Creo que a estas alturas ya nadie lee mis líneas. Sea un blog o sea un diario, el caso es que las sigo manteniendo esporádicamente. Me es, ciertamente, indiferente, pues no va a cambiar mucho mi producción el que me lean o no. Quien a estas alturas tenga algo que ocultar o, mejor dicho, no haya sido calado por la mayoría de los mortales, es rara avis. (Y bendita sea).
Son días de transición, y como lo que son, vivo con cierta incertidumbre (vaya oxímoron), pensando en si es una transición hacia el positivismo o hacia el sótano del nihilismo; una morada lúgubre, rebosante de salitre, con aroma a carnaza moral y cerrada con tantas llaves como el corazón de un introvertido que pretende vender que no lo es. En estos días tengo una extraña fuerza, llamémosla 'equis', que me empuja a trascender horizontes y me los acerca a una distancia nunca sentida; que me hace ver que jugar a ser dios está tan cerca para mí, y los pensamientos para llegar a ello son tan evidentes y simples, que tengo ganas de coger unos minutos y versar mis teoremas sobre ello. Pero también tengo momentos de freno brusco en que todo vuelve a saltar por los aires y me digo 'calma', en que todos los horizontes se vuelven a ver tan lejanos que parecen espejismos en el desierto -porque creo ver algo que jamás estuvo ni estará allá- y en el que una pesadez vital me lastra hasta el punto de concluir que lo mejor, energéticamente hablando, es no moverme.
Son días, pues, de saber controlar todos los impulsos que tiran de mí cual tensión física; si algo me enseñó esta ciencia es que una confrontación de fuerzas sumada siempre será la más absoluta de las calmas (salvo que entremos en el dominio de la cuántica, pero eso es harina de otro costal y siento que me he andado por las ramas un poquito). Y en momentos como este, uno tiene mayor sensibilidad (siempre la tiene, pero no sintoniza, irradia). Activa su visión del mundo de forma desinteresada, entre el positivismo de comerse el mundo y la resignación de no intentarlo, y entra en un momento de empatía curiosa. Ve las cosas con ojos neutrales, con los ojos de la suma nula de fuerzas.
Y ve un mundo por el que tan válido es no dar ni un clavo y retirarse lo antes posible, como lo puede ser luchar hasta el final por intentar cambiarlo. Pero, pese a todo ello, solo veo gente encasillada. Crecer, estudiar, juntarse, trabajar, casarse, tener un hijo, jubilarse, morir. Será que lo veo desde una posición díscola y, tarde o temprano, por un fenómeno que desconozco, haré un 'switch' y pasaré a ser otro más del infinito redil. Lo desconozco, pero sí que empiezo a discernir que la vida es aquello que o te montas como quieres o lo usas como medio de mantenimiento. Ahora veo por qué es tan importante seguir teniendo la capacidad de querer y, qué coño, sentirse querido. Tener a alguien que te complemente no tiene por qué ser corrosivo si se sabe con quién mezclarse.
Pero también veo que el otro extremo de las fuerzas tira de mí, y me hace ver que no existe el amor, sino existe gente que se desinhibe para poder juntarse, pero se junta por debilidad, por una noche, y después marcha y actúa en la vida real como si se odiase, como si nada hubiese pasado. Como si le diese vergüenza la otra persona y no el porqué de que todo eso hubiese ocurrido. No dar a la cabeza, ciertamente, es la mayor causa de que exista tanta gente no solo feliz, sino también incapaz de hacer autocrítica. Mandaba el otro día una carta a una compañera que vive muy, muy lejos, porque me parecía una forma -algo anacrónica- de dedicarle tiempo a alguien, hablar de forma sincera, ser conciso y no depender de un móvil que te la acerque. De pasar días esperando su respuesta, y ver toda carta en el buzón como un calambrazo de excitación, aunque sea una factura más de aquellos que te parasitan hasta los intestinos. Y pensé '¿qué ha sido de ello?'. A día de hoy la mayoría me soltará que está fuera de moda, que es costoso (unos céntimos, ya veis), que es demasiado tiempo (unos días, ya veis)... que con Whatsapp y descaro se consigue todo. Pues eso... economía de tiempo y sentimientos. Buscamos obtener el mayor número de emociones positivas sin suscitar ninguna a la otra persona, y por eso vivimos en hipocresía. Acabamos tan vacíos que, al no poder ofrecer sentimientos, vendemos fachadas. Voy a hacerte sentir bien fingiendo y me voy a sentir genial por haber recibido todavía más sentimientos en esta economía de la moral, aunque realmente los tuyos sean igual de falsos. No sé. Me gustaría vivir en otra época, quizá en otro lugar, puede ser que en realidad sea con otra gente, o quizá solo, o quizá con alguien que me entienda, o quizá no sé sinceramente que quiero, para qué engañarme.
También observo la vida olvidándose de sí misma. Me oprime en cierto modo observar a la gente como 'niños muertos'. Tengo la manía de observar a todos y todas como si fuesen niños del pasado, como si fuesen ellos mismos con rasgos infantiles, jóvenes, mininos, y se acercasen cantando, riendo, jugando o disfrutando de la vida, que son cuatro días mal contados. Y me entristece ver que muchas de esas caras se han perdido. Parecen, como en el genial libro de Momo que casi nadie se ha leído y mucho menos quienes lo han leído le han sacado la enseñanza, que les hayan chupado el alma. Caras de decepción, de tristeza, de vivir por inercia... Veo a una mujer, ajena a todo, liviana, no sé cuánto tiempo de vida le quedará, pero muy poco, que apenas recuerda quién es, no responde muy bien a sus hijas y quizá haya empezado a olvidar a todos sus cercanos. Sus besos no la aplacan, ese niño del pasado está muerto, pero también lo está su identidad. Ha vivido para que todo lo que la hizo ser ahora mismo la haya convertido en un muerto en vida. Me produce tristeza pensar que habré pasado todo este tiempo para decirme 'hazlo, que no habrá más'.
También veo a un hombre, 'el loco' para todos mis vecinos, pero paradójicamente el único que me da conversación y con el que me entiendo (y me entiende). Viene, a diez grados, todo de corto y de hacer deporte. Lo vi a las cinco cuando volvía de la Universidad. Lo saludo de nuevo a las diez cuando volvía del hospital. Llevaba cinco horas haciendo deporte: 'bicicleta, natación, correr, pesas... ¡Estoy en forma!'. Y acto seguido me dice 'pero estoy así porque quiero (...), me pusieron una válvula, me mandaron reposar un año... ¡y lo mandé todo a la mierda! Prefiero morir haciendo lo que me gusta que vivir reprimido y en reposo por seguir malviviendo, cuando no solo no disfrutaré sino que además cualquier otro factor podrá matarme. Vive, que cuando la palmes nada de esto quedará y te preguntarás 'por qué' '.
Y sí, quizá no sea el mejor estilo de vida, ni deba hacer caso a alguien cuya existencia ha sido un rosario. Pero tras todo ese mensaje subyacen las dos ideas clave. 'Cuando la palmes, nada de esto quedará (...) vive, que si ello te lleva a la muerte, te llevará con gusto' y '... te preguntarás 'por qué''. El 'por qué'. Eso que te ata a la vida o a las ganas de no vivir. ¿Por qué vivo? Y el 'para qué'. Eso que te ata a la abulia o a la hiperactividad. ¿Para que existo, trabajo, me muevo como otro más?
Me extendería mucho más. Pero aunque esto sea un diario -solo escribo yo y nadie me lee, parece-, las verdaderas reflexiones van en el mío. En el que solo yo puedo leer, en el que solo yo leo. El privado. Al que nadie puede acceder. No sino mi memoria. Ahí están escritas las palabras, porque verba volant scripta manent.
Cuando sepa qué hacer con mi vida, volveré. Con ella o sin ella. Mientras tanto, buenas noches, y me voy a observar las nubes con música de fondo y algo que leer.
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