5 de octubre de 2018

Anatomía patológica de una semana

La semana pasada fue 'Anatomía de la felicidad'; en esta, ha habido menos suerte, pero ha acabado bien, que es lo que cuenta. Está claro que tengo que definir mucho mejor mis círculos, que comenzar a estudiar ya, no abandonar música, idiomas ni deporte, por mucho que me quiten tiempo de otras cosas (mientras sea 'empleado' y no 'perdido', me vale) y otras tantas cosas más que sólo dependen de mí y no viene a cuento contarlas, válgase la redundancia. Voy al grano. La canción con la que resumo la semana es una de las primeras que escuché, de niño, en una lengua que no me abandona, y con un significado increíble estos días. Me transmite serenidad y me permite pensar en condiciones, sin llegar a derroteros sin salida. He visto que hay gente que me lee, y es largo, así que si no queréis perder ni tiempo ni lo más importante de lo que digo a la vez, podéis leeros las negritas. Si queréis ir al prólogo de la semana próxima, miraos el último párrafo. Abrazos, y buen finde. 



Lunes 1: siempre he hablado del 'síndrome de octubre' y parece ser que mis predicciones no fallan. Mes nuevo, misma historia. Ya comenzó torcido, puesto que quise ir a Burjassot, pero no pude. Adelantan prácticas, toca hacer trabajos, quedar en horas muertas... Me sorprendió que, al comunicarlo a mis compañeros más cercanos de dicho Grado, éstos se dividiesen en dos grupos. Los que, mientras estuvimos juntos, tuvieron una relación 'discreta' conmigo, y que fueron los que me invitaron a comer, a verlos tras la práctica de laboratorio y pasar la tarde, con los que he comenzado a quedar y llevarme excelentemente, y los que fueron mis mejores amigos, dentro de los que reinaba la indiferencia y, uno de ellos, me dijo si me 'iba a dar el pateo de hacerlo', y a los cuales no veo en más de medio año, desde días después de mi cumpleaños, en Fallas. Me apenaba ver cómo relaciones absorbentes y cambios ajenos de aires llegaban a tumbar relaciones de años más por obligación que por devoción, pero bueno, no alteró mi día, a estas alturas, y habiendo recuperado miles de amistades y habiendo querido recuperar TODAS las perdidas, por una en la que la otra parte no pusiese ni media, no podía seguir tirando ni preocupándome. Hay una frase que me encanta decir, sobre todo cuando estoy con alguien muy de mi agrado o, al contrario, cuando un suceso se precipita: 'algo no pasa si dos no quieren'. Luego esto no puede pasar.

Continué con Fisiología, y de aquí extraje una cosa: la motivación depende del estímulo. Y, en mi caso, si no es continuo, la pierdo. ¿Por qué lo digo? Había perdido el gusto por Fisiología estas dos últimas clases. Rutina, poco estímulo, poca relación profesor-alumno, poca ampliación de la materia, ¿qué hago aquí, y no en mi casa leyéndolo por mí mismo? Entonces, vino profesor nuevo, nos lanzó preguntas de Clínica, acertijos, nos contó experiencias, incluso me motivó tanto el hecho que me lancé, salí allí, hablé sobre un tema que conocía muy bien, tomé apuntes y finiquité su tema sin necesidad de pasarlo a limpio. Pensé en si esto no había sido el resumen de mis últimos meses, el hecho de que las personas van y vienen, pero las mismas emociones no se detienen. Me gusta estimularlas, cambiar de temas, sorprenderlas, vaya, lo típico, porque actúo de igual manera que me gustaría que lo hiciesen conmigo, pero, por motivos equis, acabo perdiendo toda motivación, los estímulos cesan, las relaciones no evolucionan, no hay una ampliación, se cae en una rutina aburrida que no incita ni tan siquiera a buscar algo con lo que salir, se pierde la relación entre personas, y vas dejándola poco a poco, sin saber realmente qué puedes hacer, con qué puedes sorprender y, sobre todo, para qué, si todo esfuerzo es inútil cuando das, pero no recibes y no sabes bien qué tienes al otro lado del muro.

Pasó Histología y, quizá por la reflexión anterior y la que tuve con Nídia en una red social acerca de las relaciones (estoy hablando continuamente de amistades, si tenéis la imagen de 'relación' como algo íntimo, apagad el interruptor, porque también es aplicable, pero mi mente no piensa en ellas ni la hay, actualmente), me fijé en el escaparate que suponía Instagram. Estaba el grupo de los que reniegan de ella y no la usan y el de los que les encanta y están viciados a subir irrealidades que hacen pasar por su vida. Al final pensé en las imágenes que tenía y dije: '¿Qué mas le doy al mundo?', no en un sentido pesimista, sino en un sentido de: 'Esta foto que he subido en un bar, realmente la he vivido con dos o tres personas, que ya la tienen, con quienes ya la compartí. Y el mensaje ya lo conocen, les dije cómo fue, ¿qué más les da a otras 90 personas este hecho, y en qué cambia nuestras vidas el saberlo?', nada. ¿A quién le importa mi vida como para verla en directo? Podéis saber, después de esto, en cuál de los dos grupos me encuadro y qué decisión tomé. Cuando quedo con alguien, si me tomo fotos las tienen al instante (ey, no está mal hacerlas para inmortalizar un momento chulísimo, no os metáis con las fotos), y si opino algo lo saben en el momento (o eso intento), sea bueno o malo, más bueno que malo, porque si no, no hay otra.

Martes 2: el martes comencé enchufado, ya se habían olvidado las peculiaridades del día previo. No soporto a profesores que se repiten sin tener capacidad de estimular al alumno simplemente por llenar tiempo (¿Cuántas cosas se dicen o dejan de decir por querer rellenar y, también al contrario, por no tener capacidad o no arriesgar?), y que acaban haciendo de su clase un infierno. No fui a Epidemiología. No voy a ir a una carrera en la que la señora que imparte un Power Point con no sé cuántas mil palabras y ni tan siquiera se dedica a ello.

Me fui a la playa, intenté ayudar a una persona como buenamente pude (la intención es lo que cuenta, o eso dicen), estaba bien, volví... todo en la tónica de un día normal, aburridillo -pero no por mi culpa, o sea que todo correcto-, siesta, bueno. Pero toda mesa tiene sus cuatro puntos de apoyo, cada uno los suyos, pero cuatro. Familia, pareja, sustento económico, amigos, trabajo... hay miles posibles y con cuatro de ellos hacemos nuestras patas. No voy a decir los míos, ya los sabréis de una u otra forma cada uno. Ese día me empezaron a fallar, empecé a cojear de alguna que otra pata. Me lesiono y no puedo entrenar, amigos discuten por gilipolleces y por terceros en discordia, a nivel de relaciones tengo que ocuparme yo sólo de toda mi familia cuando nunca ha sucedido lo inverso -a pesar de que, para mí, es un deber que me marco-, y los apoyos externos brillan por su ausencia. Me siento mal y decido pasar una tarde, quitando los paseos y un toque a un amigo para ver cómo le ha ido el entrenamiento (al fin y al cabo a mí en su día me enseñaron la pista y la dinámica, y a mí me toca, repito, actuar con el resto como quisiera que actuase conmigo), escuchando música y formándome sobre cosas varias. Cancelo el cine y otro día será, con mismos amigos, distintos... no me importa, en absoluto. Paso una noche en la que me cuesta dormir y acabo leyendo un libro portugués por pasar el tiempo, el segundo que leo esta semana, pues entre domingo y lunes leí otro más filosófico. Ya sabía de sobra cuál era el problema. Tocaba materializarse.

Miércoles 3: vino Fisiología, otro profesor nuevo, distinto cariz, estímulo nulo, todos sentados y viendo cómo nos embutían sin salirse de los esquemas una lección más. Perdí el estímulo, con ello las ganas, y tras ello, la motivación. Decidí no ir a Histología. Segunda clase pelada en dos días, pero, como dije la semana pasada, por mi bien, por no caer en el odio hacia una materia cuando ya me había reconciliado con ella. A veces también pasa en la vida que te alejas de algo a lo que quieres por el riesgo de que cualquier situación, más ajena que propia, pueda romper lo poco o mucho que habías conseguido.

Aquí, a estas alturas, una reflexión que tuvo este doctor, del que fui voluntario esa sesión, conmigo, me hizo cambiar muy levemente el chip, pero, con la guardia baja, los golpes 'pican' más. Iba en el sentido que le dio Nídia el lunes, y reflexionó acerca de lo que llamaba la 'economía de las relaciones', cómo realmente acabábamos perdiendo nuestras facultades por la tecnología al llevar calendario, horarios, fechas, información, dinero, personas... en un único dispositivo. Más allá, incluso, sobre cómo las personas buscan dar el mínimo cariño o mostrar la mínima cercanía para obtener lo máximo, una 'optimización', en términos matemáticos, de las emociones. Para aquel momento yo ya era consciente de eso, pero la pregunta de '¿Quién trasciende esa dimensión?', la cual ya me había hecho muchas veces, fue un detonante. Ya de por sí soy el tío que tiene los cumpleaños apuntados en una agenda -y no necesita mirarla para cantarlos, uno por uno-, quien la usa también para apuntarse qué clases hay y qué debe hacer, y puedo enviar, a lo sumo, 20 'whatsapps' diarios. Pero esto me hizo ver que podía vivir sin mensajes, sin móvil y sin aplicaciones. Y más en una semana en la que ya llevaba dos días malos y sólo recibía mensajes buscando barda entre compañeros, gente interesándose en mí, que no por mí, y dos o tres personas que sí salvaría, pero que tengo ya en otros lugares. Total, que tras una tarde muy floja y en la que las patas de la mesa cada vez se desajustaban más, y no podía hacer nada por ello porque siempre son ajenas a uno (por eso debe elegir uno qué cuatro lo sustentan), decidí probar a ponerle fin al móvil. Y así hice. Por otro lado, encontré un apoyo externo tras mucho tiempo sin hablar con dicha persona, que supo que estaba mal, no sé cómo porque no hablé con nadie, pero conocerme (y conocer a alguien) es un don, y cuando lo tienes, pasan estas cosas, y pude mantenerme, con el agua subiendo hasta el cuello, pero respirando todavía sin problemas.

Jueves 4 (ayer): no hay mal que cien años dure. Remonté enormemente en las prácticas, las dos, que saqué 'cum laude'. Finalizaron y formé parte de una encuesta para un Instituto médico por mi perfil, y me encontré, curiosamente, a una compañera del Grado como voluntaria. A veces los humanos nos calentamos mucho los cascos y realmente podemos ser felices con poco y hacer menos infelices al resto con menos: un gesto rápido, simple... somos animales. Un animal no quiere que le reflexiones la vida, que le hagas de coach o que le relativices el momento. Un animal, si le respetas las distancias, si lo estimulas, si le pones una mano encima y si le hablas con buen tono y por su nombre, hace todo y más. Así, me encontré a esta compañera, y debió ser que todavía tenía -yo- mala cara, porque me separó un momento del resto de la jauría, me puso una mano en el hombro y me preguntó por lo que sucedía, si ya estaba más tranquilo por el tema delegado, dándome la enhorabuena por lo bien que lo hice en las prácticas, etc. La relación entre ambos siempre fue nula, tiene sus cosas personales también, y no compartimos ni amigos, pero aquí descubrí que no preciso de hablar mucho con alguien para estar bien con él, ni de contestarle rápido, ni de tan siquiera estar o no encima, o ser 'algo' a su respecto. No, y si no mirad cómo cambió mi día, a mejor, que una persona y yo cruzásemos una palabra, pero una palabra útil, me hablase por mi nombre ('Fran, cómo va todo', vs. 'Buenas, cómo va todo'), sin voluntad de 'mantener algo', con una palabra que no estaba escogida para marcar o conseguir algo, sino preocuparse por alguien, sino con lenguaje no verbal, y que no hace falta contestar a alguien en una hora, un día o un mes, sino cuando lo necesite, que no se debe estar encima, sino saber cuándo, y que no hace falta hablar siempre, o para decir poca cosa, si se puede hablar esporádicamente pero sentir que 'se ha dicho algo'.

Así sucedió, y puedo concluir que 'los detalles, cuanto más pequeños, mejor, marcan la diferencia'. Es algo que extraigo de mi trato con los compañeros, de estos momentos que me llegan cuando tienen ese trato conmigo, de gente que hace poco, pero todo lo hace bien, de gente que hace mucho, pero no llega tan allá, de gente que con un gesto, una palabra, una proposición o cualquier estupidez del tipo, consigue que abandone todo y siga con un 'y por qué no'. No me hagáis ver sólo lo bonito del mundo, si hay algo malo y me afecta.  No preguntéis la misma frase todos los días (qué tal), sino daos cuenta de su respuesta negativa sin necesidad de saberla. No me mandéis mil mensajes al día, si con uno, en el momento preciso, lo dejo todo. No me preguntéis para darme rienda suelta a que me explique, hacedme una única pregunta, acordaos de la respuesta tras semanas, o meses, o de proyectos o eventos o cualquier estupidez, y sorprendedme y haced que me tambalee de la alegría cuando, tiempo después, os intereséis por ello (¡Lo preguntasteis por interés, y no por cumplir!). Todo esto era retórica, no lo dirigía a vosotros, de hecho, esto lo leéis los pocos en quienes confío o, ya es mucho, no desconfío, y para vosotros no tengo comentarios malos. Sólo tengo o intento tener buenas palabras y preocuparme puntualmente si veo que algo 'puede no ir bien'.

Encendí el móvil para ver 400 mensajes, a los que contesté con 10, y le di prioridad a dos personas, que ya saben quiénes son, y por qué. Vi mensajes de un grupo de amigos falso en que si no se escriben, nadie se ve, un grupo de clase que seguía sin aportar, el de la familia a la que veo de continuo, un cliente al que llamé por teléfono, y resolví lo mismo que podría haber resuelto por WhatsApp, pero en un minuto, escuchando su voz, con tono y con cercanía (cercanía... esa gran palabra), y pasé por alto un par de conversaciones, que había muchas. Me sorprendió, y hoy he ido a verlo para darle un abrazo y preguntarle por su curso, que un compañero que ya no está en mi grupo se acordase de mí y me felicitase ayer. Otro pequeño detalle, acordarse de alguien, un mensaje tras meses, que consiguió que moviese el culo para verlo, saber de él y clavarle un abrazo.

Viernes 5 (hoy): anoche estuve muy bien, me acosté tarde, me tocó hacer de 'psicólogo', no por mucho tiempo. No era la primera vez esta semana, ni la segunda, que lo hacía con alguien y para alguien, pero nace de mí y es inevitable. Eso, y una noche de lectura, música y tomar el aire que se me fue de las manos, hizo que cogiese el móvil a las seis y decidiese no contestar, por amor a la gente, todas aquellas conversaciones relevantes. Ética, de nuevo, profesor que vende política, humo, mentiras, sobre el gremio. No me he contenido, he sabido que estaba bien porque ha salido el 'Fran reaccionario', contestatario, combativo, he levantado la mano, he opinado por qué estaba en contra, argumentado, criticando, en tono asertivo, no iba a dejar que dos días de Ética politizada e insulsa se convirtiesen en un tercero, y la clase me ha apoyado. Dejé de ser delegado porque no quería que esta discusión diaria con departamentos podridos afectase a mi desempeño como compañero y estudiante, pero de vez en cuando viene bien el apoyo del grupo y plantar cara a autoridades putrefactas y corruptas para saberse vivo y capaz de cambiar ciertas cosas.

No me he ido en metro a lo fácil, ni a la playa, lo deseable. He vuelto andando los 6 kilómetros a casa. Por el cauce, por un camino que en su día hacía más, por otros  motivos, por rincones que no visitaba en un tiempo, que ya casi parecían no tener voz, y he sabido lo que era volver a pensar en 2015, 2016, 2017, en 'oler' de nuevo épocas, en que muchos sentimientos y pensamientos volviesen a mi cabeza al ver determinadas cosas (una fuente, una plaza, una torre, una finca, un tramo de río, cualquier cosa... con significado para mí), incluso sensaciones que te recorren la espina como calambres, a las que puedes poner fecha y hora aunque haya pasado un año de eso, o dos..

¿Prólogo de la semana que viene? Mañana, inevitablemente, debo currar para dejarme todo el trabajo del fin de semana hecho. No será un día fácil, pero retomo el gimnasio y, quizá, amistades si decido quedar, y tengo las de ser feliz. El domingo, tengo tarde libre que culmino con la conferencia de un Premio Nobel y una noche libre para pasear, como hacía el año pasado en invierno, porque el lunes no tendré carga lectiva. El lunes, comienza una semana sin prácticas, con una tarde larga que ni de coña dejaré pasar en balde como el anterior, el martes viene el día grande, el de la Comunitat, con muchos eventos, un castillo al que no voy en ¿4, 5 años?, a saber, tras 7 meses de la Nit del Foc, y al que iré porque quiero volver a revivir sensaciones tan lejanas en el tiempo, ahora que estoy a medio camino entre fallas de 2018 y 2019, un miércoles de cerrar trabajos en grupo e ir al cine para cobrarme el disgusto del martes, un jueves en el que pretendo visitar un sitio para mí muy especial y salir, esta vez no como haría en El Carmen, prometido, y un viernes en el que tengo planeadas muchas cosas, tanto visitas a sitios, como recuperar antiguos trazados, volver al agua y ciertas sorpresas, pero ya a su debido tiempo.

30 de septiembre de 2018

El oficio de vivir

Sé que esto contrasta con mi visión del 8 de septiembre, triste ante todo, o con aquella entrada de 'Gusanos del mundo', que tanto defendí entre 2015 y 2016. Pero, a 23.17  horas me ha dado por coger el portátil y escribir. Demasiadas emociones después de demasiadas coincidencias, que me gusta plasmar. No soy de los que piensa que todo está decidido, pero sí de los que piensa que hay casualidades tan exageradas que tiene que ser demasiado puñetero el espacio y el tiempo para ponértelas tan cerca. Suena 'Holy Pictures', de David Holmes, si podéis, echad una leída a su letra, y disfrutadla. La entrada no va de otra cosa. Un abrazo.


No estaba siendo mi mejor día, aunque sí de los más productivos. Entrenar, comprar unos regalos, pasar unos pocos apuntes, leer una partitura... vamos, típica mañana que rellenar. Una siesta, conversaciones puntuales, un poco de fútbol por aquí, un poco de risas por allá... Lo que constituye un día feliz y, por tanto, normal para mí. La noche me ha llevado, por rebote, al pasado. Hoy escribía una carta que irá a  muy lejos, y me ha dado por pensar en cartas que escribí en un pasado. Hoy escuchaba a Skoog tras tanto tiempo, y me ha dado por pensar la primera vez que me lo puse, mayo de 2017. Y hoy encontraba fotos de mis abuelos, fechadas en los 50, en Palma, en Pisa, en Valencia, justo por donde paseaba hace unos días... Y me ha dado por hacer el triplete, el hat-trick. Buscar la 'caja de los recuerdos', abrir Spotify y ponerme a Skoog y, sorpresa, no ponerme a mirar fotos, pero sí que, de la nada, me contactase un  familiar lejano de otro país a pasarme sus datos sobre esa rama familiar. Me ha parecido recordar que ayer escribía eso de que la vida te podía cambiar en un instante de la nada, y me gustaría profundizar. No tengo gran cosa que hacer, me reservo para las próximas noches y quiero tener un tiempo para seguir creciendo anímicamente.

Y he visto que entre unas fotos familiares, una caja de recuerdos personales y una pieza musical, hay un vínculo en común tremendamente grande como es el amor, y sobre el que no suelo hablar directamente. A veces porque no lo siento, otras tantas porque pienso que es una de las dimensiones más íntimas de la persona y sólo pueden entenderlo quienes lo viven. En todo caso, esta vez es porque ronda mi mente de forma difusa, pero estoy en una etapa muchísimo anterior a todo ello, que ya me queda lejano en el tiempo y que sólo dos personas han recibido por mi parte; estoy, pues, un peldaño por debajo, pero sintiendo el vértigo de todos los subidos. No me extiendo en esto. Al grano: el vínculo común. El amor, pero, ante todo, las historias de la vida. La disección que quiero hacer hoy, igual que ya describí la anatomía de mi semana ayer, cuando ni tan siquiera había acabado, porque me nacía.


He cogido esa foto, mis abuelos, con mi padre. Mis abuelos, por Alameda. Mis abuelos y tíos, sin mi padre todavía, en Palma. He leído, con avidez, al señor francés que me iba pasando datos y datos sin acabar, un señor que, justo el día en que, hace poco más de dos meses, casi fallece mi padre y puedo decir, con total orgullo, que salvarlo fue la mejor oportunidad que me ha dado el destino de estar en el tiempo y el lugar correcto, y que ya pagué la deuda de que me diesen la vida, restaurando la de quien lo hizo, tuvo a bien escribirme. Van saliendo datos, familiares, se suben generaciones, siglos, lugares, surgen partidas de la Guerra Civil, y pienso en la teleología, en lo fácil que es dar lugar a la vida, pero lo enormemente difícil que ha sido que nos juntemos el que escribe esto y quien lo esté leyendo ahora mismo, para compartirlo. Cuánta gente ha tenido que fallecer, pelear, ser y, por desgracia, y recordad esto: 'no ser', para que estemos aquí. Veo las imágenes, pienso en las de cuánta gente seguiré estando, habré aparecido, queriéndolo o sin quererlo, pienso en cuánta gente nos ha ido dejando, voy tapando con tristeza caras de quienes nos fueron dejando, hasta que en algunas imágenes no quedan, ni tan siquiera, supervivientes. Las fotos nunca dejarán de parecerme preciosas; son un arma dolorosa, porque te recuerda la gente a la que quieres, querías, quisiste, nunca a la que querrás, y todos los momentos buenos que sucedieron o podrían haber sucedido, pero nunca los que suceden, o sucederán. Quizá porque es lo único inmortal que existe, y cambiaríamos que éstas no existiesen, para que siguiesen haciéndolo quienes en ellas aparecen. Quizá porque te recuerdan que en un futuro tú serás el objeto de recuerdo de cualquiera cuando vea tu foto, quizá en un futuro tú fallecerás y serás inmortal sólo en un papel. Pero ese arma también es de doble filo, por otra parte te da la vida a ti, y al resto, te 'mortalizan' en días en los que, simplemente, no estás. Te ponen los pies en el suelo. Me meto en la imagen, mi abuela, ya hace cinco años fallecida en un día en que se pudo despedir de mí, sin que nadie lo esperase, recordándome lo grande, mayor y guapo (abuela, aquí te equivocabas, pero te sigo queriendo igual, o más) que estaba, aquella que todavía dejó cálida y húmeda mi mejilla derecha tras su último beso, y sonríe ahí, feliz, sujetando a mi padre. Y sigue sonriendo en otras fotos en su casa, que consiguió tras 50 años de trabajo, y habiendo venido de una cueva, justo al lado de donde yo ahora estudio Medicina. Y veo una foto de ellos sonrientes al llegar a Valencia, paseando por la Alameda sobre la que yo corría sin preocupación hoy, justo al llegar, sobre los cincuenta, mientras sonreían, cuando, sin dinero ni pertenencias, tras la Guerra, decidieron que se mudarían al sitio al que llevase el próximo tren que saliese. Y tocó Valencia. Después vendría el de Madrid, y por eso estoy aquí. Y vi a mi tío, el mayor, el que nos dejó, dentro de tres semanas hará tres años. El pequeñín que bautiza a mi padre, que pelea con mi otro tío, que sale construyendo el Mestalla, y que un día pasó de decir 'te quiero' y 'te has hecho todo un hombre' cuando fui a verlo al hospital por una insignificante complicación y a los dos días fui el primero en verlo fallecer, pensando que ahí dentro estaban, sin locutor, ya sin sentido y ya, precisamente, sin nadie que pudiese vivirlas, ni contarlas, setenta años de vivencias únicas, irrepetibles, que ahora sólo hablaban en fotos. Años y años de niño llevándome a pasear al río, comprándome juguetes y enseñándome el deporte del atletismo ya estaban en imágenes, en mi memoria y en todo cuanto había hecho de mí. Yo llevaba su legado.

Y pienso en la primera reflexión de la noche. Todo cuanto estuvo vivo se puede relacionar con la vida, aunque no la tenga. Y a veces, recordar lo inerte te la puede llegar a devolver. Me siento mal a ratos, ¿qué motivos tengo? Voy a coger las fotos y a salir de dudas. ¿Estudio? Sí. Mis tíos no pudieron, mis abuelos tampoco, mis padres... por poco. Y han seguido adelante, y han tenido grandes trabajos, y han sido felices; y han soñado con tener lo que yo creo una pesadilla. ¿Tengo techo? Sí. Mi familia no pudo tenerlo al llegar, durmió al lado de donde hoy estudio. Sí, su escuela era la calle y su casa el lugar que a día de hoy constituye mi escuela. ¿Tengo motivos para correr? Mientras lo hago por la Alameda, pienso en que, sin nada, mi familia andaba por allí. Días antes, había sido pasto de una inundación que dejó centenares de muertos. ¿Qué importaba la pobreza? La muerte no discrimina entre rico y pobre, sí lo hace la suerte. ¿Tengo motivos para desechar la vida y, mucho menos, hacerlo porque no haya nadie? Aquel que meses atrás jugaba con uno de los bebés de la familia no tenía pareja, posaba, mirando a cámara (ahora, parece que me mira a mí, invitándome a vivir) con su mejor sonrisa, seguía tirando, no se preguntaba por qué, para qué o para quién. Tres meses después moriría. Extraigo otra reflexión, pero no a colación de esto, sino de lo que viene, quizá mi mayor apertura desde que recuerde: cuando pienses que no tengas nada, cero, te encuentres sin fondos: juégatelo todo. Hipoteca tu vida. Invierte; en personas, en gente, en un proyecto. ¿Cuántas veces has creído que eras demasiado poco para cualquiera, o que no tenías suficientes fuerzas para comenzar algo, lo que fuese, y realmente la otra persona ha pensado lo mismo que tú, o te has dado cuenta de que, quizá, lo otro -lo que fuese- no te quedaba tan grande? ¿Cuántas veces, por no ser feliz, te has negado la razón de tu felicidad? La clave reside en invertir. Si tienes cero felicidad, ganas, recursos emocionales, da lo que no tienes, métete si ves que el riesgo es casi tan grande como el beneficio aunque las probabilidades de conseguirlo sean bajas, aunque parezca que no obtienes rédito, que te mina, que no llegas... cuando lo haga recibirás lo dado y todos sus múltiplos, todos sus intereses. La única forma de ganar es dando lo que no se tiene a cambio de que el tiempo haga el resto: invirtiendo. ¿Cuántas veces has creído que estabas mal, y has seguido tirando, sin fuerzas ni ganas, y has triunfado? Invertiste en un fondo perdido y resulta que acabó dando sus frutos. ¿Cuántas veces has dado algo por muerto, ha cambiado el panorama y ha revivido? Invertiste en un fondo perdido y acabaste recogiendo tu inversión y todos los beneficios que te reportó la otra parte, y que tú le reportaste. Ahora, pasemos a la imagen. ¿No invertían en vida aquellos que, sin dinero, se lanzaron a un tren y a tener a sus hijos y, ahora, honrando su memoria, sus nietos y biznietos? ¿No invertía en vida aquel que, con cero de pareja y cero de ganas de vivirla, seguía sonriendo para hacer feliz a los niños, dejar toneladas de recuerdos y, ahora mismo, lágrimas en los ojos de sus sobrinos cuando lo recuerdan, y años y años de felicidad e infancia? ¿No invertían en vida aquellos que, con cero dinero, techo e integración, a día de hoy han dejado estabilidad, techo, comida y vida a sus hijos y han hecho que sus nietos puedan disfrutar de todo lo que les faltó? Ellos no pudieron disfrutar de nada, pero hipotecaron su vida y lo que no pudieron disfrutar para, medio siglo después, fallecer disfrutando mientras veían cómo, gracias a esa inversión, las siguientes generaciones sí que pudieron gozarlo. ¿Y qué gozo hay mayor que el de quien puede ver a quien quiere triunfar con él? Pasemos a otra. Pasemos a lo que más me hubiese costado recordar en un pasado, sobre lo que nunca quise escribir directamente, sobre lo que hace diez meses que no cogía, releía o revivía, lo inédito, el Fran sin explícito, al desnudo. Pasemos al verdadero núcleo duro.


El segundo elemento de la noche. La 'caja de los recuerdos'. Allá donde fue a parar todo lo que sucedió entre noviembre de 2016 y diciembre de 2017. Trece meses. Un primer texto en la revista de Medicina, sin que yo supiese que llevaba destinatario, tras el que hay la semilla de una tierra baldía. Un primer poema. Una felicitación por mi 19 cumpleaños, tras la cual se adjuntaba una foto de la Nit del Foc, una carta por mi 19 cumpleaños, dentro de la cual iba un libro, otra del 8 de abril, de la que sólo recuerdo el beso que la precedió, y del 11, y del 15, del 19, del 21, de los que ya me acuerdo menos, por no decir nada... y otra del 21 de mayo, y otra del 26, donde va un aniversario, donde se pide una mano, y del 15 de junio, y del 1 de agosto, y del 25 al 30 de julio, un libro de León Felipe dedicado a un mes sin vernos, con un poema por día, una Vía Láctea, un biombo de Benjamin Lacombe a acuarela para cubrir una casa dentro de la cual habitan los recuerdos de una persona huérfana, Le Petit Prince, confesiones, palabras dichas sin decir, una foto con '1 de mayo' al dorso, una carta fechada en el 4 de junio, dentro de un marco en el que salimos ambos, pintados al óleo, antes de hacer una PAU donde mi mayor motivación fue compartir sitio y tras la cual ahora puedo decir que son un 17% médico. Una cena mirando hacia el río y Serranos. Una partida al F1 2006. Al The Stanley Parable. Un atardecer en Nàquera. Correr 10 kilómetros de punta a punta de la ciudad por desearle suerte, y verla. Un castillo. Una piscina iluminada. Un dúo de 'Hay Amores', de Shakira, a guitarra. Una noche entera viendo las estrellas, al raso. Una tarde cuidando de la otra persona, enferma, mientras leo a Borges, y se duerme en brazos ('porque en noches como esta...', y ya cada uno que lo siga). Y días de arrimar el hombro para que sirva de pañuelo. Días de consolar. Noches de sentarse en cualquier sitio para que la otra parte pueda desahogarse. Tardes de explorar la montaña. Noches en las que el día parece querer correr más de la cuenta para que se acaben. Días de seminarios en los que diez minutos de llamada valen más que dos horas de lección. Días de tener el molde de sus labios sobre los tuyos y, a la vez, extrañar la sensación. Una imagen revelada, agujereada por la cantidad de sitios distintos en los que se colgó de una chincheta, una pareja, en familia, celebrando un cumpleaños, una sonrisa que esbozo, en plena tristeza, en un día malo, sólo porque en el futuro eso se pueda recordar por la otra persona positivamente cuando la coja, como un gran día, cuando se tome ese recuerdo, inmortal, como cualquiera lo hará cuando yo falte, un señor de camisa negra tomando por la cintura a una persona de vestido azul, mientras sonríe ajeno a todo. Una foto en una piscina, mientras diluvia, después de ponerme un bañador y lanzarme, sin pensarlo al agua, tras haber estado una tarde en la cama llorando por no ser feliz y haberme dado cuenta que la razón de mi felicidad estaba sin mí, y que tampoco estaba siéndolo por mi culpa. Una foto, no sé quién la tomaría, en un balancín, abrazados, torrado después de pasarme una noche preparando regalos, después de haber subido del chapuzón bajo el diluvio, todo lo que sucedió por haber invertido en pasar una tarde en compañía aunque mis ganas ascendían a cero. Una foto en una convivencia, en Alborache, data del 23 de septiembre. Un dúo a capela cantando el 'Cielito Lindo'. Que la vida va de eso: canta y no llores. Una carta del 19 de septiembre, otra del 19 de octubre. Una caja de música que toca el Danubio Azul, símbolo del amor para los húngaros, y un libro de Astronomía en checoslovaco dentro del cual una perfecta caligrafía me invita a volver allá, pero en compañía, a ver un Danubio Azul. Un par de fotos. Una carta de ruptura que lancé al mar y que tiene la banda sonora de Waves from a distance,  el libro de Opus Nigrum... Palabras que vuelan, se las lleva el viento, pero a veces el viento vuelve a soplar a cau d'orella.

Quien haya llegado hasta aquí dirá: 'no la has superado'. 'La quieres'. 'Ha pasado tiempo, y ahora lo sacas a relucir'. Quien haya llegado hasta aquí no entiende nada. Todo ha sido un juego, y me gusta que hayáis caído. No se sabe que acabo de revelar el contenido de la caja, pero no el continente. No he modalizado, no he dicho 'la quiero', 'lo quiero', 'lo recuerdo con añoranza'. No he hecho juicios de valor. Sólo he expuesto. Lo único que importa de todo eso es dónde están contenidos, y no, no es la caja. Es mi capacidad de querer. Esa caja no encierra una relación. No encierra un año de mi vida. Me encierra a mí. Encierra mi capacidad de querer, y haber amado, y mi aprendizaje de todo ello mismo. Encierra los momentos que ya pasaron y las emociones que recuerdo (sin recordar a la otra persona) porque lo que ha quedado de todo ello y, por tanto, es la esencia de este escrito, es la capacidad de querer. No ha muerto. No se ha desaprendido. Volved a los primeros párrafos. Lo he puesto en una negrita: 'cuánta gente ha tenido que no-ser para que estemos aquí'. Sí, muchos de nosotros estamos aquí porque otras relaciones fracasaron, pero no lo hizo la capacidad de amar, y ésta venció, prevaleció y fruto de la misma surgimos nosotros. Esto ha tenido que suceder para enseñarme la lección del querer, no olvidarla jamás, y ponerla en práctica con la persona que sí haya de ser. No, no añoro ni echo en falta a la persona, ni al momento, esto no es, como diría El Principito, una rosa que quiero por el tiempo que pasé con ella más que por su condición. No. Sólo recuerdo, y me recuerdo, que sigo siendo capaz de repetir, de que, a riesgo de volver a joderla, soy incapaz de aprender nada, ni tan siquiera a comedirme, a 'mesurarme', a ir con cautela, a que otra persona pague ningún plato roto. Vamos, que volvería a repetir todo esto, ¡y más! Todo acabó mal, incluso por parte ajena se quiso volver a juntar (¡Por Dios, no!), otros me pidieron perdón, al final me llevé bien con todas las partes... no guardo odio,  ni rencor, todo fue como debió ser para que yo esté aquí tan curtido en esto.

No es añoranza, es pararme, recordar esos momentos y ver que he aprendido tanto que por eso no he querido aprender nada, y he seguido conservando la capacidad de hacer locuras dentro de la cordura por alguien, y no ya de invertir, sino de doblar la apuesta JAJAJA, de volver a coger una guitarra y cantar, de volver a pagar 100 euros por ver la Vía Láctea dos noches desde el mejor de los sitios, de volver a correr hasta Dios sepa dónde por ver en un momento crucial a la otra persona, de subir hasta el monte más alto para contemplar las vistas, de madrugar para ver a un día nacer y ponerse, de volver a coger una pluma o un bolígrafo y escribir un poema que ahora estará en un cajón ajeno, sin copia, a título póstumo, de hacerme una foto que quede para siempre, de ponerme un bañador en plena tormenta y salir a nadar, de estar tan muerto que me caiga en un balancín a modo de almohada, de ser un pilar sobre el que se pueden apoyar, y llorar, de ser útil para la otra persona, de ayudarla a salir de una depresión, aunque se me pague, precisamente, dejándoseme. Y quiero extraer la cuarta reflexión de la noche: y de volver a ser capaz de sentirme vivo y 'dador' de vida, y -ante todo- la capacidad de ser distinto para cada persona. De hacer esto con una, y esto y mucho más con cualquier otra, de tener la capacidad de seguir innovando más, y sorprendiendo más, yendo a sitios nuevos, con rutas nuevas, viajes nuevos, con estudios nuevos, momentos nuevos, actividades nuevas, letras nuevas, sorpresas nuevas... y siendo distinto con todas las personas que conozco, con todas a las que tengo afecto, las que tengo cariño, las que puedo querer y las que, seguro, alguna que otra más, algún día, querré, de igual manera que siempre soy igual con todos, pero me adapto a las personas y les dejo ver tanto lo bueno como lo malo de mí, pero pongo a su disposición lo que más les puede gustar, servir y ayudar, para que cojan cuanto quieran. La capacidad de ir siendo cada vez más y más, y que el contenido de la caja me guarde a mí, pero guarde sólo la parte de mí que di a una de las personas que hubo en mi vida, y en un futuro haya otra caja donde se vayan acumulando todavía más trozos, y más surtidos, míos: la capacidad de seguir aprendiendo a querer, mejorando en el querer y recordando estos momentos por lo que he sido capaz de ser y resultar, y no por lo que algo fue y resultó. Esto es un ejemplo, una muestra, una beta.



Resumo dos horas de escritura (son las 01.40) en dos párrafos: ¿En qué se relacionan fotos antiguas con una caja de cartas y recuerdos nuevos, una persona que se fue sin nada y tantas historias contadas, y qué pinto yo ahí? En que todos dieron por ellos lo que no tenían para sí mismos, todos aprendieron gracias a la vida, todos fueron avanzando etapa tras etapa, con las dudas de su época (estudios uno, trabajo otros, supervivencia algunos otros...), y todos lo hicieron con un fin único: el de aprender. A querer, a ser útil, a desempeñarse... y el de culminarlo con la unión con la persona que tuvo el bien de recoger todos los frutos de una vida de trabajo, estudios y aprendizaje del amor, y la recogida del fruto: descendientes que en un futuro los recordasen, tomasen sus fotos, y los leyesen. El final del párrafo es el principio: todo esto por lo que me preocupo y lucho es por lo que otros lo hicieron para que estuviese aquí y, por tanto, es por lo que, en un futuro, alguien podrá decir de mí que está aquí.

¿Qué son mis estudios? Una de las primeras paradas de esta larga línea, la vida. ¿Para qué avanzo? Para crear una nueva estación. ¿Y si no funciona, y si no hay culmen?  Una sonrisa tuya, a título póstumo, se reflejará en las lágrimas de tus familiares cuando la vean, y te recordarán que no hace falta demostrar tu amor para que cale en el resto, ni demostrar tus capacidades para que el resto las adquiera, y que no hace falta hacer ruido para seguir resonando en las mentes de todos.  Se puede no dejar nada nuevo en la Tierra y, sin embargo, nunca irse de ella. Queridos... que no hay camino, se hace camino al andar, y que es tan corta la vida, y tan largo el oficio de vivir, que cuando uno lo aprende, ¡se tiene que ir! 

Nos vemos, os dejo con la canción cuya letra, melodía y mensaje global más me gustan, y que define esa capacidad, la de querer, la de superarse, la de amar y la de superar metas y etapas de la vida para poder seguir viviendo y llegar a conseguir el fin último como persona. ¿Su nombre? Curiosamente, Holy Pictures. Abrazos, nos leemos en otro rato.

28 de septiembre de 2018

Anatomía de la felicidad


Pues ha pasado otra semana. Lo ponía en común con los compañeros, quizá la más rápida del curso. Me pelo la clase de Neuroanatomía de hoy para plasmar lo que siento, dejar constancia de ello y traer reflexiones que nada tienen que ver con las de la pasada semana.

Comenzó un lunes descafeinado, en parte porque surgía un problema con el que no había contado hasta ahora y la misión era deshacerse de él. Algunas clases empiezan a aburrir, algunos profesores no dan la talla, y tu burbuja de felicidad se trastoca, entonces prima una cosa: mantenerse a uno mismo, y esto pasa por ocuparse de algo previo a que suceda, para que, cuando lo haga, no te pille por sorpresa, tengas todo planeado, sepas cómo reaccionar y puedas pilotar el coche sin necesidad de dar volantazos. También surge otro palo en la baraja muy importante, y con el que hay que saber jugar porque puede ser desde el mejor de tu mano hasta el peor que te pueda tocar, y no es otro que la 'prioridad'. Llega un momento en el que haces una balanza, sopesas los valores que tiene todo en tu vida y, si bien nunca haces una escala de valores porque éstos fluctúan y es inútil etiquetar las cosas, sí que tomas decisiones en función de cuál será menos perjudicial. ¿Es malo saltarme una clase?  Tanto peor puede ser que no aproveche ese tiempo. La mejor decisión es hacer lo que el cuerpo te pida si la mente se une. Me planto el lunes y digo: Sol, buena temperatura, Valencia entera libre, por desgracia soledad... ¿No la disfrutaré? Pienso, analizo, tengo muchos deberes, pero si los hago sin ganas mientras me pierdo una tarde que invita a salir, cogeré asco a los deberes y me sentiré de bajón por haber perdido una oportunidad tan grande. ¿Qué es, en comparación con todo ello, el menor de los males, de atrasarse un tema por asignatura? Nada, ya me autocontesto. Es hacerme un favor. Me compro mi flauta mientras paseo dos horas y me pongo a leer partituras. ¿Me termino de sentir mejor? No, arrastro días malos y es totalmente normal tenerlos unas cuantas veces al mes. ¿Me siento mal? Desde luego que no. No necesito mucho más para cerrar el día. Que pase el martes.

El martes fue un día en el que me tocó recordar lo que casi, por desgracia, había olvidado. Entran dudas, sabes que no lo has hecho todo lo bien que podías con varias personas a pesar de no buscarlo, tampoco te encuentras especialmente bien... Todo parece estar diseñado en tu contra. Sin embargo, en lo poco común encuentras una salida. Diluvia, todos se resguardan, algunos fuman en la puerta, otros se recluyen en la sala de estudio... nadie en la calle. ¿¡Por qué no salir a pasear bajo el diluvio en Viveros y sentar cabeza!? Dicho y hecho. Me cruzo, bata puesta, toda la calle ante la atenta mirada de la gente juzgando cuánta cordura me quedaba, medito lo justo y necesario a solas conmigo mismo y me vuelvo: 'esto se soluciona hablando con todos'. Senté cabeza y extraje otra de las máximas de esta semana: desempolva el alma. Hay que ocuparse siempre de uno mismo, pero también uno debe preocuparse siempre del resto que le importa. Lo dije ayer: las personas son problemas que sabes cómo resolver en la teoría, pero cada problema tiene una incógnita distinta, con un valor distinto, y si bien sabes la teoría, como no apliques la práctica de forma INDIVIDUALIZADA, persona por persona, no harás ni uno bien. No deben copar tu vida, pero sí debes estar atento a ellas, cuidarlas, nutrirlas. Puedes caer muy bien, genial... pero si no tratas bien al resto, haces ver que estás ahí, al final acabarás borrándote de sus vidas, estando ausente, incomunicado, y no contarán contigo. Así, resolví que la gente es, para mí, innecesariamente necesaria. Benedetti lo dijo mejor: '(...) que no me necesiten para nada, y que me quieran para todo'.

El miércoles empecé a surfear la ola y me puse, con más corazón que cabeza, a tratar de sacar adelante el día. No miento si digo que las cuatro primeras horas fueron un tremendo bluff, lejos de las sensaciones que había tenido el martes y estando, precisamente, bastante mejor, pero a veces, esta es otra, la vida te reserva los mejores momentos en el espacio de tiempo más corto, y de la forma más inesperada. 16 días llevaba descolgado de Histología, sin manera de encontrar un motivo para estudiar y se me enciende la bombilla, algo sinapta y vuelvo a la motivación del año previo, me reconcilio con la carrera, las dudas se disipan y al salir de clase me siento diferente a la hora anterior. No sucede demasiado más, salvo procrastinar, pasar apuntes, pensar en cómo una persona te cambia un día y la tendencia 'bajista' de la carrera, y cómo te puedes llegar a enfadar con familia y amigos por cuestiones puntuales, pero estando encima, con cariño y cuidado, con atención, sin agobiar y sin recriminar, consigues cercanía, mucho caso y revertir situaciones negativas para todos. Laissez-faire. A las personas se las trata con mucha calma, cariño, espacio y tiempo adecuados. No me detendré mucho más en este día.

El jueves, ayer, fue de otro mundo. Uno de los días que, igual que puedo calificar el domingo, lunes o martes de 'verdaderamente malos', puedo calificar de 'verdaderamente buenos'. Para bien y para mal, sólo tienes 2-3 malos y 2-3 muy buenos al mes, pero son los necesarios, y más que necesarios, para ver qué problemas tienes, cómo solucionarlos, cómo te sientes ante ellos, qué armas tienes para enfrentarte ante ellos y conocerte bastante mejor. Sin problemas, las personas no nos adaptaríamos ni aprenderíamos a reaccionar. El jueves, la vida dio un par de vueltas -no demasiadas, tampoco-, y las vueltas dieron bastante vida. Y quizá fue la representación gráfica de que lo que mal empieza, bien acaba. ¿Práctica a las 8.30? Estudio 4 temas y consigo una invitación al laboratorio. ¿Práctica de Epidemiología? Saco un diez y estudio 6 temas. ¿Clase final de Epidemiología? No voy. Vuelvo al lunes: ¿aprenderé? No. ¿Me sentiré mejor? No, al revés. ¿Puedo hacer algo mejor? Sí, descansar. ¡Vámonos, pues, a casa!

Aquí, doy cuerpo a las reflexiones que hicieron la semana y que tuve a bien transmitir a una persona. En primer lugar, que estar mal es necesario, tanto como preocuparse o agobiarse. Sin agobio no hay preocupación y, sin esta, ni te adelantas a las jugadas, ni sabes cómo reaccionar en el caso de que algo pase, ni sabes qué hacer si algo da un vuelco, ni eres capaz de olvidarte de algo cuando sucede porque ya tienes la seguridad de cómo afrontarlo sin que te perturbe. De hecho, hay que saber aprovechar los momentos de flaqueza para no pensar, sólo recordar cómo te sientes, cómo es estar mal, por qué estás mal realmente, qué puedes hacer -en caso de no mejorar- en un futuro para parar de estar así, y hay que saber prohibirse los juicios de valor. Y hay que saber aprovechar los momentos en los que mejor se está para darle a la cabeza, saber que se está bien, de recto juicio y productivo para resolver todos los problemas, aprovechar la vida, sintonizar con el ambiente, ver todo distinto, estudiar y salir, disfrutar de la vida, estar con los que siempre están y, muy importante, surfear la ola, dejarte tirar, ver todo pasar con verdadero gusto, el tiempo fluir, las experiencias sucederse, atrapar el momento y ver que se lo disfruta, que eres consciente del buen momento por el que pasas.

La clave, vuelvo al lunes, es 'priorizar', pero no ya lo que te gusta y lo que no, sino sobre VIVIR, que no es más que desear lo bueno y lo malo por lo antes dicho, pero saber encararlo siempre. Restringe cada problema, ¡CADA PROBLEMA!, y agobio existencial a su ámbito, no lo saques de ahí: 'es de noche y eso de lo que hablas vendrá mañana, el martes... aquello otro ha pasado hace horas, no lo saques del pasado y el futuro'. No saques lo sucedido en casa de casa, no saques lo sucedido en clase a una velada, no le des importancia a una nota del futuro trayéndola al presente, no le des más importancia de la que debes a un viaje que sucederá en semanas, si en esas semanas te puede pasar de todo, y más bueno que malo. La clave de vivir, pues, es estar dispuesto a pasar por lo bueno y lo malo, pero, ante todo, ser capaz de controlarse y no 'darle bola' más allá del momento y el sitio en el que sucede. 'Todo a su debido tiempo y espacio', recordad la frase del martes. Billy Joel lo dijo mejor: 'Where's the fire, what's the hurry about? You'd better cool it off before you burn it out. You've got so much to do and only so many hours in a day'. Lo que viene a ser algo como que no tengas prisa, por mucho que sea contrario a lo que pienses, deja de querer ir rápido con algo o alguien, porque en ese caso lo acabarás quemando (¿Recordáis el 'ausgebrannt' de la semana pasada?) porque, en muy poco tiempo que tienes, no sabes que puede suceder mucho más que lo que quieres. Despido el día como quise haberlo empezado. Tranquilo, disfrutando de un paseo y del frío, y con sueño. Porque el sueño no es más que el cuerpo sabiendo que ha hecho todo lo que podía y quería, y ya puede 'morir' sin arrepentirse de nada.

Poco más hay que decir, hoy viernes, seminario que me lleva a hacerme una pregunta que ya ayer contestaba a un amigo de Madrid, ¿implica ser médico saber, o implica el saber ser médico? Aun así, demasiada teoría que acaba haciendo el seminario un tanto denso e improductivo y, en vistas de Neuroanatomía, priorizo (mensaje del lunes), y me voy a escribir las líneas de hoy. Esta tarde, a 17.42, cuando deje publicados mis escritos de hoy, tocará salir a descubrir un sitio que ya descubriré a más gente en un futuro, y darme cuenta de una cosa, tras haber vuelto andando a casa, y haber prescindido del transporte: un cambio de sentir y sentirse, comporta un cambio de percibir, y percibirse. Según qué cosas, que otros días suponían todos mis pensamientos al ir paseando, hoy pasaban ya desapercibidas, y otros detalles, otros pequeños edificios, tiendas o monumentos que nunca creí haber visto, se tornaban visibles a mis ojos. El estado emocional se transforma, tu visión de los pequeños detalles va junto con él, y tu forma de percibir la vida, las personas y de querer se ve arrastrada, y al final sólo le queda, también, a tu pobre vida cambiar para no sentirse la única estática.

Podemos, bajo esta definición, resumir todo en una palabra. ¿Cuál? La restringiré a su único sitio, mi cabeza. No habéis leído nada. Mic drop.