6 de marzo de 2021

Divagaciones vitales. Volumen I.




Light will lead the way, will set you free
As I'm only looking for a little peace
And when the night falls, oh, call on me
Just don't forget to show me some mercy
Shine a light on me
'Cause I was lost at sea
While the waves were dragging me underneath
Searching for some grace
I'll tell you now
If I could hear your voice
How sweet the sound

Mentiría si negase que llevo años escribiendo en privado, en hojas, en agendas, en los reversos de apuntes, en notas del móvil... diariamente, y se ve justo lo contrario en este lugar. Quizá tiene que ver con que muy, muy rara vez coincido, a diferencia de 2016 y 17, pensando y tecleando, y es tanta la vida por vivir, que debe ser poco el tiempo destinado a perfeccionarla y hacerla lírica, con tal de no perder una cita con lo que más te gusta sólo por acicalarte eternamente ante un espejo que no devuelve más de lo que le das. Eso me ha sucedido con la Literatura, pero vuelvo. No sé adónde ni por dónde me llevará lo que plasmo hoy, pero no me importa porque tiene un porqué, tiene un cómo, no importa que ahora no tenga, exactamente, un quién y, desde luego, tiene un cuándo. De eso se va a tratar mi digresión, precisamente. Iréis empezando a no entender por qué incluyo ciertos ejemplos a la par que un párrafo después os los explicaré. Creo que os gustará, si tenéis un rato libre y, aviso, veréis la luz, definitivamente, cuando terminéis la entrada y volváis a la canción de arriba. Buenas noches, y aquí os copio mi transcripción de hoy:
Hablo con muchas personas y, aunque me exceda, escucho y analizo más que digo, porque la Medicina más rápida a corto plazo -el plazo de la vida, ni más ni menos-, es prestar atención, entender, comprender y, si se puede, ayudar. Hay más ingredientes detrás de la compenetración en la psique de un diálogo que de una noche de desfase en el corazón de Ámsterdam. Porque somos una urbe de poco más que cimientos que crecen, se finalizan, se degeneran sin oposición y caen mientras nada de cuyo interior guarda se deteriora gracias a su cobijo. Una urbe que fallece desde que nace con la finalidad de albergar, proteger, acoger y cultivar. Culto... 

Siempre se acaba hablando, con ellas, de la vida. Qué es la vida, qué se produce durante ella, la segunda mayor preocupación, quizá, el amor. La tercera mayor, la muerte. Porque darte cuenta del paso de la vida te lleva a la soledad, y darte cuenta de la quiescencia de la soledad te lleva a teorizar la muerte. Nadie me cree cuando digo que todo es tan sencillo como dos polos, sin más, nada es gris, ni posee matices, todo es blanco y negro, y no puede coexistir a la vez, es excluyente, pero debe poder existir en cualquier momento, bajo cualquier forma, para que el concepto al que aluden sea tangible. Me explico mejor: nadie me cree si digo que la vida es un eclipse. Aquello de lo que nos quejamos por no haber vivido, aquello que vemos precioso, aquello que vivimos todos los días y morimos sin saber que, siquiera por un segundo, lo teníamos delante. Que no sabemos qué tiene que ver con no alcanzar ni a atisbar, en el acto de 'ser', una luz al final del túnel de Guadarrama. Es muy fácil, también pasa con el negro y el blanco. ¿Qué destaca más para ti, una corbata negra sobre un fondo blanco, o la corbata blanca sobre el fondo negro? Vivimos, constantemente, eclipsados porque, al dejar que algo que no viene de cara, que nos da la espalda, y que gira a nuestro alrededor tape momentáneamente lo más fulgurante que existe, que da color, sentido, forma, textura y despliegue al acto de existir, como somos nosotros mismos, nuestro microcosmos y el ambiente en que, en general, nos desarrollamos, nos tornamos personas que convertimos el mundo completo, durante años hasta cegador si se lo desafía cara a cara, en una umbra que no sabemos cuánto durará, y que no podemos acelerar, de igual manera que es tan relativa como que un dedo tapa el Sol para tanta gente como a la que su luz llega y que algo mucho más grande -y bello-, no hablo de la Luna, alguien, si me lee, sabe por dónde tiro ya, puede taparlo igual que un dedo y, sin embargo, bloquear la luz de todos los observadores que lo miren, constantemente, desde la misma posición. ¿No será, al final, cierto, que el Sol nace para todos, pero la sombra es para pocos? Peixoto, Peixoto... me inspiré en ti aquí, y volvemos a recordarnos. Lo mismo para la corbata. Acostumbrados al cielo claro, no podemos ver que el 98% sigue siendo cristalino y debemos presagiar lo peor cuando una nube negra aparece, sin saber que no se originó en nosotros, y seguramente desaparecerá, ya que está de tránsito, por el horizonte. A otro le llegará, o no... tan invisible como fue su creación, puede ser su dilución. ¿No es como un estado mental? ¿Como la vida cuando te encierra? Ojo, que quizá existe un problema por el cual es más llamativo el negro en la pureza, que lo puro en la oscuridad. Quizá, por eso, si alguien me lee, debe entender que su soledad (el segundo motivo vital más importante, tras la vida y ante la muerte siempre) se debe, seguramente, a que pasa por horizontes de muchas personas en su viaje de pequeña nube en un microcosmos soleado, que sólo la ven como un problema, o pasa con tanta velocidad soplada por un céfiro de siroco que nadie repara en ella. Que se convierte en tormento y descarga hasta morir, o que pasa con tanta levedad, que su cantar es lleu. Hablé sobre ello aquí, pero no por el mismo motivo. Quizá haya que esperar a decenas, centenares... de microcosmos por los que surcar hasta que encontremos a aquel donde alguien aprecie las nubes, sus formas, disfrute del sonido de la lluvia tanto como de su oscuridad, porque no es más negra la nube más peligrosa, sino aquella por la cual más luz pasa, y más trae consigo. Cuando aprecien eso, quienquiera que me lea ahora mismo, sepa que lo/la apreciarán, muchísimo. Pero eso sólo te lo dirá alguien imbrífero, como yo. Como digo, esto va de extremos, y no existe la intuición. Existe el conocimiento y la ignorancia, y no se poseen al mismo tiempo; quien te conoce, te quiere. Quien no te conoce, te deja pasar como otro trozo algodonoso más que puebla el cielo. Quien cree intuirte, realmente no te conoce, simplemente tiene la suerte azarosa y teleológica de haber dado con una de tus cualidades, pero no saber cuál tienes más ni cómo se relacionan entre sí. Ha puesto, como un niño pequeño, una pieza del mismo color que parece encajar en un puzzle, y celebra. No sabe que le quedan 998 totalmente distintas y que sólo entendiendo el dibujo entero, con más tiempo pensando que ensamblando, podrá llegar a formar la imagen por sí solo.

Esto era la introducción, yo venía aquí a decir que vivir es, en general, el acto de perder el miedo a la muerte, solemnemente, y su hijo racional, el amor, es el acto de querer morir, en compañía y hasta de forma más consciente, fíjate tú. '¿Usted ya amó como si no hubiese mañana; de aquellos que cuando irrumpen, pierde el miedo a la muerte?'. Lanzarte, partirte las piernas, haya agua o no, descubrir el camino, caer, levantarse, y todas esas estupideces, y acabar aprendiendo que no se puede tener todo, y no todo lo que se puede tener está a nuestro alcance, que pensamos qué decimos, pero no decimos qué pensamos. Me decía una chica con la que estuve, esto fue hace dos años, cortos, finales de 2018, justo antes de que se produjese, si intentaríamos con la misma fuerza las cosas si supiésemos que van a salir -o no- bien. Sencillamente, la cogí del cuello con suavidad y la besé. Esa fue su respuesta. No medié palabra. Los ojos decían sí; la boca, en silencio, gritó: 'por supuesto'. Nadie le dijo que la diferencia es que ninguno sabía por un lado que la piscina tendría agua y, por el otro, que alguna nube la había llenado, que se había quedado allí por algo, y confiaba en haber sido suficiente para crear un clima, un microclima, de amor. Tendría miles de momentos así y, aun sabiendo cómo pueden salir, sólo por la posibilidad, como decía antes, de que todo posible tenga su imposible, seguiría viviéndolos como si tuviese quince años. 

Introducido esto mediante una anécdota, no hay que vivir como una bala perdida, tampoco. Siempre hablo en mis conversaciones del concepto de 'hic et nunc', el 'aquí y ahora'. Sí, vivir es urgente, y no podemos, a secas, 'no vivir', debemos entender que todo lo que tenemos está aquí y ahora, porque lo que estuvo no volverá y lo que está por llegar no es seguro (la vida existe por la dicotomía vida o muerte, no hay intermedios). Por eso debemos, sin más, improvisar, hacerlo lo mejor posible, y saber que se nos acortan los plazos sin, por ello, necesitar correr. Lo dije una vez, en privado, y lo repito en 'público' ahora: en la vida, nunca persigues nada. En todo caso, te alcanza. No buscas, sino encuentras. No persigues la muerte, te llega. No persigues un sueño, se acerca. Todo es estático, sólo gracias a tu manejo del cuándo, cómo, y con quién, consigues que las distancias sean menores. Es pronto para creer esto, pero dame unos párrafos más. Pero, por eso mismo que hay que vivir con urgencia, hay que ver la vida como algo que, también, urge conservar, pues es nuestro único bien. No tenemos dinero, casa, coche, y esas estupideces, tenemos una vida en la que poseemos tales cosas. Se acabó la vida, se acabó todo, porque los sudarios no llevan bolsillos, ni los ataúdes, forros. Es así como uno acaba ganando vida por el mero hecho de partirse las piernas en piscinas vacías, de hacer clavados en plancha desde un trampolín vertiginoso o de tirar sin ver la portería confiando en lo certero del sentimiento de su disparo. Y no sublimando su tiempo -vida- en dinero, hasta que llegue un punto en que, objetivamente, tenga más vida canjeada por dinero, que vida canjeable por dinero. Que sus años sean 70, y tenga 30 ahorrados y 20 por vivir. Hay quien nace con milenios, y dura pocos años. La vida me enseñó que la cantidad de vida con la que partes es inversamente proporcional al empeño que pones por vivirla y, por eso, hay que ser prolijo en lo peor, y frugal en las mejores, para poder seguir construyendo cimientos, que al principio citaba, cuando escasea el material, y no intentar levantar un pináculo faraónico que caiga por su propio peso cuando todo de cuanto se dispone es masa, ladrillo y operarios. 

'No hay que cuestionarse la vida', ¿es eso, pues, lo que se puede llegar a deducir? Muy parecido. Cuestionarse la vida es algo que debemos hacer, que uno debe hacer, cuando está en un peligro. Y el único peligro en la vida es perderla. Por lo demás, cuestionársela es perder el tiempo, perderla lentamente, perder su contenido, porque ésta sólo contiene tiempo, y por extensión, sus hijos racionales: los momentos. No podemos perder vida pensando en ella. Lo diré de otra manera, no puedes vivir queriendo canjearte por dinero, ni pensando qué harás en 20 años cuando se te está escapando el día que tienes que vivir, así durante siete mil más, para que dicho momento llegue. Debes vivir sumando días de forma tan recta posible que, todos juntos, sumen un cimiento indestructible. Vivir, sin más, con lo que viene, toca y tenemos, no es sino lanzarse a por Ítaca con una vela que orientar al viento cambiante. No implica ser un bala perdida, esos son aquellos que no tienen rumbo, que no saben que Ítaca existe, que no saben que el corto plazo se vive para que sus hijos temporales, el medio y el largo, sean posibles, sino que cree que es lo único que existe. En la vida, todo es, está, y existe. Pero nunca a la vez, por eso, lo que fue, es parte de lo que hoy existe, y lo que existe, engendrará, en parte, lo que, en un futuro, a secas estará. Porque no podremos darle una percepción que nos permita decir 'existe' o 'es', que connota un significado vital, sino que alguien podrá decir por nosotros que 'está', que es algo, meramente, de connotación inmaterial. Por eso digo que debemos existir de base, aspirar a ser, y nunca dejarnos estar. 

¿Qué diferencia, pues, el vivir al día de ser esa bala perdida? No sólo conocer que el día a día es el padre de la vida, aunque sea el más joven de los tiempos, y que es un fin, y no un medio, sino también conocer que en la corbata y la camisa, la bala perdida no apunta al blanco, sino que se funde en negro. Y que gracias a haber soportado la lluvia a plomo, así como la velocidad del vértigo, logra impactar en la vida de alguien, como un rayo de una nube muy oscura nacido que, dijo aquél gran poeta, no cesa, pues de toda nube se extrae frío, calor, agua, nada en absoluto, hielo, destrozos, agua de mayo, rayos que destruyen, o rayos de luz que se refractan en plena reflexión interna, y dan lugar a un arcoíris. Es por esto que el arte de saber distinguir todo aquello que 'eclipsa' nuestro Sol, nuestra vida, se llama vivir, y, más precisamente, amar. Y es aquí donde cobra sentido la expresión de vivir eclipsados, de tener muy poca sombra para tanta luz, y de que el amor es producto de la vida.

La vida, no obstante, se tuerce. Claro que lo hace, el cielo, en ocasiones, no te envía estrellas fugaces, ni nubes, a veces tan sólo corrientes, véase otro doble sentido, cambiantes e invisibles que te empujan sin rumbo, a más velocidad de la que puedes o quieres soportar, y buscas facilidades más allá del palo que a tu vela sostiene, o del mapa que tienes de lo que quieres hacer en tu día a día para completar el puzzle una vez toque meterlo en su caja y que nadie sepa, nunca, que se hizo, salvo aquel que compartió la actividad de montar sus cimientos. Alguien pone diez piezas de tu vida, tú pones veinte en otra persona, quizá pusiste cien con otra gran persona... y es por eso que todos nos complementamos, pero no sabemos cuánto, y duele. Todos, repito, buscamos la facilidad fuera de lo que tenemos para vivir, y ahí caemos en un error muy grave: querer hacerle trampas a la vida. Buscar el quién en solitario de forma deshonesta, es hacernos trampas al solitario. Eludir el cómo utilizando cualquier vía, muchas veces ajena a nosotros, o que nos enajena, es preocuparse más por el medio que por el fin. Buscar el cuándo, es no llegar a encontrar el día de uno mismo. Y ese error cometemos, y puede poner fin a nuestra vida tal y como debemos entenderla y, por ende, como dije arriba, constituir motivo suficiente para reflexionarla durante un instante, 'agotarla un poco para no perderla toda; sacrificar un peón para no perder la partida', y redirigirla. Dijo Gurdjieff, y lo cito en ocasiones, que el despertar sucede cuando te percatas de que no sabes dónde estás ni adónde vas. Pretender traer un mapa a tu vida ajeno al tuyo, pretender traer un motor cuando usas una simple y suficiente vela para acelerar todo, traer tripulación que sólo lastra el barco a la larga, o tratar de tirar cohetes que hagan de la noche en vela un día ficticio en que sea pueda ver qué hay más allá de las olas, es engañarse. Cuando el mapa termine y sigas sin saber dónde estás, pero te halles más lejos del punto de partida, cuando el motor se acabe y no te acuerdes de cómo se arriaba la mesana, o cuando el cohete se termine y vuelvas a la oscuridad, y, repito, no puedas traer más de ellos, o generes dependencia hacia los mismos, dejarás de poder navegar, de tener un quién, cuándo y cómo por el que luchar -o mediante el cual- y simplemente tendrás un dónde al cual no llegarás, y un plan de vida que no alcanzarás, porque lo quieres ya, porque todo prometía que llegaría 'ya', pero ese 'todo' no lo generaste tú, se generó en tu interior, y no albergaba corto plazo, sino una sentencia a largo en que por cada click del mechero suena un disparo en tus células hasta que un cáncer las mata, por cada crepitar de un condón abierto sin interés suena el de un fuego que consume la llama de la vida, por cada ítem obtenido sin esfuerzo, se añade un poco más de pendiente en el final de la escabrosa cuesta arriba que supone vivir. Y tantos disparos, llamas y losas te obligan o bien a depender de su daño para sentirte vivo ('I'd rather feel pain, than nothing at all') o bien a dejar de vivir para, meramente, 'estar'. Para quien quiera usarte, consumirte como una llama, o como un producto perecedero -si no vives, qué diferencia hay...-, o añadirse como losa porque 'eres el (o la) que carga losas por placer'. Ojo ahí, que la vida no se pasa de manera fácil, que, repito, sus ingredientes son mayores, pero en menor cantidad, dentro de nuestro feudo que fuera de nuestro fuero, y no se puede meter, en una receta perfecta, nada que no figure en la misma, o conforme la dosis aumente, tal y como el oxígeno te satura y mata, el veneno te bloquea y mata o el cáncer te arrasa y metastatiza, lo terminará por arruinar hasta que tu vida, literalmente, sea una ruina: el cimiento caiga y queden, al descubierto, las obras, preciosas, que quiso albergar construyendo de cualquier manera un techo voluble y unas paredes de papel, cual castillo en el aire, y que ahora se pudren también con el paso del tiempo: el corazón de uno mismo. 

Quiero añadir que la vida son tantos minutos como un partido de fútbol, si alguien lo sigue. Tantas edades tenemos (primera, segunda, tercera y me permito la cuarta, porque uno se prepara para la muerte más que para su propio declive) como un partido de baloncesto. Y así todo. Y si tienes, tú también, mi edad, verás que estás ya en la mitad del primer tiempo de este partido de fútbol. En tu minuto 20 y pico. Acabas de terminar ya el primer cuarto del baloncesto. Unas jugadas más, y te plantas en el gran descanso del ecuador de tu vida, la crisis de los 'cuarenta y...'. ¿Es esto pesimista? No. Ni medio carajo. Al revés, ¿qué es la mitad de una parte, cuando ésta es la mitad de todo el partido? ¿Qué es el final del primer cuarto, cuando tienes otros tres por delante? Nada, el miedo a la palabra 'mitad' (porque pasa la primera, y llega la última) y, la decía hace unos segundos, 'final'. Porque indica que algo acaba, pero es que un día no sería, si otro no le hubiese dado. Como estudios, personas: los hijos del tiempo, coño, los momentos. No estaba dando puntadas sin hilo si hablaba de esto al principio, pero escribir es el arte de juntar letras que, por acreción, cobren sentido conforme pasen las páginas, y sean racionalizadas por quien las lee a fin de aplicárselas, y no de sugestionarlo. Y esa edad joven de la que hablo, que no es sino 'el comienzo del final', 'o el inicio de la última mitad', es la edad de, en el campo, saltar fresco, tantear el mundo que no son sino rivales que aparecen hasta que llegas a la portería rival con todo un equipo, mayor o menor, detrás, que también tiene la suya donde anotar, por algo hablamos de 'metas vitales' y 'personales'. Es la edad de hacer esos sprints, esos disparos, esos tanteos, cometer esos riesgos, imprecisiones... que no podrás cuando el partido avance, porque fuerzas o resultado, quizá, no acompañarán. Pero ESTO, NO PUEDE SER, NI DEBE, interpretarse como una excusa para pedir que el balón se nos deshinche, el campo nos sea acortado, otro corra por nosotros, que expulsen a algún rivla que nos impide vivir a todo trapo -que no al día- en un juego 'box to box' en que acabas enjaulado, o coger amarillos a costa de sacar una tarjeta homónima preventivamente a todo aquello que nos presiona en nuestra propia área. Porque, aquello que pretendemos conseguir expulsando nuestros miedos, ansiedades o dudas de fe, es, precisamente, lo que más falta nos hace. No. La vida así está hecha para que puedas sentir curiosidad, arriesgar, lanzar más tiros, subir más veces el campo, y que el deporte de vivir te dé una lección, que un día lances un triple y ganes o fuerces otro partido más, pero al siguiente pidas tiempo muerto, y lo mates con salidas fáciles ante la dificultad de vivir, o bien te roben la posesión, o entres con ilusión a una canasta o meta ajena y un tapón o una segada de aquello que no viste venir -porque no sabes dónde estás ni hacia dónde vas-, te impidan disparar. Que la bocina de una noche decida el futuro de toda una serie de play-off, de aspiraciones en la liga de la vida. Que subir la banda acabe en una internada en una persona y aciertes, o bien que te coja la espalda, te robe la pelota, y no puedas evitar encajar una decepción. Todo eso, vívase en estos minutos. Y evítese cuando nos pesen los huesos y no podamos sino trotar, pero no hacia la meta, que se acerca a nosotros, no nosotros a ella, sino por no pararnos porque, en el equilibrio, reside la muerte. Después de todo este hercúleo esfuerzo, creo que huelga decir que no es legal, no es moral, reclamar al árbitro que nos proporcione el dónde y el adónde. No es legal dopar jugadores. No es legal abandonar. Y no es legal fingir para conseguir. 

A cada gol en contra, esto debéis saberlo, se saca desde el centro, y ya se tiene medio camino hecho para llegar al destino, aunque vengamos de los abismos del campo. Esa es la gracia de la vida. Cagarla y empezar desde el mismo punto, porque no pasa nada. Has aprendido qué no debes repetir y vuelves a comenzar desde el mismo punto una jugada que, por otro derrotero, saldrá mejor. A cada mate en nuestra cara, a cada tapón en nuestra carrera, debemos hacerle la precisa pizarra táctica de ser IMPREDECIBLES. Aquí y ahora. ¿Entendéis, ahora, el porqué del 'hic et nunc'? Lo amplío: tú no sabes dónde ni adónde. ¿Correcto? Forma parte del despertar, hemos acordado. Si nadie sabe cómo, con quién ni por qué juegas (¿tiene motivo la vida?), ¿qué importa lo primero? ¿Qué importa no verlas venir, si lo único que diferencia a todos nacer y morir en el mismo sitio es hacerlo en momentos, de modos y con personas diferentes? Por eso, hay que seguir el propio camino, el propio microcosmos, el propio plan y, desde luego, improvisar. Si la vida se reserva sorprender por no revelar por dónde vendrá para llevarte a qué lugar, resérvate sorprenderla no revelando cómo llegarás allí ni a quiénes tendrá que llevar contigo. El fútbol bonito está bien. Y no creas que no flipa hacer las mejores jugadas y partidos en nuestras cabezas, todos sabemos qué debe tener todo gran jugador y entrenador. ¿Pero si todos lo concebimos igual, no empataríamos siempre? ¿No nos leeríamos las jugadas? Es aquel que improvisa e inventa quien sorprende, y se lleva la pelota a casa como bonito recuerdo de vida. Por eso, del hat-trick, los balones y demás, permitidme una última deportiva, y vuelvo al cauce: 

SÓLO HAY UN ERROR. Y ese error es abandonarlo. Malas decisiones hay incluso más que buenas, y sólo lo sabemos cuando llegamos a un dónde o a tomar una dirección que no reconocemos. Pero malas, sólo el abandono. Porque ya puedes ir perdiendo... 2-8, digamos, que el único partido que se termina sabiendo que se ha perdido, y sin tan siquiera haber metido un gol, es aquel que se abandona. 0-3. Intrascendente, hat-trick en contra, y se llevan tu balón. Éso sí es hacer un cero. No tener cómo, dónde, porqués, con quiénes, ni cuándo. No quererlos. Y, permitidme que lo diga, dopar jugadores, exigir expulsiones, vivir partidos paralelos, soñar jugadas mientras no eres dueño del balón o evadirte de la grada, no es, sino, ir pensando que un 0-3 cansa menos, es más rápido y abulta menos que un 2-8, aunque este último termine con dos éxitos, al menos, cosechados. Dos éxitos celebrados, disfrutados. Aunque sólo fuesen dos. 

¿Y qué es disfrutar? Disfrutar es todo. Saber que ocupar un lugar tan privilegiado y posiblemente solitario en el Universo, convierte a una única persona en compañía por el mero hecho de 'estar', siquiera. Es, sin tener por qué pensar motivos para ello, tomar el Sol en la hierba, recibir su calor, mientras el aire acaricia el césped, todas sus briznas, y te devuelve un olor fresco, a libertad, que explica por qué Walt Whitman escribió una obra de arte poética con el mero título de 'Hojas de Hierba', y que diferencia 'vivir' de 'sobrevivir' por el hecho de que hay quienes viven las penurias sobre el fresco pasto sólo por el olor que devuelve y el frescor que produce, y hay quienes sólo pueden atravesarlas quemándolo para entrar en un trance que le permita abrir sus sentidos de manera similar porque no han sabido encontrar la esencia, del latín 'ser' (esse) de lo que tienen delante. 'Joy of life... is right behind your eyes'. También disfrutar es escuchar la lluvia cualquier noche, porque pese al barro que trae, sólo importa su sonido hasta tal punto que al día siguiente es una bendición limpiar la tierra que cubre todas las barandillas, los coches y el suelo con la calma que te imbuyó oírla caer. ¿Qué mejor picor hay que el de la sarna con gusto en esta vida? Más, seguro. Porque disfrutar también es coger cualquier deporte, cualquier afición, cualquier temática, y esperpentizarla. Jugar al ajedrez sin tener ni idea, al fútbol aunque no chutes ni al córner, al baloncesto aunque no llegues ni a canasta desde el tiro libre, o tocar un piano que pide la sordina a gritos, un ukelele que suena a réquiem, un postre que sabe tanto a risa como, quizá, a caduco. Porque aquí no es el adónde vas, ni cómo lo haces, repito, sino cuándo, cuánto, cómo y con quién eres feliz. LA FELICIDAD. Esa sensación que se posa por un instante, hace ver que está, y se traslada con tanta velocidad que jamás puedes atraparla, porque sería como enjaular a un pájaro que muriese entre barrotes sin voz. Esa sensación que dura porque se deja en cantidad suficiente como para que vivir no deba ser racionalizado durante centenares de 'días a días'. Si uso el fútbol es porque, a alguien, le sonará más y mejor aquello de 'partido a partido'... Pues eso, que el entrenador más reservado del fútbol, menos 'bala perdida', es el que más vive a partido único. Me vais cogiendo... Y disfrutar es felicidad, y ambas son, también, perderse con la letra de una canción casi autobiográfica, en el tempo de un riff de guitarra, una base de trap que se rompe en swing, un solo que parece acompañarte, o incluso el hecho de saber que, esto es lo más importante, y por ello lo dejo para el FINAL, que es bonito siempre, en algún momento dejarás de ser consciente de todo esto, sin saberlo, y -aun así-, quieres seguir viviéndolo, mirándolo, sintiéndolo, como quien conoce que suspenderá un examen sin importar qué haga y elige, en lugar de intentar buscar las trampas posibles para agarrarse a un clavo ardiendo, o no hacer nada esperando a que llegue la estocada, simplemente seguir estudiando, ávidamente, sus apuntes, leyendo, aprendiendo y sintiéndose útil, para caer con la cabeza bien alta, porque está aprendiendo el oficio de vivir, y no está trabajándoselo la vida. Y es mucho más, ¿eh? Es saber que te partirás las piernas, pero te crecerán alas. Que caerás al suelo, pero que en el cosmos no existe el dónde ni el hacia dónde -literalmente, se llama isotropía cuántica-, así que puedes estar en la cresta y en el valle a la vez, que caer hacia arriba, a nadie le importa y, si me apuras, si hablamos del microcosmos, nadie se entera. Y finalizo ya casi, también es saber que no sabes. Que eres feliz no sabiendo. Y no sabes que eres feliz. Y no sabes que eres, por ende, feliz por no saber. Y no sabes porque tanta vitalidad te lleva a abrazar con tal fuerza a tu microcosmos que reduces tu Universo a un sistema muy pequeño, y tu mundo a un invernadero de luz, calor y raíces tan estrechamente conectadas que su riqueza es su vida. 

Por eso la felicidad, el disfruta, la vida, son amaneceres. Ver tu Sol (por algo lo usé de ejemplo en el eclipse y la oscuridad, lo repetí en la noche que queremos evitar con artificiales fuegos, y no al revés...) nacer cuando todos están muertos, en el sentido figurado de la palabra. Y verlo también morir porque acompañas en la vida los días hasta darle la mano a la muerte en esta partida y firmar tablas tras ochenta repeticiones exactas del mismo movimiento, vuelves a la misma caja que todas las piezas y felicitas el desempeño. Todos ven morir su Sol, todos ven el Sol ponerse en la Tierra, pero pocos sabemos (la sombra es para pocos, ¿no dije eso arriba?, mientras que su luz, para todos), cuál fue su recorrido, hacia dónde y desde dónde, del este hacia el oeste. Y a colación de los tamaños para eclipsarnos, tenemos la propiedad de hacernos grandes... si queremos. Disfruta de subir a lo más alto que puedas para ver todo lo enorme pequeño, y todo lo pequeño que eres como lo más grande que existe, y tener que desandar lo indecible que has andado sintiéndote minúsculo dentro de ese largo camino, que tan corto parecía de lejos, para volver a ser, de nuevo, enorme dentro de lo que antes no alcanzabas a ver, una pequeña casa más de muchas, en un círculo pequeño que, sin embargo, forma toda tu vida: el microcosmos. Todo esto te ayudará a relativizar los tamaños en la vida, la dimensión según desde dónde se lo mire, del eclipse, del camino a recorrer y de los obstáculos a sortear. Eso mismo, con personas, es decir, ser lo más pequeño en la grandeza de un mundo caníbal, y lo más grande, a la vez, para una de esas pequeñas personitas que hacen grande al mundo moralmente apocado, es lo que se llama 'microcosmos'. Ya tenéis el porqué de haberlo mencionado tantísimas veces a lo largo de estos párrafos.

Y, finalmente, disfrutar, vivir y ser feliz, es todo aquello que tú mismo quieras, como el crepitar, pero de la leña, su olor, pisar la nieve, un primer beso, un enésimo beso, el último beso si me apuras, la curiosidad del primer día, la del último, el atrevimiento, el momento antes de impactar con el suelo o el agua -por algo os contaba esa anécdota con aquella chica...-, el instante en que pasas de querer morir a saber que vas a dormirte. Y lo es mientras lo SIENTAS y lo QUIERAS. Así sea que quieras -o sientas que debes-, llorar, andar, reír, oler, escrutar, crear un hilo hasta tejer tu propia telaraña, querer con aplomo a pesar de que sólo el corcho flota cuando el barco donde todos te abandonan se hunde... Todo. Todo eso es vivir, sólo si te atreves. ¿Estás vivo/a? ¿Qué te gusta? ¿Qué te falta de la péntada previa? Ve por ello, en cuanto no tengas ni puta idea, porque sin saber dónde, acabarás encontrando el porqué, el cómo, el cuándo y, quizá, hasta el con quién. 

EPÍLOGO

Y para quien se pregunte por la depresión, he hablado de los polos opuestos como necesarios para que las definiciones tengan sentido, porque no existe depresión si no hay valle previo, con picos y mesetas que lo circunden. Y para la muerte, no puede haberla sin vida. Y para todo, no existe nada, si no tienes su idea opuesta. Piénsalo, parece estúpido, pero es cierto eso que dije cuando no sabías todavía por qué, de que no existe el gris, sino negro o blanco de forma excluyente, y el gris es producto de la confusión exitosa. Por ende, no se tiene nada en esta vida, ni en el sudario, dije, había bolsillos ni, en el ataúd, forros. Pero, sin embargo, todo cuanto tenemos, repetía, es la vida. Y lo único, por ende, que podemos perder, es la misma. Porque todo lo que tenemos en ella le pertenece; se acaba la vida, se acaba todo. Y nunca se sabrá una cosa: podemos ganar de todo, menos vida. Por eso tendrás más vida canjeada que canjeable, y estarás muerto en ella. Por eso, quizá es todo cuanto hay que retener sin ahorrar, y a la vez, no nos debe preocupar no tenerlo y aun así, sí poder perderlo. La vida. Eres algo más pobre que hace media hora. Pero más rico de lo que fuiste durante 14700 millones de años en los que yacías en algún punto del Universo en forma de hidrógeno, y de lo que serás durante tantos años como los vivos desconocerán. 

¿Por qué no escribo, tampoco, de muerte? Porque vivo. Teorizar sobre lo que se desconoce, sin pruebas, es titubear, es hacer de la ciencia de vivir, una pseudociencia que deba comprobarse a sí misma. ¿Y quién es el guapo que pruebe cómo es la muerte sin querer dejar de vivir, cuando hemos dicho que son opuestos excluyentes? Yo no. Ni por guapo, ni por valiente, porque de ellos está lleno el cementerio. Simplemente, lee este pequeño inicio de capítulo y añádele un 'no'. Como ya sabrás de sobra si has llegado al final, en la vida de grises que vivimos, todo es gris por la mezcla de blancos y negros que no razonamos, por lo que, si he hablado de la vida en su más puro significado, si le añades la negativa a todo cuanto estoy diciendo, obtienes la muerte. He hecho dos textos sólo con escribir esta frase. Por ello, morir en vida es poner un NO a todo mientras seas consciente de que 'existes'. No lo haré, no quiero intentarlo, no quiero ser consciente, no puedo con esto, no deseo vivir la realidad, no quiero fracasar... Y por eso dije que abandonar el partido es la peor decisión, pero no muy lejos está la de hacerse trampas al solitario. Porque así se empieza a bajar los brazos en el terreno de juego llamado cosmos. 

La semana que viene, mucho más. Por hoy, queda esta reseña de pizarra que hago mostrando mi jugada ejecutada durante estos meses, quizá años como veréis, que he desaparecido. Desde luego, no teorizando con lo que jamás jugué o lo que deseé y no pude. Preguntadle a quienes me acompañaron en el campo, que os contarán cómo me vieron con la lengua de fuera pelear la vida en esos días a días que, a largo plazo, me llevan a poder seguir viviéndolos hoy mismo. 

Ensayo, fallo. Luego acierto. 
Vivo, muero. (Ka mate, ka ora). Luego triunfo.

- 05/03/2021 - 03.05AM. - FJCB.

P.S.: Si eres nuevo en esto y quieres ver cómo una persona pasa de querer morir a abrazar la vida hasta en dos ocasiones, lee 2016 y compara con 2017, y lee 2019 y compara con 2021. De TODO se sale. Pero creo que esto nadie lo leerá: leed Crystal Express, Simbora!, Tempus Fugit, Under Oath, Ansiedad, Realidad, y Vivo (todo lo que publiqué este mes, pero de 2017) y coged munición para esta ráfaga de metralla llamada 'vida'. Todo cuanto fundamenta lo que soy actualmente nació ese mes, y sigo aquí, 48 después. El día 10 desclasificaré nuevos poemas. Hasta entonces.

1 de junio de 2019

Archivos desclasificados: 'Te quiere mucho, Fran'


(8-7-17, 01.05).

No voy a escribirle un cuento de hadas a una persona que tiene duende. Si estás leyendo esto, quizá sea porque no puedes dormir, o le estés dando vueltas a la cabeza. No sé escribir cuentos, creo que jamás lo intenté, pero bueno, ahí va mi intento, y de mi voz tienes recuerdo, para que cada vez que aparezcan tus dudas o tus malos sentimientos, puedas sentirme a mí a tu lado, presente a cada instante.

Érase una vez una persona, normal, como cualquier otra, de carne y hueso, y todos los músculos, los tendones y las vísceras que se han podido estudiar y conocer hasta la fecha. Una persona que era luz, hasta cuando su bombilla se apagaba, tras una sobrecarga por exceso de tensiones internas. Una persona que creaba una quinta fuerza, más allá de la atracción que generaba, con su sonrisa, cuyo campo impregnaba todo el cosmos que la conocía y que bien podría decirse que era el final del túnel de cualquier afligido que viviese con ella. Una persona humana, que rascaba, y rascaba, y escarbaba, como una gran tuneladora destrozaría un precioso vergel y sus capas más internas, sangrando el paisaje, solo por obtener el placer de un magnate, tan superior como lo estaban en su cuerpo las ideas. Como un magnate que le ordenase por el sueldo del alivio destrozar lo que más quería. No sabía que acariciando, en su superficie, junto a los que ella creía meros fósiles de quienes partieron,  de quienes no debieron haber entrado en juego, o de solo ella sabe quiénes, una mente de oro había, con la fuerza de su recuerdo, y como gotas que sedimentarían la más profunda de las rocas, creado con la resina del tiempo, de quien no se puede escapar, mucho menos despegarse, ámbar. No eran fósiles, no estaban muertos, no se los veía para tratar de recordar cómo eran, o cómo fue. Se los miraba, tan preciosos ellos con el valor a cuyos recuerdos se les había dado, de tal forma que se los quisiese, se los conservase, y se los supiese vivos, se los llevase al cuello, o al dedo. Ella sabía de su erosionada litosfera, en la que afloraban ya los primeros tonos dorados, las primeras pieles volubles como la arena del desierto, pero que cubrían un cañón del que era carne y por el que volvía a fluir. No sabía todavía, pero estaba por hacerlo, de la enorme riqueza de corazón que tenía, del calor y la presión que si bien la habían macerado, habían creado en ella un entramado de diamantes, esmeraldas, rubíes y piedras preciosas, enormemente difíciles de quebrantar. Y no habían sido pocas las ocasiones que la vida le dio limones, que la gente vino y se fue, que las semillas que se plantaron se las llevaron otras personas, pero es que no todos los ojos estuvieron preparados para atisbar el fulgor de tales talismanes. Quizá nadie valía lo suficiente para poder dejar de codiciarla, y pasar a apreciarla. La vida, al fin y al cabo, ya ven, se resume en conocer sus propios recursos, saber explotarlos, conservarlos, valorarlos, pero jamás creerse pobre en cualquiera de los sentidos por no tener otros. Del más inútil de los trozos de carbón salen diamantes, grafito, calor para todo un año, los viñedos más ricos de Italia, miles de muertos en sus faldas, los superdeportivos más rápidos de la Tierra o hasta estrellas enanas, incluso quién sabe si el combustible del Crystal Express. ¿Y valorarían eso, un trozo de carbón, menos que cualquier otro? ¡Enfoquen la vida desde el punto de vista correcto y hallarán la imagen que desean!

Un juego para ello. Una declaración de una persona para todas las que quiso.

‘I’m gonna tell you straight, the only reason I am here is you. I didn’t always tell you the truth. I didn’t wan’t to make your pain worse. Did it work? It’s been fifteen years. Fifteen fucking years, since I let my guard down. And I know exactly were to point the blame. Please, listen to me when I say you always gave us more than we deserved. I’m gonna  tell you straight to you I have to prove nothing. And If I could have, I would have bought all your roses. When I stumbled you broke the fall. You always gave us more than we deserved. Youth and dependency dies away, but I will never forget the sacrifices you have made. And will make’’.

Piensa esto. Piensa en una persona, o en unas personas, dale la vuelta, piensa en quienes piensan en ella, o ellas. Es igualmente válido. Es la vida. Exactamente lo mismo, se lo mire como se lo mire, solo que tan subjetivo que nos creemos únicos. Mismo suceso, distinta interpretación. Por eso mismo, quiero que jamás bajes tu guardia, si no es para acariciarte, si no es para que la gente te abrace, si no es para confiar, no quiero que bajes la guardia para tener las manos cerca, no quiero que bajes la guardia para dejar que todo te golpee. Si has sido capaz de ver la belleza en algo que, aplicado a ti, te causa dolor, es porque no es doloroso, sino que no lo has enfocado bien. Y si lo has visto como algo doloroso de entrada, entonces… ¿De dónde viene la belleza del recuerdo? La vida no es un impasse, como dirían los franceses, la vida es aquello que rige el espacio y el tiempo, aquello que de mente para fuera existe y se vive de igual forma para todos, pero que se percibe de forma distinta al entrar en nuestros fueros más internos. Si no, ¿de dónde iba a venir nuestra cantidad de problemas? ¿Y las anécdotas? ¿Y la vida? ¿Y alguien que te cuente cuando ya, por desgracia, no te cuentas entre nosotros? Todos tenemos nuestro mal, puedo creerme que lo de allá fuera no existe, o que la vida es una mierda, o puedo estar ‘no bien’ y sinceramente, lanzarme a patearme el irreal exterior o jurarme que aguantaré veinticinco días más con pastilla. Para mi padre y mi madre, que viven lo mismo, es o ‘algo gradual’ o ‘una tontería’. Y si me pusiese en sus pieles… ¿Acaso no lo parecería? Por ello, y aunque a veces se tenga la tentación de explotar, cuando no se lidie con alguien o no se toleren sus comentarios, hay que hacer el ejercicio del entendimiento, no empatizar, simplemente, intercambiar papeles. La vida y vivir, al fin y al cabo, consiste en representar una obra.

La vida se plantea difícil, se hace nudo en la garganta y tiene brutal desenlace. Todo consiste en aprender hasta la muerte, de querer, amar, de sentirse útil en un grupo de habitantes como tú y de desempeñarte en lo que más te dé la gana. A veces también requiere de saber mirar, como dije, de saber trascender no ya los papeles, sino el interior de las personas, al fin y al cabo quien no quiere es porque ve roca sin ver debajo gema. Es porque hay gente que ve facciones y no dones, ve sexo y no talento, es gente que vive a corto plazo y muere a largo, ¡y así no se vive! Todos preferimos, en nuestros cabales, darnos una hostia a tiempo para poder, el restante, vivir. No entrar a Medicina a la primera, sufrir un acontecimiento que marcará tu vida… Todo ello te hace tener vocación, actitud ante la vida, una filosofía propia, no de las que se estudia de los muertos o en libros baratos para derrotados en su existencia que buscan el maná en un cielo raso. La vida es otra de las cosas que se vive como el culo, pero cuyos acontecimientos acaban marcando el futuro, y generalmente cuanto peores, para mejor. Sin mi hostia, no podría haber cumplido algo que me llevaba prometiendo catorce años, sin tu vida, quizá no hubieses tenido determinación para estudiar lo que querías, porque sí, lo querías, y no serías la Doctora Roca en un futuro, y posiblemente quizá tampoco serías una persona consecuente, o no apreciarías las cosas en su justa medida, y vivirías no por vivir, pero sin razonarlo. Sentirse vivo a corto plazo implica saberse feliz en el momento; vivir, de veras, consiste en existir y darse cuenta a posteriori de lo bien que se ha vivido anteriormente.

Todo en la vida es voluble, es como la arena, la tomas y se escapa entre los dedos, como frotar las alas de una mariposa, que muere si la rozas, como la existencia de los que te rodean, como las ganas de vivirla siempre, como el tiempo en que se encuadra, como la estabilidad que ningún mar alcanzaría jamás, como el amor, como la presencia, como la ausencia, como todo aquello en que sinónimo y antónimo adquieren una característica en común, su volubilidad, y por tanto se unen para seguir juntos. Eso es la vida: unión de antónimos, una de cuscús y otra de pizza. Y, sobre todo, no valorar nada. No tasarlo. No ponerle precio, cantidades, rankings. No hay escalas de a quién se quiere más; solo se quiere. Una persona no va perdiendo enteros poco a poco y abandona, una persona está siempre ahí y, por lo que sea, marcha, se marcha o decide hacerlo, no es una gradación, es un antónimo. Una persona no decide fallecer, y el dolor no es mesurable si se sabe que de ello vendrá el cariño y repondrá todo lo que falta. El amor tampoco es mesurable, no se puede ser el número uno, o hablar de muchos, de pocos, de comparaciones con uno u otro día, simplemente se puede querer, de todas las formas, física y psicológicamente (que no y/o), más lejos, más cerca, uno junto al otro, carne con carne, o a centenares de kilómetros sin verse días (¡Días que no hay que contar, caray!), sintiendo la unión de uno con el otro aunque uno no esté. Para qué decirte que eres la número uno si eres la única que tiene derecho sobre mí, que mi cuerpo es su cuerpo, que mi mente es su mente, y que estoy ahí siempre. Para qué decirte que eres guapa, si eres la primera en saberlo y sabes que no te miro con esos ojos en vano. Aprendamos una lección básica de la vida: las cosas importantes no se dicen de palabra, millones de impulsos no se traducen en veintisiete claves o letras, los millones de impulsos se devuelven generando otros millones de impulsos en la otra persona. ¿Lo has visto hoy? Si me ha salido bien, sí. Y tampoco las notas se pueden contar. No es un 6,15, un 8,6, o lo que sea. No es más o menos uno por haber sido toda su vida un 10, por vivir preso de la exigencia, no se es menos por haber suspendido, hoy, ayer, el mes pasado, hace convocatorias… El precio, único precio, de la nota, es el de que ella no mide nada salvo la cercanía a tu sueño, que estás pudiendo estudiar, algo privilegiado, que estás completando otro tramo más de la carrera de tu vida, que te sacas el teórico del carnet de conducir tu vida, que te ves más cerca con o sin bata atendiendo a tus pacientes, y  no te ves al día siguiente apoltronada en clase haciendo caras a nadie, o sufriendo por nada, porque todos los coches con quienes compartes carretera, absolutamente todos, tomarán bifurcaciones y, en algún punto de tu vida, los perderás de vista, tarde o temprano.

Y la vida, ante todo, y quiero acabar aquí un relato que ni es relato ni es nada, realmente, son miedos. Sí, te vas a dormir leyendo sobre miedo y tienes pesadillas… ¡Y este cabrón me escribe sobre miedo al final! Pero no, la vida sí es miedo. Forma parte del juego, se tiene miedo a lo desconocido, y la vida es seguir conociendo y aprendiendo. Se siente miedo por defensa propia, y la vida es quererse vivo. Se siente miedo por trauma, y los traumas son respuestas para aprender a huir del agua fría una vez se ha salido escaldado. Se siente miedo porque uno no se cree capaz, porque se siente sin fuerzas. Y precisamente por eso necesitamos el miedo, para superarlo, para vencerlo, para poder creernos capaces, sentirnos fuertes, porque si no hay nada que nos asuste y nos llene más la mente y los sentidos que el miedo, vencerlo es definitivamente el hecho de que no haya nada que nos asuste más, nada que vaya a llenarnos más la mente, y nada que vaya a bloquear nuestros sentidos. De las pesadillas se sale, y prueba de ello es que seguirás viva. Si alguna vez tienes una, vuelve aquí y piensa que si has superado una pesadilla es porque la vida es sueño, que es porque lo crea tu mente inconsciente, pero eres consciente de que crees, y no creas. Y porque, esto es lo más importante: solo existe y puede existir en tu mente, lo bueno de veras existe fuera, y es ella quien lo interpreta. Puedes vivir realidades, pero solo puedes crear lo irreal. Los miedos se crean, tus cualidades para superarlos existen. Y están en ti. Aquí.

Buenas noches, días, o lo que sea. El final no iban a ser los miedos, iba a ser un pico, o pianísimo, si te levantas agitada,  un abrazo y muchos mimos. Como los que recordarás mientras te he leído el cuento, carta, aborto de lo que haya sido. Feliz viaje.

Te quiere mucho,
Fran 

Archivos desclasificados: 'Delirium tremens'


Destinatario: (A)venida del párnaso

Caída del cielo,
Como lo haría un ángel traicionero,
Llega, con una blanca sonrisa por traje
Y una negra humanidad por plumaje
Que sobre todas destaca
Una pequeña urraca.

Sobre todos los cardos,
De día lirio,
Llegas, florecida, sobre un bello vestido
Y apuro las horas mientras el Sol te deslumbre con su brillo
Pues cuando tus flores se marchiten,
Y de ti no quede nada,
Galán de mí,
Mejor de noche,
Me tocará polinizar los labios de mi amada.

Ay, de cariño derroche,
Y de beso deseo,
Piel con piel, dulce roce,
Y si probarte fuese penitencia,
En tu religión creo.
Mas ten cuidado,
No  marques con tu cincel
El mármol de mi cuello.

Y si una única aprender solo pudiese
Que esa misma tu lengua fuese,
Entrelazada con la mía,
Noche y día,
Hasta que Sol y Luna se abracen,
Y florezcamos a la vez,
Hasta que nos recorra un escalofrío
Que entre tanto calor anuncie fiebre,
Y de este mal nos contagiemos,
De-lirium tremens.

Y valió la pena esta semana,
Este tormento,
Que nos caló de incertidumbre,
Y por tal delito, ante tu tribunal a juicio efímero me enfrento
Clemencia pido,
Pues bien saben tus ojos, jueces de la sala,
Que en mi corazón prisión mereces,
Hasta que las cadenas perpetuas rompa la desgana,
Que a mi suerte pedí fuerza con creces
Para que contigo pudiera forjarlas,
Con los restos de mi férrea coraza
Por los golpes de mi suerte macerada,
Fundida en un abrazo, en una plaza.

No hay fuerza que nos separe,
La fuerza del miedo
A la del amor con el que te quiero,
No es ni tan siquiera comparable.

Ah, venida del parnaso,
Porque por un be (r) so,
Tu mayor, virtud
Dentro de esta larga sucesión de estrofas
Finalizaría con un…
Poesía, eres tú.

1 de abril de 2019

ME ESTOY HACIENDO VIEJO Y NO QUIERO SABER MÁS. QUIERO IRME A CASA.

Tengo prisa.
¿A qué puedo llamar ‘casa’? Me vienen a la mente las palabras de ‘hogar’ definido en ‘El lugar más bonito del mundo’; ‘hogar’, o ‘el lugar más bonito del mundo’, ‘es aquel en que tienes a un ser querido, y es recíproco; o allá donde puedes llevar la cabeza bien alta’. No tengo hogar, no tengo casa, pero tengo una suerte de lugar sagrado, donde los problemas no cesan, pero me puedo refugiar del ansiedad que me genera el mundo y la enorme angustia que estoy viviendo estos días, en que escribo para que ‘algo quede’ cuando ‘todo ocurra’.
Llevo dos, tres días… preguntándome qué es un hogar. Los dos títulos que he elegido son muy claros, pero pocos los conocerán; son frases de un enorme músico. Así dio a conocer su depresión. Se suicidó. En un acto triste, no por la decisión, no por el acto en sí, sino por lo que el mundo perdió. A veces me pregunto hasta qué punto lo haría yo, a veces me testo hasta el final. Siempre queda, siempre, una razón por la cual no hacerlo, pero, para poder valerse de ella, todos los esquemas deben cambiar, y deben hacerlo hacia, a corto y medio plazo -y a largo no lo digo, porque es invisible y, a veces, inasegurable- de forma casi suicida. Piensas que lo mejor es volver a casa, una ‘casa’ como la caja de pino, como la Tierra, la muerte… dices ‘no, yo quiero disfrutar de correr, de amar, de reír, de saltar, de parar el tiempo…’, pero, a la vez, te dices ‘pero no puedo hacerlo; debo dejar esta carrera, debo darme un tiempo para el cual no tengo dinero, debo ganar un dinero para el cual no tengo tiempo, o debo, simplemente, abandonar un proyecto para el que no tengo recursos emocionales’. Y duele más hacerlo que morir. Me duele vivir. Sólo quería decir esto, y tanto para tan poco, vaya.
A veces, por nada, otras, por levantarme, por primera vez desde que estudio, sin ganas de afrontar un día, de ir a clase; no de ‘joder, quiero quedarme en la cama’, sino de ‘joder, quiero prolongar este sueño hasta que todo finalice’. Otras, por ver que cumplo la legalidad y, quienes deben velar por mi justicia, la incumplen y se jactan y vanaglorian por ello. Otras, por ver que sé mucho más, y tengo la capacidad de saber mucho más, que lo que realmente está previsto en mí, y por eso juzgo inútil todo lo que se hace, se da, se dice, las excusas que se ponen. ‘Deberías saber esto…’, ‘hay demasiada democracia’, ‘no me importa tu saber, sino tu examen’, ‘tienes razón, pero te la quito, porque si no me toca dar explicaciones’, ‘traga un poco más, te lo pido’, ‘lo siento, pero así son las cosas’… Ves la corrupción, a los ojos, negra, espesa y contaminante con todo lo que toca, como el petróleo, pero no puedes hacer nada, huir de ella, mientras puedes, dejar que no te toque y odiarla, pero saber que por cada gota que limpias que de mar, una de petróleo contamina diez mil hectolitros. Eres capaz de pilotar el avión, pero no te deshaces del ruedín de la bici. Aquí encajaría muy bien el saber más que el resto, el que trasciende toda frontera del saber, el que se infiltra más de lo que debe en una roca poco metamórfica, el que tiene una capacidad de juicio que traspasa el convencionalismo ajeno, está destinado a sentir que se está haciendo viejo, y no querer saber más: ‘he vivido mucho, no quiero seguir con esto; no quiero saber lo que me queda; no quiero seguir sabiendo y aprendiendo esto; no estoy aquí para este fin, y si sólo me queda esto, no quiero ser, ni estar’.
Y el pensamiento recurrente ha sido, está siendo, esperemos que no sea, bien por remisión espontánea, bien por decisión forzada, el mismo: ‘quiero irme a casa’. Quiero dejar esta Institución putrefacta, este Grado o esta Universidad, quiero irme lejos de este lugar, quiero irme lejos de una familia que no me comprende, que no me apoya, que no ha podido garantizarme los recursos emocionales de los que he precisado y que ve con mayor tabú una ruptura con la vida, o depresión, que una fractura de brazo, que son dos afecciones pasajeras -generalmente pasajeras, si bien endógenas y recurrentes, en el primer caso- de respeto y apoyo, en la que no hay un puto enfermo, ni hay ningún desvalido o inválido. Quiero irme lejos de lo que no he podido tener, de lo que no me ha sido ni está siendo dado, quiero irme lejos de lo que ya no considero casa hasta que nadie la vuelva a hacer reconocible, quiero irme lejos de aquel sitio al que cada día que voy, envejezco un año y no quiero volver a pisar, porque sé que en algún punto me sentiré con noventa y me veré abocado a palmarla.
Quiero definir lo antes posible qué es para mí ‘mi casa’, o a qué quiero volver. Y hacerlo. Me duele vivir. Hágase lo que toque, dentro del juicio que se conserve hasta el final, pero no se demore demasiado.
Hablé en otra ocasión, por cierto -y finalizo ya-, del amor. Hoy en un flash esporádico reconocí a una persona que me gusta, pero también recordé a otra que lo hizo. Y caí en las imposiciones de siempre y cómo actúan como factor limitante de la vida y el disfrute, si ahora mismo se puede decir que van de la mano. Quédate con quien sepa que eres una persona normal y corriente, como todas, con su semana floja de manera intermitente, con una afección llamada ‘depresión’, que no está loca, que no precisa de más cuidados, que no es un puto anciano ni un bebé, y con quien sepa que igual tus estudios van para un año más, que de momento no, pero sé que en algún momento lo harán, y que no te vea como un imbécil o una traba a su camino. Quédate con esa persona. Y, como no la hay, cuando exista, y si llega a tiempo, entonces le abriré mis puertas, sin oposición.
No hablaré de amigos. Han pasado unos días en que he silenciado el móvil y sólo he recibido mensajes de interesados, de grupos en los que no sé ni qué pinto, de gente que otrora fue mi mundo y ahora no me habla, o lo hace cada semanas, o no me contesta, ni tan siquiera por las redes, o no sabe qué contestarme, como si fuese un ‘caso aparte’. Qué queréis que os diga, pocas conversaciones, de gente muy importante, que no sabe decirme nada. Yo no puedo continuar un soliloquio; yo no puedo continuar creyéndome el culpable porque nadie pueda hablar conmigo de lo más bonito, no porque yo no quiera, sino porque esa gente crea que un ‘depresivo’ no está preparado para ver o juzgar lo más precioso, como si su prisma estuviese roto o lo contaminase, y contaminase a todos los que tiene al lado, como si estuviese apestado y hubiese que huir de él.
Qué queréis que os diga, me siento viejo en la vida, dolido por ella, quiero volver a una casa, debiendo definir para mí qué significa este aforismo, y creo haberme quedado completamente sin compañía en esto, así que será una lucha conmigo o contra mí, pero a solas. Agradezco a la gente en orden descendiente de retirada, por haber aguantado hasta el último momento antes de largarme. Espero que haya más escritos, y espero que puedan seguir leyéndome. El peso de los ‘mañana más’, ‘a ver si nos vemos’, ‘ahora no puedo’, ‘ya me cuentas’… en ocasiones supera al del plomo, si no hay un mañana, si no te vuelves a ver, si la otra persona es la que jamás podrá, o si no te contará nunca nada más.
Marcho a la casa provisional que me he hecho entre falsas esperanzas de que todo irá bien, con cuatro palos que he recogido de los que me han dado, y de que poder hablarlo con alguien, aunque me saque los cuartos, me reparará. No sé cuándo volverá a haber tormenta y a derrumbarse la casita, pero dejaré constancia, aunque sea críptica, de ello. De momento, voy a terminar de clavar unos listones y a pasar otra noche fresca, pero al menos no al raso. Confío en que mañana pueda salir a hacerme una puerta, para que no entre lo que pretendo, con el fuego que me quema, mantener ahuyentado. No sé cuándo volveré. No sé si volveré. Gracias por todo y nada, perdón por nada y todo.
Un perro de ojos negros…

29 de marzo de 2019

UN PERRO DE OJOS NEGROS HA LLAMADO A MI PUERTA

No me sale escribir gran cosa, siento tanto que sé que no puedo plasmarlo. Tampoco sé por qué uso este blog, y no el antiguo que tuve, aunque quizá se deba más a la enorme avalancha de recuerdos que se me viene encima cuando lo abro. Sobre todo cuando veo lo que escribía por estas fechas en 2017, 2016… incluso 2015. Y duele.
Ha sido una semana mala, otra más, llevo ocho o nueve in decrescendo, unas quince o dieciséis francamente para olvidar, seguidas. Hospital por allá, prueba por aquí, amistades que se demuestran azucarillos que se deshacen a la mínima, otras amistades que se enamoran y te dejan tirado, o sólo te quieren porque eres capaz de aplacar sus mayores dudas cuando hablas con ellas, porque se enfrentan a un problema que no tuvieron nunca, que es querer, y hacerlo bien, y compañeros que viven en visión de túnel, para los que sólo existe un libro, un ‘a la próxima’, un ‘a ver si nos vemos’ o un ‘estoy liado’. La vida me enseñó que cuando dices esto último, generalmente te arrepientes: muchas veces, por Ley de Murphy, es la última palabra que tuviste con alguien que ya no está en el mundo, tenga la edad que tenga. El error es morir a corto plazo para vivir a largo. Y cuando todos van muriendo, entonces reaccionas. No creo que nadie lea esto, pero lo dejo publicado, porque me gusta ser honesto. Uno de mis cantantes favoritos, que no vive, dejó escrito lo que figura en mi título de entrada; en un momento de su vida muy concreto. No quiero decir más, resumo mi semana rápidamente, y reflexiono. Ha sido una semana de recorrer decenas de kilómetros, de entrenar, de estamparme contra un sistema de mierda, y de seguir luchando porque no creo demasiado en David y Goliath, pero sí creo en que ya que me van a matar, quiero que queden los mínimos hombres posibles. Morir matando.
He pensado demasiado estos meses, he pensado en cuánta gente conozco, figura en mi mente, mis agendas, mis teléfonos, y a cuánta puedo llamar conocida, amiga, en quién puedo confiar… y viceversa, y en qué momento permití, demasiado negativamente para mí, que esa balanza se descompensase hacia su lado. También he pensado, porque se cumplen aniversarios muy dolorosos, como dagas entre las costillas, que te impiden respirar, moverte, y que te cortan los dedos cuando intentas retirarte, hasta qué punto lo que creí algo ajeno a mí, un hallazgo como los que volvería a encontrar en mi vida, esperemos que no a pares, pero sí habiéndolos en estas cantidades, como el amor, fue realmente algo que no supe gestionar, algo que era mucho más raro y bonito de lo que quise imaginarme cuando finalizó; algo que realmente no duele porque ahora no lo tenga, sino porque sé que, aunque lo tuviese, nunca podría volver a experimentar demasiadas cosas. Supongo que, al final, esto se trata de encontrar lo que te gusta, y dejar que te mate; de concienciarte de que volverá, a lo mejor, a haber algo, pero nunca jamás bajo la misma manera, o con las mismas cualidades, pero, sin embargo, tú siempre seguirás siendo el mismo que quiso, con sus mismas cualidades, y querer se convertirá en algo doloroso. En una cuestión; en el sentido estricto de la palabra.
El tiempo siempre me aconseja que no pida más, que en algún momento mi océano conocerá sus orillas (sus límites, su desembocadura, el barco de Conrad…), mucho antes que mis alas cruzarán el cielo plagado de constelaciones de vida que me quedan; sólo veo nubes, estrellas desfiguradas por la contaminación lumínica del fuego que, entre fragores y crepitaciones, consume un alma licuefacta. Lo continúo pensando, continúo pensando en que finalicé un proceso de cuatro años que llevaba en mi lugar, con mis mejores amigos, mi nota, mi reputación y mis ganas, sólo por embarcarme en otro en el que me quedan, precisamente ahora que me acerco a su Ecuador, otros cuatro más. Pienso en que me quedaría uno, y pasaría al mercado, con mis mismos amigos, estaría viendo mundo, con ellos, y quizá no demasiado contento, pero, tras tantos años, para mí, en el nuevo proceso, ¿puedo decir que tengo la misma alegría que el primer día que pisé esta Facultad, ¿puedo afirmar que tengo los mismos amigos, y la misma calidad de ellos?, ¿puedo, tan siquiera, decir, que me lo he merecido por haberlos tratado distinto, cuando no he cambiado?, ¿puedo decir que estoy más cerca de ser ‘alguien’ en la vida?, ¿puedo afirmar que aquella persona en quien tanto confié y me dijo ‘no te embarques, no volverás, es el barco de Conrad’, y que creí estulta por casi haberme negado lo que yo creí ansiar, realmente era estulta y no me quería demasiado, y sabía que sucedería lo que hoy me lleva a escribir estas tristes líneas, mucho más de lo que parecen?
El tiempo me contó que todo vino en el amanecer de hace dos años, en una época en que mi cabeza no quería, mi cuerpo sí, en que yo era una jaula de emociones, una persona que no sabía la que se venía, llena de zonas de confort bien acotadas, de inseguridades, de miedos a la vida, que no en la vida, de refugios, que construí a la par que otros eran bombardeados por mi ansiedad: más ansiedad, más aficiones, ¡que no se acaben, o morimos! Me contó que todo vino como un alma sin huella, sin imprenta, como una rosa que no trajo espinas, como algo atípico con lo que debo quedarme, por lo que debo culparme, mientras leo en el reflejo de las lágrimas ante el espejo que no hay manera de terminar un problema con nada que pueda ser dicho, que las tardes de hoy hace uno, dos, tres años… se parecen entre sí, que las probabilidades rigen que dos días sean iguales en el tiempo, que las nubes son siempre las mismas, el Sol nunca deja de existir allá afuera, y la ciudad sigue puesta, pase lo que pase, pero, ¿qué rige que un día sea irrepetible, que la tonalidad de las nubes y verlas pasar nunca sea igual, que el Sol no luzca real cuando cuestionas hasta la realidad, y que la ciudad, ahora, es hostil, es fría y ya no es un lugar que pasear, visitar, escudriñar y exprimir al máximo entre conversaciones, juegos, quedadas o paseos?
Cuando los días terminan, el Sol se ahoga bajo la Tierra, arrastra todo lo perdido, y lo ganado. Hoy no arrastra nada, en particular; diría que he perdido el tiempo, y que eso se lleva, pero, ¿no se lleva consigo el día? Dentro de él habrá algún pedazo de hora muerta; pobres de sus sesenta minutos intertes, de trapo, poco manipulables y a la vez altamente volátiles; tempus fugit. Ayer, arrastró, y no pude recuperarlo, dos meses de mi vida, que me quitaron en unos despachos. Este mes, se llevaron a seres queridos, a amigos que no quiero de vuelta, a personas a 3000 kilómetros que no volveré a ver, seguramente; y me trajeron cerca a personas que no están a mi lado para hacerme ver que lo poco que me mantenía vivo es inaccesible: ya tiene su sitio, su vida, y, por suerte, supongo, no se acuerda de mí. Sólo tuve cinco o seis felicitaciones de cumpleaños, una de ellas fue de un familiar al que quiero; vino. No volverá; quizá en 9 o 10 meses. Me ofreció su ayuda, la única que me sirve; se marchó. Seguiré buscando entre sus palabras, desordenadas en mi memoria a largo plazo, un discurso endeble más fruto de mi cabeza que de lo que en su día fueron mis oídos para él, para intentar que el hielo que me petrifica por dentro se derrita y apague la llama que crepita y destroza mi alma, a punto de evaporarse en un aire enrarecido, denso e irrespirable.
Cuando los días terminan, las noches son húmedas, se llora, son frías, se arrebuja en la cama, se tapa en la cama como si no quisiese que nadie viera el estado en que se halla, de merma, demostrando que la vida no es un regalo, ni una gema, cuando la noche se cierne, los pájaros vuelan, las ilusiones, en bandada, las aficiones, en grupo, y las ganas de vivir, éstas una por una, para que no puedas perseguirlas, se van a su hogar, el cual no eres tú, y ya no puedes llamar ‘casa’ a nada. No tienes sitio, no lo encuentras, vagabundeas entre el mundo esperando que, de nuevo, que un alma sin huella, rosa sin espinas, o amanecer de una noche polar sempiterna, vuelva y te saque de donde no eres capaz de salir.
Te dicen que luches, lo llaman a todo ‘batalla’ para hacerte creer que tienes un rol. Un rol, sobre todo, de púgil, de fuerte en esta película en la que eres un títere al servicio de emociones, las pocas que quedan, todas malas, y de un sistema putrefacto en el que todos están igual, pero cada vez buscan separarse con más afán. Y cuando esa batalla, que peleas porque te hacen creer que eres un boxeador, cuando no tienes ni puta idea de la vida, finaliza, porque demuestras no serlo, y te llueven por todos los lados los problemas, los golpes, las pérdidas, y no puedes tirar la toalla (o sí…), miras el asalto; es demasiado temprano para ti, sigues, sangrando, en el suelo, y sin nadie que te atienda, hasta que la sangría cesa, o te mata, hasta que te levantas, si puedes, hasta que paran la lucha y te curas durante meses. Pero nadie tira la toalla, no hay entrenador. Nadie para la lucha, ésta dura diez meses al año. La sangría no cesa, mis manos están rojas, noto más húmeda mi ropa que mis ojos, y no puedo levantarme. Si no estuviese mareado, y me ardiese el pecho por un fuego abierto que no cesa, y no escupiese hálitos discontinuos por un nudo en la garganta que no sé deshacer, volvería a ser yo. Lo prometo. Y me iría de un ring donde la vida me puso y donde yo no quiero estar. Aprendería la lección, la temería y la quisiera vivir. Pero algunos nacen muertos, nacen en el ring, nacen entre bestias que lo crían y, cuando se puede valer por sí mismo, lo sacan a pelear, recibe, a los 10, los 12, los 14… llega a los 16 más curtido que nadie a los 25, y cuando tiene 20, en este caso ya 21, cree haber vivido demasiado. El ring no va con él, le pueden juntar con púgiles de 30, de 40, con pesos pesados de la vida; pero la vida es pesada, y es un peso, para él. Es una fiesta a la que acudes porque debes, sin cuestionártelo, que transcurre contigo viéndola pasar, preguntándote que haces, a posteriori, en ella, en la que no tomas nada, en la que no sales a bailar, o no mucho, y que acaba cuando todos, menos tú, lo decidís. Se caen las luces, sales de los últimos, se apaga la música, que para ti era un réquiem por tus ilusiones, piensas que deberías haberla disfrutado sin preguntarte por qué, haberte mezclado, sin saber con quién, haber hecho algo que ya estás ahí, como si esta fiesta fuese el carnaval de la vida que rezaba la canción; entonces, lloras por no haber hecho lo que se esperaba de ti en ella, pero ya no hay tiempo de empezar otra, ya ha acabado. Cómo relacionar la vida con una fiesta y una batalla, ambas innecesarias y no deseadas, y seguir diciendo lo mismo…
Piensas también en el devenir, hay quien dice, habiendo llegado al ‘top’, que la vida es hacer lo que nadie quiere para convertirte en lo que nadie puede. Es fácil decirlo así, hay quienes nacen de pie. No me cuesta demasiado, al ser negativo, y un poco de gasolina y leña que echar a la llama que devora y crepita entre fragores, pensar en que la fama no es nada, pero la pude tener; es un árbol desconocido, que nunca puedes encontrar, nunca florece, hasta que su semilla echa a crecer, cuando menos lo esperas, y quienes menos lo esperan; es un premio en la lotería de la vida. Un premio que unos dilapidan, otros cuyo boleto rompen, otros al cual rechazan y otros al cual se aferran toda su vida, aunque sea el único, con el que ya nacieron, para decir que han ganado algo, que lo han conseguido. En esa fiesta, en esa batalla, son hombres recordados por su baile, por su salsa, cuando termina; olvidados mientras sucede. Un aplauso en vida cuyo sonido resuena, pero no mucho, cuando cesa en el auditorio, una confirmación de que la existencia no es más que un recuerdo que pasó hace mucho, un auditorio de tristeza, en el que poco a poco, conforme pasan los años, aquellos que la vivieron contigo van abandonándolo; un aplauso cada vez más reducido, un aforo cada vez menor, con más sillas vacías, con gente a la que tratas de evocar para que no muera; gente que labró su fama a título póstumo, gente a la que, sentada y esperando a ver tu función, le dijiste ‘mañana’, ‘otro día nos vemos’, ‘estoy liado, pero…’. Hoy no aparece. Para ella no hubo mañana, otro día. Tú no la olvidas; ella ya no recuerda quién eres, qué hacías, qué proyectaste. Pero por hacerlo, te impediste estar con ella.
¿Sería ahora un hombre más social, más feliz o menos en lucha consigo mismo si hubiese seguido compitiendo, si mi carrera deportiva no hubiese acabado pronto por lesiones? ¿Sería algo más que el olvidado al que recuerdan tarde, si hubiese sabido recoger el fruto que sembré y no quise ver? ¿Qué hubiese sido si no me hubiese dejado llevar por todos los muros que me impusieron, todas las negativas que me sobrevinieron, todas las decisiones que tomaron por mí? ¿No soy, realmente, un acto queriendo pescar la potencia del pasado? ¿No soy algo atemporal que se siente irreal porque intenta traer a la fuerza en vida algo que voló al cementerio de recuerdos? ¿No soy, realmente, alguien que quiere volver a regar una semilla que sólo florece una vez, y ya no volverá, pues? ¿No soy, realmente, alguien que va a abandonar su silla en todos los auditorios a los que fue? ¿No lo merezco? ¿No soy, realmente, alguien incapaz de ver una función, y se marcha prematuramente?
No quiero ver la verdad, es un violento perro de ojos negros, que aporrea con saña mi puerta, me obliga a conocerlo y, cuando lo miro, con ojos inyectados en rabia, ladrando y enfurecido, se esconde, se calma, deja de agitar el rabo y, con compasión, se retira. Sabe que me volverá a ver mucho más abajo de lo que estoy ahora, en un infierno real, no metafórico. Sabe que conocerlo, conocer la verdad, me mata, me acabará matando. Cuando era joven, nunca la vi. Campaba por el aire irrespirable y plomizo del que hablaba antes, ahora, evolucioné, me curtí en el ring, abrí la puerta y allá la vi, firme, sobre sus patas; no se cuándo vino, supongo que cuando la inocencia dejó la puerta abierta, o cuando la adolescencia se marchó, sin haberse querido quedar demasiado. Por su culpa se anquilosó la madurez. Fue imposible impedir que entrara, me sentía solo sin la inocencia, y maduro; como aquel que se siente solo acompañado de gente, dos matices psicológicos que no se pueden mezclar entre sí. Fui verde, más verde que el monte sobre el cual veía todos los días al Sol ponerse, arrastrando, mientras se ahogaba en la Tierra, todo lo ganado y perdido, generalmente risas, ilusión, alegría o los mejores momentos de mi vida, mientras ahora sólo arrastra, como dije, tiempo que no sé aprovechar o los peores momentos que estoy viviendo. Recuerdo flores crecer, no florecía ningún árbol, que, como dije, sólo lo hace una vez, pero había un bonito pasto, el verde del monte, con rosa, rojo, amarillo… Sin embargo, la noche se cernió, con ello la humedad, y las lágrimas, saladas, no regaron los girasoles que se cegaban al mirar la Luna. La oscuridad se apoderó, como el éter decimonónico que, se creía, regía todo cuanto podíamos ver y experimentar, y me sedó. El cielo dejó de ser azul, incluso en las pocas jornadas en que se hacía de día, pero éste nunca dejó de formar parte de mi espectro lumínico: comencé a ser más débil que el cián, más ligero que el éter, y creí volar. Un riff de guitarra que te dejaba a solas con tu mente, y te permitía surcar las cuestiones que te inundaban, logré llegar alto, y ver al Sol arrastrar mis derrotas; pude verlas, reconocerlas; me reconocieron, llorando. No querían morir, irse, ser arrastradas, sabían que nunca tuvieron forma ni estuvieron destinadas a serlo, que podrían haber sido aplauso, podrían haber sido victoria, podrían haber sido Sol en cielo y no Luna en lo más profundo del océano cuyas orillas, dije antes, algún día exploraré. Saben que quien les dio esa forma irreconocible y perniciosa fui yo. No me culpan; saben que iré detrás. Tarde o temprano.
También he sufrido esta semana, sé que aquello que recuerdo no volverá, porque cuando algo entra en tu cabeza, es porque si sale de ella, deja de existir. Lo guardas, aunque no valga, para poder evitar que se muera, aunque tome por nombre ‘depresión’. No puedes permitirte bajar la guardia, dejar de resistir, cubrir los ojos y enfrentarte al cielo. Tu conciencia, mi libertad; estás jodido si lo piensas intentar. Es mi llamada a la seguridad, sin embargo, espero que mi grito de auxilio puedas escuchar, soy víctima de todo dolor que sentí, pero todo dolor que sentí tuvo víctima, y puede encontrar una causa en cualquier lugar. Mis monedas de cambio pueden pagar el crimen que cometí en vida, pero mis errores, mis culpas, serán por siempre jamás. Puedo tomar un paso adelante, no tengo miedo, cuanto mayor la violencia y la algarabía, más monedas recibo; me servirán para pagar la bula de mis errores aunque no pueda olvidarlos. Podré llamarte fracaso; tú a mí falso, pero no olvides que estaré al final del camino, del que a ti te quedan mil pasos. Puedes resistirte, es un desafío para mí, pero nunca más, esta será la última vez que la suerte permanezca incluso hasta el final; esto forma parte de mí, de la parte que mi corazón pretende olvidar. Elegimos nuestra vida con ciegas intenciones, nos obsesionamos y escondemos por el miedo al cambio, sufrimos, guardamos, visionamos, y repetimos. Amenaza mi inocencia, quítame mi libertad, mis derechos, enséñame a conseguir la realidad: todo lo que quiero saber es adónde iré, transfijado, drogadicto, deambulante, con tiempo que perder, mi odio me arrastra, sin saber de cómo salir de este infierno de ser. Una voz me pide que no desista, que soy otro cerebro lavado, como todos, que el sistema sólo me puso a prueba, que ‘El Proceso’ de Kafka no termina, que no puedo embotellar mis sueños y bebérmelos, enterrarlos o lanzarlos al océano cuyas orillas descubriré en mi muerte, toca pasar un frío futuro, la noche húmeda, buscar la vida a la palpa, sin ser servidumbre del tiempo, vivos en arrepentimiento, vivir como si fuese último cada momento, honrar al pasado sin mirar atrás, porque debería, una por una, mis razones para vivir contar, pero el hecho de querer existir, sólo me lo deben dar las tumbas en las que los epitafios grabados están.
No hay mejor lema que el de la muerte para esforzarte a vivir, porque cuando los santos emprendan su camino, no cantarán tus pecados; sólo esperarán que hayas aprendido, dejado la Tierra con algo más que un latido y una respiración durante tu vida, con una deuda debida, viendo la santa condena como viviste, cógelo o vete, y no pierdas tu tiempo, limpia tu mente, define el ‘aquí y ahora’, sin fronteras, posesiones, ni enemigos, vive por una vida que temerás y olvidarás o confiesa a un Dios que sabes que sólo tú oyes. Embotéllalo, destila tus problemas, olvida tus sueños, o llénalos, no dejes ni una huella, piérdete sensu stricto, la prisión tiene cuatro paredes, pero puedes ver el río fluir tras ellas, sobre un lecho envenenado de decisiones vitales, apunta, y cuéntame que vives una mentira, no me ignores, ahora lo sabes, salé mi vida, la vendí al peor de los mortales. Encontré esperanza en la destrucción del progreso, trofeos oxidados que me decían que hiciese lo que me dijesen, medallas al más obediente, moldes que piden a gritos su ruptura y una luz de todos aquellos ardientes puentes que, al contrario que el proverbio, no iluminaban el camino; llegó el final, nunca dije que fuese el reo, nunca dije que me fuese decepcionado (¡salvé mi alma!), sólo intenté reescribir lo errado, que fue escrito sobre mí. Olvidé que, como toda derrota que arrastra el Sol, pude haber sido acierto, pero así me hicieron; no pude culpar al Dios que sólo yo oía por ello, por convertirme en renglón torcido, sé que no era su culpa, sé que vendrá detrás de mí, cuando los santos deambulen con piedad, habiendo embotellado mi alma licuefacta entera, de la que todavía quedan gotas de esencia en mi interior.
Mantendré mi pasado dentro de mis razones, para no desistir, como dijo aquella voz, ser el agradecido moribundo exangüe que vive hoy, no sé si mañana, que confía en el veneno para que le enseñe a vivir; en la oscuridad, para poder ver, el hombre revenido que habla palabras de decepción, de desesperanza y no desesperación, cuyas calles, de la ciudad de la eternidad, y a la vez del imposible retorno, pasean todos aquellos a quienes dejó en legado, por quienes sufrió para que estuviesen seguros en ellas, pero ahora se hallan sin gobernador. Canto las penas de la muerte de mi alma, y espero que encuentre digna paz, pereciendo ella sola; dio mi vida por la ciudad que salvó, se tomó el desafío de mantener mi esperanza, mi fe, y ahora que acaba de abandonar, como último rescoldo del fragoroso crepitar de la madera que la constituía, recuerdo su presencia, su regalo y su gracia, la recuerdo para siempre, no la repongo nunca. Ella construyó ‘la ciudad’, los caminos que tomé, y por los que fui vendiéndola ambulantemente, las lecciones que aprendí de mis errores, las herramientas y los trofeos que no volverán a oxidarse y, sobre todo, sus cenizas que ahora son oro como joyas del desierto.
Ahora ya no recordamos que fuimos a caballo, que dominamos el terreno, que fuimos casta y pureza, pero podré sostenerme como trato de hacerlo con ella, muerte, si tan siquiera me sostuvo con la suficiente fuerza mientras fue. Blandiré el escudo que dejaste sobre mí, como aquel que muere, y es enterrado, en oferta, con todo aquello que necesitará en la otra vida. Te fuiste y me dejaste en otra existencia, sin olvidar la anterior, pero en la que sólo me puedo proteger con lo que legaste; si pudiésemos vivir nuestra hora de nuevo, primaría nuestro corazón a nuestro caballo. Tú fuiste toda la respuesta, contigo no necesité la verdad; ahora puedo intentar sostenerme como me enseñaste, blandir el escudo que me diste, encontrar la seguridad en la Roca, pero siempre contra la verdad que ladra, me mira y se apiada de mí mientras no está en mi contra. Te repito como respuesta, y espero que puedas oírme; cargaré con tu legado y finalizaré esto, así que continúa durmiendo, allá donde yazcas, continúa durmiendo, sabiendo mejor que nadie que te echaré de menos. Espero que sepas que te echaré de menos. Porque mientras tuve vida, tuve alma, y mientras tuve alma fui feliz, y mientras fui feliz, tuve vida y la viví, y ahora que tengo vida y no vivo, echaré de menos lo que fuiste, me echaré de menos, seguiré llorando por los años pasados, seguiré viendo en noches y tardes como hoy a un Fran con alma pasear, junto a otra, o separado, bajo el mismo Sol y sobre la misma ciudad, pero en tiempos distintos que fueron arrastrados cientos de soles atrás, con cientas de noches más pasadas, y cientas menos por delante, con personas con quienes no puedo montar a caballo, echaré de menos todo lo que fuiste, y fuiste…
  • El rumor de un río sentados en su orilla
  • El fulgor de una Perseida en un cielo oscuro
  • La inmensa pequeñez de mirar cara a cara a una bóveda estrellada, y preguntarse cómo y por qué estás aquí
  • El silencio mental que arrasa el ambiente tras llegar al zen, a la paz máxima del año, y poder acariciar, rememorar, revivir y guardar todos los momentos, mes tras mes, acumulados para haber llegado a ese punto, que crepita como un monumento ardiendo, en el tiempo
  • El atronador silencio de pasear en un claustro a solas; un repiqueteo armonioso , sólo interrumpido por pájaros, o campanas, y un banco que, si pudiese hablar, contaría la historia de toda una nación
  • La increíble tranquilidad del agitar de la hierba en verano, bajo el influjo de la brisa nocturna, como único sonido
  • Las tardes interminables en las que el Sol nunca se pone y la ciudad es tuya, y sólo tuya, las distancias se acortan, quieres visitar todos sus lugares, y callejeas como un niño jugando al Laberinto
  • Las tardes de salir a correr por ti mismo, morirte en el entrenamiento, y celebrar, de tumbarme y saber que al día siguiente cojearé por el Campus, pero bien habrá merecido la pena
  • La subida al pico más alto de la Sierra, para poder apreciar cómo muere el día, entre cañas y robles, y la bajada a oscuras, guiado por las luces de los pueblos en lontananza, mientras planeo un futuro que resultará más corto de lo que preví
  • La tranquilidad del trabajo bien hecho durante todo el año, y de que no estás haciendo más que recoger sus frutos; la tranquilidad de no tener cuentas pendientes
  • La seguridad de descubrir ‘holy grounds’: una cabeza sobre un pecho, un cuerpo entre unos brazos, una playa con imagen y sonido propios, una cara conocida a lo lejos, que te baja las pulsaciones y da color, en un instante, al mundo
  • La sensación de acercar kilómetros; separarse más que nunca de alguien, y poder compartir el día a día, porque no es dónde suceda, sino a quién
  • La sensación de volver a ver a alguien y, por primera vez, sentir nerviosismo y ganas de ello, como un perro espera pacientemente todo el día a su humano, que no dueño, blanco, que no negro, y jadeando, que no ladrando
  • La sensación de vaciarse en cada carrera de alma, en cada pelota, de tirarse a ras de hierba y escuchar una violenta segada y, tras ello, un golpe seco al balón, un derribo
  • La sensación de motivación, de sacar fuerzas de flaqueza, de levantar un peso con el que nunca pudiste, tirarlo y gritar
  • La concentración de un examen en el que sólo te centra pensar en todo, menos él, como qué y quiénes te esperan cuando lo termines
  • La alegría de pelarse clases para hablar con un colega, comiendo, bebiendo o fumando, mientras planeas con él la vida, y te ríes
  • La alegría de salir de un último examen, de mierda, y patearte toda la ciudad sin prisa, perderte en librerías, comprar, comer y volver feliz
  • La alegría de ser para tu familia y amigos, de no exigir nada, y darlo todo, verlos felices y sentirte omnisciente
  • La alegría de tumbarte en la cama, cerrar los ojos, y escuchar el ritmo tranquilo de los coches, el sibilar del aire tras una mosquitera, y aviones llegar con éxito a tierra, la alegría de transportarte hacia miles de lugares estando sésil, quiescente
  • La alegría de poder dormir, de tumbarte, disfrutar y paladear la música, pensar poco, vivirla, sentirla, ponerle cara, hacerla tuya, e imprimírsela a ese día, en cuestión
  • El inefable sentimiento de tumbarte, mirando al techo, sabiendo que tu mirada se cruza en algún punto con la de la otra persona; repasar los meses, penurias y mierdas que os han traído hasta ahí, y celebrar todos y cada uno de los más jodidos, porque esos son los que vertebraron el presente
  • La excitación de una caricia, de un masaje, de besos cálidos entre fría candidez, de enseñar el arte de la guerra, porque en el amor y la guerra, todo vale
  • El súmmum de tomar su mano, fundir dos en uno, recorrer todos sus territorios y acabar una aventura conociendo todavía mejor al otro. El mapa del tesoro que tienes delante
  • La tranquilidad y el romanticismo de un concierto de piano de cola en la sala mayor de un palacio, mientras te pierdes entre sus plantas y habitaciones, ignorando el mundo exterior
  • Il dolce far niente, de cenar con todo terminado, mirando Valencia, su Alameda y su centro histórico titilar en una veraniega noche de humedad, prácticamente imbrífera, con ferias muy a lo lejos, y sonidos de cláxones
  • La increíble someridad de conocer a alguien sentados en un jardín, viendo coloridos árboles, a solas
  • La increíble descarga que recibes cuando, por primera vez, cruzas mirada y sonrisa con quien te gusta, e -instintivamente- sabes que el aleteo de un párpado ha desencadenado un terremoto en un alma
  • La increíble paradoja de la Física, de parar tiempo y espacio en un beso que nadie pide, salvo cuatro ojos
  • La descarga de adrenalina de llegar a meta en batiendo tu récord, la seguridad en tu cuerpo, en tus marcas, la confianza en tu potencia, el resonar de las pisadas contra la grada, como ocho búfalos que corren por una presa encarnizadamente
  • La belleza, que trasciende lo carnal, de dormir y despertar junto a alguien; confiarle, tu cuerpo, vida e indefensión
  • La capacidad de apreciar que hasta los planes más discretos resultan preciosos si son adecuados y con quien debe ser; disfrutar de un helado en una fría noche de verano, lluviosa, incluso, bajo las escaleras de un bar vacío, porque no puedes dejar de escuchar los relatos de otra persona
  • La pureza de un solo de guitarra, de un riff, de una noche en Canet a la luz de las estrellas y una hoguera, dejándote la voz con todo el repertorio de los 90 hasta hoy, como diría aquella emisora
  • Los flashes de ‘Into the wild’, dejando el móvil y escalando una montaña en compañía, para ver toda una provincia desde lo más alto, resbalando, cayendo, sangrando y celebrando
  • La sustancia gris periacueductal que desconoces hasta que corres diez kilómetros por ver a alguien y desearle suerte en su empresa, aunque a la vuelta diluvie y caiga tormenta
  • La propiedad de la playa, que pasa a ser tuya cuando cae el Sol, la recorres lentamente a pie, o sobre una toalla, y cierras los ojos para que, las mismas olas que te mecen y te remojan los tobillos, sean las que te susurren que vienen, y volverán, que todo va bien y que hasta la naturaleza es un equilibrio
Fuiste, viviste y/o propiciaste todo aquello, nunca te lo reconocí hasta hoy, que te sé marchito, Fran. Y debes saberlo, debo reconocértelo, y recoger los pocos escudos y el poco sustento que me diste para continuar. Debo escribirte que valoro lo que no supiste valorar, que no debías valorar y tan bien hiciste. Porque ahora que tengo claro cuál quiero que sea mi futuro, debo hablar con mi pasado, para estar en armonía con ambos. Finaliza el presente.
Si alguien ha llegado al final de esto, espero que entienda el mensaje tras ello, y no se alarme. Estaré bien porque, haga lo que haga, y se deriven las acciones que se deriven de mis pensamientos, habrá sido por y para mi felicidad, y estando en paz con todas las etapas de mi vida. Voy a apagar el móvil y a dejar que poco a poco mi convicción me venza. Voy a ascender con Pegaso y a volver a montar con mi alma, mientras los santos deambulan examinando lo que viví, y si de verdad lo aproveché. Buenas noches.