(8-7-17, 01.05).
No voy a escribirle un cuento de hadas a una persona que
tiene duende. Si estás leyendo esto, quizá sea porque no puedes dormir, o le
estés dando vueltas a la cabeza. No sé escribir cuentos, creo que jamás lo
intenté, pero bueno, ahí va mi intento, y de mi voz tienes recuerdo, para que
cada vez que aparezcan tus dudas o tus malos sentimientos, puedas sentirme a mí
a tu lado, presente a cada instante.
Érase una vez una persona, normal, como cualquier otra, de
carne y hueso, y todos los músculos, los tendones y las vísceras que se han
podido estudiar y conocer hasta la fecha. Una persona que era luz, hasta cuando
su bombilla se apagaba, tras una sobrecarga por exceso de tensiones internas.
Una persona que creaba una quinta fuerza, más allá de la atracción que
generaba, con su sonrisa, cuyo campo impregnaba todo el cosmos que la conocía y
que bien podría decirse que era el final del túnel de cualquier afligido que
viviese con ella. Una persona humana, que rascaba, y rascaba, y escarbaba, como
una gran tuneladora destrozaría un precioso vergel y sus capas más internas,
sangrando el paisaje, solo por obtener el placer de un magnate, tan superior
como lo estaban en su cuerpo las ideas. Como un magnate que le ordenase por el
sueldo del alivio destrozar lo que más quería. No sabía que acariciando, en su
superficie, junto a los que ella creía meros fósiles de quienes partieron, de quienes no debieron haber entrado en
juego, o de solo ella sabe quiénes, una mente de oro había, con la fuerza de su
recuerdo, y como gotas que sedimentarían la más profunda de las rocas, creado
con la resina del tiempo, de quien no se puede escapar, mucho menos despegarse,
ámbar. No eran fósiles, no estaban muertos, no se los veía para tratar de
recordar cómo eran, o cómo fue. Se los miraba, tan preciosos ellos con el valor
a cuyos recuerdos se les había dado, de tal forma que se los quisiese, se los
conservase, y se los supiese vivos, se los llevase al cuello, o al dedo. Ella
sabía de su erosionada litosfera, en la que afloraban ya los primeros tonos
dorados, las primeras pieles volubles como la arena del desierto, pero que
cubrían un cañón del que era carne y por el que volvía a fluir. No sabía
todavía, pero estaba por hacerlo, de la enorme riqueza de corazón que tenía,
del calor y la presión que si bien la habían macerado, habían creado en ella un
entramado de diamantes, esmeraldas, rubíes y piedras preciosas, enormemente
difíciles de quebrantar. Y no habían sido pocas las ocasiones que la vida le
dio limones, que la gente vino y se fue, que las semillas que se plantaron se
las llevaron otras personas, pero es que no todos los ojos estuvieron
preparados para atisbar el fulgor de tales talismanes. Quizá nadie valía lo
suficiente para poder dejar de codiciarla, y pasar a apreciarla. La vida, al
fin y al cabo, ya ven, se resume en conocer sus propios recursos, saber
explotarlos, conservarlos, valorarlos, pero jamás creerse pobre en cualquiera
de los sentidos por no tener otros. Del más inútil de los trozos de carbón
salen diamantes, grafito, calor para todo un año, los viñedos más ricos de
Italia, miles de muertos en sus faldas, los superdeportivos más rápidos de la
Tierra o hasta estrellas enanas, incluso quién sabe si el combustible del
Crystal Express. ¿Y valorarían eso, un trozo de carbón, menos que cualquier
otro? ¡Enfoquen la vida desde el punto de vista correcto y hallarán la imagen
que desean!
Un juego para ello. Una declaración de una persona para
todas las que quiso.
‘I’m gonna tell you straight, the only reason I am here is
you. I didn’t always tell you the truth. I didn’t wan’t to make your pain
worse. Did it work? It’s been fifteen years. Fifteen fucking years, since I let
my guard down. And I know exactly were to point the blame. Please, listen to me
when I say you always gave us more than we deserved. I’m gonna tell you straight to you I have to prove
nothing. And If I could have, I would have bought all your roses. When I
stumbled you broke the fall. You always gave us more than we deserved. Youth and
dependency dies away, but I will never forget the sacrifices you have made. And
will make’’.
Piensa esto. Piensa en una persona, o en unas personas, dale
la vuelta, piensa en quienes piensan en ella, o ellas. Es igualmente válido. Es
la vida. Exactamente lo mismo, se lo mire como se lo mire, solo que tan
subjetivo que nos creemos únicos. Mismo suceso, distinta interpretación. Por
eso mismo, quiero que jamás bajes tu guardia, si no es para acariciarte, si no
es para que la gente te abrace, si no es para confiar, no quiero que bajes la
guardia para tener las manos cerca, no quiero que bajes la guardia para dejar
que todo te golpee. Si has sido capaz de ver la belleza en algo que, aplicado a
ti, te causa dolor, es porque no es doloroso, sino que no lo has enfocado bien.
Y si lo has visto como algo doloroso de entrada, entonces… ¿De dónde viene la
belleza del recuerdo? La vida no es un impasse, como dirían los franceses, la
vida es aquello que rige el espacio y el tiempo, aquello que de mente para
fuera existe y se vive de igual forma para todos, pero que se percibe de forma
distinta al entrar en nuestros fueros más internos. Si no, ¿de dónde iba a
venir nuestra cantidad de problemas? ¿Y las anécdotas? ¿Y la vida? ¿Y alguien
que te cuente cuando ya, por desgracia, no te cuentas entre nosotros? Todos
tenemos nuestro mal, puedo creerme que lo de allá fuera no existe, o que la
vida es una mierda, o puedo estar ‘no bien’ y sinceramente, lanzarme a patearme
el irreal exterior o jurarme que aguantaré veinticinco días más con pastilla.
Para mi padre y mi madre, que viven lo mismo, es o ‘algo gradual’ o ‘una
tontería’. Y si me pusiese en sus pieles… ¿Acaso no lo parecería? Por ello, y
aunque a veces se tenga la tentación de explotar, cuando no se lidie con
alguien o no se toleren sus comentarios, hay que hacer el ejercicio del
entendimiento, no empatizar, simplemente, intercambiar papeles. La vida y
vivir, al fin y al cabo, consiste en representar una obra.
La vida se plantea difícil, se hace nudo en la garganta y
tiene brutal desenlace. Todo consiste en aprender hasta la muerte, de querer,
amar, de sentirse útil en un grupo de habitantes como tú y de desempeñarte en
lo que más te dé la gana. A veces también requiere de saber mirar, como dije,
de saber trascender no ya los papeles, sino el interior de las personas, al fin
y al cabo quien no quiere es porque ve roca sin ver debajo gema. Es porque hay
gente que ve facciones y no dones, ve sexo y no talento, es gente que vive a
corto plazo y muere a largo, ¡y así no se vive! Todos preferimos, en nuestros
cabales, darnos una hostia a tiempo para poder, el restante, vivir. No entrar a
Medicina a la primera, sufrir un acontecimiento que marcará tu vida… Todo ello
te hace tener vocación, actitud ante la vida, una filosofía propia, no de las
que se estudia de los muertos o en libros baratos para derrotados en su
existencia que buscan el maná en un cielo raso. La vida es otra de las cosas
que se vive como el culo, pero cuyos acontecimientos acaban marcando el futuro,
y generalmente cuanto peores, para mejor. Sin mi hostia, no podría haber
cumplido algo que me llevaba prometiendo catorce años, sin tu vida, quizá no
hubieses tenido determinación para estudiar lo que querías, porque sí, lo
querías, y no serías la Doctora Roca en un futuro, y posiblemente quizá tampoco
serías una persona consecuente, o no apreciarías las cosas en su justa medida,
y vivirías no por vivir, pero sin razonarlo. Sentirse vivo a corto plazo
implica saberse feliz en el momento; vivir, de veras, consiste en existir y
darse cuenta a posteriori de lo bien que se ha vivido anteriormente.
Todo en la vida es voluble, es como la arena, la tomas y se
escapa entre los dedos, como frotar las alas de una mariposa, que muere si la
rozas, como la existencia de los que te rodean, como las ganas de vivirla
siempre, como el tiempo en que se encuadra, como la estabilidad que ningún mar
alcanzaría jamás, como el amor, como la presencia, como la ausencia, como todo
aquello en que sinónimo y antónimo adquieren una característica en común, su
volubilidad, y por tanto se unen para seguir juntos. Eso es la vida: unión de
antónimos, una de cuscús y otra de pizza. Y, sobre todo, no valorar nada. No
tasarlo. No ponerle precio, cantidades, rankings. No hay escalas de a quién se
quiere más; solo se quiere. Una persona no va perdiendo enteros poco a poco y
abandona, una persona está siempre ahí y, por lo que sea, marcha, se marcha o
decide hacerlo, no es una gradación, es un antónimo. Una persona no decide
fallecer, y el dolor no es mesurable si se sabe que de ello vendrá el cariño y
repondrá todo lo que falta. El amor tampoco es mesurable, no se puede ser el
número uno, o hablar de muchos, de pocos, de comparaciones con uno u otro día,
simplemente se puede querer, de todas las formas, física y psicológicamente
(que no y/o), más lejos, más cerca, uno junto al otro, carne con carne, o a
centenares de kilómetros sin verse días (¡Días que no hay que contar, caray!),
sintiendo la unión de uno con el otro aunque uno no esté. Para qué decirte que
eres la número uno si eres la única que tiene derecho sobre mí, que mi cuerpo
es su cuerpo, que mi mente es su mente, y que estoy ahí siempre. Para qué
decirte que eres guapa, si eres la primera en saberlo y sabes que no te miro
con esos ojos en vano. Aprendamos una lección básica de la vida: las cosas
importantes no se dicen de palabra, millones de impulsos no se traducen en
veintisiete claves o letras, los millones de impulsos se devuelven generando
otros millones de impulsos en la otra persona. ¿Lo has visto hoy? Si me ha
salido bien, sí. Y tampoco las notas se pueden contar. No es un 6,15, un 8,6, o
lo que sea. No es más o menos uno por haber sido toda su vida un 10, por vivir
preso de la exigencia, no se es menos por haber suspendido, hoy, ayer, el mes
pasado, hace convocatorias… El precio, único precio, de la nota, es el de que
ella no mide nada salvo la cercanía a tu sueño, que estás pudiendo estudiar,
algo privilegiado, que estás completando otro tramo más de la carrera de tu
vida, que te sacas el teórico del carnet de conducir tu vida, que te ves más
cerca con o sin bata atendiendo a tus pacientes, y no te ves al día siguiente apoltronada en
clase haciendo caras a nadie, o sufriendo por nada, porque todos los coches con
quienes compartes carretera, absolutamente todos, tomarán bifurcaciones y, en
algún punto de tu vida, los perderás de vista, tarde o temprano.
Y la vida, ante todo, y quiero acabar aquí un relato que ni
es relato ni es nada, realmente, son miedos. Sí, te vas a dormir leyendo sobre
miedo y tienes pesadillas… ¡Y este cabrón me escribe sobre miedo al final! Pero
no, la vida sí es miedo. Forma parte del juego, se tiene miedo a lo
desconocido, y la vida es seguir conociendo y aprendiendo. Se siente miedo por
defensa propia, y la vida es quererse vivo. Se siente miedo por trauma, y los
traumas son respuestas para aprender a huir del agua fría una vez se ha salido
escaldado. Se siente miedo porque uno no se cree capaz, porque se siente sin
fuerzas. Y precisamente por eso necesitamos el miedo, para superarlo, para
vencerlo, para poder creernos capaces, sentirnos fuertes, porque si no hay nada
que nos asuste y nos llene más la mente y los sentidos que el miedo, vencerlo
es definitivamente el hecho de que no haya nada que nos asuste más, nada que
vaya a llenarnos más la mente, y nada que vaya a bloquear nuestros sentidos. De
las pesadillas se sale, y prueba de ello es que seguirás viva. Si alguna vez
tienes una, vuelve aquí y piensa que si has superado una pesadilla es porque la
vida es sueño, que es porque lo crea tu mente inconsciente, pero eres
consciente de que crees, y no creas. Y porque, esto es lo más importante: solo
existe y puede existir en tu mente, lo bueno de veras existe fuera, y es ella
quien lo interpreta. Puedes vivir realidades, pero solo puedes crear lo irreal.
Los miedos se crean, tus cualidades para superarlos existen. Y están en ti.
Aquí.
Buenas noches, días, o lo que sea. El final no iban a ser
los miedos, iba a ser un pico, o pianísimo, si te levantas agitada, un abrazo y muchos mimos. Como los que
recordarás mientras te he leído el cuento, carta, aborto de lo que haya sido. Feliz viaje.
Te quiere mucho,
Fran