Antoine de Busnois - Rondeau (s. XV).
Ar vei qu'em vengut als jorns loncs.
Han sido muchos meses sin
escribir y todavía más sin decidir publicar lo poco que sale de mi pluma.
Realmente no he vuelto para quedarme, pero debido a que tengo el tiempo libre
suficiente como para sacar unas líneas de la misma calidad que mi estado
emocional -algo así como ‘somera’, y no nos excedamos en los detalles- y a que
acabo de recordar que este blog, como mis sentimientos, no estaba borrado, sino
bien oculto (y ambos porque en su día se me olvidó hacerlo), me apetecía, como
una Perseida en el cielo estival, dejarme caer de forma fugaz y brillante para
no volver a pasar, quién sabe uno, hasta la siguiente temporada.
No voy a engañar a nadie con
letras asépticas y pulquérrimas. El borrón y cuenta nueva no sirve cuando esta
última es a débito con la vida, y está en números rojos desde hace ya tantos
años que prefiero ser el Cervantes de cuya cifra no quiera acordarse. Solo
vengo a mostrar cuál ha sido mi visión general del todo estos últimos meses en
los que os mantuve más o menos al tanto de todo cuanto iba sucediendo, aunque
de la misma forma hermética con la que me he ido no abriendo, sino
entreabriendo, todos estos años.
En estos tiempos, turbios como el
agua de un río a su paso por un meandro que no hace sino retorcer su trayectoria
todavía más, he sentido la náusea sartriana posarse con especial ahínco. No es
una sensación de rechazo como este año pasado, sino de abulia y negación. No es
un ‘por qué’, sino un ‘para qué’. He dejado de buscar el motivo, y ahora
simplemente me muevo en la búsqueda de una finalidad. No me importa moverme
mucho más que antes, si se me da una razón que no sea el estatismo más pétreo.
Atrás ha quedado esa época en que
cabalgaba sobre los lomos de los libros intentando vencer a una galopante ansia
vital. Ese periodo en el que mi potencia aristotélica llevaba tanta ventaja a
mi acto que sentía la necesidad de iniciar una carrera estresante y sin oxígeno
alguno, sin directrices y sin camino fijo contra todos estos años que para mí
suponen un fundido en negro, un parón en mi producción, en mi currículo, en mis
recompensas… Unos años en que la inteligencia me ha ofrecido el placer del ocio
ilimitado a cambio del mal trago de conocer al nihilismo. Recuerdo hace unos
meses, y quien dice unos también podría decir un año y no se quemaría al poner
la mano en el fuego, que todavía sentía un mínimo. No había derribado todas las
creencias que tenía sobrevolando mi nido de ideas y creía en definiciones
abstractas sobre conceptos que el ser humano creó. Eso que llaman amor,
justicia, éxito, redención… Recuerdo las pocas amistades que tenía y que ahora
ya rehúyo en la mayoría de los casos precisamente porque todavía puedo ver los
hilos que mueven a las marionetas.
Recuerdo buscar el pleno
conocimiento con el mismo ahínco con el que buscaba a ‘la persona’, como si
fuese un santo grial cuya búsqueda debiese emprender por todo el mundo.
Olvidaba que a ese tipo de personas se las encuentra, sin más.
Como si fuese un reducto de
normalidad en un seno completamente descabalado. Un ente que respetase mi
tiempo y mi espacio de la misma manera en que supiese cuando no respetar a los
derrumbes que me sobrevenían. Recuerdo creer en las conversaciones serias que
no acabasen por misérrimos derroteros, de que las horas fuesen números y nunca
fuese pronto o tarde para nada; también pensar que la madurez no es la
sobriedad, la seriedad y la rectitud, sino la capacidad del recto juicio del
vetusto cuando es requerida, y la falta de vergüenza hacia el mundo de un crío
cuando la situación se quiere desembarazar de sí misma. Recuerdo, en
definitiva, creer en la complementariedad de las personas sin toxicidad de por
medio. Quizá sea ese el verbo: ‘creer’, el que haya cambiado. Ahora, mis pocos
años en latín, me permiten decir en voz tan alta como la caída que emprendí
hace ya mucho, que ‘Non credo’.
No todo cambio brusco debe estar
motivado por la afectación externa. No se deja de creer en el amor por un
desamor (al fin y al cabo solo he tenido aprecio a una persona en todos estos
años y le puse fin porque solo buscaba mi propia apoptosis), no se deja de
creer en la vida por una muerte, ni se deja de creer en la humanidad por una
masacre. No todo coche se sale de la vía por errores del piloto (también
reconozco no tener siquiera el carnet de conducir mi propia vida), ni por
golpes del de detrás en su intento de adelantarle; simplemente las cosas dejan
de funcionar y un día te ves tirado en la cuneta.
Y aprendes a caminar solo y
verlas pasar, sabiendo que tu menor velocidad hará más largo este camino cuyo
final ya conoces y al que deseas llegar lo antes posible. Al fin y al cabo es
proporcional al ritmo que se lleve; tan rápido vivirás como tan pronto te
cansarás de vivir. Nadie escapa a las reglas de la existencia ni a sus propios
pensamientos. No se pueden callar durante mucho tiempo, porque tienen voz en
todos nuestros actos. Como vehículo que acumula las averías de años pasados y
los baches del anterior, tengo la suspensión suficiente para flotar sobre el
camino y ya no darme cuenta ni de las piedras que me abren los pies; el dolor
ya es un compañero más de viaje y me obliga a permanecer con el rictus
totalmente neutral mientras veo a otros pasar a mi lado vertiendo lágrimas que
repondrán al término de la semana en forma de alcohol. Quizá con sexo, si
tienen la suficientemente poca química como para atraerse de forma tangencial
entre sí, porque no les aproxima su contenido, sino sus debilidades que buscan
aplacarse.
Pero solo tengo una certeza y es
la de que no volveré a funcionar, ni lo quiero tampoco en el único sentido de
que la velocidad me aturde. La frialdad de ver venir los hechos y anticiparse a
ellos como un carroñero que solo busca rapiñar y salvar su pellejo ha ganado al
pensamiento en caliente de querer vivir según lo que salga como la cigarra que
se pasa todo el verano de su vida disfrutando para tener un invierno crudo que
la mate.
El único miedo que sobreviene
ahora es uno: volver a brillar, que el motor vuelva a activarse, que el
horizonte vuelva a rodar bajo mis pies y sienta de nuevo el paisaje sucederse
continuamente. Porque en ausencia de combustible, como toda estrella, volver a
brillar sin medios para hacerlo implica que estás a punto de explotar, como una
supernova, para morir por toda la eternidad. Y tan grotesco como vivir sin un
motivo acaba resultando. En ambos casos, se deja solo el polvo del que se viene
y en que se convierte para formar cuerpos con vida. Maldita muerte, nihilista
ella, que no cree en su trabajo ni en la existencia, porque se sabe viva para
siempre como el condenado a cargar su cruz de mártir.
Sé que vuelvo a caer en el
reduccionismo que otrora detesté con todo mi ser, pero somos una prolongación
temporal, que no antrópica, del cosmos, y como tal compartimos sus
características hasta el punto de ser una constelación de problemas que giran
en torno a una bóveda de materia gris. Qué poético todo eso para definir que
somos entes finitos dándole importancia a algo que durará más que ellos. Sí,
quizá sea eso.
No comento mucho más de mí,
porque sabéis de mi enfermedad (no, no hablo de la vida, ahora me centro a
nivel fisiológico, no todo va a ser metáfora pesimista), y ahí sigue (porque
sigo). Somos la única complementariedad que existe. Solo me desharé de ella
cuando haya muerto, y seguiré teniéndola de forma crónica mientras siga viviendo.
Después, una vez bajo tierra -o surcando los cielos- más pronto que tarde por
el desenlace que tiene pinta ser más plausible si uno no decide acabar con el
otro y viceversa, solo seré el mismo sustrato que antes, quizá con una mayor
paz. Dijo Schopenhauer en uno de sus libros que la paz solo se alcanza al
morir, porque se rompe al nacer. No comparto su misoginia, pero sí su extremo
cinismo. Me hace sentir, en cierto modo, comprendido, aunque sea en un
recipiente tan pequeño que sienta la presión de sus paredes.
No tengo más que contar, creo. No
voy a hacer tabula rasa, afirmo. Voy a seguir viviendo mientras mi cuerpo, en
proceso de necrosis, me lo permita y mientras mi mente, afectada por el paso de
los días, tenga a bien dar la venia de continuidad. Me extendería mucho más,
pero se cierne la noche, todo se torna un tanto más triste, recuerdo que tengo
demasiadas cosas por hacer (inversamente proporcionales a las ganas que tengo
de llevarlas a cabo y de los motivos que me dan para que les preste atención) y
sé que cada uno tiene su propia cruz como para detenerse a ver cómo otro carga
con la suya.
Que os sea leve el camino, y nos
leemos. No sé hasta cuándo, ni con qué periodicidad, pero nos leemos.
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