto de
inflexión. Igualmente, sé que lo intentaré. Hombre, que si lo haré…
Qué coño, voy a intentarlo todo. Haya suspendido 1, que 2,
que 3… Intentaré todo porque estoy convocado para todo y tengo tres putos meses
y veintidós días. Y si en diez días he podido creer en aprobar todas (y a lo
mejor lo he hecho, también lo digo), ciento y pico mal lo tengo que hacer para
irme al pozo.
¿Sabéis qué? Que voy a creer en mí, porque uno empieza a
tener vida propia cuando cree en sí mismo, y es lo último que me falta, y lo
único, para poder decir que, ahora sí, estoy más vivo que nunca. Más ‘in’ en esto de la vida que jamás lo
estuve y, sobre todo, más dispuesto a cualquier cosa que se me ponga por
delante.
Saludar, al aire, al cosmos, a M.R.R., quien seguramente me
leyó por última vez –y me habló por
última vez-, un viernes 24 de noviembre (de hecho, no creo ni tan siquiera que
esté dispuesta a verme el día de mi cumpleaños, y menos a saber que lo
celebraré con muchos amigos en común, y que no me importaría que estuviese,
pero sé que no podría) y a toda esa gente que, por lo demás, sigue ahí conmigo,
dando el callo, formando mi once inicial con el que salgo a ganar, y decirle al
tiempo, el que todo lo decide, que pase. Que venga y que pase. Que pase el
tiempo. Y que me depare lo que quiera. Que seré capaz. Ah, y a la persona que
sé que va a hacer mi año, por la que voy a luchar y a la que, espero, logre
convencer de que ‘esto’ vale la pena, aun cuando ni tan siquiera ha empezado:
somos lo mejor que nos va a pasar en mucho.
Buenas noches, y recordamos el lema:
Denn am Ende wird alles wieder gut.
Afouteza, e corazón.