No sé bien qué escribir, mi cabeza ahora mismo es un maremágnum dentro del cual se pueden distinguir emociones, sentimientos, preocupaciones, necesidades banales fruto de todo lo anterior, y necesidad de fijar un punto de referencia a partir del cual hacer tabula rasa, comenzar otro nuevo periodo -no necesariamente restringido a un cuatrimestre- y, sobre todo, poder rescatar todo aquello que me hizo y me deshizo a lo largo del previo, para adquirir, más que inmunidad, la capacidad de que no vuelva a entrar en mi sistema.
Creo que voy cerrando (pero costará, todavía quedan días y semanas, y lo sé) una etapa curiosa, en la que he aprendido a base de los aciertos más que de los errores, porque he errado en todo sin haber hecho mal nada. Ha sido la evaluación del jarro de agua fría continuo, una ilusión, la ‘llama’, que la llaman, que se resistía a apagarse, hasta que se cernió la depresión, la desidia, quizá todo ello más motivado por el interruptor de un círculo de profesores monótonos, poco estimulantes y hasta, por qué negarlo, pésimos, que me movían más al estaticismo de mi casa que a aplastar el culo en una silla durante una hora frente a ellos para apuntar, cuanto menos, palabras malsonantes. A pesar de llover sobre mojado, donde hubo incendio, queda conato, rescoldo, y debo agradecer a unos docentes, que siguen dando el poco tiempo y -algunos- salud que tienen para facilitar la vida al alumno, hacerlo aprender y valorar este Arte, y a unos pocos compañeros, que actuasen como fuelle cuando sólo se veía agua hasta el cuello para lograr que deflagrase, de nuevo, mi alma, y ardiese en deseos de llegar hasta el final del viaje que comenzó en septiembre.
Si lo ves así, suena bonito. Es ahí cuando vuelvo al párrafo superior, y digo que la vida es una muerte constante, que sólo se puede llamar de esa manera cuando uno es feliz. ‘Despertares’. Todo es una monotonía, un despertador a las seis y pico, acudir a clases, hablar con los y las de siempre, comer… lo que haría un animal medianamente racional; cambiarte, sentarte en la cama, llegar al final del día, mirarte al espejo y preguntarte ‘¿En qué ha cambiado mi vida?’, ‘¿Cuántas veces me he sentido vivo hoy?’, ‘¿Hago aquello que deseara?’, y pensar, por acreción, ‘¿Cómo te vas a sentir vivo continuamente, si es involuntario?’. Ahí me cuestiono qué es peor, si no saber en qué momento me he sentido con vida de veras, lo he recordado, lo he querido y abrazado, o si creer que la vida es ‘involuntaria’, aunque el sentido de la palabra no sea, evidentemente, el que le quiero dar. Y caes en ello; es una muerte consciente. Te ves apagarte, mantenerte como llama, pero no sientes ardor, no escuchas el crepitar del momento, no te mueve nada que no sea la inercia, válgase el oxímoron. Piensas en cuándo fuiste feliz por vez última, y dices ‘Ahí viví; ahí me sentí con vida, agradecí, sonreí, quise, me empujé, quemé tanto el momento que quedaron cenizas, cuando fui a recordarlo’. Y confirmas que la existencia es una muerte consciente, que puedes vivir, hasta disfrutar, si te conformas con ello, y que la vida, que se diferencia del ‘existir’, y se acerca al ‘ser’ (ésser; esse; esencia; ‘lo que nunca cambia’), es, realmente, una sucesión aleatoria de despertares, de consciencia de la existencia, de realización, que nunca sabes cuándo se producirán, que te hacen querer vivirla, que te hacen querer existir sabiendo que dejarás de ser… hasta que vuelva a posarse esa llama. Bueno, creo haberme explicado peor conforme iba escribiendo más líneas. Dejémoslo ahí.
Por eso mismo, que la vida es el despertar de uno mismo, y que la existencia y el estar (que no ser) son una sucesión de sorpresas, la mayoría de las cuales son agrias (si no, serían ‘vida’), considero que este cuatrimestre me ha repartido, en diez asaltos, una gran lección, una lección de cómo caer ante el minimosca, y cómo doblegar a un rival cien veces más fuerte que tú. He tenido la media más alta de mi vida y, sin embargo, he tenido que aprender qué era un suspenso con un 12.2 sobre 15 en un examen, la nota más alta cosechada. He tenido que aprender qué era la injusticia a raíz de aprender qué era ‘fracasar’, y gracias a ‘fracasar’, y a ‘conocer la injusticia’ de la forma más inesperada e irracional posible, he podido conocer, también, la unión. Cómo un grupo, con un interés común, pero separado por cuatro simples letras (para que digan que sólo somos números, aunque persigamos, realmente, que nos modifiquen el nuestro) es capaz de unirse, diez, veinte, y así hasta treinta y tantas personas, para ‘vivir’. Para convertir el ‘fracaso’ en el éxito que fue desde el principio, la injusticia en la justicia que se debió hacer, por la que se debió velar y que defenderé hasta no tener voz, y para convertir la unión por interés en el interés por la unión. Soy el ‘capitán’ del grupo, cosa que me hace ilusión porque se deposite en mí la confianza, pero como tal, no puedo asegurar a todos aquellos que en mí -y entre todos ellos- confían, que vayamos a llegar a buen puerto. Sólo puedo asegurarles que va a merecer, y mucho, la pena haber pasado por este mar de dudas, haber sido tripulación y haber ayudado todos a bogar y, ante todo, que esto es una experiencia y una lección de ‘vida’, de cómo defenderse, de cómo atacar, de cómo luchar por uno mismo y de cómo llegar a desenvolverse en procelas en las que uno jamás creyó que se vería inmerso. He gastado todos mis cartuchos, pero queda una bala en la recámara. La puntería del juicio, la rectitud y la razón, será la que decida si el blanco es abatido, o nos curamos de las heridas y repetimos en junio. La vida convoca una vez, sólo; la Universidad, hasta seis.
Al margen de ello, otra gran lección ha sido la de aquella manida canción que tanto escuché en mayo, antes de los exámenes del segundo cuatrimestre, la que rezaba ‘hay tantos con quien estar, pero no con quien ser’. Considero que las amistades no se pueden distinguir entre mejores o peores, pero sí que, en determinados instantes, lo resultan. No ha sido una evaluación de especial nihilismo, ni cerrazón, por lo que no creo que haya sido yo el motivo, pero sí me he distanciado, en cierto punto, de antiguos amigos. Nada personal; a veces comienzas en paralelo con la gente y comienzas a ver que se cruza, que diverge… la pierdes, sale de tu campo, te corta… y, para no estar pendiente de ello, modificas sus variables, si se vale el juego de palabras. He quitado mucho peso, y lo he repartido equitativamente, tanta huella dejas como fuerza le echas al pisar. Al final, he aprendido que no existen los grandes grupos, que no existe la unicidad, que no se puede confiar en quien te propugna unas palabras, pero a quien nunca has escuchado lanzarte su contrario; en las buenas todos, en las malas, ¿quiénes? Al final, he aprendido que existen las hermandades. Que existe ese grupo donde te pueden corregir, te pueden decir ‘la has cagado’, te pueden aplaudir, ese grupo con el que vas a ver una nota a la última hora de la tarde y os abrazáis entre gritos porque todos habéis aprobado, sin preguntar la nota, sin mirarse el uno al otro. Ese grupo donde tú caes y no hay indiferencia, ni tan siquiera se alegran (que los hay que se alegran, todavía, por la desgracia ajena), sino que te ayudan, se muestran jodidos, y te prestan su ayuda. Ese grupo donde nadie sabe que estás mal, aunque estés jodido en una depresión, de la que no tienes culpa, porque no eliges los genes a partir de los cuales entras en la rueda de la ‘vida’, y creen que eres sonrisa y locura, cuando, los pocos que se han acercado a ti, saben que con un ‘Oye, ¿unas birras?’, has pasado a ser un tío con el que pasear cuatro horas, hablar de la vida, la carrera, filosofía, sincerarte, y hasta mostrar tu parecer sobre lo poco que existe en el mundo. No sé, dark side of the Moon.
También ha sido un cuatrimestre de contrastes. La vida también va de tenerlo todo en un momento y, al siguiente, no quedar ni un solar. He vuelto a ver a la persona que quise por más de un año, y a no sentir nada; hola, adiós, dos besos, y qué fue de su vida. Pero, como rectas, ella lleva su trayectoria, yo la mía, nos cortamos en un punto, divergimos irremediablemente. También me dijo una persona ‘mereces tener pareja’. Qué grotesco. ¿Qué es ‘merecer a alguien’? ¿Por qué alguien va a merecer a otra persona? ¿Qué te hace más o menos feliz y, por ello, merecedor de compañía? ¿Por qué voy a buscar algo que se encuentra? Me pareció una frase con más trasfondo del que creía, de veras. No voy a negar que me sentí solo por momentos, y reitero no poco que los mejores momentos que he vivido, hubiesen sido mejores y, algunos, no peores, en compañía, pero no había pensado en buscar nada, ni había entrado en mi cabeza que encontrase a alguien. ¿Qué encontraría ese ‘alguien’ en mí? ¿De dónde iba a llegar, en unos círculos tan monótonos, tan vistos día tras día, y con una existencia que se basa en las mismas vueltas en círculos? La alternativa, evidente, cambiar; no lo haré. Soy; esse; esencia; ‘lo que nunca cambia’. ¿Qué otra queda? Esperar. Y como no depende de mí, esperaré a que un día alguien toque a mi puerta, o cambie mi coyuntura, o mi contexto… Estoy preparado para querer. ¿Está todo preparado para querernos? Falta un poco…
Por último, también creo que ha sido un cuatrimestre de recuperar mis principales aficiones, amistades, volver a las tradiciones que mantuve durante tanto tiempo, intentar cuidarme en la medida de lo posible, puesto que nada más cierto hay que uno será el único que se viva, soporte y quiera siempre, mientras lo haga y esté vivo (o ‘exista’), de conseguirlo en mayor o menor medida, más ‘menor’ que ‘mayor’, y de continuar mis proyectos. No miento si digo que desearía que el de Ciencia tuviese más alcance, o que quisiera tener más peso en Anatomía Patológica, o más tiempo para el Cine, menos dudas para la ‘Micro’, más ganas de salir, de empaparme, de hacer tejido social… Pero todo eso llega. Conforme caiga el breve chaparrón de la Epidemiología, manteniendo la llama viva, aunque sea un poco, y la soflama de las fallas vuelva a prenderme, sé que todas estas dudas se marchitarán y, como el año pasado, volveré a fuego para poder poner el mejor broche final a esta otra travesía que, aunque le queden cuatro meses, no tengo ni idea de qué escollos y tormentas me pondrá, pero, como tampoco sé qué vientos de cola y qué días de poniente me prometerá, deseo vivirla como la que más. De momento, existo, que no es poco. Mañana, veremos si comienzo a despertar. A ‘vivir’.
Podría decir más, pero no siento que esté comunicando nada. A todos, para lo bueno y para lo malo, muchas gracias. Volveré pronto; días, máximo una semana, que me dé tiempo a plasmar lo que siento en verso, quizá con frases, quizá con alguna película, quizá con algún acontecimiento, pero volveré. Mientras esté por aquí, es bueno el síntoma.
Dos meses y dos días, tras comenzar el curso. Dos meses, menos cuatro días, para que me calienten en exámenes, 8 de enero, no olvidéis la fecha, que puede pasar algo grande. Lo hará. Pero no sé, todavía, si para bien o para mal. Eso significa que hay que ponerse, y cuando uno se pone en una cosa, se ha de quitar de otra. Por lo que... último libro que leo, y -a partir de ahora- seré pasto de vuestras recomendaciones cinematográficas. Libros, cine... Y me queda la música.
OK Kid - Am Ende.
Y, ahora, me pongo con la verdadera reflexión que quiero hacer. No la hago porque esté, precisamente, perdiendo el tiempo, ni mucho menos, de hecho llevo de cinco a siete estudiando los temas 1, 2 y parte del 3 de Histología (Anatomía de Tejidos, qué leches), sino porque de siete a ocho me quiero dar un descanso, y qué mejor manera. Esta reflexión os sonará bastante, a un 22 de enero de 2018, a un Fran saliendo pletórico del último examen (hizo 3, así que tampoco es que se herniase mucho) del cuatrimestre, de cuatro que debió haber hecho, porque se dejó Anatomía. No estudió todos, a algunos no llegó y casi todos los aprobó porque se la jugó a cara o cruz en el tipo test, o se sabía preguntas de otros años, pero la astucia también hace al médico y, siempre, fue limpio en su disciplina.
Ese Fran, con dudas, sin nada ni nadie (quizá, igual que ahora, sólo que ahora tengo mi mente bastante centrada, y no paso duelo por nada, ni nadie), perdió toda esperanza en enero, pero, a diferencia de diciembre, decidió quedarse en la carrera, por lo que no debía plantearse si seguir o no, sino seguir, y tirar, a pesar de todas las dudas, porque la decisión estaba tomada. Aquí el camino acabaría de una u otra forma, y nos gustarían las vistas más o menos, y nos caeríamos la de veces que nos cayésemos, pero llegaríamos. Entonces, llegaba el 'día 0', entre ansiedad y nervios se hacía un examen, se salía tarde, se dormía, aquel día no se estudiaba, y se comentaba alguna que otra pregunta. Se tenía certeza (en alguno no) de haber aprobado, no por mucho, y se olvidaba, se daba carpetazo. En el segundo, con un 5.7 en el examen, surge el concepto de 'Am Ende', estoy pensando ya en el tercero, en deshacerme de esta soberana mierda de evaluación, de cuatrimestre perdido por amores frustrados (que te dejen a mes y medio de exámenes, y pasar esa fase de duelo sin haber ido a clase, no ayudaba), y pienso en lo mal que me ha salido, en que no se saca, en que se jodió, en que no había más posibilidades, en que me podía llevar 2, y 3 asignaturas, y venía un cuatrimestre más difícil, con otra más (6 asignaturas)... se acaba la visión. Recuerdo que fue un 18 por la mañana.
Entonces, me coge un familiar, me dice 'seguro que ha ido bien, te conozco, siempre dices eso, si no dudases, no serías tú', y cuando me desahogo como Dios manda, igual que el último 20 de octubre hice con él, cuando mi familia se desmoronó, pero en 4 horas tenía que quedar con alguien para hacer un plan precioso (completamente antagónico a lo que sentía esa mañana) que me había demorado 9 días montar. Y ahí escribo la postal de 'Am Ende'. Esto, realmente, no es una indirecta, sé que no me lee y, si lo hace, no es importante, y lo sabe. Es un irrelevante 'insight' más del asunto.
Entonces, y sólo entonces, aquel 18 de enero, llego a casa y, con tan sólo 72 horas para prepararme el que se antojaba más difícil, a nivel de suspensos, y el que peor llevaba, porque sólo acudí al 15-20% de las clases, me tumbo, descanso, echo una siesta, decido olvidarme, y pongo 'Am Ende'. No la escuchaba desde 2014, la había perdido un tanto, entre mi música de Coldplay, de Imagine Dragons, o incluso las primeras de Shakira. Las que yo llamaba 'nuestras canciones', y que luego sustituí por Maître Gims (hoy os pondré la que más me gusta por Facebook). Y entonces, volvió a resonar su letra, aunque mi alemán sea casi nulo, su melodía, su mensaje... y decidí pasarla entera a mano. No iba a imprimirla, no daba tiempo a subrayarla, sólo daba tiempo a hacerse con lo más importante para el desarrollo, a esquematizar, a comprender y... ¡a lo loco! Y, ¿sabéis qué? 72 horas tuve, en 72 horas me escribí 30 temas a mano, y no saqué el 8.5 por leer mal la pregunta. Entre pensar que ese día me fue mal, hundirme y creer que me llevaba tres, actuar de forma neutral y seguir tirando, o nunca más volver a dudar y tirar a por el último hasta las tripas, la puñalada de tener que decidirse. Pero llevaba cota de malla, elegí la última, y gané.
Ese fue el origen del Am Ende. Ahora, la filosofía que subyace. Esta canción, que inicia con una melodía normal, lo hace con una letra muy pesimista: 'las leyendas, mueren jóvenes, la mayoría sin voz y pobres', 'posiblemente sea aire caliente... quizá estés quemado', 'nadie puede quemarte por nada más que tú lo harás', 'si lo sabes, bien por ti...' y, de pronto, rompe en una melodía liberadora, con una letra de esperanza: 'cancélalo, algún día, nuestro cielo volverá a ser azul', 'cancélalo, porque al final, todo volverá a estar bien, de nuevo', 'cancélalo, porque, mientras no estemos bien, no podremos ver el final, pero tampoco tendremos problemas'.
Otra melodía sin mucha más gracia vuelve, y dice 'saltamos, nos vemos caer, pero preferiríamos volar', 'preferimos jodernos, a que nos jodan, ¡celebra el aburrimiento, grandes palabras, nulas acciones, pequeños peces, para grandes estómagos', 'mantente esperando, que en setenta años acabará el plan maestro'... La melodía cambia, se torna alegre, y finaliza repitiendo: '¿Y, si no, cuál es el problema?'
Eso es la vida, un Am Ende continuo. Siempre que estás jodido, con materia hasta las trancas, que sientes que no das suficiente, que no tienes tiempo para salir, sentirte vivo, hacer tus planes, alcanzar tus metas, siempre que crees que no llegarás a, tan siquiera, pagarte la Universidad de lo que te costará suspender, que no apruebas, que se acumulan materias, que julio no acaba, que no tienes vacaciones, que el verano te dura mes y medio y dando gracias, que no sabes qué harás con tu vida, que nadie te querrá por culpa de todo esto, y que eres poco más que un enorme fracaso... es decir, una leyenda que acabará antes muerta que exitosa, sólo atendiendo a cómo lo está haciendo, una leyenda sin voz y, realmente, pobre, como dice la canción, una leyenda 'quemada', sobrepasada, inundada por conceptos, temario atrasado, problemas familiares, una leyenda que no puede joderse más a sí misma y que le da igual el agua que le tiren, porque por dentro bien le llueve... siempre, acabas pensando en que, como todos, vivirás los malos tragos de la vida, los peores presagios de tu mente, o cualquier cosa que pueda suceder, lo pases bien o mal, o lo esperes o no: siempre, siempre, como diría 'Gone with the wind', <<al fin y al cabo, mañana será otro día>>, sabes que, mejor o peor, habrá un día en el que digas 'ayer sucedió esto', o 'acaba de suceder' o 'ya es pasado' y, por tanto, como a lo largo de la vida, precisamente mientras la vivas, porque en ello consiste el acto de vivir, irás pasando por todos los sucesos que acaben formando parte, continuamente, de un pasado, no eres infeliz, sabes que forma parte de la experiencia, sabes que te puede caer una de palos... que la superarás, que llegarás, como sea, a los 30, a los 40, a los 50... que, como sea, lo pasarás, que el mundo NO se acaba en un mal examen, en un mal cuatrimestre, en una mala relación, de igual manera que una buena relación, un buen cuatrimestre o un buen examen, respectivamente, no te garantizan una vida acompañado para siempre (porque se puede romper), un año redondo (porque hay otro cuatrimestre) o una carrera limpia (porque hay 5, en este caso, 4, años más).
Por ello, una mala relación no te deja solo, un mal examen no te quita de recuperarlo, y un mal cuatrimestre no te quita de resarcirte. Eso me sucedió, pero no voy a ello. Por tanto, en este Am Ende, es mayor el miedo al fracaso, que el esfuerzo que hay que hacer para evitarlo o, al menos, revertirlo, y -desde luego- es mucho menor el tiempo que se tarda en no pensar y decidir lanzarse a ello. ¿Por qué darle vueltas a todo, tanto? ¿Por qué ser cortoplacista? ¿Por qué pensar que mañana se acabará el mundo al salir de un examen y no tener ni idea? ¿Por qué no hacer el examen y preparárselo sin pensar? ¿Por qué no pensar en que ya verás la nota y te las apañarás para seguir viviendo? ¿Por qué no pensar en que superarás ese momento y, por tanto, si vas a vivir no hay problema, y si no vas a seguir vivo, ya no lo habrá? Realmente, ¿no es ese el '¿Y, si no, cuál es el problema?' que cierra la canción? Igual para la relación, ¿por qué calcular, en todo momento, el ritmo que se sigue, y la posición que se tiene? ¿No nos enseñan durante todo el Bachillerato que es imposible calcular la velocidad y la posición de algo simultáneamente y, por tanto, en ello se basa la incertidumbre? Sin duda, no hay decisión, sin decisión, no hay avance, conocimiento, ni puñaladas que valgan. Y por eso duele meterse en zarzales varios. Y, sigo, ¿por qué ser tan cortoplacista? ¿Por qué pensar en corto qué pasará, o no pasará, o qué ambiente hay o deja de haber, y no se dejan semanas, meses... para que todo se coloque en su sitio, a nivel emocional? El Am Ende. ¿Por qué pensar que mañana se puede acabar todo, o puede doler todo, o puedes ver a alguien con otros ojos? Por lo mismo que por los exámenes, porque es mayor el miedo al fracaso que la alegría del éxito, y preferimos la normalidad a la infelicidad o al bienestar, porque conocemos una, aspiramos a conocer otra, pero, ante todo, no deseamos ni de coña vernos las caras con la segunda.¿Por qué no actuar, cuestionándose todo en su justa medida, de acuerdo con lo que se siente, y no lo que se piensa, o se imagina, o uno se monta en su cabeza?Porque la cabeza es nuestro mayor teatro, de sueños, todos los días subimos y bajamos, abrimos y cerramos el telón, nos consolamos con vivir lo que no podremos vivir o nos puede doler hacerlo, y luego, de paso, revivimos lo que fue acto en su día, pero ya no queda el espectador. Y cerramos los ojos, y dormimos. Igual con la materia, igual con todo. Porque, ¿cómo era eso que he omitido? ¡Ah, sí! 'Y si lo sabes... bien por ti'. Si lo sabes... si sabes qué va a pasar... si sabes, de veras, el desenlace de algo, ¡bien por ti!, pero vaya tremenda mierda actuar, vivir o decidir sólo porque sabes lo que vas a obtener. Bien por ti, pero, ¿por alguien más? La indiferencia del saber. No se pueden tomar decisiones sobre algo que está claro.
Pero yo digo, a todos los pensamientos malos sobre exámenes, compañía, familia, notas, cuatrimestre, julio... igual que, como el año pasado, superase, gracias a ello, una ruptura, una falta familiar, un cuatrimestre con 7 materias, y un verano de un mes, pero un mes que APRENDÍ A APROVECHAR: 'cancélalo', 'cancélalo, porque algún día nuestro cielo volverá a ser azul', porque algún día, y me pasó, aprobaré, o me desharé de esta materia que no he aprobado, o sacaré la matrícula, o superaré a esta persona, o me reconciliaré con aquella otra. Cancélalo, cancela este pensamiento, porque, al final, aunque ahora vea todo gris, feo, sin final... volverá a haber un cielo, y será el límite. Cáncelalo, porque, al final, todo estará bien. Aprobaré, o encontraré algo o alguien, o mi familia se unirá... ¡O no me importará, y ese será el final y la solución! Y, si la solución es que no me importe... ¿Cuál es el problema? ¡Y así acaba la canción, coño! Después, el último de todos los 'cancélalo': 'cancélalo, porque, mientras no estemos bien, no podremos ver el final'. Cancela el mal pensamiento, aunque duela, aunque te tires la noche mirando al techo, aunque no sepas exteriorizarlo, aunque lo interiorices tanto que te coma por dentro, aunque cope tus días, aunque no te resistas a volver atrás, o aunque te resistas a querer avanzar, silénciate, pero hazlo porque sabes que algo no va bien y, cuando sabes que algo es así, o va a ser así, en malas condiciones no se toman grandes decisiones. Y, cuando el cielo vuelva a ser azul, entonces, abre los ojos. Y cuando todo vuelva a ser positivo, entonces, piensa. Y cuando vuelvas a ver el final, entonces, desea tirar hacia delante por más que te coman y te dejen esquelético las dudas. ¿Y cuándo llegará eso? Pues cuando te releas el párrafo de arriba.
Y termina, la canción, y la filosofía del 'Am Ende', con el 'nos vemos caer, pero preferimos volar', porque la mayoría de malos pensamientos, y esto es racional, vienen a raíz de saber que algo va mal y ver que no estamos bien, y regocijarnos en la mierda, y no solucionar las cosas, no estudiar, no hablarlas, y -si no se puede estudiar-, no planificarlas, y -si no se puede ver a algo o alguien-, no comunicarlas. Porque es muy fácil vernos caer y desear tener alas, pero es jodido abrirse de brazos y, aunque no sean alas, ni vayas a volar, poder agarrarte a lo que pilles: esa persona, esos exámenes, esa vida... y caer amortiguado. Los humanos, no tenemos alas para volar, como los pájaros, pero, ¿sabéis qué? Los pájaros, cuando caen, porque sus alas fallan, no tienen brazos para amortiguar la caída. Sus patas, que no están hechas para andar, se quiebran. Y nunca, nunca jamás, pueden volver a volar, al no poder impulsarse. Salvo que un humano los cure y los devuelva al vuelo, o se mueran, depredados por un felino. Decidme una cosa: ¿Qué es peor? ¿Verse caer y no salvarse de la hostia, por no querer poner los brazos por delante porque ¡OH, NO TENGO ALAS!, o tener alas para volar y, por no tener esos brazos o piernas que poner ante la caída, como un pájaro desearía, vivir tras la caída, pero saber que morirás, y serás consciente de cómo? Y termino, sigo terminando, 'preferimos jodernos, a que nos jodan', porque preferimos jodernos la vida, amargarnos, hacernos llorar, decirnos que no valemos para querer, aprobar, que nos quieran, que cuenten con nosotros en proyectos o que la vida nos sonría, a que alguien que te pueda joder la vida, te la alegre. A que alguien que también puede amargarte, te haga el más o la más feliz. A que alguien que te puede hacer llorar, te haga reír sin parar. A que tú, que puedes suspender, te creas aprobable. A que tú, que te tienes que querer, te odies. ¿Me captáis? Preferimos ver que algo que tiene capacidad tanto de jodernos como de hacernos los más felices del mundo, seguramente, por 'odds', por 'chances', nos joderá, y -por esa deducción imbécil- 'ya que voy a salir jodido, lo hago yo, y así me ahorro el sufrimiento'.
Pero es que no es cierto, porque Am Ende, y su filosofía, en la siguiente frase, te callan la boca al pensar esto, y te dicen: ¡Celebra el aburrimiento! ¡Grandes palabras y nulas acciones! ¡Pequeños peces para grandes estómagos... mantente esperando, que en 70 años acabará el Plan Maestro ¿Qué significa? Que hagas lo de arriba, que des todo por malo, y todo pasado por válido y extrapolable a lo académico, familiar, afectivo y vital, y celebrarás que tu vida no tenga nada nuevo, ni por un extremo ni por otro, que nadie entre, que nadie salga, que todos mueran y nazcan y cada uno a su bollo, que tus círculos no cambien, y que te acabes sintiendo más días peor que mejor. Que celebres que al pensar en tu vida (venga, vamos, hazlo, te invito), en tu último año, veas que TODO ha cambiado, y las has pasado como la puñetera mierda, para caer en la paradoja de que, aun así, tus sentimientos, sensaciones y forma de afrontar las cosas es casi la misma. Celebra grandes palabras, en forma de planes tremendos que haces, en forma de 'me pondré al día, iré al día', en forma de 'esto lo saco', de 'esto es sólo un comienzo', de 'esto durará', de 'y todavía puedo con más', que las acciones serán tanto más cortas. A ese plan tremendo le seguirá no hacerlo en tu vida, a ese sacarlo le seguirá cascarlo y aprender, a ese ponerse al día le seguirá comenzar hoy, un 12 de noviembre, a currar, a ese 'esto es sólo un comienzo' le seguirá que nada vuelva a ser igual, a que eso no tenga continuidad, a que se extinga, se enfríe, muera. A ese 'puedo con más', le seguirá el 'estar quemado', del principio. Porque, ¡pequeños peces, para grandes estómagos! Sí, tus propósitos tremendos que no demuestras o sigues, te alimentan en tu mente, son los focos del teatro de tus sueños: la imaginación, y con imaginación tiras en una vida de mierda, pero tu cuerpo quiere obras de verdad, que duren, quiere al otro espectador, quiere aplausos, quiere deslumbrarse por focos verdaderos, quiere vivir. Y ante su hambre de vida, de afecto, de familia, de éxitos académicos y profesionales, que tú imagines, o le prometas, es tan sólo un aperitivo, y rugen las tripas de la ambición y, al final, la leyenda muere joven, se quema... o aprende que debe pasar a la acción.Finaliza diciendo 'mantente esperando, que en setenta años, acabará el Plan Maestro'. ¿70 años...? Venga, súmaselos a tu edad. 90 en mi caso, 87, 88, 91, 94... en el tuyo. Lo desconozco. ¿No suena como... a muerte? ¿Plan Maestro...? No suena como... ¿a vida? ¿A algo diseñado por 'alguien superior', un 'Maestro'? ¡Claro! Sigue así, quemado, con grandes palabras, pocas acciones, visión de túnel, incertidumbre 'velocidad-posición', experiencias pasadas, 'quemazón' por estudiar y no llegar, desconfianza en ti mismo, incapacidad de verte ejerciendo, nulidad familiar, comiendo poco para un estómago que pide ser alimentado, sigue viviendo, de hecho en el aburrimiento de 'joderte, antes de que te jodan' y tendrás... 70 años más de aburrimiento, y el Maestro finaliza su Plan. ¡La cascas! Y, si estás muerto... ¿Cuál es el problema?
Fin de la canción.
'Eso' es 'Am Ende', esa es la filosofía de vida, la filosofía del 'Am Ende', eso soy yo un 22 de enero del 2018, saliendo del final de globales, sabiendo que un éxito -sin conocer ninguna nota-, todavía me llevaba a tener que recuperar una que me dejé, esta solo, cerrado a todo y todos, y con una mierda de familia. Hoy, tengo mi mente clara, mi familia y sus círculos definidos, estoy abierto a lo que sé que puedo hacer frente, llevo 11 de 11 aprobadas, 11 de 57 que me examinaré a lo largo de mi vida, y pienso que, quizá, me estamparé, pero, si lo hago, podré poner los brazos siempre y cuando no desee, en plena caída, desarrollar alas. Me voy a estudiar siendo consciente de que sólo la mayor de las épicas puede salvarme de este suicidio de estudiar 70 días en 50, o 105 de 180 temas atrasados, de los cuales voy por el 60. Pero esto es Am Ende. Sacaré la familia, el afecto, la materia y la vida adelante porque no pienso el desenlace de esto, ni en lo malo que pueda pasar sino en que acabo un 24 de enero de 2019 y, feliz o no, existirá un 25 de enero de 2019 y, como pasaré por ello, bien o mal que lo haga, 'mañana será otro día', otras cosas comenzarán y... 'al final, todo estará bien'. Bien, o mal, el problema desaparecerá.
Ahora, en honor a otro escritor alemán, que escribió el libro más bonito que he leído en mi vida, precisamente similar a lo que ahora escribo, y a lo que en una postal dejé escrito de forma transversal y críptica, aunque ya no importe, porque ni me leen, ni pretendo que me lean ni, después de este spoiler, me gustaría que lo hiciesen, que se llamaba Michael Ende, y la obra, 'Momo', permitiré finalizar este artículo como él finalizó su obra, con el que fue su apellido, y, en alemán, significa, a la vez 'Fin'. Besos.
Hoy, decidí no ir a clase. Realmente, sólo había un seminario (y ya, a partir de hoy, tendré todos los viernes libres de principio a fin, sabáticos) y una clase que un profesor añadió extracurricularmente porque le dio la gana. Por tanto, paso tremendamente y, recordando que a la casa antigua, a la que fui a despejarme hace unos días, llegó la carta que me instaba a recoger mi título de Bachillerato (sí, un 26 de octubre de 2018 me envían una carta para recoger un título obtenido un 30 de mayo de 2016), y que mi tarjeta, por mi mala memoria (aunque haya quienes piensan que, realmente, es buena), se bloqueó tras no saberme mi pin, hace ya casi un mes, he decidido hacer las gestiones del título, la tarjeta, ingresar dinero del curro y, en fin, hacer lo que ya toca que uno haga porque es autónomo, tiene su propia vida, finanzas, trabajo, relaciones, estudios y papá y mamá no van a estar nunca más haciéndote la vida. Para quien quiera saltar a lo importante, que vaya a las frases finales, para quien quiera saber por qué las digo y qué precioso sentido tienen, que se lea el resto, para quien se aburra, que lea las negritas y se enterará de algo, y para quien sólo quiera saber mi vida, que lea todo menos el final.
Dorian - El sueño eterno. (Os pido que la escuchéis, es
preciosa, entenderéis mejor esta entrada, sobre todo al llegar
al final, y podréis entenderme).
El trato ha sido muy burocrático, frío, he tenido que ir a recogerlo al Instituto al que jamás pude ir, con su claustro, sus pisos, su Secretaría, su condición de PÚBLICO y su ambiente familiar. Allá fueron a parar todos mis mejores amigos de Nuestra Señora del Socorro, ahí enviaron una carta de recomendación a su director, desde mi antiguo colegio, para que me pudiesen aceptar (no tenía puntos suficientes por distrito) por 'mis capacidades', también en el Centro de Alto Rendimiento Académico de Cheste entré, con 97 puntos sobre 100, con profesores especializados y un Bachillerato con el que todo el mundo sueña: ¡sin enfocarse hacia la PAU! De entre todos esos paraísos, sobre los que, muy rara vez, pero sigo haciéndolo, pienso y me pregunto qué tal me hubiese ido, acabé yendo al que eligieron mis padres: Escolapias. Me faltó capacidad de decisión, y vistas al futuro, no lo niego, pero tampoco me martirizo por ello, realmente si alguien tiene condición y cualidades para ser un balón de oro, lo será bajo las órdenes del mejor o el peor de los entrenadores, porque en el campo, juega él solo. Y por eso, digo que me pregunto rara vez qué tal me hubiese ido en otro sitio porque, es cierto, no hubiese conocido a la más larga de mis parejas, ni a mis dos mejores amigos, pero también hubiese habido otra persona, otros profesores, otro estilo de vida y otra libertad en cualquier otro lugar. El futuro te puede sorprender de tantas maneras como los futuros paralelos, por tanto, haciendo un balance, hubiese tenido lo mismo, de otra manera: he entrado a la carrera que quiero, no me he dejado nada por dar y estoy en el otro extremo, que no en el final, pero por caminos distintos. Nada, eso, párrafo inútil, sólo era que me ha venido en mente un yo de 12 a 18 años estudiando ahí, con amigos y futuros compañeros de carrera, y me he puesto a pensar. Me han dado una goma para enrollar un diploma gigante, firmado con mi cursiva de zurdo, y con múltiples sellos y, junto al resto de mis compañeros de clase de la promoción de 1998, he tenido que firmar y cerrar, para siempre, un archivo escolar, por protocolo. El resultado final fue un 9.54, supero el 9.45 de mi hermana, y su 12.3 en la PAU con un 13.2; vamos, que no me lo curré mucho, le di la vuelta a sus números, y me debe una cena.
En eso, y pensando en ese diploma, he ido a dicha casa, a coger una caja donde mi madre guarda mis diplomas, trofeos, medallas, galardones en general, y los he traído a la actual. Esta semana he hecho cambios en mi cuarto, añadido cosas nuevas, rehecho mi biblioteca y colgado cosas nuevas en la pared. Este título no será una de ellas, pero sí ocupará algún sitio dentro de la zorrera que he armado. Los quería sólo para ver qué era el significado que podía darles, qué representaban para mí y por qué los hitos vitales no tienen, ninguno, forma de ser evaluados o premiados. Y ha aparecido de todo.
Una medalla y un diploma por hacer el mejor dibujo de la Comunitat Valenciana en el concurso de Dibuixa L'Esport, que me dio el Ayuntamiento. ¿Con qué me quedo? Con que lo esperaba tan poco, porque lo hice rápido, y me gustaba tanto la medalla, que nunca recordé recoger mi premio, una enciclopedia, que dieron al siguiente niño que no consiguió llevarse mi premio. Seguramente le sirviese, más que a mí. Mi padre, al fin y al cabo, todavía trabajaba y me compraba enciclopedias, y quizá ese niño, igual, no. ¿Qué dibujo me llevó a ganar? No tengo ni, con perdón, putaidea. Aparece por ahí otra mención de dibujo en un concurso navideño, me quedo con el premio, un vaso muy bonito con motivos navideños que todavía tengo en mi mesa para poner todos mis lápices y bolígrafos, doce años después. ¿El dibujo que me llevó a ganarlo? No lo recuerdo. Esos son los diplomas que me da la vida.
Rebusco, sale un diploma, de natación. Era el líder de mi división. ¿Me quedo con ese diploma o ese deporte? No, porque olvidaba que tenía dicho diploma, y no me gusta dicho deporte, por mucho que mi musculatura y dimensiones siempre fuesen las ideales. ¿Sabéis por qué? Odiaba ir, me apuntaron porque nací grande y débil, estuve hospitalizado los tres primeros años de mi vida, y sólo la natación era mi vía de recuperación. Mis padres pagaron mucho dinero por ello, y a ellos les hacía feliz llevarme, juntos todavía, después de mis clases a nadar. Tengo recuerdos muy negativos, pero muy por encima está la sonrisa de mis padres y que siempre, al salir de darlo todo, me regalasen un cochecito. Han pasado entre trece y dieciséis años, pero sigo conservándolos. ÉSOS, son los verdaderos trofeos. Ese es el diploma que me dio la vida.
Tengo todos los boletines de notas, desde primero de infantil hasta 2º de Bachillerato, pasando por un 'enhorabuena, no dejéis que Fran se pierda, ni su curiosidad', escrito por una persona fallecida, Dña. Felicitat Ros Monsoriu. A quien quise decirle demasiadas cosas, pero marché a Escolapias en septiembre de 2010 y, al volver, en noviembre de 2010, me dijeron que ya había muerto, hacía semanas. ¿Entendéis ahora por qué dije en la última entrada que nunca hay que dejar para más tarde lo que te apetezca hacer ahora, por mucho que tengas un sentimiento encontrado o algo más importante, a largo plazo, en la cabeza? No sabías, 'Fele', que tenías razón, era un portento, pero no del dibujo. Abandoné la idea de la Ingeniería por la Medicina, y sé que ahora curaré la enfermedad que se te llevó. Te quiero mucho, y te escribo allá donde quedes, para decirte que, aunque tú sí que lo harás, yo nunca me perdonaré haberte mentido en una ocasión, y que muchas gracias por haberme apoyado cuando eras mi tutora, me subiste de curso, me felicitaste siempre, y te preocupaste por mi enfermedad rara. De corazón, gracias. ¿Recordaba el boletín? No. ¿Y la firma de 'Fele'? Tampoco. ¿La recordaba a ella, lo que nunca dije y lo mucho que se preocupó por un crío que pasaba más tiempo en el hospital que en el colegio? Sí. Ese es el diploma que me dio la vida.
Aparece una medalla de plata en un torneo deportivo de la Comunidad de Aragón, de fútbol. Fue uno de los peores partidos de mi vida, lo grabaron, y lo borré. Iba con los ganadores, había sido en eliminatorias el mejor jugador de cada partido, llegó la final, y no respondí. Marqué dos goles, un tiro rechazado al palo que empujé, y un tiro desde media distancia que entró, raso, por la cepa del poste. Tras eso, me ofrecieron entrenar en un 3ª división, no quise. Tampoco me hizo mucha ilusión enseñarle a la que fue mi 'amiga de verano' esa medalla, aunque insistiese y, tras la cena, en el cuarto, juntos, me dijese que la guardase. ¿Me acordaba de dicha medalla? No. ¿Y del partido? Apenas. ¿Me acuerdo de Carmen, sus ánimos, lo poco bueno que hice, y de la decisión de abandonar el fútbol a partir de 2013? Sí. La vida me dio este diploma.
Después, la importancia de una mirada y unas palabras, vuelve a remover mi vida. Una profesora me cita, tras una clase, era sustituta, Ingeniera, una de las mejores de Valencia, no sé qué hacía en un Instituto de antiguo caché, ahora sólo elitista, fijándose en un chaval que, con ella, sacaba nota y, con la titular, apenas ochos. Yo no era, ni queriendo, de los cinco mejores de clase, porque perdí la ilusión, pese a que, en los psicotécnicos, saqué un 100 de 100 en todo. Ella no vio lo primero, su asignatura, vio lo segundo: mi capacidad. Me citó, me dijo 'Fran, por el aprovechamiento de tu capacidad, estoy segura, y si no, no te lo diría, de que esto está hecho para ti'. Me presenté, a las Olimpiadas Matemáticas, gané en mi distrito, quedé en el podio de la ciudad y entré a fase nacional. Fui top-10. Ahora, queda un diploma de ello, firmado por una 'celebridad'. No me acordaba de él. ¿Sabéis de qué sí me acordaba? De mis amigos yendo al Palau a apoyarme, a mi familia esperando un premio, a celebridades de la política y del deporte (el Valencia Basket y su capitán vinieron a darnos las condecoraciones, el año que ganaron la Liga), de no poder traer una de las mayores noticias, pero de mis abuelos, a cien kilómetros, celebrando al ver mi nombre en el periódico y la revista del colegio, y de venir a casa, feliz, con mi diploma, mis regalos y trofeos, y dejarlos tirados en la cama, y sentarme, televisión apagada, a reír con mi familia mientras cenábamos un bocadillo y me iba a dormir, porque mañana sería otro día. Esa lección, ese diploma, ese trofeo, eso... me dio la vida. La experiencia, sólo me pudo dar un papel firmado, un juego de ordenador y un balón. La sencillez, me la enseñó el proceso. El Instituto me pagó todo el proceso de inscripción, depositó en mí una cláusula y, como jugador, me hice valer. Dadme confianza, y pondré el resto.
En 2014, me apunté a la Liga de Debates. No quería, pero el seleccionador de la organización, y mi profesora, me cogieron aparte. Me dijeron 'no importa si tienes o no compañeros, te encontraremos equipo, pero eres el líder que necesitarán, y tienes un don que no vamos a dejar que pierdas'. Sólo por eso, accedí. De ello recuerdo el día en que ganamos a Salesianos y conocí a las dos gemelas más guapas de Valencia, el día en que gané a Oller, y vi a una amiga que no veía en 4 años, y el día en que me enfrenté a Vilavella, y conocí a la que sería la persona que más quise durante dos años y medio. ¿Y lo que nos perdemos porque nadie nos mira a los ojos y nos dice 'no voy a perderte, pero, ante todo, no voy a dejar que te pierdas'? De ello, queda un subcampeonato, un diploma, una camiseta que me venía pequeña (QUE GASTO LA XXL, JODER). Pero queda este proceso, queda esta chica preciosa, queda mi amiga, quedan las dos gemelas de mis ojos, queda la confianza en el proceso, queda que viniese a verme competir la que al mes sería mi pareja, aunque fuese yo, precisamente, quien la eliminó en el último debate. Fue precioso, y eso me motivó a no caer hasta el final, pero fueron superiores, y no pude darle el primer premio. ¿Sabéis por qué no queda, de eso, el diploma? Porque queda todo lo anterior y decirle a la persona que vino a verme un 'no he podido traer el primer premio', pero que me dijese, 'no venía a verte ganar, sino a verte a ti, el primer premio eras tú'. Y ahí derrumbarme. 30 de abril de 2014, si antes lo digo.
En 2015 y 2016, me tocó ser profesor de debates. Ganamos, partido tras partido, conocí a mis dos mejores amigos y amigas, y a la chica a la que, hace entradas dije, agradezco que me enseñase a nunca dar y decir más de lo que puedo; Cristina. Recuerdo noches en pueblos lejanos, viéndolos debatir, tardes larguísimas enseñándolos a debatir, a contestar, a pensar, a vencer sus miedos, contándoles cómo fue mi subcampeonato... Eso es imborrable. Recuerdo ver equipos del colegio caer, y consolarlos, y otros seguir adelante, y caer, o no, y consolarlos. Recuerdo preparar a mi mejor amiga para oratoria, y conseguir el subcampeonato. Al final fuimos terceros por equipos, segundos individualmente, y esa promoción fue CAMPEONA universitaria, al año siguiente. Me dieron un regalo por todo lo hecho, un diploma por todo lo conseguido por el colegio... y no me quedo con eso. Me quedo con mis mejores amigas, con esas tardes y noches dedicadas no en balde, sino a conocer a gente, recuerdo a mi amiga, que lloraba al hablar, pudiendo dar un discurso, meses después, ante 400 personas y ser la 2ª mejor de toda Valencia, y recuerdo que nadie me felicitase, pero me palpitase el corazón al ver que fue porque me preparaban una sorpresa. Ese fue mi premio, el trofeo que conservo, y no un e-mail de un profesor, dos enhorabuenas o cuatro papeles firmados con mi nombre. Y, que al año, el equipo universitario me dijese: 'Fran, gracias, hemos ganado, el campeonato que nunca tuviste es tuyo'. Me derrumbé. Abril de 2017.
No volví a esas Olimpiadas en años, porque no hubo otra profesora que me mirase a los ojos y me dijese, individualmente 'Fran, te selecciono', sólo hubo la titular, que me seleccionó por correo como a otras veinte personas y nos dijo 'nos vemos'. Honestamente, me envió un correo para eso y para querer subirme de curso. No acepté ninguna. No me volvió a ver. Sin embargo, en Bachillerato, apareció la mejor profesora de Matemáticas que jamás tuve, que se preocupó por el fallecimiento de un familiar cuando estuve todo el tema de Integrales sin ir, que me preguntó por mi enfermedad rara, que estuvo conmigo para suspenderme y aun así darme oportunidades, y que me pregunta siempre que me ve por el barrio. Ella me dijo 'eres un portento, pero no quiero portentos adelantados a su curso, por lo que no te prepararé, pero te desearé toda la suerte'. Gracias a no adelantarme, pude pasar de fase, con mi mejor amigo, con felicidad y risas, y no quedé de los primeros, pero al año siguiente no me aburrí y pude aprender lo que me correspondía. Queda un diploma, verde, con la firma de la misma señora que me lo expidió en 2011, pero, ¿sabéis de qué me acordaba? De mis amigos acompañándome, de esta profesora, Dña. Dolores, de sus mensajes de 'no te compliques, ¡aprendiste a pilotar aviones sin saber andar!' y de decirme 'estás, ahora, tras dos intentos, en tu lugar, por favor, no lo abandones'.
De ese año, aparece otra carta certificada del Ministerio de Educación. Me acojoné, porque había comenzado 1º de Bachillerato, tenía mi título de la ESO y no tenía motivo alguno para esperar nada. Pero sí, la vida te cambia en un segundo como para ir planificándola al día, semana, mes, año..., y todo lo que ahora crees imposible mañana se puede tornar en algo normal, como una semana puedes ver a alguien y a la siguiente enterrarlo, o un desconocido tornarse en un amor y viceversa. Hablo por experiencia. Y todas ellas recientes. El caso es que rezaba 'ha sido usted elegido para los Campus de Verano'. Sí, el Ministerio confirma que no eres un ciudadano, sino un número, y dentro de los 500.000 estudiantes que habían finalizado 4º de la ESO aquel año, estaba en su Excel como el 800 de España, y querían a los 1.000 mejores para, en 40 campus distintos, destinar a 25 por campus para que hiciesen Ciencia. Salamanca fue mi destino, aunque nunca fui. Como aquella enciclopedia que, de pequeño, no recogí, mi billete a Salamanca seguro que sirvió a otro chico o chica que lo pasó genial y la vida le dio su diploma. No recordaba esa carta seleccionándome y dándome dinero para que el Gobierno dijese que destinaba fondos a la Ciencia. Pero sí recuerdo a una persona, que todavía seguía conmigo, pero le faltaba poco para dejar de ser, quedar la 1.100 y decirme 'cabrón, vete tú que puedes, bien lejos, Salamanca no, que todavía te siento'. ¿Qué me dio la vida? ¿Una carta? No. ¿Una selección? No. Un: estás por encima, no te lo creas, pero los otros cuatro años te dijeron cosas verdaderas. Cree en ti y llegarás tan lejos como Salamanca, y no tanto como lo quiera tu pareja. Por cierto, iré en nada a Salamanca, si alguien afloja setenta euros, que se venga conmigo.
En Bachillerato, como ya dije, pero voy por orden de recuerdos, obtuve esos diplomas como mentor. Quizá son menos importantes, pero como ciudadano de un lugar llamado mundo aparecen diplomas de idiomas en valenciano, en francés, en inglés... Como siempre, con la firma automática de un extraño y, a su izquierda, la perfecta cursiva de un zurdo que observa la confirmación de su trabajo bien hecho, pero sólo se queda con el proceso. Un B2 de uno, un C1 de otro... ¿Me importa el diploma? A efectos prácticos, a nivel universitario, me abre las puertas que quiera, tengo cinco, seis idiomas... debería alegrarme. Pero no me importa. Me importa el proceso de aprendizaje, de ir a clase, de aprender lengua, de aprender cultura, de hablar con nativos, de un programa de inmersión, de viajar un poco, y de ir ganando dinero, como ahora, para hacerlo todavía más.Este verano quizá me toque ir a Gales, pero no digo más.
Después, hay condecoraciones: salto, 5000 metros lisos, en fin, carreras al uso, hay un bronce en unas Olimpiadas de Física, una sexta plaza en unas Jornadas Matemáticas por equipos mixtos, hay una copa por ganar el Torneo Madre Paula en mi colegio, donde jugué 17 partidos, 16 ganados, y sólo el último perdido, donde fui el mejor defensa del torneo, y creo que acabamos con 65 goles a favor y 7 en contra. Pero no hay nada más de mi Bachillerato. No recordaba, honestamente, que me diesen premios por participar en un 5000, por ser top-5 en salto de longitud o por ganar un torneo, pero sí recuerdo acabar tieso diecisiete partidos en pocos días y perder el último como lección de 'ganarás el torneo, pero lo harás perdiendo el último partido', conocer la derrota aun ganando, porque se puede perder algo y ganar, y recuerdo la vuelta número 12 al óvalo de atletismo queriéndome morir, pero sprintando porque sabía que podría dar mínima para el campeonato regional, y recuerdo los amigos y amigas que hice en estas jornadas de Física y demás. Conservo pocos, pero los conservo. ¿Los trofeos, diplomas, etc.? Me lo han recordado, pero el recuerdo no hubiese quedado de no haber sido lo más importante.
¿En la Universidad? No me han dado ninguno. En serio. Acreditaciones, muchas. Por representante de CAT, delegado, del ADR, de la CEXC, de la CIMP, y así de cuatro instituciones más. Pero lo que realmente me ha servido como diploma, más que unos pocos créditos ECTS, ha sido que mis amigos se acordasen por mi cumpleaños, que mis compañeros de clase estuviesen siempre ahí, tuviesen incluso un detalle conmigo, que mis profesores me invitasen con ellos a investigar porque 'por notas eres bueno, pero, por curiosidad, no hay otro igual', y, ante todo, al tener que abandonar una carrera, todos me deseasen lo mejor, sin excepción, con cariño, y me sigan hablando, y alguno leyendo ahora. Pero, si me tengo que quedar con algo de esta etapa, fue con una medalla. Me la dio mi pareja. Nos fuimos de viaje, deshicimos las maletas, pedimos dos cuartos, realmente en uno dejamos los trastos (nosotros) y en el resto el equipaje (lo que iba con nosotros). Un 'esto es para ti' y mi inspección, fueron suficientes. Una medalla, con mi apellido, que le dieron hacía un año, una serendipia, que ella borró y re-talló: 'para el mejor novio'. No me acordaba de dicha medalla, de dicho 'galardón', en parte porque, cuando me lo otorgó, le agradecí con cariño, pero lo guardé inmediatamente en mi maleta y le demostré por qué lo era, más que agradecerle que me lo hubiese demostrado. Sí recuerdo tumbarnos tras horas de conducir (quien diga que no conduzco bien, que cierre esta pestaña y nunca se venga conmigo de viaje), poner el 'Always look on the bright side of life' y recordar todo el año que nos había llevado, momento a momento, hasta ese mismo. Ella me dio ese diploma, pero lo que queda es el recuerdo de algo que ya no duele. Porque, ¿sabéis qué? Arriba lo dije, tanto en el amor, como en los estudios, la familia, la vida, etcétera, se puede ser el mejor durante un momento, y que esto sea cierto, pero se puede no mantener, se puede morir, y todo puede cambiar en cualquier momento y que, en un futuro, no seas. Fui el mejor matemático del distrito y la ciudad, fui el mejor jugador de fútbol de una Comunidad Autónoma, fui el mejor nadador de dos clubes, fui el mejor mediofondista de Valencia dos temporadas, o tres (2006-2009)... pero no volví a repetirlo. Lo fui, porque los superé, y porque hubo quien quiso imitarme. Pero, ¿sabéis qué fue de aquellos que estaban por detrás? Que se hicieron con mi lugar y, algunos, lo consiguieron mantener. Ninguno lo mantiene, pero lo hicieron más que yo.
Este año, no tengo premio, galardón, ni diploma. Sólo una acreditación por ser pianista, un día, a lo largo de toda Valencia. 11 de mayo. No lo recordaba, pero sí recordaba haber salido en la tele, haber conocido a Isa, un amor de persona, y haber cantado con un italiano con la voz más bonita que escuché jamás, y que una persona, hoy, me haya dicho 'Fran, yo fui, y eras el de la camisa azul a cuadros, canta el City of Stars otra vez'. Ahora, el recorte de periódico de esa noticia cuelga en algún tablón, quizá detrás de mi silla. Me lo dio esa persona. Y un caer de la tapa del piano, de noche, con la gente fuera de la plaza, una última canción en la Plaça Redona, un solo, a capela, y cargarlo en el camión. Y esa es la lección presencial que me ha dado la vida. Consigue muchos más, pero no porque sean importantes (si total... acabarán en una caja polvorienta de un piso abandonado), sino porque detrás de ellos habrá tanto cariño, apoyo, gente y superación, que vivirás; y lo dije anteayer: VIVE, VIVE, VIVE... Quién sabe si mañana, es mi día. O no hay más días, sobre todo ahora, que estoy enfermo, y no quiero preocupar a nadie con mis cosas, pero estoy enfermo grave. Lo suelto por aquí, en el medio, sin llegar al final, que pase desapercibido JAJAJA. Ojalá la muerte se quede pronto sin tinta, y no imprima mi diploma. Ojalá pueda seguir escribiendo menos seguido, y eso sea porque siento menos prisa para deciros todo lo que siento, y repasar mi vida. Ojalá tenga más tiempo que pasar con todos vosotros y todas vosotras. Pero, por eso, debo coger esta canción y sus lyrics, porque, para mí, esto va de 'El sueño eterno', pero he escrito, con los términos de esta canción, a mucha gente querida este mes, sabiendo lo que esa gente no sabe, por eso, tampoco quiero discutir con ella, ni estar mal, ni irme o que me tire, cuando ya lo hará otra cosa. Os pido que la escuchéis, y me entenderéis. Creo muchos recuerdos con vosotros, pero no para que en un futuro, esperemos, largo, duelan, sino para que los conservéis como los recuerdos que mi diploma deje, y los recordéis bien.Os quiero mucho, que nunca se os olvide.
Mi reflexión
Ahora, la reflexión: ¿Cuántos médicos, psicólogos, facultativos, ingenieros, etc. cuelgan sus títulos de paredes, demostrando lo que son y su prestigio? ¿Cuántos se acuerdan, diariamente, al verlos, si los miran, del camino o proceso que los llevó ahí? ¿Cuántos se abren un 'Linkedin' y cuentan maravillas de su vida y sus estudios? ¿Cuántos recuerdan para qué les ha servido y qué se han llevado de ello? ¿Cuántos hablan con las personas que hubo detrás, que conocieron, que los apoyaron? ¿Cuántos les dicen 'ya nos veremos' y no las volverán a ver? ¿Cuántas bios lees con miles de etiquetas para decir lo que uno hace con su vida? ¿Cuánto hace ese alguien, realmente, con su vida? ¿Cuántas veces te has sentido orgulloso por la medalla y no lo que te ha llevado a ella? ¿Soy el que debe alegrarse por ser el mejor matemático, la mejor pareja, el mejor orador... o soy el que debe saber que lo es por su trabajo y, desechando la medalla, quedarse con esa tesón y seguir siéndolo?
En definitiva, estos diplomas, estas medallas, estas personas, este amor, cariño, familia, parejas, todo, me han enseñado que no eres lo que tienes o consigues, sino lo que mantienes o evitas. Y quiero evitar tener, y quiero conseguir mantener. Y quiero seguir compitiendo conmigo, y para ellos y ellas, los que forman mi once inicial. Y quiero abrirme, aunque dentro entre el Caballo de Troya, y quiero dar lo que pueda más uno, y quiero seguir llenando mi vida de experiencias, y ya si eso una caja de papeles firmados o estaño, bronce, plata u oro grabado. Y quiero recorrerlos con los ojos, o las yemas de los dedos, y que vuelvan a mi mente todos esos procesos por los que he luchado y ganado, y no el registro de la victoria. Al fin y al cabo, cuando quieres, nunca quedan los tickets de vuelo, ni los de compras, ni los de visitas a museos, monumentos o pueblos, ni quedan las fotos que os tomasteis, ni quedan las medallas que os disteis. Sólo permanecen para que puedas recordar las miradas que tuvisteis, las veces que os tuvisteis cabeza con pecho, los besos que os disteis y os negasteis a dar, las discusiones y reconciliaciones.
Y con la familia no queda un epitafio, no queda un último beso, un 'ya nos veremos', queda las risas juntos, las cosquillas que me hacía mi abuelo, que con tres añitos se me fue, pero mi prodigiosa memoria lo ha guardado entero, en el costado, donde pocos saben que las tengo, pero en clase me joden que flipas, las lecciones de vida de mi tío instantes antes de fallecer, un 'da más besos, que no sabes lo que significan, y lo bien que los das', de mi abuela, y que me aplico, y queda un cuidarlos hasta el final, porque en las buenas tendrás gente para parar un tren, pero en las malas, quédate con quien, siquiera, se mantenga cerca de ti. Mañana es un diploma más que la vida no me concederá, porque vivir es el premio, pero todavía no hay recuerdos, tras días convulsos, que pueda comenzar a construir. Quizá, pasado, sí lo sea, puesto que habré conocido a una nueva persona y, todo lo que venga después, merezca la pena. Quizá lo sea porque he comenzado a estudiar tras 4 días de bloqueo mental, y mi diploma sea, en 4 años, el que cuelgue en la pared de una consulta. En todo caso, la vida me ha puesto un examen, que no puedo copiar, puesto que cada uno tiene el suyo, y de la que me graduaré bien mayor, tanto que obtendré el diploma por haberla pasado cuando muera. Y lo recogerán mis hijos, o nietos, o nadie, quizá, y seguirá, como el de mis compañeros de hoy, por recoger, todavía.
Pero, lo más importante, si me gradúo bien de todo esto, si tiro hasta el final, sea corto si mi enfermedad me pone fin, sea largo si la supero, todo el recuerdo de ese diploma y galardones, vivirá para siempre y será recordado por quienes haya tenido como regalos, premios o galardones en la misma: mis seres queridos.
A querer, y a vivir. Y, ante todo, a querer vivir, que no sabes cuándo imprimirá, la muerte, tu diploma.