6 de noviembre de 2016

Ar vei qu'em vengut als jorns loncs

Antoine de Busnois - Rondeau (s. XV).


Ar vei qu'em vengut als jorns loncs.


Han sido muchos meses sin escribir y todavía más sin decidir publicar lo poco que sale de mi pluma. Realmente no he vuelto para quedarme, pero debido a que tengo el tiempo libre suficiente como para sacar unas líneas de la misma calidad que mi estado emocional -algo así como ‘somera’, y no nos excedamos en los detalles- y a que acabo de recordar que este blog, como mis sentimientos, no estaba borrado, sino bien oculto (y ambos porque en su día se me olvidó hacerlo), me apetecía, como una Perseida en el cielo estival, dejarme caer de forma fugaz y brillante para no volver a pasar, quién sabe uno, hasta la siguiente temporada.

No voy a engañar a nadie con letras asépticas y pulquérrimas. El borrón y cuenta nueva no sirve cuando esta última es a débito con la vida, y está en números rojos desde hace ya tantos años que prefiero ser el Cervantes de cuya cifra no quiera acordarse. Solo vengo a mostrar cuál ha sido mi visión general del todo estos últimos meses en los que os mantuve más o menos al tanto de todo cuanto iba sucediendo, aunque de la misma forma hermética con la que me he ido no abriendo, sino entreabriendo, todos estos años.

En estos tiempos, turbios como el agua de un río a su paso por un meandro que no hace sino retorcer su trayectoria todavía más, he sentido la náusea sartriana posarse con especial ahínco. No es una sensación de rechazo como este año pasado, sino de abulia y negación. No es un ‘por qué’, sino un ‘para qué’. He dejado de buscar el motivo, y ahora simplemente me muevo en la búsqueda de una finalidad. No me importa moverme mucho más que antes, si se me da una razón que no sea el estatismo más pétreo.

Atrás ha quedado esa época en que cabalgaba sobre los lomos de los libros intentando vencer a una galopante ansia vital. Ese periodo en el que mi potencia aristotélica llevaba tanta ventaja a mi acto que sentía la necesidad de iniciar una carrera estresante y sin oxígeno alguno, sin directrices y sin camino fijo contra todos estos años que para mí suponen un fundido en negro, un parón en mi producción, en mi currículo, en mis recompensas… Unos años en que la inteligencia me ha ofrecido el placer del ocio ilimitado a cambio del mal trago de conocer al nihilismo. Recuerdo hace unos meses, y quien dice unos también podría decir un año y no se quemaría al poner la mano en el fuego, que todavía sentía un mínimo. No había derribado todas las creencias que tenía sobrevolando mi nido de ideas y creía en definiciones abstractas sobre conceptos que el ser humano creó. Eso que llaman amor, justicia, éxito, redención… Recuerdo las pocas amistades que tenía y que ahora ya rehúyo en la mayoría de los casos precisamente porque todavía puedo ver los hilos que mueven a las marionetas.

Recuerdo buscar el pleno conocimiento con el mismo ahínco con el que buscaba a ‘la persona’, como si fuese un santo grial cuya búsqueda debiese emprender por todo el mundo. Olvidaba que a ese tipo de personas se las encuentra, sin más.

Como si fuese un reducto de normalidad en un seno completamente descabalado. Un ente que respetase mi tiempo y mi espacio de la misma manera en que supiese cuando no respetar a los derrumbes que me sobrevenían. Recuerdo creer en las conversaciones serias que no acabasen por misérrimos derroteros, de que las horas fuesen números y nunca fuese pronto o tarde para nada; también pensar que la madurez no es la sobriedad, la seriedad y la rectitud, sino la capacidad del recto juicio del vetusto cuando es requerida, y la falta de vergüenza hacia el mundo de un crío cuando la situación se quiere desembarazar de sí misma. Recuerdo, en definitiva, creer en la complementariedad de las personas sin toxicidad de por medio. Quizá sea ese el verbo: ‘creer’, el que haya cambiado. Ahora, mis pocos años en latín, me permiten decir en voz tan alta como la caída que emprendí hace ya mucho, que ‘Non credo’.

No todo cambio brusco debe estar motivado por la afectación externa. No se deja de creer en el amor por un desamor (al fin y al cabo solo he tenido aprecio a una persona en todos estos años y le puse fin porque solo buscaba mi propia apoptosis), no se deja de creer en la vida por una muerte, ni se deja de creer en la humanidad por una masacre. No todo coche se sale de la vía por errores del piloto (también reconozco no tener siquiera el carnet de conducir mi propia vida), ni por golpes del de detrás en su intento de adelantarle; simplemente las cosas dejan de funcionar y un día te ves tirado en la cuneta.

Y aprendes a caminar solo y verlas pasar, sabiendo que tu menor velocidad hará más largo este camino cuyo final ya conoces y al que deseas llegar lo antes posible. Al fin y al cabo es proporcional al ritmo que se lleve; tan rápido vivirás como tan pronto te cansarás de vivir. Nadie escapa a las reglas de la existencia ni a sus propios pensamientos. No se pueden callar durante mucho tiempo, porque tienen voz en todos nuestros actos. Como vehículo que acumula las averías de años pasados y los baches del anterior, tengo la suspensión suficiente para flotar sobre el camino y ya no darme cuenta ni de las piedras que me abren los pies; el dolor ya es un compañero más de viaje y me obliga a permanecer con el rictus totalmente neutral mientras veo a otros pasar a mi lado vertiendo lágrimas que repondrán al término de la semana en forma de alcohol. Quizá con sexo, si tienen la suficientemente poca química como para atraerse de forma tangencial entre sí, porque no les aproxima su contenido, sino sus debilidades que buscan aplacarse.

Pero solo tengo una certeza y es la de que no volveré a funcionar, ni lo quiero tampoco en el único sentido de que la velocidad me aturde. La frialdad de ver venir los hechos y anticiparse a ellos como un carroñero que solo busca rapiñar y salvar su pellejo ha ganado al pensamiento en caliente de querer vivir según lo que salga como la cigarra que se pasa todo el verano de su vida disfrutando para tener un invierno crudo que la mate.

El único miedo que sobreviene ahora es uno: volver a brillar, que el motor vuelva a activarse, que el horizonte vuelva a rodar bajo mis pies y sienta de nuevo el paisaje sucederse continuamente. Porque en ausencia de combustible, como toda estrella, volver a brillar sin medios para hacerlo implica que estás a punto de explotar, como una supernova, para morir por toda la eternidad. Y tan grotesco como vivir sin un motivo acaba resultando. En ambos casos, se deja solo el polvo del que se viene y en que se convierte para formar cuerpos con vida. Maldita muerte, nihilista ella, que no cree en su trabajo ni en la existencia, porque se sabe viva para siempre como el condenado a cargar su cruz de mártir.

Sé que vuelvo a caer en el reduccionismo que otrora detesté con todo mi ser, pero somos una prolongación temporal, que no antrópica, del cosmos, y como tal compartimos sus características hasta el punto de ser una constelación de problemas que giran en torno a una bóveda de materia gris. Qué poético todo eso para definir que somos entes finitos dándole importancia a algo que durará más que ellos. Sí, quizá sea eso.

No comento mucho más de mí, porque sabéis de mi enfermedad (no, no hablo de la vida, ahora me centro a nivel fisiológico, no todo va a ser metáfora pesimista), y ahí sigue (porque sigo). Somos la única complementariedad que existe. Solo me desharé de ella cuando haya muerto, y seguiré teniéndola de forma crónica mientras siga viviendo. Después, una vez bajo tierra -o surcando los cielos- más pronto que tarde por el desenlace que tiene pinta ser más plausible si uno no decide acabar con el otro y viceversa, solo seré el mismo sustrato que antes, quizá con una mayor paz. Dijo Schopenhauer en uno de sus libros que la paz solo se alcanza al morir, porque se rompe al nacer. No comparto su misoginia, pero sí su extremo cinismo. Me hace sentir, en cierto modo, comprendido, aunque sea en un recipiente tan pequeño que sienta la presión de sus paredes.

No tengo más que contar, creo. No voy a hacer tabula rasa, afirmo. Voy a seguir viviendo mientras mi cuerpo, en proceso de necrosis, me lo permita y mientras mi mente, afectada por el paso de los días, tenga a bien dar la venia de continuidad. Me extendería mucho más, pero se cierne la noche, todo se torna un tanto más triste, recuerdo que tengo demasiadas cosas por hacer (inversamente proporcionales a las ganas que tengo de llevarlas a cabo y de los motivos que me dan para que les preste atención) y sé que cada uno tiene su propia cruz como para detenerse a ver cómo otro carga con la suya.


Que os sea leve el camino, y nos leemos. No sé hasta cuándo, ni con qué periodicidad, pero nos leemos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario