29 de marzo de 2019

UN PERRO DE OJOS NEGROS HA LLAMADO A MI PUERTA

No me sale escribir gran cosa, siento tanto que sé que no puedo plasmarlo. Tampoco sé por qué uso este blog, y no el antiguo que tuve, aunque quizá se deba más a la enorme avalancha de recuerdos que se me viene encima cuando lo abro. Sobre todo cuando veo lo que escribía por estas fechas en 2017, 2016… incluso 2015. Y duele.
Ha sido una semana mala, otra más, llevo ocho o nueve in decrescendo, unas quince o dieciséis francamente para olvidar, seguidas. Hospital por allá, prueba por aquí, amistades que se demuestran azucarillos que se deshacen a la mínima, otras amistades que se enamoran y te dejan tirado, o sólo te quieren porque eres capaz de aplacar sus mayores dudas cuando hablas con ellas, porque se enfrentan a un problema que no tuvieron nunca, que es querer, y hacerlo bien, y compañeros que viven en visión de túnel, para los que sólo existe un libro, un ‘a la próxima’, un ‘a ver si nos vemos’ o un ‘estoy liado’. La vida me enseñó que cuando dices esto último, generalmente te arrepientes: muchas veces, por Ley de Murphy, es la última palabra que tuviste con alguien que ya no está en el mundo, tenga la edad que tenga. El error es morir a corto plazo para vivir a largo. Y cuando todos van muriendo, entonces reaccionas. No creo que nadie lea esto, pero lo dejo publicado, porque me gusta ser honesto. Uno de mis cantantes favoritos, que no vive, dejó escrito lo que figura en mi título de entrada; en un momento de su vida muy concreto. No quiero decir más, resumo mi semana rápidamente, y reflexiono. Ha sido una semana de recorrer decenas de kilómetros, de entrenar, de estamparme contra un sistema de mierda, y de seguir luchando porque no creo demasiado en David y Goliath, pero sí creo en que ya que me van a matar, quiero que queden los mínimos hombres posibles. Morir matando.
He pensado demasiado estos meses, he pensado en cuánta gente conozco, figura en mi mente, mis agendas, mis teléfonos, y a cuánta puedo llamar conocida, amiga, en quién puedo confiar… y viceversa, y en qué momento permití, demasiado negativamente para mí, que esa balanza se descompensase hacia su lado. También he pensado, porque se cumplen aniversarios muy dolorosos, como dagas entre las costillas, que te impiden respirar, moverte, y que te cortan los dedos cuando intentas retirarte, hasta qué punto lo que creí algo ajeno a mí, un hallazgo como los que volvería a encontrar en mi vida, esperemos que no a pares, pero sí habiéndolos en estas cantidades, como el amor, fue realmente algo que no supe gestionar, algo que era mucho más raro y bonito de lo que quise imaginarme cuando finalizó; algo que realmente no duele porque ahora no lo tenga, sino porque sé que, aunque lo tuviese, nunca podría volver a experimentar demasiadas cosas. Supongo que, al final, esto se trata de encontrar lo que te gusta, y dejar que te mate; de concienciarte de que volverá, a lo mejor, a haber algo, pero nunca jamás bajo la misma manera, o con las mismas cualidades, pero, sin embargo, tú siempre seguirás siendo el mismo que quiso, con sus mismas cualidades, y querer se convertirá en algo doloroso. En una cuestión; en el sentido estricto de la palabra.
El tiempo siempre me aconseja que no pida más, que en algún momento mi océano conocerá sus orillas (sus límites, su desembocadura, el barco de Conrad…), mucho antes que mis alas cruzarán el cielo plagado de constelaciones de vida que me quedan; sólo veo nubes, estrellas desfiguradas por la contaminación lumínica del fuego que, entre fragores y crepitaciones, consume un alma licuefacta. Lo continúo pensando, continúo pensando en que finalicé un proceso de cuatro años que llevaba en mi lugar, con mis mejores amigos, mi nota, mi reputación y mis ganas, sólo por embarcarme en otro en el que me quedan, precisamente ahora que me acerco a su Ecuador, otros cuatro más. Pienso en que me quedaría uno, y pasaría al mercado, con mis mismos amigos, estaría viendo mundo, con ellos, y quizá no demasiado contento, pero, tras tantos años, para mí, en el nuevo proceso, ¿puedo decir que tengo la misma alegría que el primer día que pisé esta Facultad, ¿puedo afirmar que tengo los mismos amigos, y la misma calidad de ellos?, ¿puedo, tan siquiera, decir, que me lo he merecido por haberlos tratado distinto, cuando no he cambiado?, ¿puedo decir que estoy más cerca de ser ‘alguien’ en la vida?, ¿puedo afirmar que aquella persona en quien tanto confié y me dijo ‘no te embarques, no volverás, es el barco de Conrad’, y que creí estulta por casi haberme negado lo que yo creí ansiar, realmente era estulta y no me quería demasiado, y sabía que sucedería lo que hoy me lleva a escribir estas tristes líneas, mucho más de lo que parecen?
El tiempo me contó que todo vino en el amanecer de hace dos años, en una época en que mi cabeza no quería, mi cuerpo sí, en que yo era una jaula de emociones, una persona que no sabía la que se venía, llena de zonas de confort bien acotadas, de inseguridades, de miedos a la vida, que no en la vida, de refugios, que construí a la par que otros eran bombardeados por mi ansiedad: más ansiedad, más aficiones, ¡que no se acaben, o morimos! Me contó que todo vino como un alma sin huella, sin imprenta, como una rosa que no trajo espinas, como algo atípico con lo que debo quedarme, por lo que debo culparme, mientras leo en el reflejo de las lágrimas ante el espejo que no hay manera de terminar un problema con nada que pueda ser dicho, que las tardes de hoy hace uno, dos, tres años… se parecen entre sí, que las probabilidades rigen que dos días sean iguales en el tiempo, que las nubes son siempre las mismas, el Sol nunca deja de existir allá afuera, y la ciudad sigue puesta, pase lo que pase, pero, ¿qué rige que un día sea irrepetible, que la tonalidad de las nubes y verlas pasar nunca sea igual, que el Sol no luzca real cuando cuestionas hasta la realidad, y que la ciudad, ahora, es hostil, es fría y ya no es un lugar que pasear, visitar, escudriñar y exprimir al máximo entre conversaciones, juegos, quedadas o paseos?
Cuando los días terminan, el Sol se ahoga bajo la Tierra, arrastra todo lo perdido, y lo ganado. Hoy no arrastra nada, en particular; diría que he perdido el tiempo, y que eso se lleva, pero, ¿no se lleva consigo el día? Dentro de él habrá algún pedazo de hora muerta; pobres de sus sesenta minutos intertes, de trapo, poco manipulables y a la vez altamente volátiles; tempus fugit. Ayer, arrastró, y no pude recuperarlo, dos meses de mi vida, que me quitaron en unos despachos. Este mes, se llevaron a seres queridos, a amigos que no quiero de vuelta, a personas a 3000 kilómetros que no volveré a ver, seguramente; y me trajeron cerca a personas que no están a mi lado para hacerme ver que lo poco que me mantenía vivo es inaccesible: ya tiene su sitio, su vida, y, por suerte, supongo, no se acuerda de mí. Sólo tuve cinco o seis felicitaciones de cumpleaños, una de ellas fue de un familiar al que quiero; vino. No volverá; quizá en 9 o 10 meses. Me ofreció su ayuda, la única que me sirve; se marchó. Seguiré buscando entre sus palabras, desordenadas en mi memoria a largo plazo, un discurso endeble más fruto de mi cabeza que de lo que en su día fueron mis oídos para él, para intentar que el hielo que me petrifica por dentro se derrita y apague la llama que crepita y destroza mi alma, a punto de evaporarse en un aire enrarecido, denso e irrespirable.
Cuando los días terminan, las noches son húmedas, se llora, son frías, se arrebuja en la cama, se tapa en la cama como si no quisiese que nadie viera el estado en que se halla, de merma, demostrando que la vida no es un regalo, ni una gema, cuando la noche se cierne, los pájaros vuelan, las ilusiones, en bandada, las aficiones, en grupo, y las ganas de vivir, éstas una por una, para que no puedas perseguirlas, se van a su hogar, el cual no eres tú, y ya no puedes llamar ‘casa’ a nada. No tienes sitio, no lo encuentras, vagabundeas entre el mundo esperando que, de nuevo, que un alma sin huella, rosa sin espinas, o amanecer de una noche polar sempiterna, vuelva y te saque de donde no eres capaz de salir.
Te dicen que luches, lo llaman a todo ‘batalla’ para hacerte creer que tienes un rol. Un rol, sobre todo, de púgil, de fuerte en esta película en la que eres un títere al servicio de emociones, las pocas que quedan, todas malas, y de un sistema putrefacto en el que todos están igual, pero cada vez buscan separarse con más afán. Y cuando esa batalla, que peleas porque te hacen creer que eres un boxeador, cuando no tienes ni puta idea de la vida, finaliza, porque demuestras no serlo, y te llueven por todos los lados los problemas, los golpes, las pérdidas, y no puedes tirar la toalla (o sí…), miras el asalto; es demasiado temprano para ti, sigues, sangrando, en el suelo, y sin nadie que te atienda, hasta que la sangría cesa, o te mata, hasta que te levantas, si puedes, hasta que paran la lucha y te curas durante meses. Pero nadie tira la toalla, no hay entrenador. Nadie para la lucha, ésta dura diez meses al año. La sangría no cesa, mis manos están rojas, noto más húmeda mi ropa que mis ojos, y no puedo levantarme. Si no estuviese mareado, y me ardiese el pecho por un fuego abierto que no cesa, y no escupiese hálitos discontinuos por un nudo en la garganta que no sé deshacer, volvería a ser yo. Lo prometo. Y me iría de un ring donde la vida me puso y donde yo no quiero estar. Aprendería la lección, la temería y la quisiera vivir. Pero algunos nacen muertos, nacen en el ring, nacen entre bestias que lo crían y, cuando se puede valer por sí mismo, lo sacan a pelear, recibe, a los 10, los 12, los 14… llega a los 16 más curtido que nadie a los 25, y cuando tiene 20, en este caso ya 21, cree haber vivido demasiado. El ring no va con él, le pueden juntar con púgiles de 30, de 40, con pesos pesados de la vida; pero la vida es pesada, y es un peso, para él. Es una fiesta a la que acudes porque debes, sin cuestionártelo, que transcurre contigo viéndola pasar, preguntándote que haces, a posteriori, en ella, en la que no tomas nada, en la que no sales a bailar, o no mucho, y que acaba cuando todos, menos tú, lo decidís. Se caen las luces, sales de los últimos, se apaga la música, que para ti era un réquiem por tus ilusiones, piensas que deberías haberla disfrutado sin preguntarte por qué, haberte mezclado, sin saber con quién, haber hecho algo que ya estás ahí, como si esta fiesta fuese el carnaval de la vida que rezaba la canción; entonces, lloras por no haber hecho lo que se esperaba de ti en ella, pero ya no hay tiempo de empezar otra, ya ha acabado. Cómo relacionar la vida con una fiesta y una batalla, ambas innecesarias y no deseadas, y seguir diciendo lo mismo…
Piensas también en el devenir, hay quien dice, habiendo llegado al ‘top’, que la vida es hacer lo que nadie quiere para convertirte en lo que nadie puede. Es fácil decirlo así, hay quienes nacen de pie. No me cuesta demasiado, al ser negativo, y un poco de gasolina y leña que echar a la llama que devora y crepita entre fragores, pensar en que la fama no es nada, pero la pude tener; es un árbol desconocido, que nunca puedes encontrar, nunca florece, hasta que su semilla echa a crecer, cuando menos lo esperas, y quienes menos lo esperan; es un premio en la lotería de la vida. Un premio que unos dilapidan, otros cuyo boleto rompen, otros al cual rechazan y otros al cual se aferran toda su vida, aunque sea el único, con el que ya nacieron, para decir que han ganado algo, que lo han conseguido. En esa fiesta, en esa batalla, son hombres recordados por su baile, por su salsa, cuando termina; olvidados mientras sucede. Un aplauso en vida cuyo sonido resuena, pero no mucho, cuando cesa en el auditorio, una confirmación de que la existencia no es más que un recuerdo que pasó hace mucho, un auditorio de tristeza, en el que poco a poco, conforme pasan los años, aquellos que la vivieron contigo van abandonándolo; un aplauso cada vez más reducido, un aforo cada vez menor, con más sillas vacías, con gente a la que tratas de evocar para que no muera; gente que labró su fama a título póstumo, gente a la que, sentada y esperando a ver tu función, le dijiste ‘mañana’, ‘otro día nos vemos’, ‘estoy liado, pero…’. Hoy no aparece. Para ella no hubo mañana, otro día. Tú no la olvidas; ella ya no recuerda quién eres, qué hacías, qué proyectaste. Pero por hacerlo, te impediste estar con ella.
¿Sería ahora un hombre más social, más feliz o menos en lucha consigo mismo si hubiese seguido compitiendo, si mi carrera deportiva no hubiese acabado pronto por lesiones? ¿Sería algo más que el olvidado al que recuerdan tarde, si hubiese sabido recoger el fruto que sembré y no quise ver? ¿Qué hubiese sido si no me hubiese dejado llevar por todos los muros que me impusieron, todas las negativas que me sobrevinieron, todas las decisiones que tomaron por mí? ¿No soy, realmente, un acto queriendo pescar la potencia del pasado? ¿No soy algo atemporal que se siente irreal porque intenta traer a la fuerza en vida algo que voló al cementerio de recuerdos? ¿No soy, realmente, alguien que quiere volver a regar una semilla que sólo florece una vez, y ya no volverá, pues? ¿No soy, realmente, alguien que va a abandonar su silla en todos los auditorios a los que fue? ¿No lo merezco? ¿No soy, realmente, alguien incapaz de ver una función, y se marcha prematuramente?
No quiero ver la verdad, es un violento perro de ojos negros, que aporrea con saña mi puerta, me obliga a conocerlo y, cuando lo miro, con ojos inyectados en rabia, ladrando y enfurecido, se esconde, se calma, deja de agitar el rabo y, con compasión, se retira. Sabe que me volverá a ver mucho más abajo de lo que estoy ahora, en un infierno real, no metafórico. Sabe que conocerlo, conocer la verdad, me mata, me acabará matando. Cuando era joven, nunca la vi. Campaba por el aire irrespirable y plomizo del que hablaba antes, ahora, evolucioné, me curtí en el ring, abrí la puerta y allá la vi, firme, sobre sus patas; no se cuándo vino, supongo que cuando la inocencia dejó la puerta abierta, o cuando la adolescencia se marchó, sin haberse querido quedar demasiado. Por su culpa se anquilosó la madurez. Fue imposible impedir que entrara, me sentía solo sin la inocencia, y maduro; como aquel que se siente solo acompañado de gente, dos matices psicológicos que no se pueden mezclar entre sí. Fui verde, más verde que el monte sobre el cual veía todos los días al Sol ponerse, arrastrando, mientras se ahogaba en la Tierra, todo lo ganado y perdido, generalmente risas, ilusión, alegría o los mejores momentos de mi vida, mientras ahora sólo arrastra, como dije, tiempo que no sé aprovechar o los peores momentos que estoy viviendo. Recuerdo flores crecer, no florecía ningún árbol, que, como dije, sólo lo hace una vez, pero había un bonito pasto, el verde del monte, con rosa, rojo, amarillo… Sin embargo, la noche se cernió, con ello la humedad, y las lágrimas, saladas, no regaron los girasoles que se cegaban al mirar la Luna. La oscuridad se apoderó, como el éter decimonónico que, se creía, regía todo cuanto podíamos ver y experimentar, y me sedó. El cielo dejó de ser azul, incluso en las pocas jornadas en que se hacía de día, pero éste nunca dejó de formar parte de mi espectro lumínico: comencé a ser más débil que el cián, más ligero que el éter, y creí volar. Un riff de guitarra que te dejaba a solas con tu mente, y te permitía surcar las cuestiones que te inundaban, logré llegar alto, y ver al Sol arrastrar mis derrotas; pude verlas, reconocerlas; me reconocieron, llorando. No querían morir, irse, ser arrastradas, sabían que nunca tuvieron forma ni estuvieron destinadas a serlo, que podrían haber sido aplauso, podrían haber sido victoria, podrían haber sido Sol en cielo y no Luna en lo más profundo del océano cuyas orillas, dije antes, algún día exploraré. Saben que quien les dio esa forma irreconocible y perniciosa fui yo. No me culpan; saben que iré detrás. Tarde o temprano.
También he sufrido esta semana, sé que aquello que recuerdo no volverá, porque cuando algo entra en tu cabeza, es porque si sale de ella, deja de existir. Lo guardas, aunque no valga, para poder evitar que se muera, aunque tome por nombre ‘depresión’. No puedes permitirte bajar la guardia, dejar de resistir, cubrir los ojos y enfrentarte al cielo. Tu conciencia, mi libertad; estás jodido si lo piensas intentar. Es mi llamada a la seguridad, sin embargo, espero que mi grito de auxilio puedas escuchar, soy víctima de todo dolor que sentí, pero todo dolor que sentí tuvo víctima, y puede encontrar una causa en cualquier lugar. Mis monedas de cambio pueden pagar el crimen que cometí en vida, pero mis errores, mis culpas, serán por siempre jamás. Puedo tomar un paso adelante, no tengo miedo, cuanto mayor la violencia y la algarabía, más monedas recibo; me servirán para pagar la bula de mis errores aunque no pueda olvidarlos. Podré llamarte fracaso; tú a mí falso, pero no olvides que estaré al final del camino, del que a ti te quedan mil pasos. Puedes resistirte, es un desafío para mí, pero nunca más, esta será la última vez que la suerte permanezca incluso hasta el final; esto forma parte de mí, de la parte que mi corazón pretende olvidar. Elegimos nuestra vida con ciegas intenciones, nos obsesionamos y escondemos por el miedo al cambio, sufrimos, guardamos, visionamos, y repetimos. Amenaza mi inocencia, quítame mi libertad, mis derechos, enséñame a conseguir la realidad: todo lo que quiero saber es adónde iré, transfijado, drogadicto, deambulante, con tiempo que perder, mi odio me arrastra, sin saber de cómo salir de este infierno de ser. Una voz me pide que no desista, que soy otro cerebro lavado, como todos, que el sistema sólo me puso a prueba, que ‘El Proceso’ de Kafka no termina, que no puedo embotellar mis sueños y bebérmelos, enterrarlos o lanzarlos al océano cuyas orillas descubriré en mi muerte, toca pasar un frío futuro, la noche húmeda, buscar la vida a la palpa, sin ser servidumbre del tiempo, vivos en arrepentimiento, vivir como si fuese último cada momento, honrar al pasado sin mirar atrás, porque debería, una por una, mis razones para vivir contar, pero el hecho de querer existir, sólo me lo deben dar las tumbas en las que los epitafios grabados están.
No hay mejor lema que el de la muerte para esforzarte a vivir, porque cuando los santos emprendan su camino, no cantarán tus pecados; sólo esperarán que hayas aprendido, dejado la Tierra con algo más que un latido y una respiración durante tu vida, con una deuda debida, viendo la santa condena como viviste, cógelo o vete, y no pierdas tu tiempo, limpia tu mente, define el ‘aquí y ahora’, sin fronteras, posesiones, ni enemigos, vive por una vida que temerás y olvidarás o confiesa a un Dios que sabes que sólo tú oyes. Embotéllalo, destila tus problemas, olvida tus sueños, o llénalos, no dejes ni una huella, piérdete sensu stricto, la prisión tiene cuatro paredes, pero puedes ver el río fluir tras ellas, sobre un lecho envenenado de decisiones vitales, apunta, y cuéntame que vives una mentira, no me ignores, ahora lo sabes, salé mi vida, la vendí al peor de los mortales. Encontré esperanza en la destrucción del progreso, trofeos oxidados que me decían que hiciese lo que me dijesen, medallas al más obediente, moldes que piden a gritos su ruptura y una luz de todos aquellos ardientes puentes que, al contrario que el proverbio, no iluminaban el camino; llegó el final, nunca dije que fuese el reo, nunca dije que me fuese decepcionado (¡salvé mi alma!), sólo intenté reescribir lo errado, que fue escrito sobre mí. Olvidé que, como toda derrota que arrastra el Sol, pude haber sido acierto, pero así me hicieron; no pude culpar al Dios que sólo yo oía por ello, por convertirme en renglón torcido, sé que no era su culpa, sé que vendrá detrás de mí, cuando los santos deambulen con piedad, habiendo embotellado mi alma licuefacta entera, de la que todavía quedan gotas de esencia en mi interior.
Mantendré mi pasado dentro de mis razones, para no desistir, como dijo aquella voz, ser el agradecido moribundo exangüe que vive hoy, no sé si mañana, que confía en el veneno para que le enseñe a vivir; en la oscuridad, para poder ver, el hombre revenido que habla palabras de decepción, de desesperanza y no desesperación, cuyas calles, de la ciudad de la eternidad, y a la vez del imposible retorno, pasean todos aquellos a quienes dejó en legado, por quienes sufrió para que estuviesen seguros en ellas, pero ahora se hallan sin gobernador. Canto las penas de la muerte de mi alma, y espero que encuentre digna paz, pereciendo ella sola; dio mi vida por la ciudad que salvó, se tomó el desafío de mantener mi esperanza, mi fe, y ahora que acaba de abandonar, como último rescoldo del fragoroso crepitar de la madera que la constituía, recuerdo su presencia, su regalo y su gracia, la recuerdo para siempre, no la repongo nunca. Ella construyó ‘la ciudad’, los caminos que tomé, y por los que fui vendiéndola ambulantemente, las lecciones que aprendí de mis errores, las herramientas y los trofeos que no volverán a oxidarse y, sobre todo, sus cenizas que ahora son oro como joyas del desierto.
Ahora ya no recordamos que fuimos a caballo, que dominamos el terreno, que fuimos casta y pureza, pero podré sostenerme como trato de hacerlo con ella, muerte, si tan siquiera me sostuvo con la suficiente fuerza mientras fue. Blandiré el escudo que dejaste sobre mí, como aquel que muere, y es enterrado, en oferta, con todo aquello que necesitará en la otra vida. Te fuiste y me dejaste en otra existencia, sin olvidar la anterior, pero en la que sólo me puedo proteger con lo que legaste; si pudiésemos vivir nuestra hora de nuevo, primaría nuestro corazón a nuestro caballo. Tú fuiste toda la respuesta, contigo no necesité la verdad; ahora puedo intentar sostenerme como me enseñaste, blandir el escudo que me diste, encontrar la seguridad en la Roca, pero siempre contra la verdad que ladra, me mira y se apiada de mí mientras no está en mi contra. Te repito como respuesta, y espero que puedas oírme; cargaré con tu legado y finalizaré esto, así que continúa durmiendo, allá donde yazcas, continúa durmiendo, sabiendo mejor que nadie que te echaré de menos. Espero que sepas que te echaré de menos. Porque mientras tuve vida, tuve alma, y mientras tuve alma fui feliz, y mientras fui feliz, tuve vida y la viví, y ahora que tengo vida y no vivo, echaré de menos lo que fuiste, me echaré de menos, seguiré llorando por los años pasados, seguiré viendo en noches y tardes como hoy a un Fran con alma pasear, junto a otra, o separado, bajo el mismo Sol y sobre la misma ciudad, pero en tiempos distintos que fueron arrastrados cientos de soles atrás, con cientas de noches más pasadas, y cientas menos por delante, con personas con quienes no puedo montar a caballo, echaré de menos todo lo que fuiste, y fuiste…
  • El rumor de un río sentados en su orilla
  • El fulgor de una Perseida en un cielo oscuro
  • La inmensa pequeñez de mirar cara a cara a una bóveda estrellada, y preguntarse cómo y por qué estás aquí
  • El silencio mental que arrasa el ambiente tras llegar al zen, a la paz máxima del año, y poder acariciar, rememorar, revivir y guardar todos los momentos, mes tras mes, acumulados para haber llegado a ese punto, que crepita como un monumento ardiendo, en el tiempo
  • El atronador silencio de pasear en un claustro a solas; un repiqueteo armonioso , sólo interrumpido por pájaros, o campanas, y un banco que, si pudiese hablar, contaría la historia de toda una nación
  • La increíble tranquilidad del agitar de la hierba en verano, bajo el influjo de la brisa nocturna, como único sonido
  • Las tardes interminables en las que el Sol nunca se pone y la ciudad es tuya, y sólo tuya, las distancias se acortan, quieres visitar todos sus lugares, y callejeas como un niño jugando al Laberinto
  • Las tardes de salir a correr por ti mismo, morirte en el entrenamiento, y celebrar, de tumbarme y saber que al día siguiente cojearé por el Campus, pero bien habrá merecido la pena
  • La subida al pico más alto de la Sierra, para poder apreciar cómo muere el día, entre cañas y robles, y la bajada a oscuras, guiado por las luces de los pueblos en lontananza, mientras planeo un futuro que resultará más corto de lo que preví
  • La tranquilidad del trabajo bien hecho durante todo el año, y de que no estás haciendo más que recoger sus frutos; la tranquilidad de no tener cuentas pendientes
  • La seguridad de descubrir ‘holy grounds’: una cabeza sobre un pecho, un cuerpo entre unos brazos, una playa con imagen y sonido propios, una cara conocida a lo lejos, que te baja las pulsaciones y da color, en un instante, al mundo
  • La sensación de acercar kilómetros; separarse más que nunca de alguien, y poder compartir el día a día, porque no es dónde suceda, sino a quién
  • La sensación de volver a ver a alguien y, por primera vez, sentir nerviosismo y ganas de ello, como un perro espera pacientemente todo el día a su humano, que no dueño, blanco, que no negro, y jadeando, que no ladrando
  • La sensación de vaciarse en cada carrera de alma, en cada pelota, de tirarse a ras de hierba y escuchar una violenta segada y, tras ello, un golpe seco al balón, un derribo
  • La sensación de motivación, de sacar fuerzas de flaqueza, de levantar un peso con el que nunca pudiste, tirarlo y gritar
  • La concentración de un examen en el que sólo te centra pensar en todo, menos él, como qué y quiénes te esperan cuando lo termines
  • La alegría de pelarse clases para hablar con un colega, comiendo, bebiendo o fumando, mientras planeas con él la vida, y te ríes
  • La alegría de salir de un último examen, de mierda, y patearte toda la ciudad sin prisa, perderte en librerías, comprar, comer y volver feliz
  • La alegría de ser para tu familia y amigos, de no exigir nada, y darlo todo, verlos felices y sentirte omnisciente
  • La alegría de tumbarte en la cama, cerrar los ojos, y escuchar el ritmo tranquilo de los coches, el sibilar del aire tras una mosquitera, y aviones llegar con éxito a tierra, la alegría de transportarte hacia miles de lugares estando sésil, quiescente
  • La alegría de poder dormir, de tumbarte, disfrutar y paladear la música, pensar poco, vivirla, sentirla, ponerle cara, hacerla tuya, e imprimírsela a ese día, en cuestión
  • El inefable sentimiento de tumbarte, mirando al techo, sabiendo que tu mirada se cruza en algún punto con la de la otra persona; repasar los meses, penurias y mierdas que os han traído hasta ahí, y celebrar todos y cada uno de los más jodidos, porque esos son los que vertebraron el presente
  • La excitación de una caricia, de un masaje, de besos cálidos entre fría candidez, de enseñar el arte de la guerra, porque en el amor y la guerra, todo vale
  • El súmmum de tomar su mano, fundir dos en uno, recorrer todos sus territorios y acabar una aventura conociendo todavía mejor al otro. El mapa del tesoro que tienes delante
  • La tranquilidad y el romanticismo de un concierto de piano de cola en la sala mayor de un palacio, mientras te pierdes entre sus plantas y habitaciones, ignorando el mundo exterior
  • Il dolce far niente, de cenar con todo terminado, mirando Valencia, su Alameda y su centro histórico titilar en una veraniega noche de humedad, prácticamente imbrífera, con ferias muy a lo lejos, y sonidos de cláxones
  • La increíble someridad de conocer a alguien sentados en un jardín, viendo coloridos árboles, a solas
  • La increíble descarga que recibes cuando, por primera vez, cruzas mirada y sonrisa con quien te gusta, e -instintivamente- sabes que el aleteo de un párpado ha desencadenado un terremoto en un alma
  • La increíble paradoja de la Física, de parar tiempo y espacio en un beso que nadie pide, salvo cuatro ojos
  • La descarga de adrenalina de llegar a meta en batiendo tu récord, la seguridad en tu cuerpo, en tus marcas, la confianza en tu potencia, el resonar de las pisadas contra la grada, como ocho búfalos que corren por una presa encarnizadamente
  • La belleza, que trasciende lo carnal, de dormir y despertar junto a alguien; confiarle, tu cuerpo, vida e indefensión
  • La capacidad de apreciar que hasta los planes más discretos resultan preciosos si son adecuados y con quien debe ser; disfrutar de un helado en una fría noche de verano, lluviosa, incluso, bajo las escaleras de un bar vacío, porque no puedes dejar de escuchar los relatos de otra persona
  • La pureza de un solo de guitarra, de un riff, de una noche en Canet a la luz de las estrellas y una hoguera, dejándote la voz con todo el repertorio de los 90 hasta hoy, como diría aquella emisora
  • Los flashes de ‘Into the wild’, dejando el móvil y escalando una montaña en compañía, para ver toda una provincia desde lo más alto, resbalando, cayendo, sangrando y celebrando
  • La sustancia gris periacueductal que desconoces hasta que corres diez kilómetros por ver a alguien y desearle suerte en su empresa, aunque a la vuelta diluvie y caiga tormenta
  • La propiedad de la playa, que pasa a ser tuya cuando cae el Sol, la recorres lentamente a pie, o sobre una toalla, y cierras los ojos para que, las mismas olas que te mecen y te remojan los tobillos, sean las que te susurren que vienen, y volverán, que todo va bien y que hasta la naturaleza es un equilibrio
Fuiste, viviste y/o propiciaste todo aquello, nunca te lo reconocí hasta hoy, que te sé marchito, Fran. Y debes saberlo, debo reconocértelo, y recoger los pocos escudos y el poco sustento que me diste para continuar. Debo escribirte que valoro lo que no supiste valorar, que no debías valorar y tan bien hiciste. Porque ahora que tengo claro cuál quiero que sea mi futuro, debo hablar con mi pasado, para estar en armonía con ambos. Finaliza el presente.
Si alguien ha llegado al final de esto, espero que entienda el mensaje tras ello, y no se alarme. Estaré bien porque, haga lo que haga, y se deriven las acciones que se deriven de mis pensamientos, habrá sido por y para mi felicidad, y estando en paz con todas las etapas de mi vida. Voy a apagar el móvil y a dejar que poco a poco mi convicción me venza. Voy a ascender con Pegaso y a volver a montar con mi alma, mientras los santos deambulan examinando lo que viví, y si de verdad lo aproveché. Buenas noches.

18 de febrero de 2019

LA LLAMA DE LA VIDA

No sé bien qué escribir, mi cabeza ahora mismo es un maremágnum dentro del cual se pueden distinguir emociones, sentimientos, preocupaciones, necesidades banales fruto de todo lo anterior, y necesidad de fijar un punto de referencia a partir del cual hacer tabula rasa, comenzar otro nuevo periodo -no necesariamente restringido a un cuatrimestre- y, sobre todo, poder rescatar todo aquello que me hizo y me deshizo a lo largo del previo, para adquirir, más que inmunidad, la capacidad de que no vuelva a entrar en mi sistema.
Creo que voy cerrando (pero costará, todavía quedan días y semanas, y lo sé) una etapa curiosa, en la que he aprendido a base de los aciertos más que de los errores, porque he errado en todo sin haber hecho mal nada. Ha sido la evaluación del jarro de agua fría continuo, una ilusión, la ‘llama’, que la llaman, que se resistía a apagarse, hasta que se cernió la depresión, la desidia, quizá todo ello más motivado por el interruptor de un círculo de profesores monótonos, poco estimulantes y hasta, por qué negarlo, pésimos, que me movían más al estaticismo de mi casa que a aplastar el culo en una silla durante una hora frente a ellos para apuntar, cuanto menos, palabras malsonantes. A pesar de llover sobre mojado, donde hubo incendio, queda conato, rescoldo, y debo agradecer a unos docentes, que siguen dando el poco tiempo y -algunos- salud que tienen para facilitar la vida al alumno, hacerlo aprender y valorar este Arte, y a unos pocos compañeros, que actuasen como fuelle cuando sólo se veía agua hasta el cuello para lograr que deflagrase, de nuevo, mi alma, y ardiese en deseos de llegar hasta el final del viaje que comenzó en septiembre.
Si lo ves así, suena bonito. Es ahí cuando vuelvo al párrafo superior, y digo que la vida es una muerte constante, que sólo se puede llamar de esa manera cuando uno es feliz. ‘Despertares’. Todo es una monotonía, un despertador a las seis y pico, acudir a clases, hablar con los y las de siempre, comer… lo que haría un animal medianamente racional; cambiarte, sentarte en la cama, llegar al final del día, mirarte al espejo y preguntarte ‘¿En qué ha cambiado mi vida?’, ‘¿Cuántas veces me he sentido vivo hoy?’, ‘¿Hago aquello que deseara?’, y pensar, por acreción, ‘¿Cómo te vas a sentir vivo continuamente, si es involuntario?’. Ahí me cuestiono qué es peor, si no saber en qué momento me he sentido con vida de veras, lo he recordado, lo he querido y abrazado, o si creer que la vida es ‘involuntaria’, aunque el sentido de la palabra no sea, evidentemente, el que le quiero dar. Y caes en ello; es una muerte consciente. Te ves apagarte, mantenerte como llama, pero no sientes ardor, no escuchas el crepitar del momento, no te mueve nada que no sea la inercia, válgase el oxímoron. Piensas en cuándo fuiste feliz por vez última, y dices ‘Ahí viví; ahí me sentí con vida, agradecí, sonreí, quise, me empujé, quemé tanto el momento que quedaron cenizas, cuando fui a recordarlo’. Y confirmas que la existencia es una muerte consciente, que puedes vivir, hasta disfrutar, si te conformas con ello, y que la vida, que se diferencia del ‘existir’, y se acerca al ‘ser’ (ésser; esse; esencia; ‘lo que nunca cambia’), es, realmente, una sucesión aleatoria de despertares, de consciencia de la existencia, de realización, que nunca sabes cuándo se producirán, que te hacen querer vivirla, que te hacen querer existir sabiendo que dejarás de ser… hasta que vuelva a posarse esa llama. Bueno, creo haberme explicado peor conforme iba escribiendo más líneas. Dejémoslo ahí.
Por eso mismo, que la vida es el despertar de uno mismo, y que la existencia y el estar (que no ser) son una sucesión de sorpresas, la mayoría de las cuales son agrias (si no, serían ‘vida’), considero que este cuatrimestre me ha repartido, en diez asaltos, una gran lección, una lección de cómo caer ante el minimosca, y cómo doblegar a un rival cien veces más fuerte que tú. He tenido la media más alta de mi vida y, sin embargo, he tenido que aprender qué era un suspenso con un 12.2 sobre 15 en un examen, la nota más alta cosechada. He tenido que aprender qué era la injusticia a raíz de aprender qué era ‘fracasar’, y gracias a ‘fracasar’, y a ‘conocer la injusticia’ de la forma más inesperada e irracional posible, he podido conocer, también, la unión. Cómo un grupo, con un interés común, pero separado por cuatro simples letras (para que digan que sólo somos números, aunque persigamos, realmente, que nos modifiquen el nuestro) es capaz de unirse, diez, veinte, y así hasta treinta y tantas personas, para ‘vivir’. Para convertir el ‘fracaso’ en el éxito que fue desde el principio, la injusticia en la justicia que se debió hacer, por la que se debió velar y que defenderé hasta no tener voz, y para convertir la unión por interés en el interés por la unión. Soy el ‘capitán’ del grupo, cosa que me hace ilusión porque se deposite en mí la confianza, pero como tal, no puedo asegurar a todos aquellos que en mí -y entre todos ellos- confían, que vayamos a llegar a buen puerto. Sólo puedo asegurarles que va a merecer, y mucho, la pena haber pasado por este mar de dudas, haber sido tripulación y haber ayudado todos a bogar y, ante todo, que esto es una experiencia y una lección de ‘vida’, de cómo defenderse, de cómo atacar, de cómo luchar por uno mismo y de cómo llegar a desenvolverse en procelas en las que uno jamás creyó que se vería inmerso. He gastado todos mis cartuchos, pero queda una bala en la recámara. La puntería del juicio, la rectitud y la razón, será la que decida si el blanco es abatido, o nos curamos de las heridas y repetimos en junio. La vida convoca una vez, sólo; la Universidad, hasta seis.
Al margen de ello, otra gran lección ha sido la de aquella manida canción que tanto escuché en mayo, antes de los exámenes del segundo cuatrimestre, la que rezaba ‘hay tantos con quien estar, pero no con quien ser’. Considero que las amistades no se pueden distinguir entre mejores o peores, pero sí que, en determinados instantes, lo resultan. No ha sido una evaluación de especial nihilismo, ni cerrazón, por lo que no creo que haya sido yo el motivo, pero sí me he distanciado, en cierto punto, de antiguos amigos. Nada personal; a veces comienzas en paralelo con la gente y comienzas a ver que se cruza, que diverge… la pierdes, sale de tu campo, te corta… y, para no estar pendiente de ello, modificas sus variables, si se vale el juego de palabras. He quitado mucho peso, y lo he repartido equitativamente, tanta huella dejas como fuerza le echas al pisar. Al final, he aprendido que no existen los grandes grupos, que no existe la unicidad, que no se puede confiar en quien te propugna unas palabras, pero a quien nunca has escuchado lanzarte su contrario; en las buenas todos, en las malas, ¿quiénes? Al final, he aprendido que existen las hermandades. Que existe ese grupo donde te pueden corregir, te pueden decir ‘la has cagado’, te pueden aplaudir, ese grupo con el que vas a ver una nota a la última hora de la tarde y os abrazáis entre gritos porque todos habéis aprobado, sin preguntar la nota, sin mirarse el uno al otro. Ese grupo donde tú caes y no hay indiferencia, ni tan siquiera se alegran (que los hay que se alegran, todavía, por la desgracia ajena), sino que te ayudan, se muestran jodidos, y te prestan su ayuda. Ese grupo donde nadie sabe que estás mal, aunque estés jodido en una depresión, de la que no tienes culpa, porque no eliges los genes a partir de los cuales entras en la rueda de la ‘vida’, y creen que eres sonrisa y locura, cuando, los pocos que se han acercado a ti, saben que con un ‘Oye, ¿unas birras?’, has pasado a ser un tío con el que pasear cuatro horas, hablar de la vida, la carrera, filosofía, sincerarte, y hasta mostrar tu parecer sobre lo poco que existe en el mundo. No sé, dark side of the Moon.
También ha sido un cuatrimestre de contrastes. La vida también va de tenerlo todo en un momento y, al siguiente, no quedar ni un solar. He vuelto a ver a la persona que quise por más de un año, y a no sentir nada; hola, adiós, dos besos, y qué fue de su vida. Pero, como rectas, ella lleva su trayectoria, yo la mía, nos cortamos en un punto, divergimos irremediablemente. También me dijo una persona ‘mereces tener pareja’. Qué grotesco. ¿Qué es ‘merecer a alguien’? ¿Por qué alguien va a merecer a otra persona? ¿Qué te hace más o menos feliz y, por ello, merecedor de compañía? ¿Por qué voy a buscar algo que se encuentra? Me pareció una frase con más trasfondo del que creía, de veras. No voy a negar que me sentí solo por momentos, y reitero no poco que los mejores momentos que he vivido, hubiesen sido mejores y, algunos, no peores, en compañía, pero no había pensado en buscar nada, ni había entrado en mi cabeza que encontrase a alguien. ¿Qué encontraría ese ‘alguien’ en mí? ¿De dónde iba a llegar, en unos círculos tan monótonos, tan vistos día tras día, y con una existencia que se basa en las mismas vueltas en círculos? La alternativa, evidente, cambiar; no lo haré. Soy; esse; esencia; ‘lo que nunca cambia’. ¿Qué otra queda? Esperar. Y como no depende de mí, esperaré a que un día alguien toque a mi puerta, o cambie mi coyuntura, o mi contexto… Estoy preparado para querer. ¿Está todo preparado para querernos? Falta un poco…
Por último, también creo que ha sido un cuatrimestre de recuperar mis principales aficiones, amistades, volver a las tradiciones que mantuve durante tanto tiempo, intentar cuidarme en la medida de lo posible, puesto que nada más cierto hay que uno será el único que se viva, soporte y quiera siempre, mientras lo haga y esté vivo (o ‘exista’), de conseguirlo en mayor o menor medida, más ‘menor’ que ‘mayor’, y de continuar mis proyectos. No miento si digo que desearía que el de Ciencia tuviese más alcance, o que quisiera tener más peso en Anatomía Patológica, o más tiempo para el Cine, menos dudas para la ‘Micro’, más ganas de salir, de empaparme, de hacer tejido social… Pero todo eso llega. Conforme caiga el breve chaparrón de la Epidemiología, manteniendo la llama viva, aunque sea un poco, y la soflama de las fallas vuelva a prenderme, sé que todas estas dudas se marchitarán y, como el año pasado, volveré a fuego para poder poner el mejor broche final a esta otra travesía que, aunque le queden cuatro meses, no tengo ni idea de qué escollos y tormentas me pondrá, pero, como tampoco sé qué vientos de cola y qué días de poniente me prometerá, deseo vivirla como la que más. De momento, existo, que no es poco. Mañana, veremos si comienzo a despertar. A ‘vivir’.
Podría decir más, pero no siento que esté comunicando nada. A todos, para lo bueno y para lo malo, muchas gracias. Volveré pronto; días, máximo una semana, que me dé tiempo a plasmar lo que siento en verso, quizá con frases, quizá con alguna película, quizá con algún acontecimiento, pero volveré. Mientras esté por aquí, es bueno el síntoma.
Afouteza e corazón.

12 de noviembre de 2018

Am ende

Dos meses y dos días, tras comenzar el curso. Dos meses, menos cuatro días, para que me calienten en exámenes, 8 de enero, no olvidéis la fecha, que puede pasar algo grande. Lo hará. Pero no sé, todavía, si para bien o para mal. Eso significa que hay que ponerse, y cuando uno se pone en una cosa, se ha de quitar de otra. Por lo que... último libro que leo, y -a partir de ahora- seré pasto de vuestras recomendaciones cinematográficas. Libros, cine... Y me queda la música.

OK Kid - Am Ende.

Y, ahora, me pongo con la verdadera reflexión que quiero hacer. No la hago porque esté, precisamente, perdiendo el tiempo, ni mucho menos, de hecho llevo de cinco a siete estudiando los temas 1, 2 y parte del 3 de Histología (Anatomía de Tejidos, qué leches), sino porque de siete a ocho me quiero dar un descanso, y qué mejor manera. Esta reflexión os sonará bastante, a un 22 de enero de 2018, a un Fran saliendo pletórico del último examen (hizo 3, así que tampoco es que se herniase mucho) del cuatrimestre, de cuatro que debió haber hecho, porque se dejó Anatomía. No estudió todos, a algunos no llegó y casi todos los aprobó porque se la jugó a cara o cruz en el tipo test, o se sabía preguntas de otros años, pero la astucia también hace al médico y, siempre, fue limpio en su disciplina.

Ese Fran, con dudas, sin nada ni nadie (quizá, igual que ahora, sólo que ahora tengo mi mente bastante centrada, y no paso duelo por nada, ni nadie), perdió toda esperanza en enero, pero, a diferencia de diciembre, decidió quedarse en la carrera, por lo que no debía plantearse si seguir o no, sino seguir, y tirar, a pesar de todas las dudas, porque la decisión estaba tomada. Aquí el camino acabaría de una u otra forma, y nos gustarían las vistas más o menos, y nos caeríamos la de veces que nos cayésemos, pero llegaríamos. Entonces, llegaba el 'día 0', entre ansiedad y nervios se hacía un examen, se salía tarde, se dormía, aquel día no se estudiaba, y se comentaba alguna que otra pregunta. Se tenía certeza (en alguno no) de haber aprobado, no por mucho, y se olvidaba, se daba carpetazo. En el segundo, con un 5.7 en el examen, surge el concepto de 'Am Ende', estoy pensando ya en el tercero, en deshacerme de esta soberana mierda de evaluación, de cuatrimestre perdido por amores frustrados (que te dejen a mes y medio de exámenes, y pasar esa fase de duelo sin haber ido a clase, no ayudaba), y pienso en lo mal que me ha salido, en que no se saca, en que se jodió, en que no había más posibilidades, en que me podía llevar 2, y 3 asignaturas, y venía un cuatrimestre más difícil, con otra más (6 asignaturas)... se acaba la visión. Recuerdo que fue un 18 por la mañana.

Entonces, me coge un familiar, me dice 'seguro que ha ido bien, te conozco, siempre dices eso, si no dudases, no serías tú', y cuando me desahogo como Dios manda, igual que el último 20 de octubre hice con él, cuando mi familia se desmoronó, pero en 4 horas tenía que quedar con alguien para hacer un plan precioso (completamente antagónico a lo que sentía esa mañana) que me había demorado 9 días montar. Y ahí escribo la postal de 'Am Ende'. Esto, realmente, no es una indirecta, sé que no me lee y, si lo hace, no es importante, y lo sabe. Es un irrelevante 'insight' más del asunto. 

Entonces, y sólo entonces, aquel 18 de enero, llego a casa y, con tan sólo 72 horas para prepararme el que se antojaba más difícil, a nivel de suspensos, y el que peor llevaba, porque sólo acudí al 15-20% de las clases, me tumbo, descanso, echo una siesta, decido olvidarme, y pongo 'Am Ende'. No la escuchaba desde 2014, la había perdido un tanto, entre mi música de Coldplay, de Imagine Dragons, o incluso las primeras de Shakira. Las que yo llamaba 'nuestras canciones', y que luego sustituí por Maître Gims (hoy os pondré la que más me gusta por Facebook). Y entonces, volvió a resonar su letra, aunque mi alemán sea casi nulo, su melodía, su mensaje... y decidí pasarla entera a mano. No iba a imprimirla, no daba tiempo a subrayarla, sólo daba tiempo a hacerse con lo más importante para el desarrollo, a esquematizar, a comprender y... ¡a lo loco! Y, ¿sabéis qué? 72 horas tuve, en 72 horas me escribí 30 temas a mano, y no saqué el 8.5 por leer mal la pregunta. Entre pensar que ese día me fue mal, hundirme y creer que me llevaba tres, actuar de forma neutral y seguir tirando, o nunca más volver a dudar y tirar a por el último hasta las tripas, la puñalada de tener que decidirse. Pero llevaba cota de malla, elegí la última, y gané.

Ese fue el origen del Am Ende. Ahora, la filosofía que subyace. Esta canción, que inicia con una melodía normal, lo hace con una letra muy pesimista: 'las leyendas, mueren jóvenes, la mayoría sin voz y pobres', 'posiblemente sea aire caliente... quizá estés quemado', 'nadie puede quemarte por nada más que tú lo harás', 'si lo sabes, bien por ti...' y, de pronto, rompe en una melodía liberadora, con una letra de esperanza: 'cancélalo, algún día, nuestro cielo volverá a ser azul', 'cancélalo, porque al final, todo volverá a estar bien, de nuevo', 'cancélalo, porque, mientras no estemos bien, no podremos ver el final, pero tampoco tendremos problemas'.

Otra melodía sin mucha más gracia vuelve, y dice 'saltamos, nos vemos caer, pero preferiríamos volar', 'preferimos jodernos, a que nos jodan, ¡celebra el aburrimiento, grandes palabras, nulas acciones, pequeños peces, para grandes estómagos', 'mantente esperando, que en setenta años acabará el plan maestro'... La melodía cambia, se torna alegre, y finaliza repitiendo: '¿Y, si no, cuál es el problema?'

Eso es la vida, un Am Ende continuo. Siempre que estás jodido, con materia hasta las trancas, que sientes que no das suficiente, que no tienes tiempo para salir, sentirte vivo, hacer tus planes, alcanzar tus metas, siempre que crees que no llegarás a, tan siquiera, pagarte la Universidad de lo que te costará suspender, que no apruebas, que se acumulan materias, que julio no acaba, que no tienes vacaciones, que el verano te dura mes y medio y dando gracias, que no sabes qué harás con tu vida, que nadie te querrá por culpa de todo esto, y que eres poco más que un enorme fracaso... es decir, una leyenda que acabará antes muerta que exitosa, sólo atendiendo a cómo lo está haciendo, una leyenda sin voz y, realmente, pobre, como dice la canción, una leyenda 'quemada', sobrepasada, inundada por conceptos, temario atrasado, problemas familiares, una leyenda que no puede joderse más a sí misma y que le da igual el agua que le tiren, porque por dentro bien le llueve... siempre, acabas pensando en que, como todos, vivirás los malos tragos de la vida, los peores presagios de tu mente, o cualquier cosa que pueda suceder, lo pases bien o mal, o lo esperes o no: siempre, siempre, como diría 'Gone with the wind', <<al fin y al cabo, mañana será otro día>>, sabes que, mejor o peor, habrá un día en el que digas 'ayer sucedió esto', o 'acaba de suceder' o 'ya es pasado' y, por tanto, como a lo largo de la vida, precisamente mientras la vivas, porque en ello consiste el acto de vivir, irás pasando por todos los sucesos que acaben formando parte, continuamente, de un pasado, no eres infeliz, sabes que forma parte de la experiencia, sabes que te puede caer una de palos... que la superarás, que llegarás, como sea, a los 30, a los 40, a los 50... que, como sea, lo pasarás, que el mundo NO se acaba en un mal examen, en un mal cuatrimestre, en una mala relación, de igual manera que una buena relación, un buen cuatrimestre o un buen examen, respectivamente, no te garantizan una vida acompañado para siempre (porque se puede romper), un año redondo (porque hay otro cuatrimestre) o una carrera limpia (porque hay 5, en este caso, 4, años más). 

Por ello, una mala relación no te deja solo, un mal examen no te quita de recuperarlo, y un mal cuatrimestre no te quita de resarcirte. Eso me sucedió, pero no voy a ello. Por tanto, en este Am Ende, es mayor el miedo al fracaso, que el esfuerzo que hay que hacer para evitarlo o, al menos, revertirlo, y -desde luego- es mucho menor el tiempo que se tarda en no pensar y decidir lanzarse a ello. ¿Por qué darle vueltas a todo, tanto? ¿Por qué ser cortoplacista? ¿Por qué pensar que mañana se acabará el mundo al salir de un examen y no tener ni idea? ¿Por qué no hacer el examen y preparárselo sin pensar? ¿Por qué no pensar en que ya verás la nota y te las apañarás para seguir viviendo? ¿Por qué no pensar en que superarás ese momento y, por tanto, si vas a vivir no hay problema, y si no vas a seguir vivo, ya no lo habrá? Realmente, ¿no es ese el '¿Y, si no, cuál es el problema?' que cierra la canción? Igual para la relación, ¿por qué calcular, en todo momento, el ritmo que se sigue, y la posición que se tiene? ¿No nos enseñan durante todo el Bachillerato que es imposible calcular la velocidad y la posición de algo simultáneamente y, por tanto, en ello se basa la incertidumbre? Sin duda, no hay decisión, sin decisión, no hay avance, conocimiento, ni puñaladas que valgan. Y por eso duele meterse en zarzales varios. Y, sigo, ¿por qué ser tan cortoplacista? ¿Por qué pensar en corto qué pasará, o no pasará, o qué ambiente hay o deja de haber, y no se dejan semanas, meses... para que todo se coloque en su sitio, a nivel emocional? El Am Ende. ¿Por qué pensar que mañana se puede acabar todo, o puede doler todo, o puedes ver a alguien con otros ojos? Por lo mismo que por los exámenes, porque es mayor el miedo al fracaso que la alegría del éxito, y preferimos la normalidad a la infelicidad o al bienestar, porque conocemos una, aspiramos a conocer otra, pero, ante todo, no deseamos ni de coña vernos las caras con la segunda. ¿Por qué no actuar, cuestionándose todo en su justa medida, de acuerdo con lo que se siente, y no lo que se piensa, o se imagina, o uno se monta en su cabeza? Porque la cabeza es nuestro mayor teatro, de sueños, todos los días subimos y bajamos, abrimos y cerramos el telón, nos consolamos con vivir lo que no podremos vivir o nos puede doler hacerlo, y luego, de paso, revivimos lo que fue acto en su día, pero ya no queda el espectador. Y cerramos los ojos, y dormimos. Igual con la materia, igual con todo. Porque, ¿cómo era eso que he omitido? ¡Ah, sí! 'Y si lo sabes... bien por ti'. Si lo sabes... si sabes qué va a pasar... si sabes, de veras, el desenlace de algo, ¡bien por ti!, pero vaya tremenda mierda actuar, vivir o decidir sólo porque sabes lo que vas a obtener. Bien por ti, pero, ¿por alguien más? La indiferencia del saber. No se pueden tomar decisiones sobre algo que está claro.

Pero yo digo, a todos los pensamientos malos sobre exámenes, compañía, familia, notas, cuatrimestre, julio... igual que, como el año pasado, superase, gracias a ello, una ruptura, una falta familiar, un cuatrimestre con 7 materias, y un verano de un mes, pero un mes que APRENDÍ A APROVECHAR: 'cancélalo', 'cancélalo, porque algún día nuestro cielo volverá a ser azul', porque algún día, y me pasó, aprobaré, o me desharé de esta materia que no he aprobado, o sacaré la matrícula, o superaré a esta persona, o me reconciliaré con aquella otra. Cancélalo, cancela este pensamiento, porque, al final, aunque ahora vea todo gris, feo, sin final... volverá a haber un cielo, y será el límite. Cáncelalo, porque, al final, todo estará bien. Aprobaré, o encontraré algo o alguien, o mi familia se unirá... ¡O no me importará, y ese será el final y la solución! Y, si la solución es que no me importe... ¿Cuál es el problema? ¡Y así acaba la canción, coño!  Después, el último de todos los 'cancélalo': 'cancélalo, porque, mientras no estemos bien, no podremos ver el final'. Cancela el mal pensamiento, aunque duela, aunque te tires la noche mirando al techo, aunque no sepas exteriorizarlo, aunque lo interiorices tanto que te coma por dentro, aunque cope tus días, aunque no te resistas a volver atrás, o aunque te resistas a querer avanzar, silénciate, pero hazlo porque sabes que algo no va bien y, cuando sabes que algo es así, o va a ser así, en malas condiciones no se toman grandes decisiones. Y, cuando el cielo vuelva a ser azul, entonces, abre los ojos. Y cuando todo vuelva a ser positivo, entonces, piensa. Y cuando vuelvas a ver el final, entonces, desea tirar hacia delante por más que te coman y te dejen esquelético las dudas. ¿Y cuándo llegará eso? Pues cuando te releas el párrafo de arriba.

Y termina, la canción, y la filosofía del 'Am Ende', con el 'nos vemos caer, pero preferimos volar', porque la mayoría de malos pensamientos, y esto es racional, vienen a raíz de saber que algo va mal y ver que no estamos bien, y regocijarnos en la mierda, y no solucionar las cosas, no estudiar, no hablarlas, y -si no se puede estudiar-, no planificarlas, y -si no se puede ver a algo o alguien-, no comunicarlas. Porque es muy fácil vernos caer y desear tener alas, pero es jodido abrirse de brazos y, aunque no sean alas, ni vayas a volar, poder agarrarte a lo que pilles: esa persona, esos exámenes, esa vida... y caer amortiguado. Los humanos, no tenemos alas para volar, como los pájaros, pero, ¿sabéis qué? Los pájaros, cuando caen, porque sus alas fallan, no tienen brazos para amortiguar la caída. Sus patas, que no están hechas para andar, se quiebran. Y nunca, nunca jamás, pueden volver a volar, al no poder impulsarse. Salvo que un humano los cure y los devuelva al vuelo, o se mueran, depredados por un felino. Decidme una cosa: ¿Qué es peor? ¿Verse caer y no salvarse de la hostia, por no querer poner los brazos por delante porque ¡OH, NO TENGO ALAS!, o tener alas para volar y, por no tener esos brazos o piernas que poner ante la caída, como un pájaro desearía, vivir tras la caída, pero saber que morirás, y serás consciente de cómo? Y termino, sigo terminando, 'preferimos jodernos, a que nos jodan', porque preferimos jodernos la vida, amargarnos, hacernos llorar, decirnos que no valemos para querer, aprobar, que nos quieran, que cuenten con nosotros en proyectos o que la vida nos sonría, a que alguien que te pueda joder la vida, te la alegre. A que alguien que también puede amargarte, te haga el más o la más feliz. A que alguien que te puede hacer llorar, te haga reír sin parar. A que tú, que puedes suspender, te creas aprobable. A que tú, que te tienes que querer, te odies. ¿Me captáis? Preferimos ver que algo que tiene capacidad tanto de jodernos como de hacernos los más felices del mundo, seguramente, por 'odds', por 'chances', nos joderá, y -por esa deducción imbécil- 'ya que voy a salir jodido, lo hago yo, y así me ahorro el sufrimiento'.

Pero es que no es cierto, porque Am Ende, y su filosofía, en la siguiente frase, te callan la boca al pensar esto, y te dicen: ¡Celebra el aburrimiento! ¡Grandes palabras y nulas acciones! ¡Pequeños peces para grandes estómagos... mantente esperando, que en 70 años acabará el Plan Maestro  ¿Qué significa? Que hagas lo de arriba, que des todo por malo, y todo pasado por válido y extrapolable a lo académico, familiar, afectivo y vital, y celebrarás que tu vida no tenga nada nuevo, ni por un extremo ni por otro, que nadie entre, que nadie salga, que todos mueran y nazcan y cada uno a su bollo, que tus círculos no cambien, y que te acabes sintiendo más días peor que mejor. Que celebres que al pensar en tu vida (venga, vamos, hazlo, te invito), en tu último año, veas que TODO ha cambiado, y las has pasado como la puñetera mierda, para caer en la paradoja de que, aun así, tus sentimientos, sensaciones y forma de afrontar las cosas es casi la misma. Celebra grandes palabras, en forma de planes tremendos que haces, en forma de 'me pondré al día, iré al día', en forma de 'esto lo saco', de 'esto es sólo un comienzo', de 'esto durará', de 'y todavía puedo con más', que las acciones serán tanto más cortas. A ese plan tremendo le seguirá no hacerlo en tu vida, a ese sacarlo le seguirá cascarlo y aprender, a ese ponerse al día le seguirá comenzar hoy, un 12 de noviembre, a currar, a ese 'esto es sólo un comienzo' le seguirá que nada vuelva a ser igual, a que eso no tenga continuidad, a que se extinga, se enfríe, muera. A ese 'puedo con más', le seguirá el 'estar quemado', del principio. Porque, ¡pequeños peces, para grandes estómagos! Sí, tus propósitos tremendos que no demuestras o sigues, te alimentan en tu mente, son los focos del teatro de tus sueños: la imaginación, y con imaginación tiras en una vida de mierda, pero tu cuerpo quiere obras de verdad, que duren, quiere al otro espectador, quiere aplausos, quiere deslumbrarse por focos verdaderos, quiere vivir. Y ante su hambre de vida, de afecto, de familia, de éxitos académicos y profesionales, que tú imagines, o le prometas, es tan sólo un aperitivo, y rugen las tripas de la ambición y, al final, la leyenda muere joven, se quema... o aprende que debe pasar a la acción. Finaliza diciendo 'mantente esperando, que en setenta años, acabará el Plan Maestro'. ¿70 años...? Venga, súmaselos a tu edad. 90 en mi caso, 87, 88, 91, 94... en el tuyo. Lo desconozco. ¿No suena como... a muerte? ¿Plan Maestro...? No suena como... ¿a vida? ¿A algo diseñado por 'alguien superior', un 'Maestro'? ¡Claro! Sigue así, quemado, con grandes palabras, pocas acciones, visión de túnel, incertidumbre 'velocidad-posición', experiencias pasadas, 'quemazón' por estudiar y no llegar, desconfianza en ti mismo, incapacidad de verte ejerciendo, nulidad familiar, comiendo poco para un estómago que pide ser alimentado, sigue viviendo, de hecho en el aburrimiento de 'joderte, antes de que te jodan' y tendrás... 70 años más de aburrimiento, y el Maestro finaliza su Plan. ¡La cascas! Y, si estás muerto... ¿Cuál es el problema?

Fin de la canción.

'Eso' es 'Am Ende', esa es la filosofía de vida, la filosofía del 'Am Ende', eso soy yo un 22 de enero del 2018, saliendo del final de globales, sabiendo que un éxito -sin conocer ninguna nota-, todavía me llevaba a tener que recuperar una que me dejé, esta solo, cerrado a todo y todos, y con una mierda de familia. Hoy, tengo mi mente clara, mi familia y sus círculos definidos, estoy abierto a lo que sé que puedo hacer frente, llevo 11 de 11 aprobadas, 11 de 57 que me examinaré a lo largo de mi vida, y pienso que, quizá, me estamparé, pero, si lo hago, podré poner los brazos siempre y cuando no desee, en plena caída, desarrollar alas. Me voy a estudiar siendo consciente de que sólo la mayor de las épicas puede salvarme de este suicidio de estudiar 70 días en 50, o 105 de 180 temas atrasados, de los cuales voy por el 60. Pero esto es Am Ende. Sacaré la familia, el afecto, la materia y la vida adelante porque no pienso el desenlace de esto, ni en lo malo que pueda pasar sino en que acabo un 24 de enero de 2019 y, feliz o no, existirá un 25 de enero de 2019 y, como pasaré por ello, bien o mal que lo haga, 'mañana será otro día', otras cosas comenzarán y... 'al final, todo estará bien'. Bien, o mal, el problema desaparecerá.

Ahora, en honor a otro escritor alemán, que escribió el libro más bonito que he leído en mi vida, precisamente similar a lo que ahora escribo, y a lo que en una postal dejé escrito de forma transversal y críptica, aunque ya no importe, porque ni me leen, ni pretendo que me lean ni, después de este spoiler, me gustaría que lo hiciesen, que se llamaba Michael Ende, y la obra, 'Momo', permitiré finalizar este artículo como él finalizó su obra, con el que fue su apellido, y, en alemán, significa, a la vez 'Fin'. Besos.


'Ende'.