1 de junio de 2019

Archivos desclasificados: 'Te quiere mucho, Fran'


(8-7-17, 01.05).

No voy a escribirle un cuento de hadas a una persona que tiene duende. Si estás leyendo esto, quizá sea porque no puedes dormir, o le estés dando vueltas a la cabeza. No sé escribir cuentos, creo que jamás lo intenté, pero bueno, ahí va mi intento, y de mi voz tienes recuerdo, para que cada vez que aparezcan tus dudas o tus malos sentimientos, puedas sentirme a mí a tu lado, presente a cada instante.

Érase una vez una persona, normal, como cualquier otra, de carne y hueso, y todos los músculos, los tendones y las vísceras que se han podido estudiar y conocer hasta la fecha. Una persona que era luz, hasta cuando su bombilla se apagaba, tras una sobrecarga por exceso de tensiones internas. Una persona que creaba una quinta fuerza, más allá de la atracción que generaba, con su sonrisa, cuyo campo impregnaba todo el cosmos que la conocía y que bien podría decirse que era el final del túnel de cualquier afligido que viviese con ella. Una persona humana, que rascaba, y rascaba, y escarbaba, como una gran tuneladora destrozaría un precioso vergel y sus capas más internas, sangrando el paisaje, solo por obtener el placer de un magnate, tan superior como lo estaban en su cuerpo las ideas. Como un magnate que le ordenase por el sueldo del alivio destrozar lo que más quería. No sabía que acariciando, en su superficie, junto a los que ella creía meros fósiles de quienes partieron,  de quienes no debieron haber entrado en juego, o de solo ella sabe quiénes, una mente de oro había, con la fuerza de su recuerdo, y como gotas que sedimentarían la más profunda de las rocas, creado con la resina del tiempo, de quien no se puede escapar, mucho menos despegarse, ámbar. No eran fósiles, no estaban muertos, no se los veía para tratar de recordar cómo eran, o cómo fue. Se los miraba, tan preciosos ellos con el valor a cuyos recuerdos se les había dado, de tal forma que se los quisiese, se los conservase, y se los supiese vivos, se los llevase al cuello, o al dedo. Ella sabía de su erosionada litosfera, en la que afloraban ya los primeros tonos dorados, las primeras pieles volubles como la arena del desierto, pero que cubrían un cañón del que era carne y por el que volvía a fluir. No sabía todavía, pero estaba por hacerlo, de la enorme riqueza de corazón que tenía, del calor y la presión que si bien la habían macerado, habían creado en ella un entramado de diamantes, esmeraldas, rubíes y piedras preciosas, enormemente difíciles de quebrantar. Y no habían sido pocas las ocasiones que la vida le dio limones, que la gente vino y se fue, que las semillas que se plantaron se las llevaron otras personas, pero es que no todos los ojos estuvieron preparados para atisbar el fulgor de tales talismanes. Quizá nadie valía lo suficiente para poder dejar de codiciarla, y pasar a apreciarla. La vida, al fin y al cabo, ya ven, se resume en conocer sus propios recursos, saber explotarlos, conservarlos, valorarlos, pero jamás creerse pobre en cualquiera de los sentidos por no tener otros. Del más inútil de los trozos de carbón salen diamantes, grafito, calor para todo un año, los viñedos más ricos de Italia, miles de muertos en sus faldas, los superdeportivos más rápidos de la Tierra o hasta estrellas enanas, incluso quién sabe si el combustible del Crystal Express. ¿Y valorarían eso, un trozo de carbón, menos que cualquier otro? ¡Enfoquen la vida desde el punto de vista correcto y hallarán la imagen que desean!

Un juego para ello. Una declaración de una persona para todas las que quiso.

‘I’m gonna tell you straight, the only reason I am here is you. I didn’t always tell you the truth. I didn’t wan’t to make your pain worse. Did it work? It’s been fifteen years. Fifteen fucking years, since I let my guard down. And I know exactly were to point the blame. Please, listen to me when I say you always gave us more than we deserved. I’m gonna  tell you straight to you I have to prove nothing. And If I could have, I would have bought all your roses. When I stumbled you broke the fall. You always gave us more than we deserved. Youth and dependency dies away, but I will never forget the sacrifices you have made. And will make’’.

Piensa esto. Piensa en una persona, o en unas personas, dale la vuelta, piensa en quienes piensan en ella, o ellas. Es igualmente válido. Es la vida. Exactamente lo mismo, se lo mire como se lo mire, solo que tan subjetivo que nos creemos únicos. Mismo suceso, distinta interpretación. Por eso mismo, quiero que jamás bajes tu guardia, si no es para acariciarte, si no es para que la gente te abrace, si no es para confiar, no quiero que bajes la guardia para tener las manos cerca, no quiero que bajes la guardia para dejar que todo te golpee. Si has sido capaz de ver la belleza en algo que, aplicado a ti, te causa dolor, es porque no es doloroso, sino que no lo has enfocado bien. Y si lo has visto como algo doloroso de entrada, entonces… ¿De dónde viene la belleza del recuerdo? La vida no es un impasse, como dirían los franceses, la vida es aquello que rige el espacio y el tiempo, aquello que de mente para fuera existe y se vive de igual forma para todos, pero que se percibe de forma distinta al entrar en nuestros fueros más internos. Si no, ¿de dónde iba a venir nuestra cantidad de problemas? ¿Y las anécdotas? ¿Y la vida? ¿Y alguien que te cuente cuando ya, por desgracia, no te cuentas entre nosotros? Todos tenemos nuestro mal, puedo creerme que lo de allá fuera no existe, o que la vida es una mierda, o puedo estar ‘no bien’ y sinceramente, lanzarme a patearme el irreal exterior o jurarme que aguantaré veinticinco días más con pastilla. Para mi padre y mi madre, que viven lo mismo, es o ‘algo gradual’ o ‘una tontería’. Y si me pusiese en sus pieles… ¿Acaso no lo parecería? Por ello, y aunque a veces se tenga la tentación de explotar, cuando no se lidie con alguien o no se toleren sus comentarios, hay que hacer el ejercicio del entendimiento, no empatizar, simplemente, intercambiar papeles. La vida y vivir, al fin y al cabo, consiste en representar una obra.

La vida se plantea difícil, se hace nudo en la garganta y tiene brutal desenlace. Todo consiste en aprender hasta la muerte, de querer, amar, de sentirse útil en un grupo de habitantes como tú y de desempeñarte en lo que más te dé la gana. A veces también requiere de saber mirar, como dije, de saber trascender no ya los papeles, sino el interior de las personas, al fin y al cabo quien no quiere es porque ve roca sin ver debajo gema. Es porque hay gente que ve facciones y no dones, ve sexo y no talento, es gente que vive a corto plazo y muere a largo, ¡y así no se vive! Todos preferimos, en nuestros cabales, darnos una hostia a tiempo para poder, el restante, vivir. No entrar a Medicina a la primera, sufrir un acontecimiento que marcará tu vida… Todo ello te hace tener vocación, actitud ante la vida, una filosofía propia, no de las que se estudia de los muertos o en libros baratos para derrotados en su existencia que buscan el maná en un cielo raso. La vida es otra de las cosas que se vive como el culo, pero cuyos acontecimientos acaban marcando el futuro, y generalmente cuanto peores, para mejor. Sin mi hostia, no podría haber cumplido algo que me llevaba prometiendo catorce años, sin tu vida, quizá no hubieses tenido determinación para estudiar lo que querías, porque sí, lo querías, y no serías la Doctora Roca en un futuro, y posiblemente quizá tampoco serías una persona consecuente, o no apreciarías las cosas en su justa medida, y vivirías no por vivir, pero sin razonarlo. Sentirse vivo a corto plazo implica saberse feliz en el momento; vivir, de veras, consiste en existir y darse cuenta a posteriori de lo bien que se ha vivido anteriormente.

Todo en la vida es voluble, es como la arena, la tomas y se escapa entre los dedos, como frotar las alas de una mariposa, que muere si la rozas, como la existencia de los que te rodean, como las ganas de vivirla siempre, como el tiempo en que se encuadra, como la estabilidad que ningún mar alcanzaría jamás, como el amor, como la presencia, como la ausencia, como todo aquello en que sinónimo y antónimo adquieren una característica en común, su volubilidad, y por tanto se unen para seguir juntos. Eso es la vida: unión de antónimos, una de cuscús y otra de pizza. Y, sobre todo, no valorar nada. No tasarlo. No ponerle precio, cantidades, rankings. No hay escalas de a quién se quiere más; solo se quiere. Una persona no va perdiendo enteros poco a poco y abandona, una persona está siempre ahí y, por lo que sea, marcha, se marcha o decide hacerlo, no es una gradación, es un antónimo. Una persona no decide fallecer, y el dolor no es mesurable si se sabe que de ello vendrá el cariño y repondrá todo lo que falta. El amor tampoco es mesurable, no se puede ser el número uno, o hablar de muchos, de pocos, de comparaciones con uno u otro día, simplemente se puede querer, de todas las formas, física y psicológicamente (que no y/o), más lejos, más cerca, uno junto al otro, carne con carne, o a centenares de kilómetros sin verse días (¡Días que no hay que contar, caray!), sintiendo la unión de uno con el otro aunque uno no esté. Para qué decirte que eres la número uno si eres la única que tiene derecho sobre mí, que mi cuerpo es su cuerpo, que mi mente es su mente, y que estoy ahí siempre. Para qué decirte que eres guapa, si eres la primera en saberlo y sabes que no te miro con esos ojos en vano. Aprendamos una lección básica de la vida: las cosas importantes no se dicen de palabra, millones de impulsos no se traducen en veintisiete claves o letras, los millones de impulsos se devuelven generando otros millones de impulsos en la otra persona. ¿Lo has visto hoy? Si me ha salido bien, sí. Y tampoco las notas se pueden contar. No es un 6,15, un 8,6, o lo que sea. No es más o menos uno por haber sido toda su vida un 10, por vivir preso de la exigencia, no se es menos por haber suspendido, hoy, ayer, el mes pasado, hace convocatorias… El precio, único precio, de la nota, es el de que ella no mide nada salvo la cercanía a tu sueño, que estás pudiendo estudiar, algo privilegiado, que estás completando otro tramo más de la carrera de tu vida, que te sacas el teórico del carnet de conducir tu vida, que te ves más cerca con o sin bata atendiendo a tus pacientes, y  no te ves al día siguiente apoltronada en clase haciendo caras a nadie, o sufriendo por nada, porque todos los coches con quienes compartes carretera, absolutamente todos, tomarán bifurcaciones y, en algún punto de tu vida, los perderás de vista, tarde o temprano.

Y la vida, ante todo, y quiero acabar aquí un relato que ni es relato ni es nada, realmente, son miedos. Sí, te vas a dormir leyendo sobre miedo y tienes pesadillas… ¡Y este cabrón me escribe sobre miedo al final! Pero no, la vida sí es miedo. Forma parte del juego, se tiene miedo a lo desconocido, y la vida es seguir conociendo y aprendiendo. Se siente miedo por defensa propia, y la vida es quererse vivo. Se siente miedo por trauma, y los traumas son respuestas para aprender a huir del agua fría una vez se ha salido escaldado. Se siente miedo porque uno no se cree capaz, porque se siente sin fuerzas. Y precisamente por eso necesitamos el miedo, para superarlo, para vencerlo, para poder creernos capaces, sentirnos fuertes, porque si no hay nada que nos asuste y nos llene más la mente y los sentidos que el miedo, vencerlo es definitivamente el hecho de que no haya nada que nos asuste más, nada que vaya a llenarnos más la mente, y nada que vaya a bloquear nuestros sentidos. De las pesadillas se sale, y prueba de ello es que seguirás viva. Si alguna vez tienes una, vuelve aquí y piensa que si has superado una pesadilla es porque la vida es sueño, que es porque lo crea tu mente inconsciente, pero eres consciente de que crees, y no creas. Y porque, esto es lo más importante: solo existe y puede existir en tu mente, lo bueno de veras existe fuera, y es ella quien lo interpreta. Puedes vivir realidades, pero solo puedes crear lo irreal. Los miedos se crean, tus cualidades para superarlos existen. Y están en ti. Aquí.

Buenas noches, días, o lo que sea. El final no iban a ser los miedos, iba a ser un pico, o pianísimo, si te levantas agitada,  un abrazo y muchos mimos. Como los que recordarás mientras te he leído el cuento, carta, aborto de lo que haya sido. Feliz viaje.

Te quiere mucho,
Fran 

Archivos desclasificados: 'Delirium tremens'


Destinatario: (A)venida del párnaso

Caída del cielo,
Como lo haría un ángel traicionero,
Llega, con una blanca sonrisa por traje
Y una negra humanidad por plumaje
Que sobre todas destaca
Una pequeña urraca.

Sobre todos los cardos,
De día lirio,
Llegas, florecida, sobre un bello vestido
Y apuro las horas mientras el Sol te deslumbre con su brillo
Pues cuando tus flores se marchiten,
Y de ti no quede nada,
Galán de mí,
Mejor de noche,
Me tocará polinizar los labios de mi amada.

Ay, de cariño derroche,
Y de beso deseo,
Piel con piel, dulce roce,
Y si probarte fuese penitencia,
En tu religión creo.
Mas ten cuidado,
No  marques con tu cincel
El mármol de mi cuello.

Y si una única aprender solo pudiese
Que esa misma tu lengua fuese,
Entrelazada con la mía,
Noche y día,
Hasta que Sol y Luna se abracen,
Y florezcamos a la vez,
Hasta que nos recorra un escalofrío
Que entre tanto calor anuncie fiebre,
Y de este mal nos contagiemos,
De-lirium tremens.

Y valió la pena esta semana,
Este tormento,
Que nos caló de incertidumbre,
Y por tal delito, ante tu tribunal a juicio efímero me enfrento
Clemencia pido,
Pues bien saben tus ojos, jueces de la sala,
Que en mi corazón prisión mereces,
Hasta que las cadenas perpetuas rompa la desgana,
Que a mi suerte pedí fuerza con creces
Para que contigo pudiera forjarlas,
Con los restos de mi férrea coraza
Por los golpes de mi suerte macerada,
Fundida en un abrazo, en una plaza.

No hay fuerza que nos separe,
La fuerza del miedo
A la del amor con el que te quiero,
No es ni tan siquiera comparable.

Ah, venida del parnaso,
Porque por un be (r) so,
Tu mayor, virtud
Dentro de esta larga sucesión de estrofas
Finalizaría con un…
Poesía, eres tú.

1 de abril de 2019

ME ESTOY HACIENDO VIEJO Y NO QUIERO SABER MÁS. QUIERO IRME A CASA.

Tengo prisa.
¿A qué puedo llamar ‘casa’? Me vienen a la mente las palabras de ‘hogar’ definido en ‘El lugar más bonito del mundo’; ‘hogar’, o ‘el lugar más bonito del mundo’, ‘es aquel en que tienes a un ser querido, y es recíproco; o allá donde puedes llevar la cabeza bien alta’. No tengo hogar, no tengo casa, pero tengo una suerte de lugar sagrado, donde los problemas no cesan, pero me puedo refugiar del ansiedad que me genera el mundo y la enorme angustia que estoy viviendo estos días, en que escribo para que ‘algo quede’ cuando ‘todo ocurra’.
Llevo dos, tres días… preguntándome qué es un hogar. Los dos títulos que he elegido son muy claros, pero pocos los conocerán; son frases de un enorme músico. Así dio a conocer su depresión. Se suicidó. En un acto triste, no por la decisión, no por el acto en sí, sino por lo que el mundo perdió. A veces me pregunto hasta qué punto lo haría yo, a veces me testo hasta el final. Siempre queda, siempre, una razón por la cual no hacerlo, pero, para poder valerse de ella, todos los esquemas deben cambiar, y deben hacerlo hacia, a corto y medio plazo -y a largo no lo digo, porque es invisible y, a veces, inasegurable- de forma casi suicida. Piensas que lo mejor es volver a casa, una ‘casa’ como la caja de pino, como la Tierra, la muerte… dices ‘no, yo quiero disfrutar de correr, de amar, de reír, de saltar, de parar el tiempo…’, pero, a la vez, te dices ‘pero no puedo hacerlo; debo dejar esta carrera, debo darme un tiempo para el cual no tengo dinero, debo ganar un dinero para el cual no tengo tiempo, o debo, simplemente, abandonar un proyecto para el que no tengo recursos emocionales’. Y duele más hacerlo que morir. Me duele vivir. Sólo quería decir esto, y tanto para tan poco, vaya.
A veces, por nada, otras, por levantarme, por primera vez desde que estudio, sin ganas de afrontar un día, de ir a clase; no de ‘joder, quiero quedarme en la cama’, sino de ‘joder, quiero prolongar este sueño hasta que todo finalice’. Otras, por ver que cumplo la legalidad y, quienes deben velar por mi justicia, la incumplen y se jactan y vanaglorian por ello. Otras, por ver que sé mucho más, y tengo la capacidad de saber mucho más, que lo que realmente está previsto en mí, y por eso juzgo inútil todo lo que se hace, se da, se dice, las excusas que se ponen. ‘Deberías saber esto…’, ‘hay demasiada democracia’, ‘no me importa tu saber, sino tu examen’, ‘tienes razón, pero te la quito, porque si no me toca dar explicaciones’, ‘traga un poco más, te lo pido’, ‘lo siento, pero así son las cosas’… Ves la corrupción, a los ojos, negra, espesa y contaminante con todo lo que toca, como el petróleo, pero no puedes hacer nada, huir de ella, mientras puedes, dejar que no te toque y odiarla, pero saber que por cada gota que limpias que de mar, una de petróleo contamina diez mil hectolitros. Eres capaz de pilotar el avión, pero no te deshaces del ruedín de la bici. Aquí encajaría muy bien el saber más que el resto, el que trasciende toda frontera del saber, el que se infiltra más de lo que debe en una roca poco metamórfica, el que tiene una capacidad de juicio que traspasa el convencionalismo ajeno, está destinado a sentir que se está haciendo viejo, y no querer saber más: ‘he vivido mucho, no quiero seguir con esto; no quiero saber lo que me queda; no quiero seguir sabiendo y aprendiendo esto; no estoy aquí para este fin, y si sólo me queda esto, no quiero ser, ni estar’.
Y el pensamiento recurrente ha sido, está siendo, esperemos que no sea, bien por remisión espontánea, bien por decisión forzada, el mismo: ‘quiero irme a casa’. Quiero dejar esta Institución putrefacta, este Grado o esta Universidad, quiero irme lejos de este lugar, quiero irme lejos de una familia que no me comprende, que no me apoya, que no ha podido garantizarme los recursos emocionales de los que he precisado y que ve con mayor tabú una ruptura con la vida, o depresión, que una fractura de brazo, que son dos afecciones pasajeras -generalmente pasajeras, si bien endógenas y recurrentes, en el primer caso- de respeto y apoyo, en la que no hay un puto enfermo, ni hay ningún desvalido o inválido. Quiero irme lejos de lo que no he podido tener, de lo que no me ha sido ni está siendo dado, quiero irme lejos de lo que ya no considero casa hasta que nadie la vuelva a hacer reconocible, quiero irme lejos de aquel sitio al que cada día que voy, envejezco un año y no quiero volver a pisar, porque sé que en algún punto me sentiré con noventa y me veré abocado a palmarla.
Quiero definir lo antes posible qué es para mí ‘mi casa’, o a qué quiero volver. Y hacerlo. Me duele vivir. Hágase lo que toque, dentro del juicio que se conserve hasta el final, pero no se demore demasiado.
Hablé en otra ocasión, por cierto -y finalizo ya-, del amor. Hoy en un flash esporádico reconocí a una persona que me gusta, pero también recordé a otra que lo hizo. Y caí en las imposiciones de siempre y cómo actúan como factor limitante de la vida y el disfrute, si ahora mismo se puede decir que van de la mano. Quédate con quien sepa que eres una persona normal y corriente, como todas, con su semana floja de manera intermitente, con una afección llamada ‘depresión’, que no está loca, que no precisa de más cuidados, que no es un puto anciano ni un bebé, y con quien sepa que igual tus estudios van para un año más, que de momento no, pero sé que en algún momento lo harán, y que no te vea como un imbécil o una traba a su camino. Quédate con esa persona. Y, como no la hay, cuando exista, y si llega a tiempo, entonces le abriré mis puertas, sin oposición.
No hablaré de amigos. Han pasado unos días en que he silenciado el móvil y sólo he recibido mensajes de interesados, de grupos en los que no sé ni qué pinto, de gente que otrora fue mi mundo y ahora no me habla, o lo hace cada semanas, o no me contesta, ni tan siquiera por las redes, o no sabe qué contestarme, como si fuese un ‘caso aparte’. Qué queréis que os diga, pocas conversaciones, de gente muy importante, que no sabe decirme nada. Yo no puedo continuar un soliloquio; yo no puedo continuar creyéndome el culpable porque nadie pueda hablar conmigo de lo más bonito, no porque yo no quiera, sino porque esa gente crea que un ‘depresivo’ no está preparado para ver o juzgar lo más precioso, como si su prisma estuviese roto o lo contaminase, y contaminase a todos los que tiene al lado, como si estuviese apestado y hubiese que huir de él.
Qué queréis que os diga, me siento viejo en la vida, dolido por ella, quiero volver a una casa, debiendo definir para mí qué significa este aforismo, y creo haberme quedado completamente sin compañía en esto, así que será una lucha conmigo o contra mí, pero a solas. Agradezco a la gente en orden descendiente de retirada, por haber aguantado hasta el último momento antes de largarme. Espero que haya más escritos, y espero que puedan seguir leyéndome. El peso de los ‘mañana más’, ‘a ver si nos vemos’, ‘ahora no puedo’, ‘ya me cuentas’… en ocasiones supera al del plomo, si no hay un mañana, si no te vuelves a ver, si la otra persona es la que jamás podrá, o si no te contará nunca nada más.
Marcho a la casa provisional que me he hecho entre falsas esperanzas de que todo irá bien, con cuatro palos que he recogido de los que me han dado, y de que poder hablarlo con alguien, aunque me saque los cuartos, me reparará. No sé cuándo volverá a haber tormenta y a derrumbarse la casita, pero dejaré constancia, aunque sea críptica, de ello. De momento, voy a terminar de clavar unos listones y a pasar otra noche fresca, pero al menos no al raso. Confío en que mañana pueda salir a hacerme una puerta, para que no entre lo que pretendo, con el fuego que me quema, mantener ahuyentado. No sé cuándo volveré. No sé si volveré. Gracias por todo y nada, perdón por nada y todo.
Un perro de ojos negros…