Tristeza.
La llevas dentro.
Cómo explicarte lo que sé que siento.
22 de mayo de 2017
25 de marzo de 2017
Crystal Express.
Vuelvo. Esta vez en lenguaje críptico. Infinitas palabras, encuentra la exacta. Solo hay una. Tenía una poesía, pero como seguramente no me pase por aquí en bastante tiempo, tendré a mal ponerla en mis horas muertas.
Será noche cerrada, por la Luna de Valencia. Caído el Sol, se alzan los puentes de mi alcazaba y no permito que sea penetrada. No más injerencias por hoy; ahora toca situar en su interior a todos cuantos han tenido a bien entrar en ella. Volvería a casa, tocado y hundido físicamente, pero la cabeza me pide pensar, se oyen mirlos a lo lejos y no me hallo muy lejos de mi lugar, esta vez ni verde ni gris, sino rosa y violeta, lleno de flores, bruñido por un Sol entre negras nubes. Un astro brillante, calor y despertar, junto a una procela, fuerza, coraje, pasión y miedo, tan distintos ellos, pueden dar lugar al horizonte más bello, de un ámbar deslumbrante que lleva forjándose desde el inicio de los tiempos para ser piedra preciosa cuando vivan los dos amantes.
Para que dos polos opuestos se unan, solo hace falta compartir, solo hace falta un único rasgo en común que anule las diferencias. ¿Qué hace a procela y Sol brillar de esta forma, juntos ellos, y dar lugar a un espectáculo del que hasta las flores quieran empaparse? Su luz. Nace el Sol y muere la noche. Triste por despedirse de su amada tormenta, transforma sus rayos y hace de ellos largos guiños venidos desde los ojos de Dios. Muere el día, un Sol incapaz de seguir iluminando da paso a la noche, donde la procela, triste por la pérdida de su amado, la transforma en día. Hoy se han encontrado y, juntos, no descargan. Solo traen un viento frío, como el que te recorre en un primer beso, como el que sientes cuando quieres, humedad, como la que surca tus ojos cuando quieres y se va, un trueno, sonoro como el silencio que separa un momento cualquiera de otro que pasará a la historia, un contraste gris sobre un fondo negro, la pureza del aprecio que tapa e ignora a un mundo putrefacto, porque ahora ellos dos son uno único, la velocidad con la que surcan el cielo, la misma con la que pasa el tiempo en compañía, la celeridad con la que cambian los colores de oscuro a claro, para volver a oscurecerse claramente, como la presencia o la ausencia de una llama que te ilumine y saque de ti una escala cromática en un tiempo de visión en blanco y negro. Una llama que no te consume, que te propulsa, que te da valentía, que quema por dentro haciendo un sonido similar al del papel siendo retorcido, ese papel en el que firmaste tu sentencia de muerte y ahora, en perfecta cursiva
escribes 'under oath', un sonido que percibes como el susurro del alma diciéndote 'inténtalo, ve a por ello'. Viene a mi mente de nuevo aquel estúpido pero racional cartel de 'aquello imposible es lo que no intentas'. Lo daré todo a la próxima, under oath, sé que ganaré, sé que esta vez podré sentirme inmerso en mis propios textos: no tengo nada que perder, y por eso mismo, solo por eso, soy el que más opciones tiene de ganar.
Todo esto y ni siquiera me he dirigido a mi sitio. Definitivamente, este día es una invitación de la naturaleza que no puedo rechazar. Son más de las siete, vuelvo de un festival y mis piernas, al final del noveno asalto y pidiendo la derrota por puntos, encuentran el descanso que merecen. Tiro la toalla por ellas y me siento. Cinco horas para terminar el día, cinco días que terminan la semana, un oxímoron con su sentido. La repaso y tengo lo deseado. Libertad, risas, a mis once con los que salir a jugar en la vida hasta que acabe, con pocas personas a las que tengo especial aprecio y progreso; siempre progreso. La recuperación de la familia, mis salidas a templos, mis diálogos internos, las conversaciones con cerveza en horas muertas de la Universidad a las que me toca resucitar, las digresiones filosóficas hasta las tantas de la mañana con mentes admirables... Al fin y al cabo, mis idas y venidas, como una marea, con periodos de pleamar y bajamar, que otros odian, pero a mí me hacen sentir humano y con una Luna, la de Valencia, que me atrae y me confunde. Mis dudas.
He sabido aprovechar el estar receptivo, la empatía y el salir de zonas no ya de confort, sino de simple sensatez, dar más de lo que espero aunque sepa que conlleva riesgos que puedan lastrarme, porque prefiero sentir dolor a nada en absoluto. He hecho lo mismo que siempre, pero lo he hecho con el siempre, y no ha sido él quien lo ha hecho conmigo. La complementariedad, el oxímoron. Y he descubierto fuerzas nuevas, esa luz que convierte en pareja a dos polos opuestos que se dan cuenta de que sus diferencias no son más que grandes regalos que entremezclar para dar lugar a una belleza que nadie más engendraría juntos que ellos, un cri(sol).
He descubierto la fuerza de un abrazo dado a tiempo, esa fuerza que es capaz de juntar sin pérdida todos y cada uno de los fragmentos en que se ha roto una persona, esa forma de juntar dos corazones para que conversen entre sí, aunque no entendamos qué se dicen.
He descubierto la fuerza de los besos, no importa dónde sino cuándo, del tempo, de intercambiar almas, hálitos que expulsaremos por última vez cuando no seamos.
He descubierto la fuerza del entendimiento, de saber poner el hombro cuando toque, de saber escuchar, de que todos los males salgan de un cuerpo y vayan a morir a los oídos del atento.
He descubierto la fuerza de la palabra sincera, aquella que llega, impacta en mente, se marcha por donde entró y todavía deja huella.
He descubierto la fuerza de la amistad, del sacrificio por otro aunque las cuentas te salgan a deber vida; todos morimos con una deuda en el mundo terrenal, así que puestos a decidir cuál, que sea la del sacrificio. Así se muere, y así se endeuda.
He cazado, con esa probabilidad nula dentro de las infinitas que existen, la felicidad, la he saludado y he recibido su llama. Le he prometido guardarla hasta que me decida a intentarlo, hasta arder por dentro, hasta que el alma me susurre que lo haga, hasta que llegue la hora de intercambiarla, hasta que me haga carboncillo y decida escribir una historia, hasta que el manotazo del tiempo la decida borrar y solo exista en el papel, acribillado por la fuerza con la que vivimos. Qué lástima que gris sea la materia, y gris sea cómo acabe la memoria. Caen gotitas, frescas, el cielo llora, se ha hecho de noche y le toca a la procela continuar por su Sol, con los rayos, con la luz... pero a su manera. Dios envía un guiño que cazo, se esconde el astro rey y reina la noche, se despiden con un beso, la luz de uno con la lágrima de la otra dan lugar a un arco iris, placer en el dolor, como el mismo que produce no poder volver a ser pequeño, pero sí imaginarse, y saberse. El mismo que produce querer a alguien en las sombras, porque hasta ahí eres capaz de ver luz. El mismo que produce no poder volver a traer a alguien de vuelta, pero saber que sigue, que has andado la vida y está en otro barrio, pero sus calles están pavimentadas en oro y brilla por ti. Calle del Recuerdo, se llama. Y olvidé por dónde queda. Suena un tren, quizá sea el mío, me imagino que debería cogerlo, este no se me escapará. El expreso de cristal, sube y humea, arde como mi llama para seguir sobre su vía, duermo y me despierto, miro la parada, pero no veo nada, no las hay. Precioso saber que estás fuera de tu ciudad y no te sientes extraño. Llámalo ciudad, zona de confort... equis. Me bajo, la parada de mañana, hoy cuando esté pasando esto a 'limpio', a 'vivo', será la del 25 de marzo. Otro tren, con o sin otro ocupante que no sea yo, que volverá a esperarme, que tampoco dejaré escapar y que acabará cuando venga el del 26... y así hasta que llegue a mi destino. Avanzo por la vida, que no es poco.
Son las ocho, quedan cuatro horas para que me obliguen a bajar del tren de hoy, pero ha sido tan rápido, he estado tan acompañado, y he echado tanto de menos echar de menos, que me bajo. Sopla frío, escalofrío del beso del día y la noche, choca contra mi hombro como lo haría esa cabeza que solo reclamaba un apoyo. Ya no llueve, pero el arco iris sigue. ¿Cómo pueden complementarse tan bien lágrima y sonrisa, dolor y amor? ¡Cierto! Por tener una única cosa en común: ambos son sentimientos, y se ceden entre sí todo cuanto tienen para dar lugar a esta tarde. Ahora, me toca juntar prisa con deleite para volver a casa, y encuentro su nexo común, el tiempo, para engendrar una relación de indiferencia. Me quito el reloj, lo guardo en un bolsillo, deja de existir y ambos se funden en una banda sonora preciosa que guía mis pasos, la del mismo mirlo con el que comencé. Bendito río el tiempo, salimos y entramos por sitios distintos, pero el final es el mismo. Él vuela a su nido, habiendo alegrado el día a un joven errante. Me pregunto si alguna vez habré sido el negro mirlo de alguna blanca garza como dijo el poeta. Lo que en su día copaba mis días -uf, empiezo a repetirme-, ahora es solo mera curiosidad. Pero deduzco que no; si así hubiese sido, la llama nos hubiese, de un plumazo, dejado desnudos a ambos, cara a cara, ojos cerrados, oídos tapados, gritando 'oye, me has gustado'.
Y ahora sí puedo decirlo, vivo la vida porque la tristeza de ayer y el cariño de hoy saben en común que fueron engendrados por el amor. Empiezan una relación. Comienzo a vivir.
Nos vemos.
Será noche cerrada, por la Luna de Valencia. Caído el Sol, se alzan los puentes de mi alcazaba y no permito que sea penetrada. No más injerencias por hoy; ahora toca situar en su interior a todos cuantos han tenido a bien entrar en ella. Volvería a casa, tocado y hundido físicamente, pero la cabeza me pide pensar, se oyen mirlos a lo lejos y no me hallo muy lejos de mi lugar, esta vez ni verde ni gris, sino rosa y violeta, lleno de flores, bruñido por un Sol entre negras nubes. Un astro brillante, calor y despertar, junto a una procela, fuerza, coraje, pasión y miedo, tan distintos ellos, pueden dar lugar al horizonte más bello, de un ámbar deslumbrante que lleva forjándose desde el inicio de los tiempos para ser piedra preciosa cuando vivan los dos amantes.
Para que dos polos opuestos se unan, solo hace falta compartir, solo hace falta un único rasgo en común que anule las diferencias. ¿Qué hace a procela y Sol brillar de esta forma, juntos ellos, y dar lugar a un espectáculo del que hasta las flores quieran empaparse? Su luz. Nace el Sol y muere la noche. Triste por despedirse de su amada tormenta, transforma sus rayos y hace de ellos largos guiños venidos desde los ojos de Dios. Muere el día, un Sol incapaz de seguir iluminando da paso a la noche, donde la procela, triste por la pérdida de su amado, la transforma en día. Hoy se han encontrado y, juntos, no descargan. Solo traen un viento frío, como el que te recorre en un primer beso, como el que sientes cuando quieres, humedad, como la que surca tus ojos cuando quieres y se va, un trueno, sonoro como el silencio que separa un momento cualquiera de otro que pasará a la historia, un contraste gris sobre un fondo negro, la pureza del aprecio que tapa e ignora a un mundo putrefacto, porque ahora ellos dos son uno único, la velocidad con la que surcan el cielo, la misma con la que pasa el tiempo en compañía, la celeridad con la que cambian los colores de oscuro a claro, para volver a oscurecerse claramente, como la presencia o la ausencia de una llama que te ilumine y saque de ti una escala cromática en un tiempo de visión en blanco y negro. Una llama que no te consume, que te propulsa, que te da valentía, que quema por dentro haciendo un sonido similar al del papel siendo retorcido, ese papel en el que firmaste tu sentencia de muerte y ahora, en perfecta cursiva
escribes 'under oath', un sonido que percibes como el susurro del alma diciéndote 'inténtalo, ve a por ello'. Viene a mi mente de nuevo aquel estúpido pero racional cartel de 'aquello imposible es lo que no intentas'. Lo daré todo a la próxima, under oath, sé que ganaré, sé que esta vez podré sentirme inmerso en mis propios textos: no tengo nada que perder, y por eso mismo, solo por eso, soy el que más opciones tiene de ganar.
Todo esto y ni siquiera me he dirigido a mi sitio. Definitivamente, este día es una invitación de la naturaleza que no puedo rechazar. Son más de las siete, vuelvo de un festival y mis piernas, al final del noveno asalto y pidiendo la derrota por puntos, encuentran el descanso que merecen. Tiro la toalla por ellas y me siento. Cinco horas para terminar el día, cinco días que terminan la semana, un oxímoron con su sentido. La repaso y tengo lo deseado. Libertad, risas, a mis once con los que salir a jugar en la vida hasta que acabe, con pocas personas a las que tengo especial aprecio y progreso; siempre progreso. La recuperación de la familia, mis salidas a templos, mis diálogos internos, las conversaciones con cerveza en horas muertas de la Universidad a las que me toca resucitar, las digresiones filosóficas hasta las tantas de la mañana con mentes admirables... Al fin y al cabo, mis idas y venidas, como una marea, con periodos de pleamar y bajamar, que otros odian, pero a mí me hacen sentir humano y con una Luna, la de Valencia, que me atrae y me confunde. Mis dudas.
He sabido aprovechar el estar receptivo, la empatía y el salir de zonas no ya de confort, sino de simple sensatez, dar más de lo que espero aunque sepa que conlleva riesgos que puedan lastrarme, porque prefiero sentir dolor a nada en absoluto. He hecho lo mismo que siempre, pero lo he hecho con el siempre, y no ha sido él quien lo ha hecho conmigo. La complementariedad, el oxímoron. Y he descubierto fuerzas nuevas, esa luz que convierte en pareja a dos polos opuestos que se dan cuenta de que sus diferencias no son más que grandes regalos que entremezclar para dar lugar a una belleza que nadie más engendraría juntos que ellos, un cri(sol).
He descubierto la fuerza de un abrazo dado a tiempo, esa fuerza que es capaz de juntar sin pérdida todos y cada uno de los fragmentos en que se ha roto una persona, esa forma de juntar dos corazones para que conversen entre sí, aunque no entendamos qué se dicen.
He descubierto la fuerza de los besos, no importa dónde sino cuándo, del tempo, de intercambiar almas, hálitos que expulsaremos por última vez cuando no seamos.
He descubierto la fuerza del entendimiento, de saber poner el hombro cuando toque, de saber escuchar, de que todos los males salgan de un cuerpo y vayan a morir a los oídos del atento.
He descubierto la fuerza de la palabra sincera, aquella que llega, impacta en mente, se marcha por donde entró y todavía deja huella.
He descubierto la fuerza de la amistad, del sacrificio por otro aunque las cuentas te salgan a deber vida; todos morimos con una deuda en el mundo terrenal, así que puestos a decidir cuál, que sea la del sacrificio. Así se muere, y así se endeuda.
He cazado, con esa probabilidad nula dentro de las infinitas que existen, la felicidad, la he saludado y he recibido su llama. Le he prometido guardarla hasta que me decida a intentarlo, hasta arder por dentro, hasta que el alma me susurre que lo haga, hasta que llegue la hora de intercambiarla, hasta que me haga carboncillo y decida escribir una historia, hasta que el manotazo del tiempo la decida borrar y solo exista en el papel, acribillado por la fuerza con la que vivimos. Qué lástima que gris sea la materia, y gris sea cómo acabe la memoria. Caen gotitas, frescas, el cielo llora, se ha hecho de noche y le toca a la procela continuar por su Sol, con los rayos, con la luz... pero a su manera. Dios envía un guiño que cazo, se esconde el astro rey y reina la noche, se despiden con un beso, la luz de uno con la lágrima de la otra dan lugar a un arco iris, placer en el dolor, como el mismo que produce no poder volver a ser pequeño, pero sí imaginarse, y saberse. El mismo que produce querer a alguien en las sombras, porque hasta ahí eres capaz de ver luz. El mismo que produce no poder volver a traer a alguien de vuelta, pero saber que sigue, que has andado la vida y está en otro barrio, pero sus calles están pavimentadas en oro y brilla por ti. Calle del Recuerdo, se llama. Y olvidé por dónde queda. Suena un tren, quizá sea el mío, me imagino que debería cogerlo, este no se me escapará. El expreso de cristal, sube y humea, arde como mi llama para seguir sobre su vía, duermo y me despierto, miro la parada, pero no veo nada, no las hay. Precioso saber que estás fuera de tu ciudad y no te sientes extraño. Llámalo ciudad, zona de confort... equis. Me bajo, la parada de mañana, hoy cuando esté pasando esto a 'limpio', a 'vivo', será la del 25 de marzo. Otro tren, con o sin otro ocupante que no sea yo, que volverá a esperarme, que tampoco dejaré escapar y que acabará cuando venga el del 26... y así hasta que llegue a mi destino. Avanzo por la vida, que no es poco.
Son las ocho, quedan cuatro horas para que me obliguen a bajar del tren de hoy, pero ha sido tan rápido, he estado tan acompañado, y he echado tanto de menos echar de menos, que me bajo. Sopla frío, escalofrío del beso del día y la noche, choca contra mi hombro como lo haría esa cabeza que solo reclamaba un apoyo. Ya no llueve, pero el arco iris sigue. ¿Cómo pueden complementarse tan bien lágrima y sonrisa, dolor y amor? ¡Cierto! Por tener una única cosa en común: ambos son sentimientos, y se ceden entre sí todo cuanto tienen para dar lugar a esta tarde. Ahora, me toca juntar prisa con deleite para volver a casa, y encuentro su nexo común, el tiempo, para engendrar una relación de indiferencia. Me quito el reloj, lo guardo en un bolsillo, deja de existir y ambos se funden en una banda sonora preciosa que guía mis pasos, la del mismo mirlo con el que comencé. Bendito río el tiempo, salimos y entramos por sitios distintos, pero el final es el mismo. Él vuela a su nido, habiendo alegrado el día a un joven errante. Me pregunto si alguna vez habré sido el negro mirlo de alguna blanca garza como dijo el poeta. Lo que en su día copaba mis días -uf, empiezo a repetirme-, ahora es solo mera curiosidad. Pero deduzco que no; si así hubiese sido, la llama nos hubiese, de un plumazo, dejado desnudos a ambos, cara a cara, ojos cerrados, oídos tapados, gritando 'oye, me has gustado'.
Y ahora sí puedo decirlo, vivo la vida porque la tristeza de ayer y el cariño de hoy saben en común que fueron engendrados por el amor. Empiezan una relación. Comienzo a vivir.
Nos vemos.
20 de marzo de 2017
Simbora!
Simbora!
Vuelvo, de
nuevo. Hoy sin rodeos, llevo ya cuatro meses sin publicar nada que haya sido
edulcorado o sea mínimamente ‘bonito’; no voy a hacer una excepción. Escribo
por lo que siento y no por lo que quiera hacer sentir, y para más inri no sé ni
por qué coño lo publico. Dejo de dar la tabarra con las notas a posteriori y
paso con lo escrito en mi ya famosa libreta hoy. Faltan mis clásicas fotos, una por día, que pego siempre en mi agenda al término de las mismas, da igual si las he tomado, da igual si las he dibujado, pero tampoco es que pinten mucho. Con este juego de palabras me despido, al menos, hasta el sábado.
Feliz
conmigo mismo y por eso manteniendo a raya al mundo, me siento en las escaleras
de este templo, muy lejos de mi casa y por ello muy cerca de mis cuatro
pilares, me siento bastante bien por haber aprendido, todavía más, no ya a
crear expectativas someras o nulas sobre las cosas y a afrontarlo todo de forma
realista, sino también por haber aprendido que no se puede tener todo y no todo
lo que se puede tener está al alcance de las manos. He aprendido a esperar y
depender única y exclusivamente a (y de) todo aquello que yo mismo he planeado
conseguir. Aquello con lo que no cuente, que me complemente vagamente o que ni
tan siquiera se me pase por la cabeza, que se apañe para llegar a mí. Yo tengo
un camino, y en él pueden confluir otros paralelamente, pero mi función es
únicamente andarlo, no perder el tiempo construyendo atajos hacia otros o
perdiéndome en lides que me importan más bien poco. Bien, filosofía redefinida,
no me importa, pasemos a otra cosa, que hay mucho a lo que (a)traer en mente.
Sopla una ráfaga fresca, es tarde, me apetecía cambiar de sitio. Todo ha
perdido su color verde y su calma; ahora es más gris, como la piedra granítica
sobre la que me siento, y algo más tenso, como la época en la que se colocó. Me
pondría música, pero para qué hacerlo si dentro cantan varios monjes y las
paredes tienen a bien comunicarme sus vibraciones para que no me lo pierda. Me
abstraigo, me proyecto en un pasado lejano y vuelvo al lío.
Ha sido una
semana un tanto extraña e innovadora, quizá más marcada por las decepciones a
nivel macroscópico, quizá de la estructura y de pequeños reductos también
salpicados por su mierda, de ahí mi mensaje, el cuerpo de esta entrada, la
indiferencia y la dependencia de mí mismo únicamente. Simbora!
Recuerdo
épocas pasadas, año y pico hará, que hablaba de lirios entre cardos, de
encontrar a la persona… ya tengo diecinueve chirlos y un poco de madurez como
para afrontar las cosas como dios manda y dejar la simbología para lo que la
merezca. Y lo que merezco es lo que tengo, lo que he encontrado es lo que debí
encontrar y si no hay nada ni nadie hasta ahora en mi vida es porque no lo ha
valido. ¿Listón alto? No tengo ni listón, no creo en estereotipos, en un perfil
ideal; las mayores sorpresas han venido de quienes menos lo esperaba.
Sorprender, estúpida palabra. ¿Al fin y al cabo no has pensado todo cuanto te
ha sorprendido alguna vez? Eso no es sorpresa, se llama ilusión, ilusión de
tristeza, de que no te crees ni lo suficiente como para que tus ensoñaciones se
cumplan y crees que la vida es el despertar agradable de un sueño. No le pongas
mi voz, es un monólogo con el pasado. Lo honro, pero no miro atrás. Bendigo lo
que tengo hasta ahora, de él vino y otro se lo llevará. Él pavimentó el camino
que tomé, mis decisiones que sin embargo afectan a todo menos a ello y
constituye las lecciones aprendidas de mis errores garrafales.
Dejo de
pensar en el pasado, recuerdo mi última decepción, me podría haber culpado por
imbécil, pero es mi forma de vivir la vida y si doy una imagen que no gusta,
que se busquen otra (persona, digo). Podría haber culpado a la otra (persona,
digo), pero no me sorprende (aquí ‘sorprender’ podría pasar como la des-ilusión
de confirmar algo que solo creía posible en mis peores cavilaciones), no puedo
perder el tiempo lamentándome por haber esperado mucho más de lo que no podía
darlo; si lo hago, me pierdo en mí, y el arte de la guerra es saber retirarse a
tiempo. Que pase lo siguiente, que en esta batalla ni tan siquiera se han
presentado.
Olvidadas
esas personas, relegadas a un plano secundario sin tirarlas, porque el rencor
esa estulticia que se conoce por desgracia antes de ser aplacado, sigo
proyectándome hacia el futuro, olvidando hechos que apenas han tenido
relevancia para mí esta semana. Solo recuerdo dos días, y me quedo con el
quince. El quince pertenece solo a los tres. Si ha persistido en mi memoria,
bendita victoria, trofeo que jamás se oxidará ante el paso del tiempo.
Monumentos
de mi mente que, como las fallas ayer, se convierten en cenizas que brillan del
color del oro como gemas en el desierto. Han pasado unos minutos, la otra gema, el Sol, se entierra
bajo el horizonte. No hay luces todavía. Se atisba un espejismo, bajo mis pies
un oasis, pero prefiero no beber de él y mojarme los pies. 19 años andados merecen
un par de meses de descanso, de todo y, sobre todo, de todos. ¿Cuántas veces he
repetido ‘todo’ para no decir nada? 19 horas son las que lleva el día y está
agonizando, arañando la arena de la Calderona. Continuaré el legado del camino
y terminaré, en el tiempo que toque, esta guerra, con mi orgullo como arma más
dañina y con mis esperanzas detrás de la puerta, esperándome, como deseo mi
vuelta, como religión el deseo. El sentimiento y la tristeza hoy se separan,
las aniquilo para que no se lloren y en sus dos tronos, rey y reina nuevos pongo,
la pasión y el coraje, pues sin rumbo comienza el nuevo viaje. La vida tiene
sentido con o sin felicidad, y lo repito, no es un mantra, la felicidad no
existe en nosotros, no es nuestra llama, es la chispa que la enciende. Ella
solo se pasa, impregna el ambiente, y cuando se marcha deja esa sensación que
nosotros llamamos tal, que no viene a ser mucho más que vitalidad. Sentirnos
vivos, pero en un mundo de decepciones, de tristeza y de imbecilidades como las
que seguramente esté soltando, se ha normalizado que el sentimiento en vida sea
la negación de la muerte. Y si la felicidad no existe, si nunca toca a mi
puerta, si nunca conoce en mi viaje a la esperanza que guarda sus días
aguardándome, si en la honestidad, la superación o la independencia estuviese
yo, me hallaría feliz en mi sufrimiento.
La gente me
aburre con su palabrería. Escucho muchas conversaciones banales, personas que
no se escuchan, sonrisas fingidas y se vuelven a casa. Me abstraigo, me importa
más bien poco. Se creen felices, y por ello soy feliz. Quizá la felicidad acabe
de pasar y nos haya dejado un poco de su chispa a todos, y cada uno la vive a
su manera. Palabras vacías, ponlas en otra boca, cámbiate de personaje, vive
omnisciente… no sirven de nada, no son nada, salvoconductos para llegar adonde
te dé la gana según cómo las uses, nada en comparación con saber llegar allá
sin nada aprendido, sin un cúmulo de letras, sin calcular un discurso, solo con
una mirada, con un par de gestos, con aprovechar el instante de tal manera que la
felicidad quede presa, combustione y genere un fuego interno inseparable,
imposible de apagar. Si algún día conozco a alguien así, tranquilos, no
volveréis a verme escribir. Las palabras habrán perdido su sentido. Acabado. Se
ha acabado, digo. Esta soledad es lo mejor que he tenido en mucho tiempo, la
agradezco, me levanto.
Toca
continuar la ruta. Ando poco menos de un kilómetro y me siento bajo un arco.
Mirar hacia abajo es de abatidos, y así yacen los que no soportan los tiros del
reloj. Yo los dejo ir, así que mi misión es mirar hacia el cielo, y allá veo,
sobre un fresco, dos estatuas y una mano. Curiosamente no se miran. Odias la
mano que sujetas, pero la aprietas, no la dejas ir, la acaricias, tampoco miras
todo su cuerpo, ni tan siquiera su cara a los ojos, no sabes si ocurrirá como
sucediese con Medusa. No son dos amantes, el amor no es la vida, ni tan
siquiera la da; creo que es esta misma. Todo el mundo la acaricia, la abraza,
no la deja ir, pero la odia, no la mira a los ojos y menos la enfrenta. Deja
que venga y le hace dos dedos. Los medios, o los índices invitándola a un
duelo.
Suenan las
campanas a lo lejos. Ocho de la tarde. Ocho pequeños disparos que me atraviesan
y dejan escapar unos pocos pensamientos más. Todavía me quedan muchos, y por
eso sé que todavía me queda mucho. Dejar de vivir se lo reservo a quien ya
tenga todo cuanto conocerá en su vida, de momento no me anclo en nada ni nadie,
lo tengo decidido, salgo a descubrir, a seguir viendo lo que me falta por
saber, agendo una cita con una chica y me dispongo a ampliarme, porque conocer
gente implica tener un mínimo de conocimiento sobre nosotros. Me llama. No
contaba con ello, me distrae de mis pensamientos, ahora que iban tan fluidos,
pero fluyen las palabras, no las escucho, solo percibo tonos, alguna sonrisa,
sonidos, no palabras. No he captado todo su discurso, pero podría reproducirlo
solo por su lenguaje no verbal. ¡Y eso que no la veo! Conocer a la gente, agh,
costumbre perdida. No criticaré lo visto estos días, creo que la sociedad es
feliz así y a mí me la suda cómo sea porque no me va a sacar adelante. Hay un
camino más fácil, pero no lo tomaré. Y cuando huyes de esa visión y entras en
los antiguos valores, cuando crees que hay esperanzas, te llevas una hostia de
realidad y aprendes a esquivarlas. No sirve de nada cargar con ellas cuando no
te quieres inmunizar de la gente. Solo ha sido una infección más de un agente
que creí aliado. Expulsado, finalizada la misma, muertos mis pensamientos
acerca de ello, lo aíslo, en cuarentena.
También
existe un fondo en uno mismo, la seguridad en la derrota y la ruptura en la
promesa. El más allá en un camino con el que no crees poder. El umbral del
dolor infinito en una liza con uno mismo. El silencio en el latido que te
mantiene con vida. El ruido en el cuerpo que yace muerto. Se asume y se sigue adelante, se niega y se
queda hierático, viéndolas pasar, próxima parada, el sueño que se te escapa.
Corre y mira cómo se suben todos menos tú. Lánzate a la vía, cobarde. Llora
inmóvil mientras otro suda esas lágrimas corriendo por lo que más quiere, deja
a la desidia que te tome desde la atalaya donde observas mientras quien tienes
a tu lado ha dispuesto todo su ejército, jugándose su indefensión existencial,
para ganar una batalla como la de su porvenir. Ponte una excusa para no
intentarlo, que hay más que los motivos que puedes sacar para ponerla. Se puede
dar la mano para tener quien te la dé cuando caigas o te puedes tirar al suelo
esperando que pase algo que cae desde las nubes, negras nubes que no se
aclararán hasta que mueras. Las cosas son así y así se las contamos.
Veo a un
chaval vestido de deporte, pienso que hoy me tocaba entrenar. Mens sana in
corpore sano. Ya he entrenado mucho estos días, ahora toca compensar mi mente,
y si algo me enseñó el boxeo es que te puedes llevar mil golpes, pero la vida
da diez asaltos y tu ángel protector siempre está a tiempo de tirar la toalla
por ti, así que sigue peleando y no pienses en cómo te encuentras. Deja que te
llamen fracaso, que el fracaso de un mundo putrefacto es todo un éxito, y si te
llaman inútil alégrate porque no puedan hacer de ti nada que quieran, déjales
que te digan un ‘no’ de nuevo, que esa fuerza atraerá todos tus motivos para
gritar ‘sí’ hasta la afonía a todo cuanto te impidan. Temes una respuesta a una
pregunta que no sabes cómo te hiciste, pero lidia con ella, prefiérela, si
parece fácil seguramente sea la mayor cagada que puedas cometer. No confíes al
valor seguro. He vivido poniendo mi confianza en el veneno, y he visto la luz
teniendo fe ciega en la oscuridad, la fe que tendría un padre en su hijo, como
padres de nuestras tumbas somos, y con la confianza que tendría un hijo en su
madre, la fe que nos enseña a aprender de las cagadas que repetimos una y otra
vez, y eso, eso señores, es vida, porque en una de ellas se halla el mayor de
nuestros aciertos.
Una amiga me
recordó, hace ya una semana, a colación de errores y cagadas, que fui mucho más
en un pasado. Puede sonar torticero, soltado así, a quemarropa, pero realmente
no me dolió, iba al desnudo. Si la vida se mantiene a un nivel constante,
menudo coñazo, compañera. Y si se mantiene con sus altibajos, coño, nos va a
joder mayo con las flores y resulta que hay tiempos mejores y peores.
Relativos, nunca absolutos. Sigo porque sé que puedo caer más, pero nada me
impide continuar subiendo. No soy mejor de lo que fui en su día, pero sé que
seguiré en lo más hondo de mí mismo, no importa cuán alto me sitúe, en
constante mejoría. Sigo lleno de todo lo que me vació, un corazón que bombea
amor, unas manos que se cierran por instinto, una mente que se piensa por
decreto y una filosofía que se refunde por necesidad. Amor, instinto,
necesidad… decreto la ley de mi cuerpo. Cada párrafo más infumable que el
anterior, a frases cortas, a ráfagas, a luceros que comienzan a deslumbrar
mortalmente esta noche, pues ya son casi las nueve, pero la frase previa me ha
parecido tan bonita que dentro de mil balivernes soltadas por aquí y por allá,
se siente hasta en su sitio.
Sentirse en
su sitio… qué sensación más preciosa. A ella hay que proteger. Ya lo dijo aquel
autor, que el lugar más bonito del mundo es aquel al que sientes pertenecer y
en el que puedes andar con la cabeza bien alta. Creo que mi sitio es el mundo.
Protege lo que quieres, conserva lo que tienes, eso es tu mundo. El resto es
espacio y tiempo, déjalo ir, que si no te privará de los restos. Somos unión,
sufriremos juntos y moriremos por separado, ojos en negro, hablando con la
dureza de la obsidiana, músculos rígidos, representando la fuerza con la que
vivimos, razón muerta, cuando no siente su co-razón. Corazón inmóvil, cuando ha
muerto su escudera la razón. Gema en proceso de liberación.
Llevo
cuarenta minutos exactos haciendo la nada, pensando cosas personales, no las
publico. Lo que publico es público. Recuerdo una canción que hacía 3 años que
no escuchaba, se me ponen los pelos como escarpias, decido buscarla.
Precisamente ha sido a raíz de una frase que he pensado. Adivinadla. No, mejor
no. La reminiscencia me sorprende. No está en el móvil. Ya decía yo que en el
móvil no hay nada de valor. Me habla otra persona, no tengo pensado
contestarla. Y como se hace la hora de cenar y estoy lejos de casa, emprendo mi
marcha, con la canción de fondo. No miente. Me hace volver a aquel verano,
aquel jodido verano en que el calor de mi vida dejaba en ola de frío a todo
aquello que bajase de la temperatura con la que se funde el hierro de una
coraza, ¡de un corazón! ¿Has amado como si no hubiese mañana, de tal forma que
cuando pasa como la felicidad, pierdes el miedo a la muerte? Empiezo hablando
de caminos y acabo con ellos, porque que nunca se coge el bueno es cierto, no
se consigue, no se espera, no se piensa, no se está despierto, pero se llega a
buen puerto, quizá ni tan siquiera merece la pena perseguir la perfección si
está perfectamente lejos. Tengo un plan, vamos allá, escribamos, ya lo dije,
juntos, dos libretas, mismas hojas, yo me quedo las tuyas, tú las mías, admiro
tu letra, desconozco el final, pero si esto fuese una novela, nuestra hora
hubiese llegado ya. No todos la escriben, solo quienes están preparados para
urdir una trama, para entrelazarse, para pocos da sombra, pero para todos el
Sol nace.
Nueve tiros.
A un asalto del KO, a un número de que el 0 y el 1, los más bajos, los únicos
en mi lenguaje, lo que es y no es, se conviertan en la plenitud. Pero yo ya he
llegado antes, al KO y a la plenitud en una misma tarde, por ese orden. Lo
dejamos aquí. Levanta. Simbora!
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