30 de septiembre de 2018

El oficio de vivir

Sé que esto contrasta con mi visión del 8 de septiembre, triste ante todo, o con aquella entrada de 'Gusanos del mundo', que tanto defendí entre 2015 y 2016. Pero, a 23.17  horas me ha dado por coger el portátil y escribir. Demasiadas emociones después de demasiadas coincidencias, que me gusta plasmar. No soy de los que piensa que todo está decidido, pero sí de los que piensa que hay casualidades tan exageradas que tiene que ser demasiado puñetero el espacio y el tiempo para ponértelas tan cerca. Suena 'Holy Pictures', de David Holmes, si podéis, echad una leída a su letra, y disfrutadla. La entrada no va de otra cosa. Un abrazo.


No estaba siendo mi mejor día, aunque sí de los más productivos. Entrenar, comprar unos regalos, pasar unos pocos apuntes, leer una partitura... vamos, típica mañana que rellenar. Una siesta, conversaciones puntuales, un poco de fútbol por aquí, un poco de risas por allá... Lo que constituye un día feliz y, por tanto, normal para mí. La noche me ha llevado, por rebote, al pasado. Hoy escribía una carta que irá a  muy lejos, y me ha dado por pensar en cartas que escribí en un pasado. Hoy escuchaba a Skoog tras tanto tiempo, y me ha dado por pensar la primera vez que me lo puse, mayo de 2017. Y hoy encontraba fotos de mis abuelos, fechadas en los 50, en Palma, en Pisa, en Valencia, justo por donde paseaba hace unos días... Y me ha dado por hacer el triplete, el hat-trick. Buscar la 'caja de los recuerdos', abrir Spotify y ponerme a Skoog y, sorpresa, no ponerme a mirar fotos, pero sí que, de la nada, me contactase un  familiar lejano de otro país a pasarme sus datos sobre esa rama familiar. Me ha parecido recordar que ayer escribía eso de que la vida te podía cambiar en un instante de la nada, y me gustaría profundizar. No tengo gran cosa que hacer, me reservo para las próximas noches y quiero tener un tiempo para seguir creciendo anímicamente.

Y he visto que entre unas fotos familiares, una caja de recuerdos personales y una pieza musical, hay un vínculo en común tremendamente grande como es el amor, y sobre el que no suelo hablar directamente. A veces porque no lo siento, otras tantas porque pienso que es una de las dimensiones más íntimas de la persona y sólo pueden entenderlo quienes lo viven. En todo caso, esta vez es porque ronda mi mente de forma difusa, pero estoy en una etapa muchísimo anterior a todo ello, que ya me queda lejano en el tiempo y que sólo dos personas han recibido por mi parte; estoy, pues, un peldaño por debajo, pero sintiendo el vértigo de todos los subidos. No me extiendo en esto. Al grano: el vínculo común. El amor, pero, ante todo, las historias de la vida. La disección que quiero hacer hoy, igual que ya describí la anatomía de mi semana ayer, cuando ni tan siquiera había acabado, porque me nacía.


He cogido esa foto, mis abuelos, con mi padre. Mis abuelos, por Alameda. Mis abuelos y tíos, sin mi padre todavía, en Palma. He leído, con avidez, al señor francés que me iba pasando datos y datos sin acabar, un señor que, justo el día en que, hace poco más de dos meses, casi fallece mi padre y puedo decir, con total orgullo, que salvarlo fue la mejor oportunidad que me ha dado el destino de estar en el tiempo y el lugar correcto, y que ya pagué la deuda de que me diesen la vida, restaurando la de quien lo hizo, tuvo a bien escribirme. Van saliendo datos, familiares, se suben generaciones, siglos, lugares, surgen partidas de la Guerra Civil, y pienso en la teleología, en lo fácil que es dar lugar a la vida, pero lo enormemente difícil que ha sido que nos juntemos el que escribe esto y quien lo esté leyendo ahora mismo, para compartirlo. Cuánta gente ha tenido que fallecer, pelear, ser y, por desgracia, y recordad esto: 'no ser', para que estemos aquí. Veo las imágenes, pienso en las de cuánta gente seguiré estando, habré aparecido, queriéndolo o sin quererlo, pienso en cuánta gente nos ha ido dejando, voy tapando con tristeza caras de quienes nos fueron dejando, hasta que en algunas imágenes no quedan, ni tan siquiera, supervivientes. Las fotos nunca dejarán de parecerme preciosas; son un arma dolorosa, porque te recuerda la gente a la que quieres, querías, quisiste, nunca a la que querrás, y todos los momentos buenos que sucedieron o podrían haber sucedido, pero nunca los que suceden, o sucederán. Quizá porque es lo único inmortal que existe, y cambiaríamos que éstas no existiesen, para que siguiesen haciéndolo quienes en ellas aparecen. Quizá porque te recuerdan que en un futuro tú serás el objeto de recuerdo de cualquiera cuando vea tu foto, quizá en un futuro tú fallecerás y serás inmortal sólo en un papel. Pero ese arma también es de doble filo, por otra parte te da la vida a ti, y al resto, te 'mortalizan' en días en los que, simplemente, no estás. Te ponen los pies en el suelo. Me meto en la imagen, mi abuela, ya hace cinco años fallecida en un día en que se pudo despedir de mí, sin que nadie lo esperase, recordándome lo grande, mayor y guapo (abuela, aquí te equivocabas, pero te sigo queriendo igual, o más) que estaba, aquella que todavía dejó cálida y húmeda mi mejilla derecha tras su último beso, y sonríe ahí, feliz, sujetando a mi padre. Y sigue sonriendo en otras fotos en su casa, que consiguió tras 50 años de trabajo, y habiendo venido de una cueva, justo al lado de donde yo ahora estudio Medicina. Y veo una foto de ellos sonrientes al llegar a Valencia, paseando por la Alameda sobre la que yo corría sin preocupación hoy, justo al llegar, sobre los cincuenta, mientras sonreían, cuando, sin dinero ni pertenencias, tras la Guerra, decidieron que se mudarían al sitio al que llevase el próximo tren que saliese. Y tocó Valencia. Después vendría el de Madrid, y por eso estoy aquí. Y vi a mi tío, el mayor, el que nos dejó, dentro de tres semanas hará tres años. El pequeñín que bautiza a mi padre, que pelea con mi otro tío, que sale construyendo el Mestalla, y que un día pasó de decir 'te quiero' y 'te has hecho todo un hombre' cuando fui a verlo al hospital por una insignificante complicación y a los dos días fui el primero en verlo fallecer, pensando que ahí dentro estaban, sin locutor, ya sin sentido y ya, precisamente, sin nadie que pudiese vivirlas, ni contarlas, setenta años de vivencias únicas, irrepetibles, que ahora sólo hablaban en fotos. Años y años de niño llevándome a pasear al río, comprándome juguetes y enseñándome el deporte del atletismo ya estaban en imágenes, en mi memoria y en todo cuanto había hecho de mí. Yo llevaba su legado.

Y pienso en la primera reflexión de la noche. Todo cuanto estuvo vivo se puede relacionar con la vida, aunque no la tenga. Y a veces, recordar lo inerte te la puede llegar a devolver. Me siento mal a ratos, ¿qué motivos tengo? Voy a coger las fotos y a salir de dudas. ¿Estudio? Sí. Mis tíos no pudieron, mis abuelos tampoco, mis padres... por poco. Y han seguido adelante, y han tenido grandes trabajos, y han sido felices; y han soñado con tener lo que yo creo una pesadilla. ¿Tengo techo? Sí. Mi familia no pudo tenerlo al llegar, durmió al lado de donde hoy estudio. Sí, su escuela era la calle y su casa el lugar que a día de hoy constituye mi escuela. ¿Tengo motivos para correr? Mientras lo hago por la Alameda, pienso en que, sin nada, mi familia andaba por allí. Días antes, había sido pasto de una inundación que dejó centenares de muertos. ¿Qué importaba la pobreza? La muerte no discrimina entre rico y pobre, sí lo hace la suerte. ¿Tengo motivos para desechar la vida y, mucho menos, hacerlo porque no haya nadie? Aquel que meses atrás jugaba con uno de los bebés de la familia no tenía pareja, posaba, mirando a cámara (ahora, parece que me mira a mí, invitándome a vivir) con su mejor sonrisa, seguía tirando, no se preguntaba por qué, para qué o para quién. Tres meses después moriría. Extraigo otra reflexión, pero no a colación de esto, sino de lo que viene, quizá mi mayor apertura desde que recuerde: cuando pienses que no tengas nada, cero, te encuentres sin fondos: juégatelo todo. Hipoteca tu vida. Invierte; en personas, en gente, en un proyecto. ¿Cuántas veces has creído que eras demasiado poco para cualquiera, o que no tenías suficientes fuerzas para comenzar algo, lo que fuese, y realmente la otra persona ha pensado lo mismo que tú, o te has dado cuenta de que, quizá, lo otro -lo que fuese- no te quedaba tan grande? ¿Cuántas veces, por no ser feliz, te has negado la razón de tu felicidad? La clave reside en invertir. Si tienes cero felicidad, ganas, recursos emocionales, da lo que no tienes, métete si ves que el riesgo es casi tan grande como el beneficio aunque las probabilidades de conseguirlo sean bajas, aunque parezca que no obtienes rédito, que te mina, que no llegas... cuando lo haga recibirás lo dado y todos sus múltiplos, todos sus intereses. La única forma de ganar es dando lo que no se tiene a cambio de que el tiempo haga el resto: invirtiendo. ¿Cuántas veces has creído que estabas mal, y has seguido tirando, sin fuerzas ni ganas, y has triunfado? Invertiste en un fondo perdido y resulta que acabó dando sus frutos. ¿Cuántas veces has dado algo por muerto, ha cambiado el panorama y ha revivido? Invertiste en un fondo perdido y acabaste recogiendo tu inversión y todos los beneficios que te reportó la otra parte, y que tú le reportaste. Ahora, pasemos a la imagen. ¿No invertían en vida aquellos que, sin dinero, se lanzaron a un tren y a tener a sus hijos y, ahora, honrando su memoria, sus nietos y biznietos? ¿No invertía en vida aquel que, con cero de pareja y cero de ganas de vivirla, seguía sonriendo para hacer feliz a los niños, dejar toneladas de recuerdos y, ahora mismo, lágrimas en los ojos de sus sobrinos cuando lo recuerdan, y años y años de felicidad e infancia? ¿No invertían en vida aquellos que, con cero dinero, techo e integración, a día de hoy han dejado estabilidad, techo, comida y vida a sus hijos y han hecho que sus nietos puedan disfrutar de todo lo que les faltó? Ellos no pudieron disfrutar de nada, pero hipotecaron su vida y lo que no pudieron disfrutar para, medio siglo después, fallecer disfrutando mientras veían cómo, gracias a esa inversión, las siguientes generaciones sí que pudieron gozarlo. ¿Y qué gozo hay mayor que el de quien puede ver a quien quiere triunfar con él? Pasemos a otra. Pasemos a lo que más me hubiese costado recordar en un pasado, sobre lo que nunca quise escribir directamente, sobre lo que hace diez meses que no cogía, releía o revivía, lo inédito, el Fran sin explícito, al desnudo. Pasemos al verdadero núcleo duro.


El segundo elemento de la noche. La 'caja de los recuerdos'. Allá donde fue a parar todo lo que sucedió entre noviembre de 2016 y diciembre de 2017. Trece meses. Un primer texto en la revista de Medicina, sin que yo supiese que llevaba destinatario, tras el que hay la semilla de una tierra baldía. Un primer poema. Una felicitación por mi 19 cumpleaños, tras la cual se adjuntaba una foto de la Nit del Foc, una carta por mi 19 cumpleaños, dentro de la cual iba un libro, otra del 8 de abril, de la que sólo recuerdo el beso que la precedió, y del 11, y del 15, del 19, del 21, de los que ya me acuerdo menos, por no decir nada... y otra del 21 de mayo, y otra del 26, donde va un aniversario, donde se pide una mano, y del 15 de junio, y del 1 de agosto, y del 25 al 30 de julio, un libro de León Felipe dedicado a un mes sin vernos, con un poema por día, una Vía Láctea, un biombo de Benjamin Lacombe a acuarela para cubrir una casa dentro de la cual habitan los recuerdos de una persona huérfana, Le Petit Prince, confesiones, palabras dichas sin decir, una foto con '1 de mayo' al dorso, una carta fechada en el 4 de junio, dentro de un marco en el que salimos ambos, pintados al óleo, antes de hacer una PAU donde mi mayor motivación fue compartir sitio y tras la cual ahora puedo decir que son un 17% médico. Una cena mirando hacia el río y Serranos. Una partida al F1 2006. Al The Stanley Parable. Un atardecer en Nàquera. Correr 10 kilómetros de punta a punta de la ciudad por desearle suerte, y verla. Un castillo. Una piscina iluminada. Un dúo de 'Hay Amores', de Shakira, a guitarra. Una noche entera viendo las estrellas, al raso. Una tarde cuidando de la otra persona, enferma, mientras leo a Borges, y se duerme en brazos ('porque en noches como esta...', y ya cada uno que lo siga). Y días de arrimar el hombro para que sirva de pañuelo. Días de consolar. Noches de sentarse en cualquier sitio para que la otra parte pueda desahogarse. Tardes de explorar la montaña. Noches en las que el día parece querer correr más de la cuenta para que se acaben. Días de seminarios en los que diez minutos de llamada valen más que dos horas de lección. Días de tener el molde de sus labios sobre los tuyos y, a la vez, extrañar la sensación. Una imagen revelada, agujereada por la cantidad de sitios distintos en los que se colgó de una chincheta, una pareja, en familia, celebrando un cumpleaños, una sonrisa que esbozo, en plena tristeza, en un día malo, sólo porque en el futuro eso se pueda recordar por la otra persona positivamente cuando la coja, como un gran día, cuando se tome ese recuerdo, inmortal, como cualquiera lo hará cuando yo falte, un señor de camisa negra tomando por la cintura a una persona de vestido azul, mientras sonríe ajeno a todo. Una foto en una piscina, mientras diluvia, después de ponerme un bañador y lanzarme, sin pensarlo al agua, tras haber estado una tarde en la cama llorando por no ser feliz y haberme dado cuenta que la razón de mi felicidad estaba sin mí, y que tampoco estaba siéndolo por mi culpa. Una foto, no sé quién la tomaría, en un balancín, abrazados, torrado después de pasarme una noche preparando regalos, después de haber subido del chapuzón bajo el diluvio, todo lo que sucedió por haber invertido en pasar una tarde en compañía aunque mis ganas ascendían a cero. Una foto en una convivencia, en Alborache, data del 23 de septiembre. Un dúo a capela cantando el 'Cielito Lindo'. Que la vida va de eso: canta y no llores. Una carta del 19 de septiembre, otra del 19 de octubre. Una caja de música que toca el Danubio Azul, símbolo del amor para los húngaros, y un libro de Astronomía en checoslovaco dentro del cual una perfecta caligrafía me invita a volver allá, pero en compañía, a ver un Danubio Azul. Un par de fotos. Una carta de ruptura que lancé al mar y que tiene la banda sonora de Waves from a distance,  el libro de Opus Nigrum... Palabras que vuelan, se las lleva el viento, pero a veces el viento vuelve a soplar a cau d'orella.

Quien haya llegado hasta aquí dirá: 'no la has superado'. 'La quieres'. 'Ha pasado tiempo, y ahora lo sacas a relucir'. Quien haya llegado hasta aquí no entiende nada. Todo ha sido un juego, y me gusta que hayáis caído. No se sabe que acabo de revelar el contenido de la caja, pero no el continente. No he modalizado, no he dicho 'la quiero', 'lo quiero', 'lo recuerdo con añoranza'. No he hecho juicios de valor. Sólo he expuesto. Lo único que importa de todo eso es dónde están contenidos, y no, no es la caja. Es mi capacidad de querer. Esa caja no encierra una relación. No encierra un año de mi vida. Me encierra a mí. Encierra mi capacidad de querer, y haber amado, y mi aprendizaje de todo ello mismo. Encierra los momentos que ya pasaron y las emociones que recuerdo (sin recordar a la otra persona) porque lo que ha quedado de todo ello y, por tanto, es la esencia de este escrito, es la capacidad de querer. No ha muerto. No se ha desaprendido. Volved a los primeros párrafos. Lo he puesto en una negrita: 'cuánta gente ha tenido que no-ser para que estemos aquí'. Sí, muchos de nosotros estamos aquí porque otras relaciones fracasaron, pero no lo hizo la capacidad de amar, y ésta venció, prevaleció y fruto de la misma surgimos nosotros. Esto ha tenido que suceder para enseñarme la lección del querer, no olvidarla jamás, y ponerla en práctica con la persona que sí haya de ser. No, no añoro ni echo en falta a la persona, ni al momento, esto no es, como diría El Principito, una rosa que quiero por el tiempo que pasé con ella más que por su condición. No. Sólo recuerdo, y me recuerdo, que sigo siendo capaz de repetir, de que, a riesgo de volver a joderla, soy incapaz de aprender nada, ni tan siquiera a comedirme, a 'mesurarme', a ir con cautela, a que otra persona pague ningún plato roto. Vamos, que volvería a repetir todo esto, ¡y más! Todo acabó mal, incluso por parte ajena se quiso volver a juntar (¡Por Dios, no!), otros me pidieron perdón, al final me llevé bien con todas las partes... no guardo odio,  ni rencor, todo fue como debió ser para que yo esté aquí tan curtido en esto.

No es añoranza, es pararme, recordar esos momentos y ver que he aprendido tanto que por eso no he querido aprender nada, y he seguido conservando la capacidad de hacer locuras dentro de la cordura por alguien, y no ya de invertir, sino de doblar la apuesta JAJAJA, de volver a coger una guitarra y cantar, de volver a pagar 100 euros por ver la Vía Láctea dos noches desde el mejor de los sitios, de volver a correr hasta Dios sepa dónde por ver en un momento crucial a la otra persona, de subir hasta el monte más alto para contemplar las vistas, de madrugar para ver a un día nacer y ponerse, de volver a coger una pluma o un bolígrafo y escribir un poema que ahora estará en un cajón ajeno, sin copia, a título póstumo, de hacerme una foto que quede para siempre, de ponerme un bañador en plena tormenta y salir a nadar, de estar tan muerto que me caiga en un balancín a modo de almohada, de ser un pilar sobre el que se pueden apoyar, y llorar, de ser útil para la otra persona, de ayudarla a salir de una depresión, aunque se me pague, precisamente, dejándoseme. Y quiero extraer la cuarta reflexión de la noche: y de volver a ser capaz de sentirme vivo y 'dador' de vida, y -ante todo- la capacidad de ser distinto para cada persona. De hacer esto con una, y esto y mucho más con cualquier otra, de tener la capacidad de seguir innovando más, y sorprendiendo más, yendo a sitios nuevos, con rutas nuevas, viajes nuevos, con estudios nuevos, momentos nuevos, actividades nuevas, letras nuevas, sorpresas nuevas... y siendo distinto con todas las personas que conozco, con todas a las que tengo afecto, las que tengo cariño, las que puedo querer y las que, seguro, alguna que otra más, algún día, querré, de igual manera que siempre soy igual con todos, pero me adapto a las personas y les dejo ver tanto lo bueno como lo malo de mí, pero pongo a su disposición lo que más les puede gustar, servir y ayudar, para que cojan cuanto quieran. La capacidad de ir siendo cada vez más y más, y que el contenido de la caja me guarde a mí, pero guarde sólo la parte de mí que di a una de las personas que hubo en mi vida, y en un futuro haya otra caja donde se vayan acumulando todavía más trozos, y más surtidos, míos: la capacidad de seguir aprendiendo a querer, mejorando en el querer y recordando estos momentos por lo que he sido capaz de ser y resultar, y no por lo que algo fue y resultó. Esto es un ejemplo, una muestra, una beta.



Resumo dos horas de escritura (son las 01.40) en dos párrafos: ¿En qué se relacionan fotos antiguas con una caja de cartas y recuerdos nuevos, una persona que se fue sin nada y tantas historias contadas, y qué pinto yo ahí? En que todos dieron por ellos lo que no tenían para sí mismos, todos aprendieron gracias a la vida, todos fueron avanzando etapa tras etapa, con las dudas de su época (estudios uno, trabajo otros, supervivencia algunos otros...), y todos lo hicieron con un fin único: el de aprender. A querer, a ser útil, a desempeñarse... y el de culminarlo con la unión con la persona que tuvo el bien de recoger todos los frutos de una vida de trabajo, estudios y aprendizaje del amor, y la recogida del fruto: descendientes que en un futuro los recordasen, tomasen sus fotos, y los leyesen. El final del párrafo es el principio: todo esto por lo que me preocupo y lucho es por lo que otros lo hicieron para que estuviese aquí y, por tanto, es por lo que, en un futuro, alguien podrá decir de mí que está aquí.

¿Qué son mis estudios? Una de las primeras paradas de esta larga línea, la vida. ¿Para qué avanzo? Para crear una nueva estación. ¿Y si no funciona, y si no hay culmen?  Una sonrisa tuya, a título póstumo, se reflejará en las lágrimas de tus familiares cuando la vean, y te recordarán que no hace falta demostrar tu amor para que cale en el resto, ni demostrar tus capacidades para que el resto las adquiera, y que no hace falta hacer ruido para seguir resonando en las mentes de todos.  Se puede no dejar nada nuevo en la Tierra y, sin embargo, nunca irse de ella. Queridos... que no hay camino, se hace camino al andar, y que es tan corta la vida, y tan largo el oficio de vivir, que cuando uno lo aprende, ¡se tiene que ir! 

Nos vemos, os dejo con la canción cuya letra, melodía y mensaje global más me gustan, y que define esa capacidad, la de querer, la de superarse, la de amar y la de superar metas y etapas de la vida para poder seguir viviendo y llegar a conseguir el fin último como persona. ¿Su nombre? Curiosamente, Holy Pictures. Abrazos, nos leemos en otro rato.

28 de septiembre de 2018

Anatomía de la felicidad


Pues ha pasado otra semana. Lo ponía en común con los compañeros, quizá la más rápida del curso. Me pelo la clase de Neuroanatomía de hoy para plasmar lo que siento, dejar constancia de ello y traer reflexiones que nada tienen que ver con las de la pasada semana.

Comenzó un lunes descafeinado, en parte porque surgía un problema con el que no había contado hasta ahora y la misión era deshacerse de él. Algunas clases empiezan a aburrir, algunos profesores no dan la talla, y tu burbuja de felicidad se trastoca, entonces prima una cosa: mantenerse a uno mismo, y esto pasa por ocuparse de algo previo a que suceda, para que, cuando lo haga, no te pille por sorpresa, tengas todo planeado, sepas cómo reaccionar y puedas pilotar el coche sin necesidad de dar volantazos. También surge otro palo en la baraja muy importante, y con el que hay que saber jugar porque puede ser desde el mejor de tu mano hasta el peor que te pueda tocar, y no es otro que la 'prioridad'. Llega un momento en el que haces una balanza, sopesas los valores que tiene todo en tu vida y, si bien nunca haces una escala de valores porque éstos fluctúan y es inútil etiquetar las cosas, sí que tomas decisiones en función de cuál será menos perjudicial. ¿Es malo saltarme una clase?  Tanto peor puede ser que no aproveche ese tiempo. La mejor decisión es hacer lo que el cuerpo te pida si la mente se une. Me planto el lunes y digo: Sol, buena temperatura, Valencia entera libre, por desgracia soledad... ¿No la disfrutaré? Pienso, analizo, tengo muchos deberes, pero si los hago sin ganas mientras me pierdo una tarde que invita a salir, cogeré asco a los deberes y me sentiré de bajón por haber perdido una oportunidad tan grande. ¿Qué es, en comparación con todo ello, el menor de los males, de atrasarse un tema por asignatura? Nada, ya me autocontesto. Es hacerme un favor. Me compro mi flauta mientras paseo dos horas y me pongo a leer partituras. ¿Me termino de sentir mejor? No, arrastro días malos y es totalmente normal tenerlos unas cuantas veces al mes. ¿Me siento mal? Desde luego que no. No necesito mucho más para cerrar el día. Que pase el martes.

El martes fue un día en el que me tocó recordar lo que casi, por desgracia, había olvidado. Entran dudas, sabes que no lo has hecho todo lo bien que podías con varias personas a pesar de no buscarlo, tampoco te encuentras especialmente bien... Todo parece estar diseñado en tu contra. Sin embargo, en lo poco común encuentras una salida. Diluvia, todos se resguardan, algunos fuman en la puerta, otros se recluyen en la sala de estudio... nadie en la calle. ¿¡Por qué no salir a pasear bajo el diluvio en Viveros y sentar cabeza!? Dicho y hecho. Me cruzo, bata puesta, toda la calle ante la atenta mirada de la gente juzgando cuánta cordura me quedaba, medito lo justo y necesario a solas conmigo mismo y me vuelvo: 'esto se soluciona hablando con todos'. Senté cabeza y extraje otra de las máximas de esta semana: desempolva el alma. Hay que ocuparse siempre de uno mismo, pero también uno debe preocuparse siempre del resto que le importa. Lo dije ayer: las personas son problemas que sabes cómo resolver en la teoría, pero cada problema tiene una incógnita distinta, con un valor distinto, y si bien sabes la teoría, como no apliques la práctica de forma INDIVIDUALIZADA, persona por persona, no harás ni uno bien. No deben copar tu vida, pero sí debes estar atento a ellas, cuidarlas, nutrirlas. Puedes caer muy bien, genial... pero si no tratas bien al resto, haces ver que estás ahí, al final acabarás borrándote de sus vidas, estando ausente, incomunicado, y no contarán contigo. Así, resolví que la gente es, para mí, innecesariamente necesaria. Benedetti lo dijo mejor: '(...) que no me necesiten para nada, y que me quieran para todo'.

El miércoles empecé a surfear la ola y me puse, con más corazón que cabeza, a tratar de sacar adelante el día. No miento si digo que las cuatro primeras horas fueron un tremendo bluff, lejos de las sensaciones que había tenido el martes y estando, precisamente, bastante mejor, pero a veces, esta es otra, la vida te reserva los mejores momentos en el espacio de tiempo más corto, y de la forma más inesperada. 16 días llevaba descolgado de Histología, sin manera de encontrar un motivo para estudiar y se me enciende la bombilla, algo sinapta y vuelvo a la motivación del año previo, me reconcilio con la carrera, las dudas se disipan y al salir de clase me siento diferente a la hora anterior. No sucede demasiado más, salvo procrastinar, pasar apuntes, pensar en cómo una persona te cambia un día y la tendencia 'bajista' de la carrera, y cómo te puedes llegar a enfadar con familia y amigos por cuestiones puntuales, pero estando encima, con cariño y cuidado, con atención, sin agobiar y sin recriminar, consigues cercanía, mucho caso y revertir situaciones negativas para todos. Laissez-faire. A las personas se las trata con mucha calma, cariño, espacio y tiempo adecuados. No me detendré mucho más en este día.

El jueves, ayer, fue de otro mundo. Uno de los días que, igual que puedo calificar el domingo, lunes o martes de 'verdaderamente malos', puedo calificar de 'verdaderamente buenos'. Para bien y para mal, sólo tienes 2-3 malos y 2-3 muy buenos al mes, pero son los necesarios, y más que necesarios, para ver qué problemas tienes, cómo solucionarlos, cómo te sientes ante ellos, qué armas tienes para enfrentarte ante ellos y conocerte bastante mejor. Sin problemas, las personas no nos adaptaríamos ni aprenderíamos a reaccionar. El jueves, la vida dio un par de vueltas -no demasiadas, tampoco-, y las vueltas dieron bastante vida. Y quizá fue la representación gráfica de que lo que mal empieza, bien acaba. ¿Práctica a las 8.30? Estudio 4 temas y consigo una invitación al laboratorio. ¿Práctica de Epidemiología? Saco un diez y estudio 6 temas. ¿Clase final de Epidemiología? No voy. Vuelvo al lunes: ¿aprenderé? No. ¿Me sentiré mejor? No, al revés. ¿Puedo hacer algo mejor? Sí, descansar. ¡Vámonos, pues, a casa!

Aquí, doy cuerpo a las reflexiones que hicieron la semana y que tuve a bien transmitir a una persona. En primer lugar, que estar mal es necesario, tanto como preocuparse o agobiarse. Sin agobio no hay preocupación y, sin esta, ni te adelantas a las jugadas, ni sabes cómo reaccionar en el caso de que algo pase, ni sabes qué hacer si algo da un vuelco, ni eres capaz de olvidarte de algo cuando sucede porque ya tienes la seguridad de cómo afrontarlo sin que te perturbe. De hecho, hay que saber aprovechar los momentos de flaqueza para no pensar, sólo recordar cómo te sientes, cómo es estar mal, por qué estás mal realmente, qué puedes hacer -en caso de no mejorar- en un futuro para parar de estar así, y hay que saber prohibirse los juicios de valor. Y hay que saber aprovechar los momentos en los que mejor se está para darle a la cabeza, saber que se está bien, de recto juicio y productivo para resolver todos los problemas, aprovechar la vida, sintonizar con el ambiente, ver todo distinto, estudiar y salir, disfrutar de la vida, estar con los que siempre están y, muy importante, surfear la ola, dejarte tirar, ver todo pasar con verdadero gusto, el tiempo fluir, las experiencias sucederse, atrapar el momento y ver que se lo disfruta, que eres consciente del buen momento por el que pasas.

La clave, vuelvo al lunes, es 'priorizar', pero no ya lo que te gusta y lo que no, sino sobre VIVIR, que no es más que desear lo bueno y lo malo por lo antes dicho, pero saber encararlo siempre. Restringe cada problema, ¡CADA PROBLEMA!, y agobio existencial a su ámbito, no lo saques de ahí: 'es de noche y eso de lo que hablas vendrá mañana, el martes... aquello otro ha pasado hace horas, no lo saques del pasado y el futuro'. No saques lo sucedido en casa de casa, no saques lo sucedido en clase a una velada, no le des importancia a una nota del futuro trayéndola al presente, no le des más importancia de la que debes a un viaje que sucederá en semanas, si en esas semanas te puede pasar de todo, y más bueno que malo. La clave de vivir, pues, es estar dispuesto a pasar por lo bueno y lo malo, pero, ante todo, ser capaz de controlarse y no 'darle bola' más allá del momento y el sitio en el que sucede. 'Todo a su debido tiempo y espacio', recordad la frase del martes. Billy Joel lo dijo mejor: 'Where's the fire, what's the hurry about? You'd better cool it off before you burn it out. You've got so much to do and only so many hours in a day'. Lo que viene a ser algo como que no tengas prisa, por mucho que sea contrario a lo que pienses, deja de querer ir rápido con algo o alguien, porque en ese caso lo acabarás quemando (¿Recordáis el 'ausgebrannt' de la semana pasada?) porque, en muy poco tiempo que tienes, no sabes que puede suceder mucho más que lo que quieres. Despido el día como quise haberlo empezado. Tranquilo, disfrutando de un paseo y del frío, y con sueño. Porque el sueño no es más que el cuerpo sabiendo que ha hecho todo lo que podía y quería, y ya puede 'morir' sin arrepentirse de nada.

Poco más hay que decir, hoy viernes, seminario que me lleva a hacerme una pregunta que ya ayer contestaba a un amigo de Madrid, ¿implica ser médico saber, o implica el saber ser médico? Aun así, demasiada teoría que acaba haciendo el seminario un tanto denso e improductivo y, en vistas de Neuroanatomía, priorizo (mensaje del lunes), y me voy a escribir las líneas de hoy. Esta tarde, a 17.42, cuando deje publicados mis escritos de hoy, tocará salir a descubrir un sitio que ya descubriré a más gente en un futuro, y darme cuenta de una cosa, tras haber vuelto andando a casa, y haber prescindido del transporte: un cambio de sentir y sentirse, comporta un cambio de percibir, y percibirse. Según qué cosas, que otros días suponían todos mis pensamientos al ir paseando, hoy pasaban ya desapercibidas, y otros detalles, otros pequeños edificios, tiendas o monumentos que nunca creí haber visto, se tornaban visibles a mis ojos. El estado emocional se transforma, tu visión de los pequeños detalles va junto con él, y tu forma de percibir la vida, las personas y de querer se ve arrastrada, y al final sólo le queda, también, a tu pobre vida cambiar para no sentirse la única estática.

Podemos, bajo esta definición, resumir todo en una palabra. ¿Cuál? La restringiré a su único sitio, mi cabeza. No habéis leído nada. Mic drop. 

24 de septiembre de 2018

Quantum fluctuations. Todo lo que llevamos de septiembre... y lo que queda.

Siempre abro mis escritos con una canción o imagen que los resumen. En este caso el título está tomado de una pieza muy buena, que inspira muchas de las frases que quiero expresar, pero la canción que recomendaré no será esa, sino otra que resume mucho mejor mis días.


Escribo esto en una hora libre en la Facultad y las dos de entrenamiento que me quedan, más tarde, porque estoy con asma. À quelque chose malheur est bon. Mentiría si vendiese que, como todos los años (y como, realmente, le sucede a casi cualquiera) no estoy teniendo ningún tipo de ansiedad o de desconfianza en mí mismo y mis resultados, pero forma parte de lo normal, por lo que no preocupa demasiado. He tenido una semana bastante floja, pero todavía mantengo la energía del arreón inicial y puedo destacar, dentro de cada día, tarde y noche, momentos que me han hecho tremendamente feliz. Sigo viviendo, que es lo que cuenta. Demasiado resumen.

Resumiría estas dos semanas, de la que poco más que un calendario conservo como memoria, en aprender, descubrir, conocer, sufrir y disfrutar. Son extremos que se complementan increíblemente bien: todo es experiencia. He aprendido a delimitar mi zona de confort, hacer incursiones fuera de ella... con más inocencia que éxito, pero dejándola en mantillas en comparación con lo que fue hace unos años, donde no alcanzaba a ver nada más allá de sus dominios. No me importa, si tengo confianza en el éxito, lanzarme a algo que me sería más cómodo no experimentar, principalmente alguien. Han pasado las primeras semanas duras de cortar por lo 'sano' (entonces me parecía suicidarme a corto plazo), y los primeros meses de duelo y de intentar volver a volar, y el primer medio año de volar raso, y ya casi también, gradualmente, el primer año. Ya estoy en la fase de volar alto, muy, muy alto. Te das cuenta de ello cuando le pierdes el miedo a volver a la altura de antes, a la caída, a subir tanto, tan alto y tan rápido y tener el riesgo de que, de un escopetazo y de la noche a la mañana, toques el suelo, el 'rock bottom' por parte, precisamente, de quien creías cuidador y no cazador. Repito siempre que estas experiencias te enseñan a planear, a mejorar el vuelo, a saber por qué corrientes moverte... pero jamás deben impulsarte a no hacerlo, a no juntarte de nuevo en bandada, a no volver a surcar los cielos. Creo que esta semana me di cuenta de que, en un mundo en que sólo hay furtivos al acecho, buitres planeando en círculos creyendo que volverás a ser su carroña y depredadores de área, también de vez en cuando, si lo sabes escuchar, existen otros pájaros, más o menos heridos, más o menos similares a ti, con los mismos miedos a volar y volver a caer... que te llevan a pensar si realmente la suerte es que os una la desgracia.

Ha sido una semana en la que han vuelto tenues fantasmas del pasado. En 2015 y parte de 2016, muy pequeña parte, ya comenté una de mis mayores sorpresas con una persona con la que estuve años. Este mes de marzo hizo cuatro. Nos perdieron las palabras. Por una parte las no pronunciadas, por otra parte las pronunciadas equívocamente. Unas veces se hablaba mucho, otras se callaba tanto más, otras se hablaba sin decir nada. No ha sido sólo una la persona, sino varias, que me han dicho que no me comunico correctamente, que tengo cosas a pulir, que quizá deba mojarme más, decir más hablando menos. Curiosamente, una persona que apenas comencé a conocer y mi mejor amigo, que son dos extremos que vienen a confirmar que es una realidad. Bien, mi mejor amigo todavía es desconocedor de todo aquello por lo que paso y que mi forma de no preocuparlo ni querer a nadie encima preocupándose es contar lo mínimo, y el otro extremo no conoce que, válgase la redundancia, el otro extremo de la parquedad es la verborrea, y no lo hago por falta de educación, ni tan siquiera por querer ser el protagonista, sino porque, me guste correr más o menos, si estoy cómodo, no quiero que la conversación se acabe, siento que lo hace el tiempo y por ello toca apurar el momento, la tesitura, la persona... Con una persona, antes de que -dentro de todo- se extrajese que estaba en mi burbuja, había ido a su cumpleaños, había bebido estando enfermo, había montado una cena y fiesta de más de siete horas con fiebre. Nunca jamás me había visto ir de fiesta, y lo hice para que tuviese un momento que llevarse a la mente, y lo pasase bien. En silencio disfrutaba de su cara. Dije mucho sin hablar, y quizá ese fue el problema. Con la otra persona, anduve diez kilómetros, también enfermo y con fiebre (cuándo no), intenté montar una ruta chula, me sentía motivado, muy cómodo, en fin... que normalmente das con perfiles de personas que si bien no te aburren y son válidos, puedes quedar con ellas, etc., suelen ser personas de quedar pocas veces, de acabar perdiendo el contacto, o de no pegar ni con cola, tan siquiera tener tema para hablar. Con esta persona sí lo tenía y quise aprovechar, quizá lo quemé. Quise aprovechar el poner una estampa preciosa (castillo, verde, lago...) con un sonido que no olvidase (el rumor del agua, la voz de la otra persona, pájaros, gente...), en fin, estar receptivo con el mundo y no sentirme en la burbuja de irrealidad en la que me sentía antes, en que parecía no existir. Coño, que quería sentirme vivo, vaya. Y no fue así, quizá pequé de correr demasiado con las palabras, o de no decir todo esto (que, realmente, sí tuve que decirlo a posteriori, pero no en el momento), quizá pequé de no conocer a la otra persona y no querer manejar ningún registro... Pequé, no importa, ahora mismo, de qué. Para mí fue un día precioso con una persona muy agradable, en un sitio al que nunca jamás había ido a pie, una ocasión única, vaya, y una tarde en la que me importó poco hacerme dos horas de paseo con fiebre, en la que hablé más con la mente y la mirada que con la boca, una tarde estupenda y, por desgracia, la otra persona, como el viernes sucediese con mi amigo, se quedó con que hablé mucho y dije poco, o quizá puedo dar socialmente más de mí. Recuerdo haber rememorado, en un momento en que me creí pudiendo levantar la cabeza, sintiéndome medianamente respetado y como en mi casa, una frase de una escritora guatemalteca, además, también recuerdo hacerlo a raíz de que me viniese no sólo eso en mente, sino la nacionalidad de la otra persona. Una forma de decir 'estoy hablando, pero también te escucho, y te digo que quizá este momento es el mejor que podría estar teniendo, ¡es el 'momento más bonito de mi mundo'!, en tanto que mi mundo era lo que había en ese momento. Bueno, quizá sólo yo lo vea así o sea demasiado enrevesado y tenga que dar paso a las palabras. Quizá dije cien y fue diez. Pero juro que, a mi manera, quise decir mil. El pensamiento del pasado volvió a revivirse. Ya habrá otra y pondré en juego lo aprendido. Y si no la hay, ya no debo preocuparme por nada, por suerte o por desgracia. Lo peor sería que no pudiesen aceptarlo, como hace mes y pico una chica no supo aceptar que no quisiese nada con ella, y me bloquease. Acabaré perdiendo, seguramente, el contacto con mucha gente, pero si de mí depende, nunca será así. Antes que perder cualquier cosa, no la tengo, y cualquiera debería saber que si empiezo algo, no lo termino.

En otro orden de cosas, comencé la semana con el 'ausgebrannt' como lema. El alemán, ese idioma que tiene, como sólo el castellano y, menos poético, el inglés, una palabra para 'estar quemado'. Me lo sentía. Mis círculos familiares quizá no me comprendían o asumían en mí una autonomía que tengo, aunque a nadie le desagrada que, muy de vez en cuando, estén un tanto más encima, la salud familiar no siempre es buena, la familia -por descontado- no siempre es la institución que te venden, abandoné el atletismo (quizá esto fue lo que me hizo estar peor de todo ello, aunque tuve gente encima que me razonó, como yo haría conmigo mismo, por qué tenía yo razón y cuantísimo bien me hacía)... Tomé decisiones o experimenté pensamientos que no me había planteado días atrás y que, para mí, eran inesperados, tuve que encajarlos, decidir qué haría con esos vacíos en un futuro, y no es fácil recalcular una hoja de ruta sobre la marcha, sin tener tiempo para pararse y razonar. No achaco a todo esto mi nefasto final de semana, pero llegué con tan poca energía que haber podido hacer tanto el viernes y el sábado me parece glorioso. El viernes-sábado de madrugada creía estar ya tirando la toalla en el noveno asalto, pero aguanté hasta el décimo y vi que el combate realmente terminaba el sábado por la noche, que el domingo era sólo una fiesta. Dije algo similar en 2017, y si mis letras caminan por los mismos derroteros que entonces es por algo. También había un autor, Paco Roca, quien decía que 'cuando se oye el obús cerca, te ensordece y silba, celebra, porque acaba de pasar sobre ti; quien no lo sienta, escuche ni se ensordezca, quizá sea su blanco'. Me vi atribulado, me vi jodido, me vi bastante mal por momentos la semana pasada, pero precisamente fue porque no lo estaba, no era yo la diana y no era ese mi momento. Sigo vivo, reitero.

Al margen de lo que va de septiembre, queda hablar de lo que resta de él. Lo definiría con muchas más palabras, a pesar de que está por venir, quizá por las ganas que le tengo. Principalmente diría que, pese a que estoy en una espiral de falta de confianza y de creer que me caerá hasta el recreo, lo veo con confianza. Si miro por la ventana y trato de evocar la de años pasados que llevo, con los cambios de estudios no menores que he realizado y con los pensamientos que tenía entonces, en mi mente se queda la imagen de que esto es una chorrada, es muy fácil, sólo ten entusiasmo y mantenlo, casi todo el mundo que lo ha intentado ha conseguido lo que yo y desde luego la grandísima mayoría no es superior, lo único que la diferencia de mí es que ha tenido confianza y entusiasmo. Si lo pierdo, trato de encontrarlo de nuevo, y  si lo tengo, de preservarlo, pero con ello en mis filas, puedo durar lo que me proponga. Sean 6, 7 años o los que vengan. Tener constancia es difícil cuando quieres correr mucho, cuando amas lo que haces, cuando te gustaría estar al otro lado de la mesa, pero también es algo que se aprende. Hace años, de hecho, enfocaba todo desde un prisma no muy real, pero que yo así creía. Salía de una depresión, y no podía pedirme más. Entonces, decía 'nada pasa, y todo pasa, ¡y eso pasa!'. Ahora diría que todo pasa continuamente para que la sensación sea que nada pasa. Ningún cambio es súbito, sino que se gesta sin que nosotros seamos conscientes, y cuando nos hacemos conocedores de ello, entonces decimos que sucede. Puedo poner demasiados ejemplos. Un infarto no se gestó de una noche para una mañana en la que te despierta un jadeo, sino día tras día y cigarro tras cigarro sin que fueses consciente que una arteria se debilitaba. Un amor no se gestó de una noche para una mañana en la que dices 'esta persona me ha cazado, me cuesta olvidarla', sino que poco a poco, conversación tras conversación, gesto tras gesto, momento tras momento, como sucediese en su día, la gota fue calando a la roca y la resquebrajó. Tampoco saqué un diez inesperado de la noche a la mañana, sino que curré poco a poco sin saber cuál sería el resultado final. Me entendéis de sobra. La gracia de la vida se esconde tras los ojos, porque fuera no existe y más allá de ahí está muerta, por abajo y por arriba, y cuando llega esa persona que consigue burlar esa barrera y llegar ya viva antes de que crees una imagen sobre ella, la proceses o te pares a pensar qué es para ti, estás jodido. Hermosamente jodido. Lo callé en su día, pero es una de las frases que más ciertas me parecen, y por qué obviarla ahora.

Al final de todo, también ha quedado, además de la visión continuista y de la satisfacción, la visión de que todo esto se hace largo a corto plazo, y corto a largo plazo. Antes veía a compañeros que ya cursan 3º, casi acaban su grado, salen al mercado... y me sentía lento, desplazado, con un año perdido... Ahora lo enfoco desde el prisma que vale, el de la vida, y me percato de que lo que importa no es eso, sino por qué estoy estudiando. Porque quiero crecer, formarme, tener dinero, tener una familia, un sustento, mi propio placer. ¿Es algo que vayan a tener garantizados los que han ido más rápidos que yo? No. Debo hacer mi camino, con mi trabajo, y sólo si yo lo hago bien y termino en el equilibrio tiempo-cansancio necesario, obtendré los éxitos por los que pugno, y entonces me importará todavía menos lo que otros hagan o piensen. Eso es la vida, con la paradójica salvedad de que, si bien no debes compararte con nadie ni vivir en torno a nadie, sí que debes plantearte, al menos en un momento, cuál es su utilidad, su gracia, su propósito. No deja de ser, para mí, un regalo, y como todo regalo se puede apreciar para uno sólo, se puede no apreciarlo, tirarlo por la borda, decir 'no lo quería', o se puede compartirlo y, curiosamente y pese a ser sólo tuyo, hacerlo plural, quererlo todavía más, gozar en compañía. Tantos años con pocas personas (y por tanto, mucho tiempo con gente única) con quien compartirlo me ha mostrado que esto es la soledad del corredor de fondo (PRECIOSA PELI Y LIBRO POR CIERTO), y que encontrar a otro en la pista, encontrar alguien con quien compartir tus momentos, llenarte y llenarle, y sentir que no pasas momentos, darles gran importancia y belleza, y hacer lo mismo recíprocamente, es lo que de veras vale.

En una ocasión subí una de las montañas más altas de la Comunitat, yo solo. Lo disfruté, quise mucho el regalo, pero pensé, en plena soledad del campo: '¿Y si hubiese alguien más aquí, no sería mejor, más bonito, y menos único?'. Volví a subir, con gente. Y sí, lo fue. Amigos y pareja, definitivamente, no son conceptos sobrevalorados, sino añadidos a nuestras vidas. No viene a raíz de nada esta reflexión, salvo que un compañero quiso convencerme de lo contrario, y es algo a lo que he querido darle vueltas estos días para comprobar que no está en lo cierto. Tras eso me dio por pensar, ayer, en una canción de Regina Spektor, que decía 'everything is different the second time around'. Y tiene cierta razón, para qué ocultarlo, dijo también Sartre un día que la gracia de la vida era que todo cambiase para que, precisamente, tuviésemos la sensación de que nada lo hace. Cambian todos tus compañeros, relaciones, parte de la familia y hasta ubicación para que sigas sintiéndote exactamente igual, más solo o menos, con los mismos círculos de confianza, con una familia que te quiere más o menos lo mismo y en un sitio en el que te sientes igual de bien. ¿Si hubiese seguido otro año más con mismos compañeros, relaciones, familia, ciudad... no hubiesen ido degenerándose y, por tanto, todo hubiese cambiado? Es una de las mejores etapas del libro de 'La Náusea', la que más me abrió los ojos al releerlo. De música y frases va esto, y dijo Fito Cabrales que 'lo que me llevará al final, serán mis pasos, no el camino', ya no va sobre caminos, esperas y qué habrá, sino sobre seguir andando, viendo cambiar las ciudades a tu paso, cogiendo y dejando a gente por el 'Crystal Express' y, sin embargo, no detenerte. Todos somos acto y potencia, y ser potencia no es más que continuar siendo acto al cien por cien durante el tiempo que dures. Podríamos decir, pues, que el potencial, que es la máxima grandeza que te deparas, no es más que la capacidad de ser al cien por cien durante toda tu vida. De aprovechar al cien por cien, que no al máximo, tus momentos, tus personas, tu formación... No solo a ti. No eres persona por quién eres, sino por quién eres, quiénes te hacen, a quién haces, cuánto aprendes, qué curiosidad mantienes. Al futbolista no lo hace progresar su físico, sino su mente, su disposición, su planteamiento... La vida es igual, la vida es nutrición de miles de maneras sin las cuales, por muy nimias que sean, no llegas a ser el proyecto por el que pugnas. Esta fue la última conversación que mantuve con la persona que me dejó, la que olvidé a la fuerza, y que ahora se arrepiente, ¡no así yo!, así que, con una última conversación con la que fuese la última persona con quien compartí mi regalo llamado vida, quiero tener yo las últimas palabras en este artículo, que también es mi regalo (tiempo y sentimientos) si es que no os supone más una lacra que un presente, por lo tosco y lo muchísimo que digo más implícita que explícitamente. A la próxima mejoraré.

Posdata: nos vemos la semana que viene, bioquímicos.