No me sale escribir gran cosa, siento tanto que sé que no puedo plasmarlo. Tampoco sé por qué uso este blog, y no el antiguo que tuve, aunque quizá se deba más a la enorme avalancha de recuerdos que se me viene encima cuando lo abro. Sobre todo cuando veo lo que escribía por estas fechas en 2017, 2016… incluso 2015. Y duele.
Ha sido una semana mala, otra más, llevo ocho o nueve in decrescendo, unas quince o dieciséis francamente para olvidar, seguidas. Hospital por allá, prueba por aquí, amistades que se demuestran azucarillos que se deshacen a la mínima, otras amistades que se enamoran y te dejan tirado, o sólo te quieren porque eres capaz de aplacar sus mayores dudas cuando hablas con ellas, porque se enfrentan a un problema que no tuvieron nunca, que es querer, y hacerlo bien, y compañeros que viven en visión de túnel, para los que sólo existe un libro, un ‘a la próxima’, un ‘a ver si nos vemos’ o un ‘estoy liado’. La vida me enseñó que cuando dices esto último, generalmente te arrepientes: muchas veces, por Ley de Murphy, es la última palabra que tuviste con alguien que ya no está en el mundo, tenga la edad que tenga. El error es morir a corto plazo para vivir a largo. Y cuando todos van muriendo, entonces reaccionas. No creo que nadie lea esto, pero lo dejo publicado, porque me gusta ser honesto. Uno de mis cantantes favoritos, que no vive, dejó escrito lo que figura en mi título de entrada; en un momento de su vida muy concreto. No quiero decir más, resumo mi semana rápidamente, y reflexiono. Ha sido una semana de recorrer decenas de kilómetros, de entrenar, de estamparme contra un sistema de mierda, y de seguir luchando porque no creo demasiado en David y Goliath, pero sí creo en que ya que me van a matar, quiero que queden los mínimos hombres posibles. Morir matando.
He pensado demasiado estos meses, he pensado en cuánta gente conozco, figura en mi mente, mis agendas, mis teléfonos, y a cuánta puedo llamar conocida, amiga, en quién puedo confiar… y viceversa, y en qué momento permití, demasiado negativamente para mí, que esa balanza se descompensase hacia su lado. También he pensado, porque se cumplen aniversarios muy dolorosos, como dagas entre las costillas, que te impiden respirar, moverte, y que te cortan los dedos cuando intentas retirarte, hasta qué punto lo que creí algo ajeno a mí, un hallazgo como los que volvería a encontrar en mi vida, esperemos que no a pares, pero sí habiéndolos en estas cantidades, como el amor, fue realmente algo que no supe gestionar, algo que era mucho más raro y bonito de lo que quise imaginarme cuando finalizó; algo que realmente no duele porque ahora no lo tenga, sino porque sé que, aunque lo tuviese, nunca podría volver a experimentar demasiadas cosas. Supongo que, al final, esto se trata de encontrar lo que te gusta, y dejar que te mate; de concienciarte de que volverá, a lo mejor, a haber algo, pero nunca jamás bajo la misma manera, o con las mismas cualidades, pero, sin embargo, tú siempre seguirás siendo el mismo que quiso, con sus mismas cualidades, y querer se convertirá en algo doloroso. En una cuestión; en el sentido estricto de la palabra.
El tiempo siempre me aconseja que no pida más, que en algún momento mi océano conocerá sus orillas (sus límites, su desembocadura, el barco de Conrad…), mucho antes que mis alas cruzarán el cielo plagado de constelaciones de vida que me quedan; sólo veo nubes, estrellas desfiguradas por la contaminación lumínica del fuego que, entre fragores y crepitaciones, consume un alma licuefacta. Lo continúo pensando, continúo pensando en que finalicé un proceso de cuatro años que llevaba en mi lugar, con mis mejores amigos, mi nota, mi reputación y mis ganas, sólo por embarcarme en otro en el que me quedan, precisamente ahora que me acerco a su Ecuador, otros cuatro más. Pienso en que me quedaría uno, y pasaría al mercado, con mis mismos amigos, estaría viendo mundo, con ellos, y quizá no demasiado contento, pero, tras tantos años, para mí, en el nuevo proceso, ¿puedo decir que tengo la misma alegría que el primer día que pisé esta Facultad, ¿puedo afirmar que tengo los mismos amigos, y la misma calidad de ellos?, ¿puedo, tan siquiera, decir, que me lo he merecido por haberlos tratado distinto, cuando no he cambiado?, ¿puedo decir que estoy más cerca de ser ‘alguien’ en la vida?, ¿puedo afirmar que aquella persona en quien tanto confié y me dijo ‘no te embarques, no volverás, es el barco de Conrad’, y que creí estulta por casi haberme negado lo que yo creí ansiar, realmente era estulta y no me quería demasiado, y sabía que sucedería lo que hoy me lleva a escribir estas tristes líneas, mucho más de lo que parecen?
El tiempo me contó que todo vino en el amanecer de hace dos años, en una época en que mi cabeza no quería, mi cuerpo sí, en que yo era una jaula de emociones, una persona que no sabía la que se venía, llena de zonas de confort bien acotadas, de inseguridades, de miedos a la vida, que no en la vida, de refugios, que construí a la par que otros eran bombardeados por mi ansiedad: más ansiedad, más aficiones, ¡que no se acaben, o morimos! Me contó que todo vino como un alma sin huella, sin imprenta, como una rosa que no trajo espinas, como algo atípico con lo que debo quedarme, por lo que debo culparme, mientras leo en el reflejo de las lágrimas ante el espejo que no hay manera de terminar un problema con nada que pueda ser dicho, que las tardes de hoy hace uno, dos, tres años… se parecen entre sí, que las probabilidades rigen que dos días sean iguales en el tiempo, que las nubes son siempre las mismas, el Sol nunca deja de existir allá afuera, y la ciudad sigue puesta, pase lo que pase, pero, ¿qué rige que un día sea irrepetible, que la tonalidad de las nubes y verlas pasar nunca sea igual, que el Sol no luzca real cuando cuestionas hasta la realidad, y que la ciudad, ahora, es hostil, es fría y ya no es un lugar que pasear, visitar, escudriñar y exprimir al máximo entre conversaciones, juegos, quedadas o paseos?
Cuando los días terminan, el Sol se ahoga bajo la Tierra, arrastra todo lo perdido, y lo ganado. Hoy no arrastra nada, en particular; diría que he perdido el tiempo, y que eso se lleva, pero, ¿no se lleva consigo el día? Dentro de él habrá algún pedazo de hora muerta; pobres de sus sesenta minutos intertes, de trapo, poco manipulables y a la vez altamente volátiles; tempus fugit. Ayer, arrastró, y no pude recuperarlo, dos meses de mi vida, que me quitaron en unos despachos. Este mes, se llevaron a seres queridos, a amigos que no quiero de vuelta, a personas a 3000 kilómetros que no volveré a ver, seguramente; y me trajeron cerca a personas que no están a mi lado para hacerme ver que lo poco que me mantenía vivo es inaccesible: ya tiene su sitio, su vida, y, por suerte, supongo, no se acuerda de mí. Sólo tuve cinco o seis felicitaciones de cumpleaños, una de ellas fue de un familiar al que quiero; vino. No volverá; quizá en 9 o 10 meses. Me ofreció su ayuda, la única que me sirve; se marchó. Seguiré buscando entre sus palabras, desordenadas en mi memoria a largo plazo, un discurso endeble más fruto de mi cabeza que de lo que en su día fueron mis oídos para él, para intentar que el hielo que me petrifica por dentro se derrita y apague la llama que crepita y destroza mi alma, a punto de evaporarse en un aire enrarecido, denso e irrespirable.
Cuando los días terminan, las noches son húmedas, se llora, son frías, se arrebuja en la cama, se tapa en la cama como si no quisiese que nadie viera el estado en que se halla, de merma, demostrando que la vida no es un regalo, ni una gema, cuando la noche se cierne, los pájaros vuelan, las ilusiones, en bandada, las aficiones, en grupo, y las ganas de vivir, éstas una por una, para que no puedas perseguirlas, se van a su hogar, el cual no eres tú, y ya no puedes llamar ‘casa’ a nada. No tienes sitio, no lo encuentras, vagabundeas entre el mundo esperando que, de nuevo, que un alma sin huella, rosa sin espinas, o amanecer de una noche polar sempiterna, vuelva y te saque de donde no eres capaz de salir.
Te dicen que luches, lo llaman a todo ‘batalla’ para hacerte creer que tienes un rol. Un rol, sobre todo, de púgil, de fuerte en esta película en la que eres un títere al servicio de emociones, las pocas que quedan, todas malas, y de un sistema putrefacto en el que todos están igual, pero cada vez buscan separarse con más afán. Y cuando esa batalla, que peleas porque te hacen creer que eres un boxeador, cuando no tienes ni puta idea de la vida, finaliza, porque demuestras no serlo, y te llueven por todos los lados los problemas, los golpes, las pérdidas, y no puedes tirar la toalla (o sí…), miras el asalto; es demasiado temprano para ti, sigues, sangrando, en el suelo, y sin nadie que te atienda, hasta que la sangría cesa, o te mata, hasta que te levantas, si puedes, hasta que paran la lucha y te curas durante meses. Pero nadie tira la toalla, no hay entrenador. Nadie para la lucha, ésta dura diez meses al año. La sangría no cesa, mis manos están rojas, noto más húmeda mi ropa que mis ojos, y no puedo levantarme. Si no estuviese mareado, y me ardiese el pecho por un fuego abierto que no cesa, y no escupiese hálitos discontinuos por un nudo en la garganta que no sé deshacer, volvería a ser yo. Lo prometo. Y me iría de un ring donde la vida me puso y donde yo no quiero estar. Aprendería la lección, la temería y la quisiera vivir. Pero algunos nacen muertos, nacen en el ring, nacen entre bestias que lo crían y, cuando se puede valer por sí mismo, lo sacan a pelear, recibe, a los 10, los 12, los 14… llega a los 16 más curtido que nadie a los 25, y cuando tiene 20, en este caso ya 21, cree haber vivido demasiado. El ring no va con él, le pueden juntar con púgiles de 30, de 40, con pesos pesados de la vida; pero la vida es pesada, y es un peso, para él. Es una fiesta a la que acudes porque debes, sin cuestionártelo, que transcurre contigo viéndola pasar, preguntándote que haces, a posteriori, en ella, en la que no tomas nada, en la que no sales a bailar, o no mucho, y que acaba cuando todos, menos tú, lo decidís. Se caen las luces, sales de los últimos, se apaga la música, que para ti era un réquiem por tus ilusiones, piensas que deberías haberla disfrutado sin preguntarte por qué, haberte mezclado, sin saber con quién, haber hecho algo que ya estás ahí, como si esta fiesta fuese el carnaval de la vida que rezaba la canción; entonces, lloras por no haber hecho lo que se esperaba de ti en ella, pero ya no hay tiempo de empezar otra, ya ha acabado. Cómo relacionar la vida con una fiesta y una batalla, ambas innecesarias y no deseadas, y seguir diciendo lo mismo…
Piensas también en el devenir, hay quien dice, habiendo llegado al ‘top’, que la vida es hacer lo que nadie quiere para convertirte en lo que nadie puede. Es fácil decirlo así, hay quienes nacen de pie. No me cuesta demasiado, al ser negativo, y un poco de gasolina y leña que echar a la llama que devora y crepita entre fragores, pensar en que la fama no es nada, pero la pude tener; es un árbol desconocido, que nunca puedes encontrar, nunca florece, hasta que su semilla echa a crecer, cuando menos lo esperas, y quienes menos lo esperan; es un premio en la lotería de la vida. Un premio que unos dilapidan, otros cuyo boleto rompen, otros al cual rechazan y otros al cual se aferran toda su vida, aunque sea el único, con el que ya nacieron, para decir que han ganado algo, que lo han conseguido. En esa fiesta, en esa batalla, son hombres recordados por su baile, por su salsa, cuando termina; olvidados mientras sucede. Un aplauso en vida cuyo sonido resuena, pero no mucho, cuando cesa en el auditorio, una confirmación de que la existencia no es más que un recuerdo que pasó hace mucho, un auditorio de tristeza, en el que poco a poco, conforme pasan los años, aquellos que la vivieron contigo van abandonándolo; un aplauso cada vez más reducido, un aforo cada vez menor, con más sillas vacías, con gente a la que tratas de evocar para que no muera; gente que labró su fama a título póstumo, gente a la que, sentada y esperando a ver tu función, le dijiste ‘mañana’, ‘otro día nos vemos’, ‘estoy liado, pero…’. Hoy no aparece. Para ella no hubo mañana, otro día. Tú no la olvidas; ella ya no recuerda quién eres, qué hacías, qué proyectaste. Pero por hacerlo, te impediste estar con ella.
¿Sería ahora un hombre más social, más feliz o menos en lucha consigo mismo si hubiese seguido compitiendo, si mi carrera deportiva no hubiese acabado pronto por lesiones? ¿Sería algo más que el olvidado al que recuerdan tarde, si hubiese sabido recoger el fruto que sembré y no quise ver? ¿Qué hubiese sido si no me hubiese dejado llevar por todos los muros que me impusieron, todas las negativas que me sobrevinieron, todas las decisiones que tomaron por mí? ¿No soy, realmente, un acto queriendo pescar la potencia del pasado? ¿No soy algo atemporal que se siente irreal porque intenta traer a la fuerza en vida algo que voló al cementerio de recuerdos? ¿No soy, realmente, alguien que quiere volver a regar una semilla que sólo florece una vez, y ya no volverá, pues? ¿No soy, realmente, alguien que va a abandonar su silla en todos los auditorios a los que fue? ¿No lo merezco? ¿No soy, realmente, alguien incapaz de ver una función, y se marcha prematuramente?
No quiero ver la verdad, es un violento perro de ojos negros, que aporrea con saña mi puerta, me obliga a conocerlo y, cuando lo miro, con ojos inyectados en rabia, ladrando y enfurecido, se esconde, se calma, deja de agitar el rabo y, con compasión, se retira. Sabe que me volverá a ver mucho más abajo de lo que estoy ahora, en un infierno real, no metafórico. Sabe que conocerlo, conocer la verdad, me mata, me acabará matando. Cuando era joven, nunca la vi. Campaba por el aire irrespirable y plomizo del que hablaba antes, ahora, evolucioné, me curtí en el ring, abrí la puerta y allá la vi, firme, sobre sus patas; no se cuándo vino, supongo que cuando la inocencia dejó la puerta abierta, o cuando la adolescencia se marchó, sin haberse querido quedar demasiado. Por su culpa se anquilosó la madurez. Fue imposible impedir que entrara, me sentía solo sin la inocencia, y maduro; como aquel que se siente solo acompañado de gente, dos matices psicológicos que no se pueden mezclar entre sí. Fui verde, más verde que el monte sobre el cual veía todos los días al Sol ponerse, arrastrando, mientras se ahogaba en la Tierra, todo lo ganado y perdido, generalmente risas, ilusión, alegría o los mejores momentos de mi vida, mientras ahora sólo arrastra, como dije, tiempo que no sé aprovechar o los peores momentos que estoy viviendo. Recuerdo flores crecer, no florecía ningún árbol, que, como dije, sólo lo hace una vez, pero había un bonito pasto, el verde del monte, con rosa, rojo, amarillo… Sin embargo, la noche se cernió, con ello la humedad, y las lágrimas, saladas, no regaron los girasoles que se cegaban al mirar la Luna. La oscuridad se apoderó, como el éter decimonónico que, se creía, regía todo cuanto podíamos ver y experimentar, y me sedó. El cielo dejó de ser azul, incluso en las pocas jornadas en que se hacía de día, pero éste nunca dejó de formar parte de mi espectro lumínico: comencé a ser más débil que el cián, más ligero que el éter, y creí volar. Un riff de guitarra que te dejaba a solas con tu mente, y te permitía surcar las cuestiones que te inundaban, logré llegar alto, y ver al Sol arrastrar mis derrotas; pude verlas, reconocerlas; me reconocieron, llorando. No querían morir, irse, ser arrastradas, sabían que nunca tuvieron forma ni estuvieron destinadas a serlo, que podrían haber sido aplauso, podrían haber sido victoria, podrían haber sido Sol en cielo y no Luna en lo más profundo del océano cuyas orillas, dije antes, algún día exploraré. Saben que quien les dio esa forma irreconocible y perniciosa fui yo. No me culpan; saben que iré detrás. Tarde o temprano.
También he sufrido esta semana, sé que aquello que recuerdo no volverá, porque cuando algo entra en tu cabeza, es porque si sale de ella, deja de existir. Lo guardas, aunque no valga, para poder evitar que se muera, aunque tome por nombre ‘depresión’. No puedes permitirte bajar la guardia, dejar de resistir, cubrir los ojos y enfrentarte al cielo. Tu conciencia, mi libertad; estás jodido si lo piensas intentar. Es mi llamada a la seguridad, sin embargo, espero que mi grito de auxilio puedas escuchar, soy víctima de todo dolor que sentí, pero todo dolor que sentí tuvo víctima, y puede encontrar una causa en cualquier lugar. Mis monedas de cambio pueden pagar el crimen que cometí en vida, pero mis errores, mis culpas, serán por siempre jamás. Puedo tomar un paso adelante, no tengo miedo, cuanto mayor la violencia y la algarabía, más monedas recibo; me servirán para pagar la bula de mis errores aunque no pueda olvidarlos. Podré llamarte fracaso; tú a mí falso, pero no olvides que estaré al final del camino, del que a ti te quedan mil pasos. Puedes resistirte, es un desafío para mí, pero nunca más, esta será la última vez que la suerte permanezca incluso hasta el final; esto forma parte de mí, de la parte que mi corazón pretende olvidar. Elegimos nuestra vida con ciegas intenciones, nos obsesionamos y escondemos por el miedo al cambio, sufrimos, guardamos, visionamos, y repetimos. Amenaza mi inocencia, quítame mi libertad, mis derechos, enséñame a conseguir la realidad: todo lo que quiero saber es adónde iré, transfijado, drogadicto, deambulante, con tiempo que perder, mi odio me arrastra, sin saber de cómo salir de este infierno de ser. Una voz me pide que no desista, que soy otro cerebro lavado, como todos, que el sistema sólo me puso a prueba, que ‘El Proceso’ de Kafka no termina, que no puedo embotellar mis sueños y bebérmelos, enterrarlos o lanzarlos al océano cuyas orillas descubriré en mi muerte, toca pasar un frío futuro, la noche húmeda, buscar la vida a la palpa, sin ser servidumbre del tiempo, vivos en arrepentimiento, vivir como si fuese último cada momento, honrar al pasado sin mirar atrás, porque debería, una por una, mis razones para vivir contar, pero el hecho de querer existir, sólo me lo deben dar las tumbas en las que los epitafios grabados están.
No hay mejor lema que el de la muerte para esforzarte a vivir, porque cuando los santos emprendan su camino, no cantarán tus pecados; sólo esperarán que hayas aprendido, dejado la Tierra con algo más que un latido y una respiración durante tu vida, con una deuda debida, viendo la santa condena como viviste, cógelo o vete, y no pierdas tu tiempo, limpia tu mente, define el ‘aquí y ahora’, sin fronteras, posesiones, ni enemigos, vive por una vida que temerás y olvidarás o confiesa a un Dios que sabes que sólo tú oyes. Embotéllalo, destila tus problemas, olvida tus sueños, o llénalos, no dejes ni una huella, piérdete sensu stricto, la prisión tiene cuatro paredes, pero puedes ver el río fluir tras ellas, sobre un lecho envenenado de decisiones vitales, apunta, y cuéntame que vives una mentira, no me ignores, ahora lo sabes, salé mi vida, la vendí al peor de los mortales. Encontré esperanza en la destrucción del progreso, trofeos oxidados que me decían que hiciese lo que me dijesen, medallas al más obediente, moldes que piden a gritos su ruptura y una luz de todos aquellos ardientes puentes que, al contrario que el proverbio, no iluminaban el camino; llegó el final, nunca dije que fuese el reo, nunca dije que me fuese decepcionado (¡salvé mi alma!), sólo intenté reescribir lo errado, que fue escrito sobre mí. Olvidé que, como toda derrota que arrastra el Sol, pude haber sido acierto, pero así me hicieron; no pude culpar al Dios que sólo yo oía por ello, por convertirme en renglón torcido, sé que no era su culpa, sé que vendrá detrás de mí, cuando los santos deambulen con piedad, habiendo embotellado mi alma licuefacta entera, de la que todavía quedan gotas de esencia en mi interior.
Mantendré mi pasado dentro de mis razones, para no desistir, como dijo aquella voz, ser el agradecido moribundo exangüe que vive hoy, no sé si mañana, que confía en el veneno para que le enseñe a vivir; en la oscuridad, para poder ver, el hombre revenido que habla palabras de decepción, de desesperanza y no desesperación, cuyas calles, de la ciudad de la eternidad, y a la vez del imposible retorno, pasean todos aquellos a quienes dejó en legado, por quienes sufrió para que estuviesen seguros en ellas, pero ahora se hallan sin gobernador. Canto las penas de la muerte de mi alma, y espero que encuentre digna paz, pereciendo ella sola; dio mi vida por la ciudad que salvó, se tomó el desafío de mantener mi esperanza, mi fe, y ahora que acaba de abandonar, como último rescoldo del fragoroso crepitar de la madera que la constituía, recuerdo su presencia, su regalo y su gracia, la recuerdo para siempre, no la repongo nunca. Ella construyó ‘la ciudad’, los caminos que tomé, y por los que fui vendiéndola ambulantemente, las lecciones que aprendí de mis errores, las herramientas y los trofeos que no volverán a oxidarse y, sobre todo, sus cenizas que ahora son oro como joyas del desierto.
Ahora ya no recordamos que fuimos a caballo, que dominamos el terreno, que fuimos casta y pureza, pero podré sostenerme como trato de hacerlo con ella, muerte, si tan siquiera me sostuvo con la suficiente fuerza mientras fue. Blandiré el escudo que dejaste sobre mí, como aquel que muere, y es enterrado, en oferta, con todo aquello que necesitará en la otra vida. Te fuiste y me dejaste en otra existencia, sin olvidar la anterior, pero en la que sólo me puedo proteger con lo que legaste; si pudiésemos vivir nuestra hora de nuevo, primaría nuestro corazón a nuestro caballo. Tú fuiste toda la respuesta, contigo no necesité la verdad; ahora puedo intentar sostenerme como me enseñaste, blandir el escudo que me diste, encontrar la seguridad en la Roca, pero siempre contra la verdad que ladra, me mira y se apiada de mí mientras no está en mi contra. Te repito como respuesta, y espero que puedas oírme; cargaré con tu legado y finalizaré esto, así que continúa durmiendo, allá donde yazcas, continúa durmiendo, sabiendo mejor que nadie que te echaré de menos. Espero que sepas que te echaré de menos. Porque mientras tuve vida, tuve alma, y mientras tuve alma fui feliz, y mientras fui feliz, tuve vida y la viví, y ahora que tengo vida y no vivo, echaré de menos lo que fuiste, me echaré de menos, seguiré llorando por los años pasados, seguiré viendo en noches y tardes como hoy a un Fran con alma pasear, junto a otra, o separado, bajo el mismo Sol y sobre la misma ciudad, pero en tiempos distintos que fueron arrastrados cientos de soles atrás, con cientas de noches más pasadas, y cientas menos por delante, con personas con quienes no puedo montar a caballo, echaré de menos todo lo que fuiste, y fuiste…
- El rumor de un río sentados en su orilla
- El fulgor de una Perseida en un cielo oscuro
- La inmensa pequeñez de mirar cara a cara a una bóveda estrellada, y preguntarse cómo y por qué estás aquí
- El silencio mental que arrasa el ambiente tras llegar al zen, a la paz máxima del año, y poder acariciar, rememorar, revivir y guardar todos los momentos, mes tras mes, acumulados para haber llegado a ese punto, que crepita como un monumento ardiendo, en el tiempo
- El atronador silencio de pasear en un claustro a solas; un repiqueteo armonioso , sólo interrumpido por pájaros, o campanas, y un banco que, si pudiese hablar, contaría la historia de toda una nación
- La increíble tranquilidad del agitar de la hierba en verano, bajo el influjo de la brisa nocturna, como único sonido
- Las tardes interminables en las que el Sol nunca se pone y la ciudad es tuya, y sólo tuya, las distancias se acortan, quieres visitar todos sus lugares, y callejeas como un niño jugando al Laberinto
- Las tardes de salir a correr por ti mismo, morirte en el entrenamiento, y celebrar, de tumbarme y saber que al día siguiente cojearé por el Campus, pero bien habrá merecido la pena
- La subida al pico más alto de la Sierra, para poder apreciar cómo muere el día, entre cañas y robles, y la bajada a oscuras, guiado por las luces de los pueblos en lontananza, mientras planeo un futuro que resultará más corto de lo que preví
- La tranquilidad del trabajo bien hecho durante todo el año, y de que no estás haciendo más que recoger sus frutos; la tranquilidad de no tener cuentas pendientes
- La seguridad de descubrir ‘holy grounds’: una cabeza sobre un pecho, un cuerpo entre unos brazos, una playa con imagen y sonido propios, una cara conocida a lo lejos, que te baja las pulsaciones y da color, en un instante, al mundo
- La sensación de acercar kilómetros; separarse más que nunca de alguien, y poder compartir el día a día, porque no es dónde suceda, sino a quién
- La sensación de volver a ver a alguien y, por primera vez, sentir nerviosismo y ganas de ello, como un perro espera pacientemente todo el día a su humano, que no dueño, blanco, que no negro, y jadeando, que no ladrando
- La sensación de vaciarse en cada carrera de alma, en cada pelota, de tirarse a ras de hierba y escuchar una violenta segada y, tras ello, un golpe seco al balón, un derribo
- La sensación de motivación, de sacar fuerzas de flaqueza, de levantar un peso con el que nunca pudiste, tirarlo y gritar
- La concentración de un examen en el que sólo te centra pensar en todo, menos él, como qué y quiénes te esperan cuando lo termines
- La alegría de pelarse clases para hablar con un colega, comiendo, bebiendo o fumando, mientras planeas con él la vida, y te ríes
- La alegría de salir de un último examen, de mierda, y patearte toda la ciudad sin prisa, perderte en librerías, comprar, comer y volver feliz
- La alegría de ser para tu familia y amigos, de no exigir nada, y darlo todo, verlos felices y sentirte omnisciente
- La alegría de tumbarte en la cama, cerrar los ojos, y escuchar el ritmo tranquilo de los coches, el sibilar del aire tras una mosquitera, y aviones llegar con éxito a tierra, la alegría de transportarte hacia miles de lugares estando sésil, quiescente
- La alegría de poder dormir, de tumbarte, disfrutar y paladear la música, pensar poco, vivirla, sentirla, ponerle cara, hacerla tuya, e imprimírsela a ese día, en cuestión
- El inefable sentimiento de tumbarte, mirando al techo, sabiendo que tu mirada se cruza en algún punto con la de la otra persona; repasar los meses, penurias y mierdas que os han traído hasta ahí, y celebrar todos y cada uno de los más jodidos, porque esos son los que vertebraron el presente
- La excitación de una caricia, de un masaje, de besos cálidos entre fría candidez, de enseñar el arte de la guerra, porque en el amor y la guerra, todo vale
- El súmmum de tomar su mano, fundir dos en uno, recorrer todos sus territorios y acabar una aventura conociendo todavía mejor al otro. El mapa del tesoro que tienes delante
- La tranquilidad y el romanticismo de un concierto de piano de cola en la sala mayor de un palacio, mientras te pierdes entre sus plantas y habitaciones, ignorando el mundo exterior
- Il dolce far niente, de cenar con todo terminado, mirando Valencia, su Alameda y su centro histórico titilar en una veraniega noche de humedad, prácticamente imbrífera, con ferias muy a lo lejos, y sonidos de cláxones
- La increíble someridad de conocer a alguien sentados en un jardín, viendo coloridos árboles, a solas
- La increíble descarga que recibes cuando, por primera vez, cruzas mirada y sonrisa con quien te gusta, e -instintivamente- sabes que el aleteo de un párpado ha desencadenado un terremoto en un alma
- La increíble paradoja de la Física, de parar tiempo y espacio en un beso que nadie pide, salvo cuatro ojos
- La descarga de adrenalina de llegar a meta en batiendo tu récord, la seguridad en tu cuerpo, en tus marcas, la confianza en tu potencia, el resonar de las pisadas contra la grada, como ocho búfalos que corren por una presa encarnizadamente
- La belleza, que trasciende lo carnal, de dormir y despertar junto a alguien; confiarle, tu cuerpo, vida e indefensión
- La capacidad de apreciar que hasta los planes más discretos resultan preciosos si son adecuados y con quien debe ser; disfrutar de un helado en una fría noche de verano, lluviosa, incluso, bajo las escaleras de un bar vacío, porque no puedes dejar de escuchar los relatos de otra persona
- La pureza de un solo de guitarra, de un riff, de una noche en Canet a la luz de las estrellas y una hoguera, dejándote la voz con todo el repertorio de los 90 hasta hoy, como diría aquella emisora
- Los flashes de ‘Into the wild’, dejando el móvil y escalando una montaña en compañía, para ver toda una provincia desde lo más alto, resbalando, cayendo, sangrando y celebrando
- La sustancia gris periacueductal que desconoces hasta que corres diez kilómetros por ver a alguien y desearle suerte en su empresa, aunque a la vuelta diluvie y caiga tormenta
- La propiedad de la playa, que pasa a ser tuya cuando cae el Sol, la recorres lentamente a pie, o sobre una toalla, y cierras los ojos para que, las mismas olas que te mecen y te remojan los tobillos, sean las que te susurren que vienen, y volverán, que todo va bien y que hasta la naturaleza es un equilibrio
Fuiste, viviste y/o propiciaste todo aquello, nunca te lo reconocí hasta hoy, que te sé marchito, Fran. Y debes saberlo, debo reconocértelo, y recoger los pocos escudos y el poco sustento que me diste para continuar. Debo escribirte que valoro lo que no supiste valorar, que no debías valorar y tan bien hiciste. Porque ahora que tengo claro cuál quiero que sea mi futuro, debo hablar con mi pasado, para estar en armonía con ambos. Finaliza el presente.
Si alguien ha llegado al final de esto, espero que entienda el mensaje tras ello, y no se alarme. Estaré bien porque, haga lo que haga, y se deriven las acciones que se deriven de mis pensamientos, habrá sido por y para mi felicidad, y estando en paz con todas las etapas de mi vida. Voy a apagar el móvil y a dejar que poco a poco mi convicción me venza. Voy a ascender con Pegaso y a volver a montar con mi alma, mientras los santos deambulan examinando lo que viví, y si de verdad lo aproveché. Buenas noches.